LOGINLUZ EN LA OSCURIDAD
Lucian habría suspirado de puro alivio cuando el primer grillete se abrió, si la mujer que lo estaba liberando no hubiera exhalado primero. Su suspiro, corto, cargado de asombro y de una gratitud tan vasta que no cabía en su pecho, fue el sonido que marcó el fin de una era de hierro. Todo había sucedido con una velocidad vertiginosa, un vértigo de realidad que destrozaba su lento regreso a la conciencia. Un segundo yacía en el suelo de su tumba, sumergiéndose en las aguas negras del letargo; al siguiente, la tierra temblaba con un rugido profundo y una de las paredes de piedra se desmoronaba frente a él. No fue un derrumbe total, sino una brecha violenta y polvorienta que vomitó escombros y, milagrosamente, dejó pasar jirones de aire fresco y débiles destellos de una luz que no fuera la amarillenta de las velas. Aire que no olía a humedad y muerte. Luz que no pertenecía a este inframundo. Le había costado un esfuerzo sobrehumano mantener los ojos abiertos contra la tormenta de polvo, y más aún llenar sus pulmones atrofiados con ese aire nuevo, limpio, que le quemaba como un licor demasiado fuerte. Por un instante, creyó estar alucinando. Su mente, astuta y torturada, a menudo le tendía trampas, escenificando escapes imposibles solo para romperle el corazón después. Pero entonces algo chocó contra su costado, y el dolor que estalló en sus costillas mal soldadas fue tan agudo, tan visceralmente real, que toda duda se evaporó. Esto no era un sueño. Era la salvación, caída literalmente del cielo o, mejor dicho, de una pared derrumbada. Una silueta delicada se movió entre la cortina flotante de polvo. Lucian parpadeó repetidas veces, intentando limpiar la arenilla y el sudor de sus pestañas, forzando sus ojos empañados a enfocar. No le costó discernir que era una mujer. Joven. Y tampoco pasó por alto el miedo que tensaba sus facciones, que dilataba sus pupilas incluso en la penumbra. Un miedo puro, animal, dirigido hacia la oscuridad, hacia lo desconocido… hacia él. Y entonces surgió en él un impulso absurdo, tierno en su incongruencia: deseó, con una fuerza que lo sorprendió, poder tranquilizarla. Quería ser capaz de rodearla con sus brazos y acariciar su espalda en pequeños círculos, murmurando palabras de seguridad que hacía décadas no pronunciaba. Quería protegerla, a ella, su salvadora, del terror que su propia presencia inspiraba. Apretó los párpados con frustración ante la debilidad del pensamiento. «Patético», gruñó la parte de él que aún era el rey. Abrió la boca; las grietas en sus labios se partieron y sangraron mientras intentaba formar una palabra. —Aiuto… Pero su voz, desusada y rota, no fue más que un susurro ronco que se perdió en el polvo. —Pe… per fa… vo… re… —logró modular, cada sílaba un ascenso doloroso por una garganta de papel de lija. La mujer lo observó entonces con una intensidad renovada. Podía casi ver el debate detrás de sus ojos claros: la lógica gritándole que huyera, la compasión instándola a quedarse. Si era inteligente, saldría corriendo. Él mismo se lo habría aconsejado. Pero ella no corrió. En cambio, sacó algo pequeño y metálico de su bolso. En unos segundos que a Lucian le parecieron un siglo suspendido, escuchó el sonido del metal explorando el metal, un leve chasquido de presión… y luego el clic definitivo. El grillete de su tobillo derecho se abrió como la flor más bella del mundo. El alivio fue tan físico, tan abrumador, que una oleada de calor recorrió su cuerpo entumecido. Se sintió liviano, a punto de flotar. Solo podía observar, embelesado, hipnotizado, los dedos ágiles de aquella mujer trabajando en la segunda argolla. En el archivo polvoriento de sus recuerdos, rebuscó febrilmente. ¿Alguna vez, en toda su vida de poder, lujo y traiciones, alguien había hecho algo así por él? ¿Algo completamente desinteresado, arriesgado, puro… sin siquiera conocer su nombre? La respuesta, clara y amarga, era no. Nunca. —Tenemos que salir de aquí —musitó ella una vez que el segundo grillete cayó al suelo con un golpe sordo y liberador. Acto seguido, sin