MasukMorgana La madrugada había cubierto los jardines de la mansión con un manto de neblina espesa. En el ala oeste, la única luz que permanecía encendida era la de mi estudio improvisado. dónde todos mis libros de estudios, y cuentas de la empresa de mi tío están regados por toda la mesa, mientras que todo lo demás esta ordenado con meticulosidad formaban un pequeño refugio de civilización dentro de aquella fortaleza de piedra, armas y dinero sucio.Llevaba horas intentando concentrarme en los libros de gestión empresarial que los hombres de Braulio habían traído de mi casa, pero mis manos no dejaban de temblar. Las palabras de Braulio en la parte trasera de la camioneta seguían resonando en mi mente como un eco persistente: «Propiedad, prisionera, compañera...». Cada término encajaba en una celda distinta de mi nueva realidad, una celda de la que ya no estaba segura de querer escapar del todo.Unos golpes suaves y pausados en el marco de la puerta abierta me sacaron bruscamente de mis p
Morgana El trayecto de regreso a la mansión transcurrió en un silencio inusualmente denso. La tensión de la partida privada en el casino aún flotaba en el ambiente de la camioneta blindada, impregnada por el aroma persistente a puros importados y la adrenalina residual del enfrentamiento con Valerio.Braulio iba sentado a mi lado, con la mirada fija en el paisaje nocturno que se desvanecía tras los cristales polarizados. Ya no llevaba el saco del esmoquin; las mangas de su camisa blanca seguían remangadas, dejando a la vista los antebrazos marcados por los años y el peso de un imperio construido a base de sangre, cartas y decisiones implacables.Cuando el vehículo se detuvo frente a las imponentes puertas de la residencia, Moisés abrió la puerta, pero Braulio hizo un gesto sutil con la mano para indicarle que nos dejara a solas.—Adelantate, Moisés. Yo me encargo —ordenó con voz pausada.El jefe de seguridad inclinó la cabeza y se retiró hacia el interior de la casa en silencio. Nos
El salón de altas apuestas rezumaba una tensión sofocante. La mesa central, hecha de caoba maciza y tapizada en fieltro verde oscuro, estaba iluminada por una sola luz cenital que dejaba los rincones de la estancia envueltos en sombras. Braulio tomó asiento en la cabecera con una presencia estudiada, indicándome con un gesto sutil que me ubique en la silla a su derecha. Apenas me senté, las puertas dobles del salón privado se abrieron de golpe, interrumpiendo la melodía distante del casino. Un hombre alto, de cabello canoso peinado hacia atrás y vestuario estrafalario, avanzó flanqueado por tres escoltas de aspecto intimidante. Su presencia hizo que los hombres de la mesa se tensaran visiblemente. -Vaya, vaya... El gran Braulio en persona -dijo el recién llegado con una voz áspera y rasposa-. Me dijeron que la casa estaba tranquila esta noche, pero veo que tienes excelente compañía. -Valerio -respondió Braulio sin levantarse, manteniendo el tono glacial que lo caracterizaba-. No re
El motor de la camioneta se apagó en el estacionamiento subterráneo del Imperium, el casino más exclusivo y colosal de la ciudad. Durante dos días me había negado a salir de mi suit, Braulio había mandado a traer. Sin embargo, a las nueve de la noche, Moisés se presentó en mi puerta con una nota en papel grueso: «Esta noche verás el origen de tu precio. Ponte algo elegante». La puerta del ascensor privado se abrió directamente en la zona VIP del establecimiento. El aire olía a una mezcla embriagadora de perfume costoso, puros importados y el inconfundible aroma metálico del dinero en efectivo. Una melodí suave flotaba en el ambiente, amortiguando el chasquido rítmico de las fichas de cerámica y el rodar metálico de las ruletas. Braulio nos esperaba junto al ventanal que dominaba el salón principal desde el segundo piso. Llevaba un esmoquin negro impecable, sin corbata, con el primer botón de la camisa desabrochado. Al verme llegar con un vestido entallado de terciopelo borgoña, sus
Morgana La suite del ala oeste era un monumento a la elegancia fría. Paredes en tonos crema, muebles de caoba pulida y un ventanal gigantesco que daba hacia los jardines traseros de la propiedad. En una habitación contigua, tal como lo había prometido, se encontraba un espacio iluminado con luz natural donde podría estudiar y traer trabajo de la empresa. A las siete y cincuenta y cinco de la tarde, el sonido firme de unos golpes en la puerta anunció a Moisés. Me esperaba en el pasillo con un vestido que habían dejado sobre mi cama horas antes: una pieza de seda color azul medianoche, de corte sobrio pero que se ajustaba con precisión a mi figura. No quise darle el gusto a Braulio de hacerme rogar o ver que me quedaba en bata, así que me lo puse. Ajusté la cadena de oro que perteneció a mi madre y bajé la escalinata principal. El comedor principal era monumental. Una mesa de madera masiva dominaba el centro de la estancia, iluminada por una lámpara de araña de cristal que proyecta
Morgana El ronroneo del motor V8 de la camioneta blindada era el único sonido que rompería el pesado silencio. Los cristales ahumados transformaban el brillo matutino de la ciudad en un tono penumbral, casi espectral. Afuera, la gente caminaba hacia sus trabajos, los cafés abrían sus puertas y la vida continuaba con normalidad. Dentro del vehículo, mi existencia acababa de ser fragmentada en mil pedazos. Braulio se acomodó a mi lado en los asientos de cuero italiano. No decía nada. Se limitó a cruzarse de piernas y a observarme con una calma que me resultaba exasperante. Su presencia ocupaba casi todo el espacio físico y mental del coche; emitía una vibración helada, una mezcla de poder absoluto y peligro latente que hacía que cada uno de mis pulso retumbara en mis oídos. —Puedes dejar de apretar las manos de esa manera —dijo de pronto. Su voz rasgó el silencio con la precisión de un bisturí—. No voy a hacerte daño en este vehículo, Morgana. No soy un salvaje. Bajé la mirada h







