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CAPÍTULO 4

Auteur: Newt writes
last update Date de publication: 2026-09-30 16:18:29

Tras la reunión, que fue un éxito rotundo, Crescent siguió con su jornada laboral hasta que llegó la hora de comer. Ni siquiera se había dado cuenta de lo tarde que era, pero la señora Gable acudió en su ayuda y, amablemente, la acompañó hasta la cafetería de la empresa.

«Hola, soy Pascal McCain, pero puedes llamarme Pasco. Soy el director del departamento de ventas», dijo un chico de pelo negro y unos llamativos ojos azules.

«Hola, soy Crescent King, la asistente personal de los señores Sterling». Le sonrió mientras colocaba un zumo de naranja y una botella de agua en su bandeja, para acompañar un plato delicioso de hamburguesa con patatas fritas.

Él pareció sorprendido por un momento, antes de recuperar rápidamente la compostura. «Vaya, no me lo esperaba. ¿Te gustaría sentarte con nosotros?». Hizo un gesto con la mano hacia una rubia entusiasta que estaba sentada cerca. Crescent aceptó encantada.

«¿Eres la asistente personal de los jefes? Qué mona. Soy Madelyn Foster, pero puedes llamarme Maddy», dijo la rubia, regalándole una preciosa sonrisa. Llevaba el pelo recogido en una pulcra coleta y tenía unas pecas muy monas salpicándole las mejillas.

«Sí, la única e inigualable», dijo Crescent con un toque juguetón de sarcasmo.

«¿Cómo consigues comer cosas así y seguir teniendo una figura tan espectacular sin michelines en la cintura?», preguntó Maddy, quejándose en broma.

«Créeme, chica, simplemente tengo esa suerte. Además, da igual lo que coma, creo que todo va directo a mis caderas y mi culo, porque es el único sitio donde noto que aumento», dijo Crescent riendo, moviendo las cejas de una forma que hizo que Maddy se partiera de risa.

Mientras seguían comiendo y charlando, Brenda y otras dos mujeres —que parecían sus secuaces de Barbie, como si fueran copias exactas de ella— pasaron junto a su mesa, lanzando miradas fulminantes directamente a Crescent. Solo con verlas, Crescent puso los ojos en blanco. *Menos mal que no me he caído muerta por sus miradas malvadas*, pensó para sí misma.

«Vaya, las tres mosqueteras, ¿eh?», dijo Crescent, devolviéndoles la mirada con una sonrisa burlona mientras recordaba su glorioso triunfo de esa mañana.

«O quizá te refieres a las tres folleteras», añadió Maddy, pinchando con furia sus patatas fritas con el tenedor. «Esas zorras no tienen ni pizca de vergüenza. Incluso intentaron tirarse a los jefes, sobre todo esa rubia tonta, Sasha. Uf, las odio, aunque “odiar” sea una palabra muy fuerte».

«Cálmate, Maddy. Hay que ser madura para comportarse como tal. No dejes que ese incidente te moleste», dijo Pasco en tono tranquilizador.

«¿Qué pasó?», preguntó Crescent con curiosidad.

«Bueno, en mi primer día, Sasha y sus tontas se burlaron de mí y me echaron las bebidas encima a propósito. Y, para ser sincera, llevan intentando que me despidan desde entonces, pero como trabajo en RR. HH., les resulta un poco difícil», explicó Maddy.

«Si te sirve de consuelo, esta mañana le he dicho cuatro cosas… ¡Adiós y buen viaje a la basura, ¿no?», dijo Crescent alegremente.

«¡Sí, todo el mundo se ha enterado! La broma le ha salido mal, porque nadie se les había plantado nunca, ya que se acuestan con la mayoría de los jefes de departamento de aquí. No puedo dejar de reírme al recordar la cara que puso», dijo Pasco riendo a carcajadas, apoyándose en el hombro de Crescent mientras todas se reían histéricamente.

Algunas mesas cercanas oyeron la conversación y se unieron a las risas, lo que enfureció a las tres mujeres, que fruncieron el ceño con saña antes de salir furiosas de la cafetería. Fue un momento estupendo que animó por completo el ambiente… hasta que una voz grave y autoritaria retumbó por encima de la multitud.

«Señorita King».

¡Ay, no!

Toda la cafetería quedó al instante en un silencio sepulcral. Pasco se echó hacia atrás en su silla de un tirón mientras dos miradas gemelas le lanzaban flechas afiladas directamente a él. Crescent habría apostado a que algunas personas en la sala temblaban de miedo, porque el silencio era aterradoramente absoluto.