ceremonias, tomó uno de sus brazos y lo pasó por encima de sus estrechos hombros. Tiró de él con una determinación que parecía brotar de una fuente inagotable. —Vamos. Tendrás que ayudarme —lo animó. Su tono no era de súplica, sino de autoridad calmada. Un tono que, en el universo que Lucian alguna vez gobernó, nadie se habría atrevido a usar con él. Y, sin embargo, le resultó adorable. Una chispa de luz en la oscuridad infinita. Lucian levantó la cabeza con un esfuerzo titánico y asintió una sola vez. Cualquier movimiento más enérgico y el mundo comenzaba a girar en un torbellino nauseabundo. Decidido, aspiró una bocanada profunda de aquel aire milagroso e ignoró el dolor que se clavó como cuchillos en cada fibra muscular al intentar impulsarse con las rodillas. El proceso de ponerse de pie fue una batalla épica contra la gravedad, contra la atrofia, contra el fantasma del hombre que alguna vez fue. Cuando finalmente sus plantas descalzas y ensangrentadas tocaron el suelo firme, tuvo que quedarse inmóvil, clavado, respirando con dificultad hasta que la ola de mareo retrocedió. Para su fortuna —y asombro—, la mujer no flaqueó. No se amedrentó ni por su altura ni por el peso que ahora descargaba sobre ella. Lo sostuvo con una firmeza que hablaba de una fuerza interior que trascendía lo físico. —Debemos apresurarnos —insistió ella, su voz convertida en un suspiro urgente. Si solo fuera así de fácil. Lucian llevaba tanto tiempo sin caminar, inmovilizado, que parecía haber olvidado la mecánica misma del movimiento. Sus piernas eran columnas de arcilla frágil; sus pies, entes extraños y distantes. Entonces, como un latigazo eléctrico, el recuerdo de Víctor cruzó su mente. La sonrisa triunfal de su hermano. La bala atravesando su pecho. Ese recuerdo, venenoso y potente, le inyectó una dosis bruta de adrenalina. Apoyando casi todo su peso en la joven, un peso que sentía como una ofensa, pero que ella aceptaba sin quejarse, adelantó un pie. El suelo no cedió. Dio un paso. El mundo no se acabó. Repitió el proceso. Y otro. Y otro. No como caminar, sino como escalar una montaña vertical, cada movimiento una victoria. No se detuvo. Avanzó arrastrando los pies, tropezando, sostenido por ese frágil andamio humano, hasta que el polvo quedó atrás y una puerta maciza de madera antigua, reforzada con herrajes de hierro negro, apareció al final del nuevo tramo de pasillo revelado por el derrumbe. —Debe ser la salida de emergencia —indicó ella, con un destello de esperanza en la voz. Para Lucian Giordano, no era una puerta. Era el umbral. La frontera tangible entre el infierno y el mundo. La libertad, sólida y con bisagras. --- Emma sintió cómo cada uno de sus huesos parecía a punto de romperse bajo el esfuerzo titánico de soportar el peso de un hombre que, incluso en su estado esquelético, conservaba la estructura de alguien que rozaba los dos metros. Era pesado de una manera distinta a la gordura; era la pesadez densa del músculo atrofiado, pero no desaparecido, de un esqueleto grande diseñado para dominar espacios. Sus pies apenas lo sostenían; se arrastraban más que caminaban. La mitad de su rostro estaba oculta tras una barba salvaje y tupida, negra como la brea y mezclada con polvo gris, pero Emma podía ver, en los huecos de aquella maleza facial, la línea gruesa de sudor que bajaba por sus pómulos hundidos, brillando a la tenue luz de las farolas que empezaban a filtrarse. Estaba luchando, con una concentración feroz, por cada centímetro de libertad. Y ella, contra toda sensatez, había decidido que no lo abandonaría. El avance por el resto del pasillo fue una procesión lenta y dolorosa, un ballet cojo de tropiezos y pausas jadeantes. Cuando alcanzaron la puerta trasera, Emma no dudó. Con un movimiento brusco, apoyó la espalda contra Lucian para mantenerlo semi erguido y empujó la puerta con el pie, usando toda la fuerza residual de sus piernas. La madera cedió con un chirrido oxidado, y la noche genovesa los envolvió. El aire frío y limpio les golpeó el rostro como una bendición, arrancándoles un suspiro simultáneo