Se connecter«¡Arghhhhhhh!», gritó Crescent al despertarse, incorporándose de un salto en la cama.
Vale, seguía en su habitación. Instintivamente, se llevó las manos al cuello, que seguía completamente intacto. Bien. Pero ¿por qué demonios habría soñado con sus nuevos jefes y por qué la habían mordido? Peor aún, ¿por qué tenían el aspecto de bestias salvajes y monstruosas? Crescent reflexionó nerviosamente sobre aquel extraño sueño mientras su corazón se calmaba. A las 7:00 de la mañana, sonó el despertador. Gruñó, recordando lo que Lucian le había dicho sobre sus horarios de llegada diarios. Era hora de demostrarles que habían contratado a la chica adecuada como su asistente personal. Mientras seguía con su rutina matutina, Crescent se miró en el espejo y sonrió al admirar su piel morena clara y sus labios rosados. Se puso una blusa monísima combinada con una falda lápiz de cintura alta que le llegaba por la rodilla y unos tacones de aguja negros. Se quedó de pie, disfrutando de esa repentina oleada de confianza y belleza. Tras echarse un último vistazo, se dirigió hacia su primer día de trabajo con una brillante sonrisa en el rostro. —Oh, ¿así que al final te han contratado? Nunca pensé que tuvieras lo que hay que tener para conseguir un puesto tan alto… para una chica como tú, sin ánimo de ofender —dijo la recepcionista, Brenda, cuyo nombre Crescent no sabía y no se había molestado en preguntar, dada su actitud maliciosa. «No pasa nada, cariño. Al menos sé cómo atraer y seducir a los buenos. Así que sé buena chica y pásame mi tarjeta de acceso mientras yo subo a lo más alto y tú te quedas abajo», respondió Crescent con una sonrisa fingida. Su aguda réplica provocó exclamaciones de diversión entre la gente que se encontraba en el vestíbulo. Crescent gruñó feliz en el ascensor, orgullosa de sí misma por haberle dado a Brenda una lección. Nadie iba a intimidarla, y menos aún en su primer día. Entró en su oficina, maravillándose ante su exquisita belleza. Dejó caer su bolso sobre el escritorio y le dio las gracias a la señora Gable, que era la secretaria jefe de sus jefes. La señora Gable era una mujer encantadora que le recordaba mucho a su propia madre. Tras colocar los cafés de sus jefes en sus respectivos escritorios y asegurarse de que todo estuviera en perfecto orden, Crescent se sentó en su escritorio para repasar los pros y los contras de la empresa, así como las normas y reglamentos. Firmó su contrato de fidelidad —al que Kalvin se había referido dramáticamente como el «contrato del diablo»—. Una vez terminado, se sumergió en su nueva rutina como asistente personal: revisar los correos electrónicos de sus jefes, gestionar sus agendas, organizar sus reuniones y citas, y coordinar su jornada. De repente, sonó el intercomunicador. «Hola, le atiende la señorita Crescent, de Sterling Group. ¿En qué puedo ayudarle hoy?», dijo con dulzura. «Señorita Crescent, ¿podría venir a mi despacho, por favor? Tengo algo que comentarle», respondió Lucian. Un ligero rubor se apoderó de sus mejillas al oír la voz de Lucian. Carraspeó y respondió: «Sí, jefe. Ahora mismo». Se levantó, se arregló la falda, cogió un bolígrafo y un bloc de notas, y se dirigió hacia la suite ejecutiva de sus jefes. Llamó suavemente a la puerta y entró en cuanto un sonoro «adelante» resonó desde el interior. Al abrir la puerta, vio que sus dos jefes estaban allí. Los saludó a ambos mientras se dirigía tímidamente hacia el enorme escritorio de Lucian. Para ser solo dos personas, la oficina era extraordinariamente amplia y ofrecía una impresionante vista panorámica del horizonte de la ciudad. Al darse cuenta de que estaba admirando la habitación, Crescent se recompuso y volvió al modo profesional. «Señor Lucian, me ha llamado. ¿En qué puedo ayudarle?». «Sí. ¿Cómo se está adaptando, señorita Crescent? ¿Le gusta su despacho?», preguntó Lucian con amabilidad. «Me va bastante bien», respondió ella, omitiendo deliberadamente la molesta escena que Brenda había montado antes. «Y mi despacho es precioso, muchas gracias». Le dedicó una cálida sonrisa. «Bien. Por favor, tome asiento. Supongo que ya habrá visto el portátil y el teléfono que la empresa le ha proporcionado, ¿verdad?». «Sí, jefe», respondió Crescent. «¿Ha revisado la información necesaria y ha rellenado sus datos para que los tenga en cuenta Recursos Humanos?», preguntó Lucian. «Todo hecho, señor Lucian», sonrió ella, y él le devolvió la sonrisa con calidez. Echando un vistazo a su bloc de notas, añadió: «Los dos tienen una reunión a las 10:00 de la mañana con el señor Sakamoto, de Japón». Echó un vistazo a Lucius, que estaba hojeando tranquilamente una revista de negocios con las piernas cruzadas en el sofá ejecutivo. ¿Cómo podía alguien simplemente sentarse y parecer tan atractivo sin ningún esfuerzo? No era justo. Justo en ese momento, Lucius se dio cuenta de que ella lo estaba mirando. Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro, sabiendo que la había pillado in fraganti. *¡Uf, los hombres!* Crescent desvió rápidamente su atención hacia un sonriente Lucian, quien, para su disgusto, encontraba toda la situación divertidísima mientras organizaba sus agendas diarias. Lucius observaba atentamente a su compañera mientras ella hablaba con su hermano. Desde su asiento en el sofá, tenía una vista perfecta de su falda lápiz, que se ceñía a su figura menuda y bien definida. Era de una belleza impresionante y era toda suya. Aunque les hubiera llevado siglos encontrarla, estaba encantado de que fuera ella la elegida. *Bonito trasero*, le transmitió Lucius a su gemelo, quien visiblemente se esforzaba por contener la risa. *Imagínatela apretujada entre nosotros, hermano*, respondió Lucian por telepatía. Lucius dejó escapar un gemido bajo e involuntario de intenso deseo. Crescent lo miró, con el rostro lleno de confusión, mientras Lucian se reía entre dientes. Aclarando la garganta, Lucius fingió que no había pasado nada, escondiéndose tras su revista mientras lanzaba miradas asesinas a su gemelo. Lucian y Crescent siguieron hablando de las próximas reuniones y propuestas. Lucius acabó volviendo a su propio escritorio, situado junto al de Lucian, y comenzó su jornada laboral. Mientras discutían la reunión de las 10:00 de la mañana con el señor Yuri y esbozaban los pasos de preparación, Lucian oyó la voz de Lucius resonar en su cabeza: *Qué culito más bonito.* Lucian hizo todo lo posible por contener la risa. *Imagina a esa chica apretujada entre nosotros, hermano*, le respondió Lucian en tono burlón a través de su vínculo. La expresión de Lucius se ensombreció con un repentino deseo, y sin querer dejó escapar un gemido profundo que sobresaltó a Crescent. Ella miró a Lucius, completamente desconcertada. Lucius recuperó rápidamente la compostura, hundiendo más el rostro en la revista mientras lanzaba una mirada fulminante a Lucian. Lucian luchó con todas sus fuerzas para no echarse a reír. Al cabo de un momento, Lucius se acercó a su escritorio mientras Lucian terminaba de dar instrucciones a Crescent. —Por ahora ya está todo. Ve preparándote para nuestra reunión mientras yo me encargo de un par de cosas —le dijo Lucian. Observó cómo Crescent se levantaba, lanzando una rápida mirada a Lucius, quien fingía no estar mirándola a su vez. —Muy bien, jefe. Nos vemos en la reunión, señor Lucius —dijo ella educadamente antes de salir hacia su despacho, justo al otro lado del pasillo. Lucian esbozó una sonrisa para sus adentros. Al menos le habían dado un despacho justo al lado del suyo: lo suficientemente cerca como para que tuvieran la conciencia tranquila, pero lo suficientemente lejos como para darle espacio sin parecer pegajosos. «Lo mataré si lo vuelvo a ver cerca de ti, pequeña». Las palabras de Lucian se entremezclaron con los besos, y Crescent jadeó en busca de aire, pero no duró mucho, porque Lucius volvió a apoderarse de su boca.«Eres nuestra. Solo nuestra. Cada caricia, cada sonrisa, cada beso nos pertenece, y no compartimos lo que es nuestro. Nadie te arrebatará de nuestro lado. ¿Me oyes, princesa?».Su pecho se agitaba. Parpadeó para despejar la niebla que tenía en la cabeza, mareada y aturdida.Oírlo le provocó algo. El calor se acumuló en lo más bajo, húmedo, y gimió, ansiando atención. Dios, era una pervertida. Estaban allí de pie reclamándola, regañándola, amenazándola, y ella se excitaba con cada palabra. Estaba perdida, y lo sabía. Sin pensárselo dos veces, apretó sus labios contra los de Lucius y lo besó con todas sus fuerzas. Él respondió agarrándole el culo con fuerza. Lucian se abalanzó sobre su cuello, chupándolo con toda la intención de dejarle una marca, mientras sus manos le amasaban lo