Las gemelas Sterling dirigieron entonces su mirada hacia Crescent, y sus expresiones severas se suavizaron muy ligeramente. Tomando eso como señal, Crescent se levantó para marcharse.

«Adiós, Maddy; adiós, Pasco», les dijo con una amplia sonrisa.

«Hasta luego, nena», dijo Pasco con suavidad.

Al instante, las gemelas soltaron un gruñido grave y peligroso dirigido a él, lo que hizo que Pasco se estremeciera. *¿Qué les pasa a estas dos?*, se preguntó Crescent. Maddy simplemente le dijo adiós con la mano, acompañándolo de una sonrisa de apoyo.

De vuelta en su despacho, Crescent estaba ocupada respondiendo a los correos electrónicos de sus jefes cuando la puerta de su despacho se abrió de golpe. Irrumpieron sus jefes, ambos con expresiones de ira severas y de primer orden. ¿Y la gente tenía el descaro de afirmar que *ella* no sabía controlar su ira? Estos dos eran la definición literal de la ira.

—¿Qué significaba esa payasada, Crescent? —le espetó Lucius. De hecho, le había hablado a ella, aunque Crescent no sabía si alegrarse de que se hubiera dirigido directamente a ella o sentirse completamente confundida sobre a qué «payasada» se refería.

—Disculpe, señor Sterling, pero no entiendo qué he hecho mal —respondió con sinceridad.

—¿Qué significa eso de que Pascal se haya acomodado en tu hombro mientras se reía? ¿Puedes explicarlo? —preguntó Lucius con tono severo.

—No es lo que usted piensa, señor. Es mi amigo y solo fue un gesto de amistad —dijo Crescent, volviéndose hacia Lucian, quien lucía una expresión de profunda decepción y enfado.

*¿En qué me he metido?* —pensó presa del pánico. ¿Por qué se estaba defendiendo si no había hecho nada malo? Era su primer día y ya se había metido en un buen lío.

«¿Un gesto amistoso, dices? No quiero verte ni cerca de él, ni de ningún otro chico, por cierto», ordenó Lucius con brusquedad.

«Señor Lucian, por favor, hable con el señor Lucius», suplicó Crescent, volviéndose hacia el otro gemelo. «No he hecho nada malo. Passy solo estaba siendo amable porque no tenía a nadie con quien sentarme en la cafetería, y él se portó muy bien».

«¿Passy? ¿Acabas de ponerle un apodo? ¡Ya está, está despedido!», bramó Lucian.

*No, no, no, no, no.* Esto no podía estar pasando. Crescent entró en pánico, necesitando desesperadamente arreglar las cosas.

«¡Por favor, señores, haré lo que sea! Pero no lo despidan… ¡es mi amigo! Vale, no dejaré que me toque en público…»

Ambos gemelos gruñeron al oír eso.

«…vale, ¡y mucho menos en privado! Haré lo que sea, señores, por favor, no le hagan daño a mi amigo», suplicó, prácticamente al borde de las lágrimas, sabiendo que sería totalmente culpa suya si Pascal perdía su trabajo. Se había olvidado por completo de medir sus palabras en su intento desesperado por salvarlo.

Ambos hermanos sonrieron de repente —una expresión lenta y maliciosa que hizo que Crescent se arrepintiera al instante de sus palabras—.

«No pasa nada, princesa», le susurró Lucius, cambiando de tono mientras se acercaba para calmar su nerviosismo. «A Pascal no le pasará nada». Levantó suavemente la mano para acariciarle la mejilla.

Crescent se derritió; sintió que le temblaban las piernas en el momento en que el cálido contacto de su mano le rozó el rostro. Si su piel fuera un poco más clara, estaba segura de que estaría tan roja como la salsa de tomate. *Que alguien llame a un electricista, por favor; creo que mi aire acondicionado acaba de dejar de funcionar.* Espera… ¿acaba de llamarla princesa?

Lucian se acercó con paso firme para colocarle con delicadeza un mechón de su melena ondulada detrás de la oreja. «Qué guapa», dijo en voz baja.

Crescent bajó la mirada tímidamente hacia sus pies, sintiendo cómo se le calentaba el cuerpo mientras unas ondas eléctricas le recorrían la columna vertebral, dejando a su paso una estela de piel de gallina.

Esos hombres iban a ser, sin duda, su perdición.