y profundo que sonó a himno de gratitud. Emma nunca, en toda su vida, había sentido una felicidad tan aguda y física por salir de un lugar. Cruzaron un callejón estrecho y oscuro que separaba el ábside de la iglesia de los austeros aposentos sacerdotales, sus pasos resonando en el silencio de la madrugada, hasta desembocar en una calle lateral adoquinada y desierta. Entonces, Emma rezó. En silencio, con una fervorosa desesperación, suplicó a todos los santos, vírgenes y ángeles del panteón católico que hicieran aparecer un taxi antes de que sus fuerzas los traicionaran y ambos se derrumbaran como muñecos de trapo en medio de la calle fría. Supo que sus súplicas habían sido escuchadas cuando las luces altas de un automóvil barrieron la oscuridad, deteniéndose justo frente a ellos, iluminándolos como actores en un escenario vacío. La reacción del hombre a su lado fue instantánea y violenta. Retrocedió bruscamente, como si la luz blanca y cruda de los faros fuera fuego líquido que le quemara la retina. Todo su cuerpo comenzó a temblar, un temblor fino e incontrolable que se transmitía a través del brazo que aún tenía sobre los hombros de Emma. Su mano, grande y huesuda, cerró su muñeca con una fuerza sorprendente, tratando de arrastrarla de vuelta hacia la oscuridad protectora del callejón, hacia la única realidad que su sistema nervioso, destrozado por el aislamiento, reconocía como segura: la prisión. —Está bien —lo tranquilizó Emma, bajando la voz a un susurro calmado, como si hablara con un animal herido. Quizás lo estaba haciendo—. Es solo un taxi. Tengo que llevarte al hospital. Necesitas atención médica. Los ojos verdes del hombre se alzaron hacia ella desde bajo la cortina de cabello sucio y enmarañado que le caía sobre la frente. La luz de los faros los hacía brillar como gemas mojadas, llenos de un dolor antiguo y de un pánico fresco. Y entonces, algo increíble sucedió. Él intentó una media sonrisa, torcida y dolorosa, que apenas movió los labios bajo la barba. Fue un gesto tan inesperado, tan genuinamente humano en medio del caos, que a Emma se le cortó la respiración. Le costó varios segundos recuperar el ritmo cardíaco. —N… no ho… hos… pi… tal —logró articular, cada palabra una lucha contra una lengua que había olvidado cómo formar oraciones. Un escalofrío repentino, más frío que el aire nocturno, recorrió la columna vertebral de Emma. Las implicaciones se estrellaron contra ella. ¿Había liberado a un fugitivo? ¿A un criminal tan peligroso que prefería la infección y la muerte a ser visto por un médico? ¿Esa era la razón de su encierro medieval? Pero… algo no cuadraba. Los criminales modernos iban a prisiones de máxima seguridad, no a mazmorras secretas bajo iglesias. Este hombre no tenía el aura de un delincuente común. Tenía el aura de… una tragedia antigua. De algo personal. Vengativo. —No hospital —aceptó ella, la decisión brotando de un lugar más profundo que la lógica. No sabía por qué confiaba, pero confiaba—. Aun así, debemos ir en taxi. El hotel está lejos —explicó, hablando lento y claro. Él le había hablado antes en italiano fracturado, pero algo le decía que entendería también el español. El hombre la miró fijamente por un momento, sus ojos escaneando los suyos en busca de una trampa. Luego, asintió. Fue un movimiento breve, casi imperceptible, pero confirmó su sospecha: era un hombre culto, educado. Un hombre que entendía más de lo que podía expresar. El taxi, un Fiat blanco y antiguo, se detuvo definitivamente junto a la acera. El conductor, un hombre mayor con boina y bigote gris, los observaba con curiosidad neutra. Meter al enorme y tembloroso Lucian en el asiento trasero fue una proeza de logística y fuerza de voluntad. Emma lo guio como a un sonámbulo, protegiendo su cabeza con la mano, hasta que finalmente se desplomó en el asiento de vinilo, ocupándolo casi por completo. —Buona notte, la Villa Imperiale, per favore —balbuceó Emma, jadeando, una vez que se acomodó a su lado y cerró la portezuela. El olor a tabaco viejo y a limpiador barato llenó el espacio reducido. —Buona