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TRAICIÓN
Norte de Italia, otoño de 2015. La noche envolvía Génova con un manto frío y húmedo; el aire salino del puerto se mezclaba con el aroma a tierra mojada y piedra antigua. Lucian avanzó más allá de los muelles desiertos, donde las sombras de las grúas se alzaban como esqueletos gigantes contra el cielo encapotado. Tomó la calle principal con paso decidido, pero pronto se desvió por un estrecho callejón adoquinado, tan angosto que casi podía tocar ambas paredes con los codos. Las fachadas de los edificios, centenarias y carcomidas por la humedad, parecían inclinarse sobre él, sus ventanas oscuras como cuencas vacías. Se detuvo un momento, apoyando la espalda contra la fría piedra del Palacio San Giorgio. El silencio era profundo, solo roto por el lejano rumor del mar y el viento susurrando entre los tejados. Encendió un cigarrillo; la llama del mechero iluminó brevemente su rostro: mandíbula cuadrada, cicatriz tenue en la mejilla izquierda, ojos de un verde intenso y gélido, como el musgo bajo la helada. Exhaló el humo lentamente, observando cómo se disolvía en la oscuridad. Llevaba tres días siguiendo a dos miembros de «La Corte Silente». Los había reconocido en una taberna de Venecia, un lugar bajo y ahumado donde las conversaciones se murmuraban y los cuchillos brillaban más que las sonrisas. Ahora estaban aquí, en Génova, y algo en las entrañas de Lucian le gritaba que este era el corazón de la bestia. «Le cortas una mano a la bestia y te sigue persiguiendo», recordó la voz ronca de su padre mientras afilaba un cuchillo junto al fuego del campamento. «Le cortas la cabeza… y muere para siempre». Su progenitor no había logrado verlo; una bala anónima lo había alcanzado en un callejón no muy distinto de aquel. Pero Lucian terminaría lo que su padre había empezado. Acabaría con la cacería. Solo entonces podría cumplir la promesa hecha a su madre moribunda: colgar las armas, echar raíces, tener una familia que no creciera con la constante sombra del peligro sobre sus cabezas. Media hora después, los dos hombres salieron de la pensión donde se hospedaban. Lucian había estado allí antes del amanecer. Luigi, el dueño, un tipo con ojos huidizos y manos temblorosas, había sido sorprendentemente comunicativo. Cada solsticio, decía, su modesto hostal se llenaba de jóvenes extranjeros, todos entusiastas, todos con itinerarios idénticos: visitar la Iglesia de Nostra Signora del Monte y luego la Villa Imperiale. Los dos hombres que Lucian seguía eran visitantes regulares; llegaban, se quedaban una semana y desaparecían hasta el siguiente cambio de estación. Era la confirmación que necesitaba. Aquello no era una coincidencia. La Corte tenía allí su nido. Los extranjeros eran reclutas novatos; los dos tipos de traje, reclutatori. Lucian dio una última calada al cigarrillo y lo aplastó bajo la suela de su bota. Se subió el cuello del abrigo de lana y revisó las dagas en los bolsillos laterales; luego comprobó las dos pistolas Beretta de 9 mm bajo las axilas. Había sido una imprudencia salir sin equipo, pero se suponía que aquellos días eran de descanso para su gente. Sin embargo, todo cambió cuando los vio en Venecia. Desde entonces, los había seguido con paciencia de depredador: sus compras intrascendentes, su viaje en barco hasta Génova, su reclusión en la pensión… hasta esa noche. Se fundió con las sombras y comenzó a seguirlos. Sus movimientos eran fluidos, casi felinos, un legado de décadas de entrenamiento. Los dos hombres vestían trajes negros impecables y pajaritas, como si se dirigieran a un cóctel de gala en lugar de a una reunión clandestina. Al pasar frente a la iglesia, saludaron al párroco con familiaridad. Un breve intercambio de palabras, una bendición del sacerdote y siguieron su camino. Lucian apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. «No matarás», rezaba el libro sagrado que ese mismo cura predicaba cada domingo. Y, sin embargo, ahí estaba, bendiciendo a los secuestradores, a los torturadores, a los que habían convertido la fe en una excusa para la carnicería. Tragó bilis, la rabia haciéndole arder los ojos. Rodeó la