LOGINHilary terminó embarazada del hombre que juró no volver a ver jamás… Sin darse cuenta, había caído en el juego macabro del enemigo del Don. Charly Moretti, el despiadado heredero de la mafia calabresa, la humilló y la exilió hace un año. Ahora, ejerciendo como psicóloga infantil y especialista en situaciones de crisis, Hilary jura no cruzarse con un Moretti. Cuando le ofrecen tratar el mutismo de un niño, revisa el expediente y descubre que el pequeño es hijo de Charly. Rechaza el caso varias veces, decidida a no volver a acercarse a esa familia. Santoro, un hombre casi tan peligroso como los Moretti, aparece y la amenaza, obligándola a aceptar. Lo que Hilary no sabe es que Santoro también movió los hilos para que ella asistiera, esa misma noche, a una gala de máscaras en un hotel de Las Vegas. Oculta tras el anonimato, cae en los brazos de un desconocido que despierta en ella una pasión prohibida y salvaje, sin imaginar que ese hombre volverá a cruzarse en su camino de la forma más peligrosa posible. Al amanecer, la máscara cae… y la verdad la deja sin aire. Semanas después, otra verdad la golpea: está embarazada. Ahora está entre la espada y la pared, obligada a espiar desde adentro a un hombre que la observa con un magnetismo obsesivo, mientras Santoro vigila cada uno de sus movimientos. Atrapada bajo la mirada del Don, con un secreto creciendo en su vientre, Hilary deberá sanar la mente traumatizada de Matteo, ocultar su embarazo y su verdadera identidad, y resistir el peligroso deseo de un hombre que ya le destrozó la vida una vez. ¿Podrá completar su misión sin que él descubra quién es realmente la mujer de la máscara, mientras Santoro espera el momento de cobrarse su jugada?
View More—Tienes cuarenta y ocho horas para llamarme —dijo Santoro, dándose la vuelta—. Llévenla de vuelta a su auto.
Ella sintió un nudo en la garganta. Estaba acorralada. Si aceptaba, traicionaba al único niño que la había querido de verdad. Si se negaba, volvía al infierno de su infancia y Matteo seguiría en peligro.
Horas antes...
El Hotel Lumina de Las Vegas era el centro de la opulencia y el peligro. Esa noche, la fiesta de máscaras reunía a la élite más exclusiva bajo un manto de misterio donde la identidad era el lujo más caro. En el salón principal, la música marcaba un pulso eléctrico que hacía vibrar el suelo.
Hilary se movía en el centro de la pista de baile. Su vestido de seda roja se ajustaba a sus curvas como una segunda piel, brillando bajo los destellos de las luces. Sostenía una copa de bourbon, dejando que el alcohol entibiara su garganta mientras se movía con una sensualidad hipnótica. Había recibido la invitación en su consultorio dentro de un misterioso sobre negro con sello de lacre. Decidió ir para escapar por una noche de las responsabilidades de su clínica y, sobre todo, de los fantasmas de su pasado.
De pronto, una intensa vibración le recorrió la nuca.
No era una mirada cualquiera. Era una presión física. Hilary giró la cabeza lentamente hacia el extremo del salón y lo vio.
Era un hombre imponente, de hombros anchos y porte peligroso. Estaba apoyado contra una columna de mármol, sosteniendo un vaso de cristal con una elegancia letal. Llevaba una máscara veneciana negra que ocultaba sus facciones, pero sus ojos... unos ojos de un brillo ámbar felino estaban fijos en ella.
Hilary sintió el desafío. Lejos de acobardarse, levantó la barbilla y le sostuvo la mirada, acentuando el movimiento de sus caderas mientras seguía bailando.
El extraño aceptó el reto de inmediato. Se apartó de la columna y se abrió paso entre la multitud, que se apartaba instintivamente ante su imponente presencia. Cuando llegó frente a ella, Hilary sintió que el aire se volvía espeso. Sin pedir permiso, unas manos grandes y cálidas se cerraron sobre su cintura, pegándola bruscamente contra su cuerpo.
Hilary soltó un suspiro ahogado ante la firmeza de ese agarre. El calor del hombre atravesó la fina seda de su vestido, desatando una descarga de electricidad entre ambos. Él se inclinó hacia su oído, rozando su piel con sus labios.
—¿Nunca te han dicho que bailar así es buscar problemas? —murmuró con una voz ronca y profunda que la hizo temblar—. Y más cuando desafías a un hombre con esa mirada.
Hilary se obligó a mantener la compostura, aunque su corazón ya latía desbocado.
—¿Y a ti nunca te enseñaron a respetar el espacio personal? —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. No puedes ir por ahí sujetando a una mujer como si te perteneciera.
Una sonrisa arrogante se dibujó en los labios del desconocido. En lugar de soltarla, apretó más el agarre, guiándola en un vaivén lento al compás de los bajos de la música.
—Al contrario, preciosa —susurró él, con una seguridad insolente—. Siempre me han dicho que soy el dueño de este maldito mundo. Y tú acabas de entrar en él. Bienvenida a Las Vegas.
Hilary escaneó lo poco que la máscara revelaba de su rostro. Había un peligro magnético en él que la dominaba por completo.
—Veremos si tu reinado es tan real como tu arrogancia —replicó ella con un tono juguetón.
