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Oportunidad

Author: Ichigo Ichie
last update publish date: 2023-03-12 06:22:08

OPORTUNIDAD

Venecia, Italia. Principios de 2020.

El sol de mediodía caía a plomo sobre los canales, transformando el agua en un espejo cegador de reflejos dorados y azules pálidos. Emma terminó de guardar su cepillo de dientes, el bote medio vacío de champú sólido y la toalla diminuta y áspera que ya olía a humedad permanente. Todo cabía, con precisión milimétrica, en los compartimentos de su mochila de viaje. Se dejó caer en la butaca de terciopelo desgastado frente a las puertas dobles del balcón, dejando escapar un suspiro largo y cansado.

Tres semanas atrás, la idea había sonado a libertad pura: recorrer Europa con lo puesto, vivir de la improvisación, de las risas y del pan recién horneado. Beto, con su entusiasmo contagioso, lo había vendido como «la única aventura real que nos queda antes de la adultez». Lily, Anne, Roger, Pablo y ella habían picado el anzuelo con una fe casi patética. Ahora, esa misma aventura se había convertido en una cuenta atrás hacia la bancarrota literal. Sin dinero, con las últimas barras de cereal repartidas como raciones de combate, sin reserva para un albergue esa noche y con la ropa interior dándoles la vuelta para ganar un día más de uso. El romanticismo del viaje ligero se había evaporado, dejando solo el peso pegajoso del sudor viejo y la incertidumbre.

Recordó el momento, dos semanas atrás, en el aeropuerto. Sus ahorros, justos para el billete de ida y vuelta, le habían parecido un acto de rebeldía financiera. El plan era de una simplicidad espartana: hostales baratos, sándwiches de supermercado, fideos instantáneos calentados con hervidores eléctricos prestados y el cielo como techo de respaldo. La realidad londinense, fría y lluviosa, les dio la primera bofetada. Después de empaparse hasta los huesos frente al Palacio de Buckingham, de hacer cola bajo un aguacero para ver el London Eye y de tiritar en el Tower Bridge, la idea de dormir al raso perdió todo su encanto bohemio. La noche la pasaron en una posada modesta al norte del Soho, donde el olor a cerveza rancia y alfombra húmeda se convirtió en su primer aroma europeo.

El plan de habitaciones separadas —una para chicos, otra para chicas— se derrumbó ante las primeras necesidades íntimas. Beto y Lily, en su burbuja de recién enamorados, exigieron privacidad para su «tiempo de pareja». Pablo y Anne, quizá por emulación o por un destello de valentía propia, hicieron lo mismo. De repente, Emma se encontró compartiendo una habitación estrecha con Roger. La delicada mesa de noche entre las dos camas gemelas se convirtió en una frontera infranqueable, cargada de toda la tensión no dicha de los últimos dos años. Porque Emma lo sabía, lo había sabido desde el primer día: Roger sentía algo más que amistad. Ella, meticulosa, lógica, arquitecta de su propia fortaleza emocional, prefería ignorar los signos. Aquella noche, separados por un metro de madera barata y el ruido de la fontanería, durmieron dándose la espalda el uno al otro, en un silencio elocuente.

Los días siguientes fueron un torbellino de postal: el Big Ben envuelto en andamios, la solemnidad gótica de la Abadía de Westminster, el bullicio colorido de Piccadilly Circus. Bebieron pintas de cerveza tibia en pubs abarrotados, donde conocieron a otros nómadas con consejos y rutas alternativas. Comieron hot dogs grasientos en la calle, riendo con la boca llena. Y, a la mañana siguiente, con resaca y prisa, alquilaron un coche y pusieron rumbo a Folkestone, al Eurotúnel, hacia Francia.

París llegó como un soplo de aire cargado de promesas. La primera visión de la Torre Eiffel, emergiendo tras un recodo de la autopista, le arrancó el aliento a Emma. No era una foto ni un sueño; era hierro oxidado y glorioso contra el cielo gris perla. Subieron, se apretujaron en los miradores, tomaron decenas de fotos con sonrisas forzadas por el viento. Recorrieron la catedral de Notre-Dame, perdieron la tarde en el Jardín de las Tullerías y se sintieron insignificantes frente a la pirámide del Louvre. París les dio lo que promete a los turistas: belleza en cada esquina, vino barato que sabe a gloria, croissants que se deshacen en la boca y un aura de romance tan densa que casi se podía palpar.

Casi. Porque para Emma, el romance era un territorio minado. Años atrás, había bajado la guardia, había permitido que la lógica fuera devorada por un sentimiento ciego y abrasador. Casi no había salido con vida de las ruinas emocionales y físicas que quedaron. Desde entonces, había levantado murallas. Cartografió su corazón como un ingeniero fortifica una ciudad: sin puntos débiles, sin accesos no controlados. Así que, cuando Roger, probablemente embriagado por las luces del Sena y la melodía de un acordeón lejano, decidió confesarle sus sentimientos en un puente cerca de la Île Saint-Louis, ella ya tenía preparada la respuesta. Fue clara, firme, casi quirúrgica.

No estaba hecha para eso. No quería eso.