iglesia y tomó el sendero ascendente que los hombres habían seguido. Conocía bien el terreno; el camino de piedra serpenteaba colina arriba, flanqueado por cipreses oscuros, hasta desembocar en los jardines de la Villa Imperiale. Por supuesto. ¿Qué mejor lugar para recibir a nuevos adeptos que un palacio renacentista con vistas a toda la ciudad? Se internó entre la espesura del bosque lateral, moviéndose entre los árboles con sigilo absoluto. Desde allí, a través de las altas ventanas iluminadas del salón principal, pudo verlo todo. Al menos doscientas personas. Jóvenes, sí, muchos con caras ansiosas y ropas de viaje. Pero también reconoció a otros: Esecutori, Prefetti, caras que había visto en fotografías borrosas y reportes de inteligencia. Y entonces lo vio. «Il Custode» en persona. Alto, de pelo plateado y espalda recta, vestido con un austero traje negro. El hombre que había dado la orden que terminó con la vida de sus padres. El responsable de décadas de masacre. El asesino de su hermana. La sangre de Lucian hirvió. Sintió el latido acelerado de su corazón en las sienes, un nudo de furia y odio puro que le oprimía el estómago. Sus ojos, aquellas esmeraldas vivas, brillaron con una luz glacial y antigua. No podía atacar allí, no con tantos. Sería una muerte estúpida, inútil. Pero, tarde o temprano, Il Custode estaría solo. Y entonces Lucian cobraría cada vida, cada grito ahogado, cada nombre tachado de su lista. Frustrado, se pasó una mano por el cabello castaño y maldijo en voz baja. Ir solo había sido un error. Pero después del último enfrentamiento, en el que perdieron a Marco y a Stefano, dos de los mejores, no tuvo corazón para pedirle a su gente que volviera al campo de batalla tan pronto. Necesitaban tiempo. Tiempo para recordar por qué luchaban. Para abrazar a sus seres queridos. Con la ira comiéndole por dentro, buscó un punto mejor de vigilancia. Se giró y avanzó entre los árboles, pisando las hojas secas sin hacer más ruido que un suspiro. A pesar de su metro noventa y ocho y sus noventa y seis kilos de músculo puro, se movía con la gracia silenciosa de un gran felino. Años de entrenamiento lo habían convertido en una sombra viva, un espectro de fuerza contenida y violencia latente. Estaba a punto de alcanzar un mirador natural entre las rocas cuando un crujido leve, casi imperceptible, sonó a sus espaldas. Se giró de golpe, las dagas ya empuñadas en sus manos, los músculos tensos como resortes. —¿Qué demonios haces aquí? —preguntó, escaneando la oscuridad con mirada de halcón. Luego relajó los hombros un ápice, aunque no del todo. Las dagas bajaron, pero no fueron envainadas. —¿Cómo me encontraste? —Seguí tu rastro —respondió la voz familiar. Era Víctor. Su hermano menor. —Lárgate —ordenó Lucian, sin adornos, sin espacio para discusiones. No iba a permitir que la poca familia que le quedaba se pusiera en peligro. —Sí, bueno… verás… Víctor titubeó, y algo en su tono, en su postura demasiado relajada para estar en medio del bosque de la propiedad del enemigo, hizo que a Lucian se le helara la sangre. Entonces lo entendió. Antes de que pudiera articular la traición en palabras, una voz serena y fría resonó a sus espaldas. —Bien hecho, muchacho. Lucian se volvió lentamente. Allí estaba Il Custode, emergiendo de entre los árboles como una aparición, flanqueado por media docena de hombres armados. Pero fue a Víctor a quien miró. A su hermano, que ahora evitaba su mirada. —¿Qué has hecho? —La pregunta salió de los labios de Lucian cargada de algo más que ira: era desilusión, un dolor agudo y repentino que le atravesó el pecho como un puñal. —Hice lo que tú no pudiste hacer en todos estos años —respondió Víctor. Ahora sí alzó la vista, con una chispa de arrogancia en los ojos. —¡Terminé con la guerra! —¡Imbécil! —estalló Lucian, los puños apretados hasta que los nudillos palidecieron, las venas del cuello y la frente marcándose como cables bajo la piel—. ¿De verdad crees que cumplirán lo que te prometieron? —¡Por supuesto que lo harán! —Víctor infló el pecho—. Tu cabeza a cambio de la paz para el resto de nosotros. Es un trato justo, ¿no lo crees? —¡Pagarás por esto! —rugió Lucian. Y, en