notte, bella donna —respondió el conductor, volviéndose para echar un vistazo sobre su hombro. Sus cejas se arquearon al ver el bulto inmóvil y cubierto de tierra junto a ella—. Il tuo amico sta bene? La mentira salió de los labios de Emma con una fluidez que la sorprendió, vestida con la mejor y más convincente de sus sonrisas turísticas. —È ubriaco, ha bevuto troppo. È tutto. El conductor asintió; una mueca de comprensión y leve desdén cruzó su rostro, como si aquella explicación cerrara cualquier curiosidad. Se giró hacia el volante, puso el coche en marcha y se sumergieron en el silencio nocturno de Génova. El hombre a su lado no se movió durante todo el trayecto. No hizo un sonido. Permaneció rígido, con las manos grandes y sucias apoyadas sobre sus muslos, la vista fija en la alfombrilla gris del suelo del vehículo, como si cualquier distracción pudiera hacer desaparecer el milagro. Solo el leve temblor que aún lo recorría delataba la tormenta que debía de estar librando en su interior. Cuando el taxi se detuvo frente a la entrada principal de la Villa Imperiale, Emma le indicó al conductor con un gesto que siguiera por el camino lateral, rodeando el edificio principal hasta detenerse frente al jardín privado y discreto del pequeño hostal anexo. Pagó con billetes algo arrugados, bajó del coche y rodeó la parte trasera para abrir la otra portezuela. Su acompañante alzó la mirada lentamente. Desde debajo de las largas y oscuras pestañas que enmarcaban sus ojos esmeralda, la observó. Y esta vez, la media sonrisa fue un poco más definida. Emma, de pronto, se quedó sin aliento y le costó varios segundos recomponerse, ayudarlo a salir del auto y atravesar el hermoso jardín lateral del hotel hasta la puerta de cristal corrediza que daba directamente a su habitación. De nuevo, Emma rogó al cielo y a todos los santos que a la persona de la limpieza no se le hubiera ocurrido ponerle el seguro. Tiró del marco de metal y el cristal se deslizó suavemente, sin hacer ruido. Cruzaron el umbral y cerraron la puerta detrás de ellos. Una vez dentro, a salvo, ambos suspiraron aliviados de haber terminado, por fin, con su odisea.Patrick Belle nació en época de guerra, quizás a eso se debía su carencia de empatía o humanidad. Como segundo hijo de sus padres, creció con cierta cantidad de libertad que le permitió llevar una vida casi normal. Nunca se interesó por los negocios de su padre, ni mucho menos por su falsa persecución de la justicia.Lo único que su padre y él compartían, era su gusto por las mujeres jóvenes, entre más jóvenes, mejor. Esa afinidad entre ellos la descubrió cuando tenía veintiséis años y su padre Jacques lo invito al club de uno de sus asociados. El hombre tenía preparado para él una amplia variedad de jovencitas, si eran puras su padre pagaba más por ellas. Esa misma noche conoció a los enemigos de los que tanto hablaba el viejo. La noche iba bien, todo era diversión hasta que un grupo de mercenarios entró por la puerta buscando a su padre.Los dos lograron escapar, pero el club fue destruido hasta los cimientos. Lo cual no era un problema pues como ese lugar, su padre y su organizació
De vuelta en la casa que ocupaban él y su equipo, Lucian conectó la usb a su computadora portátil y esperó a que la información que contenía apareciera en la pantalla. Había solo una carpeta con su nombre, en su interior, un documento y dos videos. El rey presionó doble clic sobre el primer video y este no tardó en comenzar a reproducirse.La imagen fue tomada en la mansión de sus abuelos por una de las cámaras de seguridad, en esta se podía ver a sus padres hablando en un susurro, muy cerca el uno del otro. El audio no era muy bueno, sin embargo, pudo entender claramente que su madre decía, “nadie debe saber que él no es tu hijo”. Pero eso no probaba nada, podían estarse refiriendo a Víctor.El segundo video se reprodujo de forma automática y en la pantalla apareció su padre. Estaba atado a una silla, había sido torturado. El estomago de Lucian se revolvió al verlo en ese estado.—¿Por qué lo nombraste tu heredero? Ni siquiera es tu hijo. —Víctor estaba ahí también, de pie frente a s
