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CAPÍTULO 2: EL PRIMER ENCUENTRO EN EL RING

last update 公開日: 2026-10-10 10:15:06

POV ALASTOR

No tengo idea de qué demonios estoy buscando, pero sé que follar esta noche no me bastaría. Necesito un jodido gimnasio cualquiera en estas calles americanas para quemar toda la adrenalina que me quema las venas antes de sentarme con los italianos. Necesito cansarme antes de volarle la cabeza al jodido Dante Soprano y desatar una maldita guerra que, por ahora, no le conviene a nadie.

Pasando la vista de reojo por el parabrisas, diviso un gimnasio grande pero ubicado de forma reservada, casi oculto en la entrada de un callejón oscuro. Analizo las salidas, las ventanas y los puntos ciegos; en mi oficio, es mejor pecar de precavido. Doy reversa con suavidad y estaciono la camioneta en medio del callejón, en una zona de penumbra para que nadie pueda identificar mi vehículo con facilidad. Me despojo del saco del traje a medida y de la corbata de seda. Siempre ando con mi maletín equipado con ropa deportiva en el maletero; el ejercicio es lo único que logra despejarme la mente a medias, y tendrá que bastar por el momento.

...No puede evitar contestarle a la mujer con infulas de Rocky Balboa me cabrean las mujeres que provocan y luego salen llorando y buscando consuelo, todas son iguales, le propongo darle 5000 dólares por cada golpe que acierte, pero solo por el entretenimiento y su boca sucia le obsequiaré los primeros.

—¿Aceptas el reto, pequeña sabandija, o vas a seguir fingiendo que el dinero te sobra mientras te tiemblan las piernas niña? —le provoqué, cruzándome de brazos.

La miré de arriba abajo. A mis cuarenta y cinco años, como jefe de la mafia irlandesa, he tratado con políticos, asesinos y capos de la Cosa Nostra, pero ninguna mujer en este planeta se había atrevido a hablarme con semejante boca sucia, si acaso se arrastraban más por un poco de mi atención.

Subí al cuadrilátero despacio, sintiendo la mirada atónita de todos los presentes. Me despojé del saco del traje, me ajusté las vendas y me calcé los guantes de boxeo con una calma calculadora.

—Cinco mil dólares por golpe limpio —repetí, soltando una risa seca—. Prepárate para llorar, niña.

El referí sonó el timbre. Clank.

Samantha empezó a moverse de inmediato. Su trabajo de pies era fascinante; se desplazaba con un paso de péndulo rápido, flotando sobre la lona con una agilidad felina. Yo decidí relajarme, sonriendo con suficiencia y dejando la guardia baja para permitirle lanzar un jab débil. Después de todo, pensaba ser condescendiente.

¡Carajo!

El impacto fue seco, letal y devastador. Un gancho de izquierda impecable conectó de lleno en mi mandíbula, haciendo que mi visión se borrara por un segundo mientras mi espalda estrellaba contra la lona. El gimnasio entero estalló en vítores.

—¡Uno!... ¡Dos!... —comenzó a contar el árbitro.

Me reincorporé de golpe, apoyando los guantes en la lona y sacudiendo la cabeza. Me toqué el pómulo; sentía el sabor metálico de la sangre en la boca. Apreté los dientes, pero lejos de enfurecerme, una sonrisa salvaje y oscura se dibujó en mis labios. Me encaré con ella en guardia real por primera vez en décadas.

—Tienes plomo en los puños, fiera —dije con voz ronca.

—Te lo advertí, viejo —me devolvió la sonrisa, con sus ojos almendrados brillando en puro éxtasis—. Ya me debes cinco mil.

Durante los siguientes asaltos, la pelea se convirtió en un choque encarnizado. Samantha no era solo rápida; era un fantasma escurridizo que leía cada uno de mis ángulos. Me conectó un segundo impacto directo a las costillas que me sacó el aire, y luego una patada baja que me hizo hincar una rodilla. ¡Quince mil dólares en tres asaltos!