ese instante, dejó de pensar. Solo actuó. Sus manos volaron a las Berettas. Las dagas se incrustaron en la tierra. Dos disparos secos, dos explosiones sordas rompieron el silencio de la noche. Los dos guardias más cercanos al Custode cayeron con orificios perfectos en la frente. Un tercero se abalanzó desde atrás, pero Lucian giró sobre sí mismo, esquivó el brazo armado y lo atrapó en un candado brutal con el antebrazo contra su garganta. Usó el cuerpo convulsivo como escudo cuando otros dos avanzaron; disparó por encima del hombro del rehén, dos balas certeras que encontraron su blanco. Los cargadores se vaciaron con un clic seco. Lucian arrojó el cuerpo del guardia hacia los que quedaban y, en el segundo de confusión, recargó con movimientos automáticos, fruto de miles de horas de entrenamiento. Disparó otra vez. Otro hombre cayó. Entonces el dolor llegó. Agudo, penetrante: primero en el abdomen, luego en el muslo y después en el hombro derecho. Tres impactos separados que lo hicieron trastabillar. Siguió el rastro del humo del cañón hasta la mano que sostenía el arma. Hasta los dedos de Víctor, apretando el gatillo. Las Berettas cayeron al suelo. Lucian miró a su hermano a los ojos mientras la sangre caliente empapaba su ropa, corriendo por su pierna y su costado. Respiró con dificultad, pero se mantuvo en pie, alimentado por la rabia pura. Con un último esfuerzo sobrehumano, levantó los brazos y disparó hacia las formas que se movían en la penumbra. Luego se lanzó hacia Víctor, un toro herido cargando contra su matarife. Un cuarto disparo retumbó, más cerca, más íntimo. Sintió la bala hundirse entre sus costillas, rozando el corazón. El mundo se tiñó de rojo; la sangre le subía por la garganta, manchaba su visión de puntos danzantes. Estaba tan débil que ni siquiera intentó esquivar el puñetazo final. El impacto de los nudillos de Víctor en su cara lo derribó. Cayó de bruces contra la tierra fría, el sabor a cobre y tierra llenándole la boca. —¡Pagarás por esto, Víctor! —logró jurar, con voz ronca y quebrada, antes de que la oscuridad comenzara a cerrársele alrededor—. Lo juro… Lo último que vio, antes de que sus ojos verdes se cerraran para siempre, fue la sonrisa triunfal y estrecha de su hermano. Y, a su lado, la mirada impasible y fría del Custode, observándolo como a un insecto clavado en un corcho.Patrick Belle nació en época de guerra, quizás a eso se debía su carencia de empatía o humanidad. Como segundo hijo de sus padres, creció con cierta cantidad de libertad que le permitió llevar una vida casi normal. Nunca se interesó por los negocios de su padre, ni mucho menos por su falsa persecución de la justicia.Lo único que su padre y él compartían, era su gusto por las mujeres jóvenes, entre más jóvenes, mejor. Esa afinidad entre ellos la descubrió cuando tenía veintiséis años y su padre Jacques lo invito al club de uno de sus asociados. El hombre tenía preparado para él una amplia variedad de jovencitas, si eran puras su padre pagaba más por ellas. Esa misma noche conoció a los enemigos de los que tanto hablaba el viejo. La noche iba bien, todo era diversión hasta que un grupo de mercenarios entró por la puerta buscando a su padre.Los dos lograron escapar, pero el club fue destruido hasta los cimientos. Lo cual no era un problema pues como ese lugar, su padre y su organizació
De vuelta en la casa que ocupaban él y su equipo, Lucian conectó la usb a su computadora portátil y esperó a que la información que contenía apareciera en la pantalla. Había solo una carpeta con su nombre, en su interior, un documento y dos videos. El rey presionó doble clic sobre el primer video y este no tardó en comenzar a reproducirse.La imagen fue tomada en la mansión de sus abuelos por una de las cámaras de seguridad, en esta se podía ver a sus padres hablando en un susurro, muy cerca el uno del otro. El audio no era muy bueno, sin embargo, pudo entender claramente que su madre decía, “nadie debe saber que él no es tu hijo”. Pero eso no probaba nada, podían estarse refiriendo a Víctor.El segundo video se reprodujo de forma automática y en la pantalla apareció su padre. Estaba atado a una silla, había sido torturado. El estomago de Lucian se revolvió al verlo en ese estado.—¿Por qué lo nombraste tu heredero? Ni siquiera es tu hijo. —Víctor estaba ahí también, de pie frente a s
