Se connecterMorgana
El crujido de la madera antigua bajo el peso de los golpes retumbó en las paredes de la sala como un trueno. Mi padre se arrastró de espaldas hasta quedar acorralado contra la esquina del sofá, sollozando sin control, con la frente pegada al piso en una postura de completa humillación. Yo no me moví. Permanecí de pie en el centro del pasillo, con la barbilla en alto y la mirada fija en el marco de la entrada. El miedo quemaba en el fondo de mi estómago, pero el orgullo y el despecho hacia el hombre que me había engendrado actuaban como un escudo impenetrable. La cerradura cedió con un golpe seco. La puerta se abrió despacio, dejando entrar la luz fría de la mañana y la silueta imponente de varios hombres vestidos con trajes oscuros impecables. Dos escoltas se desplegaron rápidamente a los lados, asegurando el perímetro con la mirada fría de quien realiza una rutina cotidiana. Y entonces, entre ellos, avanzó el hombre que había cambiado mi vida entera en una sola mesa de póquer. Braulio. No necesitaba que nadie me lo presentara. Su presencia llenaba cada rincón del espacio con una autoridad pesada, sofocante. Era alto, de hombros anchos y facciones esculpidas con una dureza implacable. Traía el cabello oscuro peinado con esmero y vestía un traje a medida de tono gris marengo que acentuaba su porte distinguido. Sin embargo, lo más perturbador eran sus ojos: oscuros, analíticos, carentes de cualquier emoción humana ordinaria, ese verde musgo. Una mirada acostumbrada a medir el valor de las cosas... y de las personas. Se detuvo a pocos pasos de la entrada. Paseó la vista por el modesto salón, deteniéndose apenas un segundo en la figura patética de mi padre, para finalmente clavar toda su atención en mí. Durante unos segundos que parecieron eternos, el silencio en la habitación fue absoluto. —Señor Caruso —habló Braulio al fin. Su voz era grave, profunda, baja pero con un eco magnético que hizo vibrar el aire—. Veo que no tuviste la delicadeza de preparar el terreno. Tu hija parece sorprendida. —¡Señor Braulio! ¡Por favor! —gimoteó mi padre desde el suelo, arrastrándose hacia sus zapatos brillantes—. Ella... ella ya lo sabe todo. Yo le expliqué... le dije que era lo mejor, que usted es un hombre de palabra... Braulio desvió la mirada hacia abajo con un gesto de profundo asco, como quien observa un insecto desagradable en la suela de su zapato. —Levántate, Caruso. Das lástima. Si sigues berreando de esa forma voy a lamentar haberte saldado la cuenta. El dinero no me importa, pero el espectáculo que estás dando es verdaderamente miserable. Moisés, su mano derecha, dio un paso al frente y tomó a mi padre por el cuello de la camisa, levantándolo de un tirón seco y arrojándolo sobre el sofá. Dany Caruso se encogió en el tapizado, cubriéndose la cara con ambas manos, incapaz de volver a mirar a nadie. Braulio volvió a dar un paso hacia mí. Su figura dominaba por completo mi campo de visión. Podía oler su perfume: una mezcla elegante de madera de cedro, tabaco fino y un matiz amargo de whisky. —Morgana —pronunció mi nombre con una lentitud casi carnal, saboreando cada sílaba—. La fotografía que llevaba tu padre en su celular no te hace justicia. Eres mucho más interesante en persona. —No soy una pieza de arte para que me evalúes, señor —respondí. La voz me tembló ligeramente en la primera palabra, pero apreté los puños y sostuve su mirada sin pestañear—. Y definitivamente no soy una propiedad que puedas reclamar como si fuera un trofeo de juego. Una pequeña sonrisa, apenas un leve arco en la comisura de sus labios, apareció en su rostro. Era la reacción de un depredador intrigado por la resistencia de su presa. —Todo en este mundo tiene un precio, Preciosa, Algunos pagan con papel moneda, otros con favores, y los cobardes como tu padre pagan con lo único valioso que han construido en su perra vida —dijo, dando un paso más, quedando a menos de un metro de distancia—. Tu padre me debía tres millones de dólares y su propia vida. Él decidió que tu libertad valía exactamente eso. Yo solo acepté la transacción. —Él no tenía el derecho de venderme —escupí con rabia, desviando la mirada hacia el hombre encogido en el sofá—. Y tú no tienes ningún derecho sobre mí. —El derecho me lo da el poder, mi niña —sentenció Braulio, y por primera vez su tono perdió la frialdad educada para mostrar el acero inoxidable que llevaba dentro—. Yo soy el dueño de