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El Ring del Demonio: Domando al Capo Irlandés (Libro 1).
El Ring del Demonio: Domando al Capo Irlandés (Libro 1).
Author: Asamy Crossover

CAPÍTULO 1: EL OSO IRLANDÉS Y LA FIERA DEL RING

last update publish date: 2026-10-10 10:01:33

POV SAMANTHA

—¡Muévete, Sam! ¡No dejes que te acorrale contra las cuerdas! —me gritó Dominic desde la esquina, con la voz ahogada por el bullicio del gimnasio.

Ajusté mi guardia, sintiendo las gotas de sudor resbalar por mi frente y empapar la camiseta corta que dejaba al descubierto el tatuaje de lobo en mi abdomen. El peso pesado del distrito intentó lanzarme un volado de derecha, pero pivoté sobre la lona con agilidad felina, esquivando el impacto por milímetros antes de conectar un gancho seco en su hígado. El gigante se dobló en dos, sin aire, y el árbitro dio por terminada la pelea.

La pequeña multitud alrededor del cuadrilátero estalló en vítores. Sonreí con altanería, ajustándome la cola de caballo. A mis veintitrés años, con tres carreras universitarias a medio terminar y una absoluta falta de rumbo en la vida, el boxeo y el gimnasio que manejaba con mi hermano mayor eran lo único que me mantenía cuerda.

—Nadie en este distrito te gana un solo asalto, enana —río Dominic mientras subía al ring para desabrocharme los guantes.

Mi hermano es un Marine de élite en descanso: un roble imponente de más de un metro noventa, espalda ancha y mandíbula marcada con una barba densa impregnada de canas plateadas que lo hacían ver peligrosamente atractivo. Para proteger mi reputación de los cazadores de una noche, solía hacerse pasar por mi prometido celoso ante los desconocidos. Teníamos una familiaridad física extrema; nos abrazábamos, nos besábamos los labios. Si Vicente Fernández besaba a sus hijos varones en la boca, ¿quién era yo para juzgar? Me encanta sentarme en su regazo para sentirlo cerca, y él siente lo mismo. En sus brazos pesados y masivos me siento a salvo, en casa. Me susurra al oído, me da besos protectores en los hombros, el cuello y abraza mi cintura para asegurarse de que no me caiga cuando me quedo dormida sobre su regazo y nos mimábamos como si el mundo exterior no existiera. Él era mi escudo, mi referente y mi centro.

—Es porque estos tipos pelean como abuelitas entumecidas —le respondí en voz alta, quitándome las vendas sin el menor recato—. Necesito a alguien que de verdad aplaste, que no se mee encima cuando le planto cara.

Justo en ese momento, una voz grave, profunda y helada resonó desde el pasillo de la entrada, cortando el ruido de los sacos y las pesas como si fuera un cristal rompiéndose:

—Entonces deberías dejar de jugar a los puñetazos con los aficionados de tu barrio, niña.

El silencio fue instantáneo.

Todos los presentes se giraron hacia la penumbra del pasillo. De entre las sombras emergió un hombre colosal. Medía casi dos metros de altura, con hombros masivos envueltos en un traje italiano hecho a medida que gritaba dinero, poder y violencia. Su rostro era duro, esculpido con una mandíbula tensa y una barba corta donde despuntaban canas prematuras. Pero lo más aterrador eran sus ojos: una mirada gris tormentosa, gélida y calculadora que parecía analizar cada punto ciego para matar.

Caminaba como un predador absoluto. Nadie se atrevía a sostenerle la vista.

—¿Quién demonios es este viejo con ínfulas de magnate? —murmuré para mí misma, pero la arrogancia en sus pasos me encendió la sangre de inmediato.

El desconocido se detuvo a pocos metros del cuadrilátero, paseando su mirada con desprecio por el lugar hasta fijarla en mi hermano y luego en mí. Se detuvo en mi abdomen al descubierto, en las curvas atléticas de mi cuerpo y en mis pechos jadeantes por el esfuerzo, dedicándome una sonrisa burlona y prepotente.

—Buscaba un gimnasio para quemar adrenalina—comentó el hombre, ajustándose los gemelos de oro de su camisa con una calma exasperante—. Pero veo que he caído en una guardería. ¿Una chiquilla dando clases a hombres hechos y derechos? Qué patético.

El insulto directo cayó como una bomba en la lona. Sentí el calor del orgullo subirme a las mejillas a toda velocidad. Dominic dio un paso al frente, interponiéndose de inmediato con su aura territorial de Marine, pero lo detuve poniendo una mano firme en su pecho masivo.

—Déjamelo a mí, Dom —le dije en voz baja, clavando mis ojos almendrados en los del desconocido.

Bajé del ring de un salto, caminando a paso firme hasta quedar a escasos centímetros de su imponente pecho. Aunque me sacaba casi dos cabezas de altura y emanaba un aura tan oscura que habría hecho temblar a cualquiera, me erguí con la postura altiva que heredé de mi madre.

—Escúchame bien, anciano del traje caro —le espete con la boca sucia y la voz cargada de veneno—. Estás pisando mi gimnasio. Si no tienes los cojones para subirte al cuadrilátero y probar a esta "chiquilla", mejor da media vuelta y regresa a tus reuniones de oficina a contar moneditas antes de que te rompa esa mandíbula de macho sexista, imbécil.

El hombre entornó los ojos grises. Por un segundo, una chispa de pura sorpresa y fascinación brilló en su mirada gélida. Dio un paso adelante, invadiendo mi espacio personal hasta que su sombra masiva me cubrió por completo. Olía a tabaco caro, whisky y un perfume de diseñador sumamente masculino.

—Tienes la boca demasiado grande para lo pequeña que eres, fiera —susurró inclinándose ligeramente hacia mi oreja, con una voz tan profunda que me hizo vibrar el esternón—. Ten cuidado con lo que provocas. No estás tratando con los muchachos de tu barrio.

—No me das miedo, viejo —le devolví el susurro, encarándolo con una sonrisa descarada—. He visto sacos de boxeo con más carácter que tú.

El desconocido soltó una carcajada seca, desprovista de alegría pero cargada de una peligrosidad animal. Se desabrochó el saco del traje y lo arrojó sobre el mostrador de recepción sin quitarme los ojos de encima.

—Me llamo Alastor —declaró con autoridad absoluta—. Y voy a enseñarte a respetar el calibre de un hombre de verdad.

—Samantha —le respondí, ajustándome la guardia—. Y yo voy a enseñarte a no meterte con una latina que sabe perfectamente cómo defenderse.

El aire entre los dos se volvió una hoguera de tensión sexual, rabia y desafío. En ese preciso instante, Alastor dio un paso hacia las cuerdas, sacando un fajo de billetes de su bolsillo.

—Cinco mil dólares en efectivo por cada golpe limpio que me des en el rostro o en el cuerpo esta noche, pequeña sabandija —retó con chulería—. Veamos si tu puño tiene el mismo veneno que tu lengua.

Se quitó la corbata y las miradas se cruzaron como dos espadas de acero. El choque de nuestros egos acababa de comenzar.

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