Aceleré el ritmo, empleando mi fuerza bruta y acorralándola contra las cuerdas. Mi cuerpo ardía de adrenalina, pero también de una excitación oscura que amenazaba con volverme loco. Ver su piel sudorosa, sus mejillas encendidas y su actitud indomable me estaba despertando impulsos que creía enterrados.

Al final del doceavo asalto, el árbitro levantó la mano de Samantha, declarándola ganadora por tres golpes limpios contra solo uno mío que alcanzó a rozarle el hombro.

—Gané, anciano —susurró Samantha rozando mi hombro al pasar, exhausta pero triunfante.

Antes de que pudiera sacar la billetera para pagarle o exigirle su nombre completo, el teléfono celular de mi maletín comenzó a sonar sin parar. Eran mis hombres; la reunión de alta tensión con la Cosa Nostra en los muelles comenzaba en quince minutos y no podía retrasarme más.

Maldije entre dientes. Me quité los guantes y caminé a paso veloz hacia el pasillo de las duchas para quitarme el sudor y la sangre antes de vestir mi traje.

POV SAMANTHA

Estaba extasiada. Mi corazón latía a mil por hora mientras caminaba hacia los vestidores. Nadie en ese gimnasio me había exigido tanto físicamente; ese maduro de ojos grises tenía una fuerza brutal y una técnica callejera fascinante.

Entré al área de las duchas con la toalla envuelta en el cuerpo, todavía agitada. El agua corría al fondo. Di un paso en el pasillo húmedo y, de repente, chocado de frente contra un muro de músculos sudorosos y ardientes.

El impacto me hizo perder el equilibrio. Reaccioné intentando no caer, pero la toalla se desprendió por completo de mi cuerpo, cayendo al suelo. Un par de manos grandes y callosas me sujetaron firmemente de la cintura para estabilizarme contra la pared.

Me quedé helada.

Frente a mí estaba el desconocido del traje caro, totalmente desnudo, secándose el cabello. Y yo estaba exactamente igual: desnuda, con mi piel al descubierto y el tatuaje del lobo en mi abdomen elevado por mi respiración acelerada.

Su mirada gris descendió por mi cuello, recorrió mis pechos firmes y se detuvo en el lobo de mi abdomen. Sentí un calor abrasador recorrer mi bajo vientre. Su anatomía era imponente, madura y marcada por cicatrices. Pero lo que me dejó sin aliento fue la evidencia directa de su excitación: su miembro erecto, de un tamaño descomunal que jamás había visto en mi vida, estaba tenso y rozando peligrosamente contra mi vientre.

—¿Te gusta lo que ves, Sam? —preguntó Alastor con una voz ronca, espesa y cargada de una chulería peligrosa.

Su mano libre se agarró el miembro desde la base, exhibiéndose ante mí sin el menor pudor, dando un leve impulso hacia adelante que hizo que unas gotas densas de su fluido rozaran directamente la tinta de mi tatuaje.

El sonrojo me quemó las mejillas de inmediato, pero mi orgullo no me permitió agachar la cabeza. Lo encaré con los ojos ardiendo en rabia y fascinación.

—¿Acaso eres un maldito pervertido? —le espeté con la voz firme—. No me importa estar desnuda frente a ti, pero si intentas pasarte de listo, te juro que te rompo la otra mitad de la cara aquí mismo.

Alastor soltó una carcajada profunda que hizo retumbar sus pectorales contra mi pecho.

—Tienes agallas, chiquilla. Me fascina tu boca sucia.

Iba a dar un paso para acorralarme por completo contra los azulejos, pero el sonido estridente de su teléfono volvió a sonar desde el pasillo exterior. Alastor soltó un juramento en un idioma extraño, dio un paso atrás liberando mi cintura, pero sus ojos no dejaron de devorarme ni un solo segundo.

—Nos vemos mañana, pequeña fiera —susurró con una sonrisa depredadora mientras se giraba para vestirse—. Te pagaré cada dólar... y me cobraré el atrevimiento.

Se alejó a paso firme, dejándome sola en la ducha, con el corazón martilleando en mi pecho, la piel erizada y la extraña sensación de que acababa de meterme en la boca del lobo.

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