los casinos, de las calles por las que caminas y de las personas que protegen esta ciudad. Tu padre te apostó y perdió. Ahora me perteneces a mí. Puedes aceptarlo con elegancia o puedes hacer que esto sea muy doloroso para todos los involucrados. Un nudo amargo se me formó en la garganta. Miré a mi alrededor. A la izquierda, el hombre que me había criado, temblando como una rata asustada, esperando que me fuera para poder seguir respirando un día más. A la derecha, cuatro hombres armados hasta los dientes esperando una simple orden de su jefe. Comprendí con una claridad demoledora que no había escapatoria. No había héroes en esta historia, no había policía que fuera a salvarme de un hombre como Braulio. tampoco quiero involucrar a mi familia, mi tío pelearia por mi, pero ellos tienen sus problemas, luego de lo que pasó con mi primo, lo que menos quiero es darles problemas.. y si mi primo se entera vendría a Italia, y moriría por mi, esto debe resolverlo sola. —Si me voy contigo... —empecé a decir, tragándome el orgullo y dejando que la ira se convirtiera en una resolución helada—, este hombre no vuelve a saber de mí jamás. Borras sus deudas, pero le prohíbes volver a acercarse a mi vida o buscarme. Braulio arqueó una ceja, genuinamente sorprendido por la condición que acababa de ponerle. —Hecho —asintió sin dudar—. Caruso no volverá a pisar uno de mis establecimientos ni volverá a pronunciar tu nombre. Para él, a partir de este segundo, estás muerta. Me giré por última vez hacia mi padre. Él levantó ligeramente los ojos, llenos de una mezcla de vergüenza y alivio podrido. —Adiós, Dany —dije sin usar la palabra "papá". Aquel título le quedaba demasiado grande a un cobarde—. Espero que tu miserable vida valga la pena el precio que pagué hoy. Dí un paso al frente, pasando al lado de Braulio sin volver a mirarlo. —Vámonos —dije con la cabeza alta. Braulio soltó una risa baja, un sonido grave que me erizó los vellos de la nuca. Hizo una señal con la mano a sus hombres. —Me gusta tu carácter, Morgana. Nos vamos a divertir mucho en la mansión. Moisés abrió la puerta principal y salimos a la luz del día. Una caravana de tres camionetas negras blindadas esperaba en la calle silenciosa. La portezuela trasera de la camioneta central se abrió, revelando un interior de cuero oscuro y cristales totalmente polarizados. Antes de subir, sentí la mano de Braulio posarse suavemente en la parte baja de mi espalda. Su toque era firme, posesivo, como el de un dueño que reclama lo que acaba de adquirir. —Sube, sirenita —susurró cerca de mi oído, su aliento tibio erizándome la piel—. Tu nueva vida acaba de comenzar. Subí al vehículo sin mirar atrás. La puerta se cerró con un chasquido hermético, aislándome del mundo exterior, mientras el motor rugía listo para llevarme directamente al corazón del imperio del hombre más peligroso de la ciudad.Morgana El crujido de la madera antigua bajo el peso de los golpes retumbó en las paredes de la sala como un trueno. Mi padre se arrastró de espaldas hasta quedar acorralado contra la esquina del sofá, sollozando sin control, con la frente pegada al piso en una postura de completa humillación.Yo no me moví. Permanecí de pie en el centro del pasillo, con la barbilla en alto y la mirada fija en el marco de la entrada. El miedo quemaba en el fondo de mi estómago, pero el orgullo y el despecho hacia el hombre que me había engendrado actuaban como un escudo impenetrable.La cerradura cedió con un golpe seco. La puerta se abrió despacio, dejando entrar la luz fría de la mañana y la silueta imponente de varios hombres vestidos con trajes oscuros impecables. Dos escoltas se desplegaron rápidamente a los lados, asegurando el perímetro con la mirada fría de quien realiza una rutina cotidiana. Y entonces, entre ellos, avanzó el hombre que había cambiado mi vida entera en una sola mesa de póque
Morgana El aroma a café recién pasado impregnaba la cocina, pero el ambiente en la casa se sentía denso, gélido, cargado de un presagio ominoso que me hacía erizar la piel. Desde que me levanté a las siete de la mañana, noté que algo andaba mal. Mi padre no había dormido en su habitación; lo encontré sentado en el rincón más oscuro de la sala, con la misma ropa arrugada de la noche anterior y una botella de brandy vacía rodando sobre la alfombra.—Papá, me estás asustando —dije suavemente mientras dejaba la taza de café sobre la mesa frente a él—. ¿Qué pasó? ¿Otra vez tuviste problemas?Dany Caruso levantó la cabeza. Sus ojos, siempre astutos y llenos de una falsa jovialidad, estaban inyectados en sangre, rodeados por ojeras profundas y moradas. Su cuerpo temblaba con un ritmo incontrolable. Me miró como si no me reconociera, o peor aún, como si mirara a un fantasma.—Morgana.. mi niña —balbuceó con la voz rasposa, quebrada—. Tienes que escucharme. Tienes que entender que yo no querí