Lucian cambió el peso de un pie al otro, su mirada esmeralda fija en el monitor que les mostraba la imagen captada por las cámaras de seguridad que había en la casa vecina a la que sus padres usaban cada vez que debían asistir a una reunión con el consejo. La casa del rey, técnicamente. Sin embargo, ni a su padre, ni a él les gustaba la ostentosa propiedad, por lo que se convirtió en el lugar que visitaban solo cuando era necesario.—¿Tenemos confirmación visual del Víctor? —Cuestionó al hacker que le había ayudado a entrar al sistema.—Aún no. —El hombre tecleo alguna especie de código y le señalo otro de los monitores de los cinco que tenía sobre la mesa. —Pero recuperé parte de la memoria y encontré esto.Lucian se quedó mortalmente quieto al enfrentarse con la imagen. En la pantalla aparecía Emma, estaba inconsciente mientras un hombre la llevaba dentro de la casa, tenía las manos atadas en la espalda y restos de sangre en la nuca. El corazón se le apretó dentro del pecho al saber
Pablo aprendió a sus escasos tres años que la vida era una perra maldita que una vez te mordía, no te soltaba hasta que estabas en el suelo. No sabía quiénes eran sus padres, desde que tenía uso de razón vivió entre orfanatos y hogares temporales, con gente que iba de mal a peor a medida que crecía. Pero en mitad de ese infierno, la vida también le regaló un par de milagros. El primero fue Roberto, Beto, para ellos, era apenas un niño de cinco años cuando lo conoció, grande para su edad, con las mejillas regordetas y la mirada llena de enojo. Pablo tenía casi siete entonces y era todo lo contrario, casi esquelético, pequeño, con lentes, cabello ondulado y pecas en las mejillas.Pablo acostumbraba a leer en voz alta, le resultaba más efectivo hacerlo de esa manera para entender lo que decían los libros, los otros niños lo molestaban por eso. Hasta que un buen día Beto se enfrentó a ellos y terminaron los dos siendo castigados por iniciar una pelea. A partir de ese día, Beto se sentaba
Emma despertó por el frío que hacía erizarse su piel. Se sentía aletargada, como si llevará meses sumida en un profundo sueño. Su primer pensamiento fue Matheo, ¿estaría bien? En su cabeza se reprodujo a cámara lenta lo que había pasado, la aparición de ese hombre, sus sospechas desde que lo vio, la forma en la que la acorraló, y sobre todo, la mirada carente de alma. Había visto esa clase de mirada muchas veces antes, y estaba segura de que si ese hombre llegaba a su hijo, no se detendría solo porque era un bebé.A pura fuerza de voluntad consiguió calmar el temblor que le producía el frío y de ese modo concentrarse en lo que debía hacer. Lentamente, elevó los parpados, pero no sirvió de nada, todo estaba a oscuras. Podía observar destellos de luz aquí y allá, pero eran más bien como delgadas grietas en la oscuridad. Pronto adivino que tenía una venda sobre los ojos. Su cuerpo estaba entumecido, tirado de costado sobre una superficie húmeda, dura y fría. Un suelo de cemento, quizás.
Víctor conocía demasiado bien a su hermano mayor. O por lo menos eso pensaba antes de haberlo traicionado e ir en busca de su hermana menor. El muy bastardo preparó todo un elaborado plan que solo incluía a un par de personas y a Helena, quienes desaparecieron sin dejar rastro alguno, llevándose con ellos su única oportunidad para conocer el paradero de los sellos reales.Durante años intentó sin éxito obtener esa información directamente de su hermano, pero el bastardo aguanto todo tipo de torturas sin decir una sola palabra. Pero Víctor sabía, conocía la debilidad de su hermano. La noche del temblor en Génova, la suerte le sonrió por primera vez en años. Por mera casualidad estaba cerca de la iglesia cuando Lucian era llevado fuera por una mujer a la que no había visto jamás en su vida. Una desafortunada coincidencia que la puso en la línea de tiro.Discretamente, los siguió hasta el hotel que estaba frente a la Villa Imperiale, justo el mismo en el que él se hospedaba, pues era épo