—No me hagas repetirme otra vez, Crescent —advirtió Lucius, caminando furioso hacia ellos con la mirada clavada en Xavier.Crescent deseó desesperadamente que apareciera su hada madrina y se la llevara volando a cualquier sitio lejos de su inminente ira.—Solo estábamos hablando, y la última vez que lo comprobé, en este país hay libertad de expresión —replicó Xavier con descaro.*Madre mía, está muerto si no consigo que cierre la boca,* pensó Crescent frenética.Lucius tenía una expresión asesina, con las cejas temblándole y una vena palpitándole a la vista en el cuello, antes de que su mirada volviera de golpe a Crescent. Entonces recordó su escalofriante amenaza del almuerzo del día anterior: *«Si veo a algún chico a tu alrededor, juro por Dios que lo mato solo por mirarte, no digamos ya por tocarte».*Crescent ya podía imaginar un millón de formas horribles en que podría descuartizar a Xavier, que, por alguna razón, no parecía inmutarse en lo más mínimo ante sus miradas mortales. A
Los tres amigos estaban sentados en su mesa favorita, cotilleando de todo un poco mientras comían contentos. Para Crescent era un alivio estar lejos de sus jefes gemelos, que andaban ocupados con llamadas. Se había escabullido de su despacho, segura de que le cortarían las orejas al volver, pero por suerte la reunión de la mañana se había aplazado hasta la tarde.Crescent se aclaró la garganta.—Maddy, en una sola frase, ¿puedes explicar qué pasó ayer por la mañana y cómo nos dejaste plantados en el almuerzo por los jefes? —movió las cejas con burla hacia su amiga.—Eh, no pasó gran cosa. Vine a trabajar como todos vosotros y me arrastraron a comer por la fuerza —se encogió de hombros Crescent, sorbiendo su zumo de naranja.—O sea, que sales por casualidad de su coche de la mano, como si fuerais amantes o estuvierais en una relación a tres, y encima comes con ellos al mediodía. Vaya, qué tópico —dijo Pascal, boquiabierto, mirándola con sospecha.—¡Eh, eh, eh! Antes de que me devoréis
¿Por qué tenía que ser siempre tan controlador, con su elegante traje gris de Armani a juego con la corbata y los zapatos azul marino? Crescent juraba que lo odiaba con toda su alma, sobre todo esa estúpida expresión que Lucian llevaba plantada en su sexi cara.*Espera, se supone que estoy enfadada, no que los esté repasando. Crescent, concéntrate,* se dio una bofetada mental.—Vale, pero solo porque tengo hambre... Además, no creo que sea prudente tener tanta confianza con vuestra asistente.—Me alegra que hayas dicho *nuestra* asistente, nena, así que eres asunto nuestro y de nadie más. Ahora ven aquí antes de que pierda la paciencia y te castigue.Crescent sintió que hacía el camino de la vergüenza, sabiendo que no podía ganarles la discusión. Lucian la arrastró despacio hacia el centro de la sala mientras los dos hermanos se levantaban y se quitaban las chaquetas del traje, marcando sus bellos músculos con sonrisas diabólicas.*Madre mía, creo que estoy babeando.*—O sea, que pase
Solo pensar en su fin de semana con los gemelos era increíble. Sorprendentemente, habían cumplido su palabra, aunque eso no significaba que se hubieran privado de robarle besos y de provocarla sin parar, dejándola toda acalorada y alterada.Cuando Crescent despertó, fueron de compras a pesar de sus quejas, que cayeron en saco roto, y después pararon en el centro comercial a por su helado de chocolate favorito. Nunca había sabido que fueran *tan* famosos, con un enjambre de paparazzi pisándoles los talones, pero por suerte sus disfraces la salvaron de acabar en una de esas revistas de cotilleo.Por desgracia, después del trabajo de hoy Crescent volvería a la realidad sin ellos. Pero no pensaba dejar que notaran que había cedido. La experiencia es la mejor maestra, y desde luego no quería darle la razón a ese dicho. Así que ahí estaba, sentada justo entre los gemelos mientras iban de camino al trabajo. ¡Ja! La broma les había salido al revés, ya que no la perdían de vista ni un segundo,
Lucius observó cómo Crescent se sentaba con las piernas cruzadas, la cara sonrojada y el pelo revuelto, jugueteando con los dedos y evitando mirarlos a los ojos. De pronto, estalló en carcajadas.—Qué hermosa estás cuando estás confundida y excitada.Ella se puso roja como un tomate y escondió la cara en el hueco del cuello de Lucian, justo cuando su estómago soltó un rugido fuerte y frenético.—Ven, nena —dijo Lucian, ayudándola a levantarse—. Vamos a darte algo de comer y a saciar a esa ballena moribunda que llevas dentro.—Perdona que nos hayamos distraído y nos hayamos olvidado del desayuno que te preparamos —añadió Lucius, poniéndole delante un plato lleno de tostadas, una tortilla y beicon, junto con un vaso de zumo de manzana.Ella les regaló una sonrisa letal, de esas que devolverían a alguien a la vida.—No pasa nada, lo entiendo.Le dieron espacio para que estuviera cómoda y se sentaron en el extremo opuesto de la isla para observar lo nerviosa que parecía. La vieron comer c