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las cortinas de mi despacho, proyectando largas sombras doradas sobre la madera caoba del escritorio. No había pegado un solo ojo en toda la noche, el rostro de esa mujer no se sale de mi cabeza, un vaso de whisky a medio terminar reposaba a mi lado, con los hielos completamente derretidos, diluyendo el licor que solía ser mi único anestésico después de una larga noche.Durante muchos años mi familia a gobernado el bajo mundo..He visto a hombres poderosos llorar como niños, a políticos vender a sus propios aliados por una racha de buena suerte y a herederos arruinar familias enteras en una sola mano de póquer. Nada de eso me movía un solo pelo. El azar era mi negocio, y la debilidad humana, mi mayor fuente de ingresos.Sin embargo, esa noche algo había cambiado. La imagen de la muchacha de la fotografía seguía fija en mi mente, debilitándo mi autocontrol, era un sentimiento ridículo, casi humillante para alguien en mi posición.Un golpe firme
BraulioAcabo de ganar una hermosa sirenita, fue tan fácil ganarle a este viejo asqueroso el piensa que por qué soy joven y un hijo de puta no se jugar, se equivocó yo cree estos casinos por qué soy una máquina en cada juego de azar en este lugar.— Señor Caruso, acaba de perder el más grande tesoro que tiene en su asquerosa vida— El hombre está en shock empieza a temblar, y cuando menos lo pienso, cae arrodillado en el piso.— Por favor, señor mateme aquí mismo, la he cagado, mi hija es mi más grande tesoro, ella no tiene nada que ver, mateme Pero no se meta con mi hija, ella no me lo perdonará—yo me río, por lo patético, hace un rato andaba feliz con la propuesta.— Sabes algo Caruso, yo no gano nada matandote, por qué perdería dinero y recursos, para que veas que soy generoso, me quedaré con tu hija, y te perdonaré la cuenta, ya a mí no me debes nada—ese hombre empieza a llorar como un niño.Me levanto de la silla, necesito descansar ya no quiero ver a nadie, se me acabó mi poca
BraulioAcabo de ganar una hermosa sirenita, fue tan fácil ganarle a este viejo asqueroso el piensa que por qué soy joven y un hijo de puta no se jugar, se equivocó yo cree estos casinos por qué soy una máquina en cada juego de azar en este lugar.— Señor Caruso, acaba de perder el más grande tesoro que tiene en su asquerosa vida— El hombre está en shock empieza a temblar, y cuando menos lo pienso, cae arrodillado en el piso.— Por favor, señor mateme aquí mismo, la he cagado, mi hija es mi más grande tesoro, ella no tiene nada que ver, mateme Pero no se meta con mi hija, ella no me lo perdonará—yo me río, por lo patético, hace un rato andaba feliz con la propuesta.— Sabes algo Caruso, yo no gano nada matandote, por qué perdería dinero y recursos, para que veas que soy generoso, me quedaré con tu hija, y te perdonaré la cuenta, ya a mí no me debes nada—ese hombre empieza a llorar como un niño.Me levanto de la silla, necesito descansar ya no quiero ver a nadie, se me acabó mi poca
MorganaOdio mi vida, aveces siento que estoy en el lugar que no debo estar, en estos momentos desearía estar en mi cama arropada con mi manta echando una siesta y no en esta aburrida clase.La física no es mi fuerte, cuando decidí estudiar administración nunca pensé que me aburriría tanto. Ya que no tengo más hermanos me toca a mí toda la responsabilidad de las empresas de mi padre, mi madre volvería a morir si llegamos a perderlas.Y por el camino que las lleva mi padre no me sorprendería que mañana las haya apostado o estén en banca rota, mi tío nos a ayudado muchas veces donde casi perdemos todo menos la casa por qué está a mi nombre, que inteligente fue mi mamá.Mi padre fue un gran padre y ejemplo a seguir, digo fue por qué ni en mis peores pesadillas me convertiría en Dany Caruso, desde la muerte de mi madre es otro hombre, pienso que me odia por qué el parecido que tengo a mi madre es impresionante y quizás verme le duele pero que culpa tengo yo.Han pasado 4 años desde que m