El hombre soltó una risa baja que le erizó la piel. Durante la siguiente hora, se perdieron en un juego de seducción entre copas de champaña y risas cómplices. El aroma a sándalo y tabaco de él la rodeaba, embriagándola más que el alcohol. Había algo extrañamente familiar en su voz y en la intensidad de su mirada ámbar, una punzada en el pecho que Hilary no lograba descifrar, pero decidió ignorarla. Solo quería disfrutar de su noche de libertad.
Para cuando el desconocido le sugirió subir a su suite privada en el último piso, el juicio de Hilary estaba completamente nublado. El calor en su cuerpo era insoportable, una extraña y ardiente urgencia que iba más allá del alcohol, como si el último trago que tomaron hubiera encendido un fuego incontrolable en su sangre.
No lo pensó. Dejó que él la guiara hacia el ascensor.
Apenas las puertas se cerraron, el hombre la acorraló contra la pared metálica. Sus manos grandes recorrieron su cuerpo con una posesividad salvaje, despojándola de cualquier rastro de cordura mientras devoraba sus labios con una sed insaciable. Hilary jadeó, aferrándose a sus hombros, completamente entregada al abismo de esa pasión prohibida.
Sabía que al cruzar el umbral de esa habitación no habría vuelta atrás. Pero lo que Hilary no imaginaba, mientras se deshacía bajo los toques del ardiente desconocido, era que el hombre de la máscara era el Don implacable que una vez juró destruirla.
Habían pasado varios meses desde aquella noche en la terraza en casa de Isabella, cuando Charly le regaló la estrella con el nombre de su hija. Aquel momento, grabado para siempre en el certificado que Hilary guardaba enmarcado sobre su mesa de noche, había sido el inicio silencioso de una de las temporadas más hermosas de su vida.—Levanta un poco los brazos —pidió Mariana, la costurera que Alessandra había recomendado para los últimos ajustes de la ropa de maternidad, arrodillada junto a Hilary con alfileres entre los labios—. El vestido ya casi no te cierra en la espalda, señora.—No puedo creer lo rápido que ha crecido todo esto —comentó Hilary, observándose en el espejo del vestidor, con una mano apoyada sobre el vientre considerablemente más redondeado que meses atrás—. Hace nada estaba aquí mismo, preocupada porque apenas se notaba.—Así pasa con el séptimo mes —rió la costurera, ajustando la tela con manos expertas—. De pronto, un día amaneces y ya no te reconoces en los espej
El día inicio con la misma calidez de los días anteriores, ya todos se preparaban para iniciar la jornada, Charly debía inspeccionar como iban los negocios aunque el tener que dejar a Hilary le resultaba difícil.— ¿Segura que vas a estar bien sola toda la mañana? —preguntó Charly, ajustándose la corbata frente al espejo, mientras Hilary lo observaba desde la cama, todavía en pijama.—Charly, voy a sobrevivir unas horas sin supervisión constante —respondió ella, con una sonrisa divertida—. Ve a trabajar, Nick te está esperando abajo.—Cualquier cosa, me llamas —insistió él, acercándose para darle un beso antes de salir, seguido por Nick, que se despidió con un gesto rápido de la mano desde el pasillo.La mansión quedó en silencio apenas unos minutos después, y Hilary, sentada en la cama con las manos sobre el vientre, suspiró profundamente, mirando el techo con una expresión de aburrimiento absoluto.—Y ahora qué hago yo todo el día —murmuró, hablándole a su vientre, como si la bebé p
Al día siguiente ya todos en la casa comenzaban a organizarse. Hilary apenas había terminado de vestirse cuando escuchó a Nick llamando desde el pasillo, con una energía que delataba alguna travesura en marcha.— ¡Matteo, prepárate, hoy tú y yo tenemos planes de hombres! —anunció, asomándose a la habitación con una sonrisa cómplice hacia Charly.— ¿Qué clase de planes? —preguntó Matteo, emocionado, corriendo hacia él con la mochila ya lista para la escuela sobre un hombro.—Primero te dejo en el colegio, y después de clases, te llevo al cine y a comer hamburguesas —respondió Nick, revolviéndole el cabello—. Sin preguntas, solo diversión.— ¡Sí! —celebró el niño, despidiéndose de Hilary con un beso rápido en la mejilla antes de salir corriendo tras Nick.Hilary observó la escena desde la puerta de la habitación, con una ceja arqueada hacia Charly, que se acercaba por detrás, rodeándole la cintura con ambos brazos.— ¿Y eso? —preguntó ella, apoyándose contra su pecho—. ¿Tienen todo el d
La mañana amaneció tranquila, con el sol filtrándose suave por las cortinas de la habitación principal. Hilary despertó lentamente, encontrando el lado de la cama donde Charly solía dormir ya frío, aunque el aroma de su colonia todavía impregnaba la almohada.Bajó con calma al comedor, todavía en bata, encontrando a Charly, Nick y Matteo ya sentados a la mesa, terminando un desayuno abundante entre risas y bromas que se detuvieron apenas ella apareció.—Buenos días, dormilona —saludó Charly, poniéndose de pie para recibirla con un beso suave—. ¿Cómo amaneciste?—Mejor —respondió ella, sentándose con cuidado, aceptando la taza de té que Matteo le acercó de inmediato con una sonrisa orgullosa—. ¿Qué tanto planean ustedes tres esta mañana? Los escuché reír desde las escaleras.—Nada en particular —respondió Charly, con una naturalidad que no engañó del todo a Hilary, aunque ella decidió no insistir.Terminaron el desayuno entre conversación ligera, hasta que, de pronto, Charly se puso de












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