Para su sorpresa y enorme alivio, Roger no se derrumbó. No hubo dramas, ni reproches, ni siquiera un enfado palpable. Simplemente asintió, con una tristeza serena en los ojos, y al día siguiente volvió a ser el Roger de siempre: amable, divertido, el tipo que cargaba con las mochilas más pesadas y encontraba el camino sin mirar el mapa. Emma sintió un agradecimiento profundo. Lo quería, sí. Como se quiere a un faro de estabilidad en medio del caos, a un compañero de batalla cuya nobleza interior y carácter tranquilo eran un refugio.

Que su torpe confesión no hubiera dinamitado eso fue un regalo.

El viaje continuó, marcado por la escasez creciente de fondos. Bruselas les ofreció la Basílica del Sagrado Corazón y el olor a waffles y chocolate. Brujas los envolvió en su encanto de cuento medieval, con sus canales quietos y fachadas de ensueño. Alemania los sorprendió con la Ruta de los Castillos, donde las fortalezas se alzaban sobre bosques esmeralda. En Suiza, los Alpes los recibieron con una majestuosidad que les quitó el habla, aunque el precio del chocolate caliente casi les dio un infarto.

Y luego, Italia. La tierra prometida. Campiñas que parecían pintadas al óleo, iglesias que contenían siglos de historia en cada piedra, el Coliseo bajo un sol implacable.

Y Venecia.

Era imperdonable no rendir pleitesía a la ciudad flotante. Llevaban dos días entregados a su laberinto de canales y callejones: paseos en góndola que vaciaban los bolsillos, cafés en la Piazza San Marco observando a las palomas, espectáculos de arte callejero en plazas ocultas. Un mundo de maravilla que hacía aún más dolorosa la decisión que tenían que tomar.

Cuando Emma bajó al vestíbulo de la pequeña pensión, una habitación con sofás raídos y el olor a café quemado de siempre, el resto ya estaba allí. Roger había bajado antes, dándole espacio, como siempre. Los vio a todos: Beto con los hombros caídos, Lily mordisqueando una uña, Anne mirando fijamente su teléfono sin batería, Pablo dando vueltas inquieto. La decepción era un miasma tangible en el aire. El sueño se acababa. La cartera mandaba.

—¿Lista para irnos? —preguntó Roger al verla bajar las escaleras.

Se acercó, tomándole la mochila del hombro en un gesto automático, un hábito de caballerosidad que Emma ya no intentaba rechazar.

—Supongo… —respondió ella, con un tono que pretendía ser indiferente, pero que sonaba a derrota.

—¡Eh, chicos! —La voz de Pablo cortó el aire pesado desde la entrada. Tenía una mano en alto, agitándola, y una expresión extraña, una mezcla de excitación y cautela.

—¿Qué pasa, hermano? —preguntó Beto, ajustándose la mochila, que parecía pesar el doble que hacía tres semanas.

—Tengo buenas noticias —anunció Pablo, y una sonrisa amplia, casi triunfal, se le extendió por la cara.

—Habla de una vez —exigió Roger, sin levantar la voz, pero con una urgencia contenida.

Pablo los miró uno por uno, haciendo una pausa teatral. Luego, con voz solemne, como anunciando un edicto real, declaró:

—Encontré un lugar donde podemos dormir, comer y ganar dinero. Durante una semana completa.

Cinco pares de ojos se clavaron en él, cargados de un escepticismo profundamente arraigado por quince días de malas decisiones financieras. Pablo se encogió de hombros, desafiante.

—¿Bajo qué condiciones? —fue Emma quien formuló la pregunta que resonaba en el cerebro de todos. Su voz era clara, práctica. La voz de quien ha aprendido a desconfiar de los regalos gratis.

—Tenemos que trabajar como camareros. Toda la semana —admitió Pablo.

—¡Lo sabía! —soltó Lily, con un gesto de fastidio.

—Obvio —secundó Anne, cruzando los brazos con fuerza sobre el pecho.

—¡Eh! Nos pagan bien —se defendió Pablo, levantando las manos—. Las propinas son aparte. Y el alojamiento y la comida están incluidos. Es un buen trato.

—¿Y dónde es esta oportunidad tan espléndida? —preguntó Roger, y ni siquiera intentó disimular el escepticismo que teñía cada palabra de un sarcasmo ácido.

Pablo los miró, y su sonrisa se amplió hasta llegar de oreja a oreja, como si estuviera a punto de repartir el premio gordo.

—Génova.

La palabra cayó en el silencio del vestíbulo como una piedra en un estanque quieto. Para los demás, era solo otra ciudad italiana, otro nombre en el mapa. Para Emma, fue como si alguien hubiera pulsado una cuerda muy profunda y muy antigua dentro de ella.

Una sonrisa genuina, la primera en días que no era de cortesía o de resignación, se dibujó lentamente en sus labios.

Génova.

El único lugar de Europa que, desde que empezó a planear este viaje imposible, sentía que debía visitar. No era un capricho ni una atracción turística más. Era un tirón visceral, una certeza absurda que había crecido en su interior como una raíz. Se había quemado las pestañas estudiando mapas, historias y leyendas de Liguria. Había aceptado esta aventura descabellada, había gastado hasta el último céntimo de su cuenta, impulsada por una fuerza que no entendía, pero que no podía ignorar.

Todo, de algún modo oscuro e inarticulado, parecía haberla estado conduciendo hasta allí. Solo para estar donde, en lo más profundo de su ser, sentía que debía estar.

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