Lucian cambió el peso de un pie al otro, su mirada esmeralda fija en el monitor que les mostraba la imagen captada por las cámaras de seguridad que había en la casa vecina a la que sus padres usaban cada vez que debían asistir a una reunión con el consejo. La casa del rey, técnicamente. Sin embargo, ni a su padre, ni a él les gustaba la ostentosa propiedad, por lo que se convirtió en el lugar que visitaban solo cuando era necesario.—¿Tenemos confirmación visual del Víctor? —Cuestionó al hacker que le había ayudado a entrar al sistema.—Aún no. —El hombre tecleo alguna especie de código y le señalo otro de los monitores de los cinco que tenía sobre la mesa. —Pero recuperé parte de la memoria y encontré esto.Lucian se quedó mortalmente quieto al enfrentarse con la imagen. En la pantalla aparecía Emma, estaba inconsciente mientras un hombre la llevaba dentro de la casa, tenía las manos atadas en la espalda y restos de sangre en la nuca. El corazón se le apretó dentro del pecho al saber
Pablo aprendió a sus escasos tres años que la vida era una perra maldita que una vez te mordía, no te soltaba hasta que estabas en el suelo. No sabía quiénes eran sus padres, desde que tenía uso de razón vivió entre orfanatos y hogares temporales, con gente que iba de mal a peor a medida que crecía. Pero en mitad de ese infierno, la vida también le regaló un par de milagros. El primero fue Roberto, Beto, para ellos, era apenas un niño de cinco años cuando lo conoció, grande para su edad, con las mejillas regordetas y la mirada llena de enojo. Pablo tenía casi siete entonces y era todo lo contrario, casi esquelético, pequeño, con lentes, cabello ondulado y pecas en las mejillas.Pablo acostumbraba a leer en voz alta, le resultaba más efectivo hacerlo de esa manera para entender lo que decían los libros, los otros niños lo molestaban por eso. Hasta que un buen día Beto se enfrentó a ellos y terminaron los dos siendo castigados por iniciar una pelea. A partir de ese día, Beto se sentaba
Emma despertó por el frío que hacía erizarse su piel. Se sentía aletargada, como si llevará meses sumida en un profundo sueño. Su primer pensamiento fue Matheo, ¿estaría bien? En su cabeza se reprodujo a cámara lenta lo que había pasado, la aparición de ese hombre, sus sospechas desde que lo vio, la forma en la que la acorraló, y sobre todo, la mirada carente de alma. Había visto esa clase de mirada muchas veces antes, y estaba segura de que si ese hombre llegaba a su hijo, no se detendría solo porque era un bebé.A pura fuerza de voluntad consiguió calmar el temblor que le producía el frío y de ese modo concentrarse en lo que debía hacer. Lentamente, elevó los parpados, pero no sirvió de nada, todo estaba a oscuras. Podía observar destellos de luz aquí y allá, pero eran más bien como delgadas grietas en la oscuridad. Pronto adivino que tenía una venda sobre los ojos. Su cuerpo estaba entumecido, tirado de costado sobre una superficie húmeda, dura y fría. Un suelo de cemento, quizás.
Víctor conocía demasiado bien a su hermano mayor. O por lo menos eso pensaba antes de haberlo traicionado e ir en busca de su hermana menor. El muy bastardo preparó todo un elaborado plan que solo incluía a un par de personas y a Helena, quienes desaparecieron sin dejar rastro alguno, llevándose con ellos su única oportunidad para conocer el paradero de los sellos reales.Durante años intentó sin éxito obtener esa información directamente de su hermano, pero el bastardo aguanto todo tipo de torturas sin decir una sola palabra. Pero Víctor sabía, conocía la debilidad de su hermano. La noche del temblor en Génova, la suerte le sonrió por primera vez en años. Por mera casualidad estaba cerca de la iglesia cuando Lucian era llevado fuera por una mujer a la que no había visto jamás en su vida. Una desafortunada coincidencia que la puso en la línea de tiro.Discretamente, los siguió hasta el hotel que estaba frente a la Villa Imperiale, justo el mismo en el que él se hospedaba, pues era épo