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Dernier chapitre

  • El compañero predestinado de los jefes    CAPÍTULO 21

    «Lo mataré si lo vuelvo a ver cerca de ti, pequeña». Las palabras de Lucian se entremezclaron con los besos, y Crescent jadeó en busca de aire, pero no duró mucho, porque Lucius volvió a apoderarse de su boca.«Eres nuestra. Solo nuestra. Cada caricia, cada sonrisa, cada beso nos pertenece, y no compartimos lo que es nuestro. Nadie te arrebatará de nuestro lado. ¿Me oyes, princesa?».Su pecho se agitaba. Parpadeó para despejar la niebla que tenía en la cabeza, mareada y aturdida.Oírlo le provocó algo. El calor se acumuló en lo más bajo, húmedo, y gimió, ansiando atención. Dios, era una pervertida. Estaban allí de pie reclamándola, regañándola, amenazándola, y ella se excitaba con cada palabra. Estaba perdida, y lo sabía. Sin pensárselo dos veces, apretó sus labios contra los de Lucius y lo besó con todas sus fuerzas. Él respondió agarrándole el culo con fuerza. Lucian se abalanzó sobre su cuello, chupándolo con toda la intención de dejarle una marca, mientras sus manos le amasaban lo

  • El compañero predestinado de los jefes    CAPÍTULO 20

    —No me hagas repetirme otra vez, Crescent —advirtió Lucius, caminando furioso hacia ellos con la mirada clavada en Xavier.Crescent deseó desesperadamente que apareciera su hada madrina y se la llevara volando a cualquier sitio lejos de su inminente ira.—Solo estábamos hablando, y la última vez que lo comprobé, en este país hay libertad de expresión —replicó Xavier con descaro.*Madre mía, está muerto si no consigo que cierre la boca,* pensó Crescent frenética.Lucius tenía una expresión asesina, con las cejas temblándole y una vena palpitándole a la vista en el cuello, antes de que su mirada volviera de golpe a Crescent. Entonces recordó su escalofriante amenaza del almuerzo del día anterior: *«Si veo a algún chico a tu alrededor, juro por Dios que lo mato solo por mirarte, no digamos ya por tocarte».*Crescent ya podía imaginar un millón de formas horribles en que podría descuartizar a Xavier, que, por alguna razón, no parecía inmutarse en lo más mínimo ante sus miradas mortales. A

  • El compañero predestinado de los jefes    CAPÍTULO 19

    Los tres amigos estaban sentados en su mesa favorita, cotilleando de todo un poco mientras comían contentos. Para Crescent era un alivio estar lejos de sus jefes gemelos, que andaban ocupados con llamadas. Se había escabullido de su despacho, segura de que le cortarían las orejas al volver, pero por suerte la reunión de la mañana se había aplazado hasta la tarde.Crescent se aclaró la garganta.—Maddy, en una sola frase, ¿puedes explicar qué pasó ayer por la mañana y cómo nos dejaste plantados en el almuerzo por los jefes? —movió las cejas con burla hacia su amiga.—Eh, no pasó gran cosa. Vine a trabajar como todos vosotros y me arrastraron a comer por la fuerza —se encogió de hombros Crescent, sorbiendo su zumo de naranja.—O sea, que sales por casualidad de su coche de la mano, como si fuerais amantes o estuvierais en una relación a tres, y encima comes con ellos al mediodía. Vaya, qué tópico —dijo Pascal, boquiabierto, mirándola con sospecha.—¡Eh, eh, eh! Antes de que me devoréis

  • El compañero predestinado de los jefes    CAPÍTULO 18

    ¿Por qué tenía que ser siempre tan controlador, con su elegante traje gris de Armani a juego con la corbata y los zapatos azul marino? Crescent juraba que lo odiaba con toda su alma, sobre todo esa estúpida expresión que Lucian llevaba plantada en su sexi cara.*Espera, se supone que estoy enfadada, no que los esté repasando. Crescent, concéntrate,* se dio una bofetada mental.—Vale, pero solo porque tengo hambre... Además, no creo que sea prudente tener tanta confianza con vuestra asistente.—Me alegra que hayas dicho *nuestra* asistente, nena, así que eres asunto nuestro y de nadie más. Ahora ven aquí antes de que pierda la paciencia y te castigue.Crescent sintió que hacía el camino de la vergüenza, sabiendo que no podía ganarles la discusión. Lucian la arrastró despacio hacia el centro de la sala mientras los dos hermanos se levantaban y se quitaban las chaquetas del traje, marcando sus bellos músculos con sonrisas diabólicas.*Madre mía, creo que estoy babeando.*—O sea, que pase

  • El compañero predestinado de los jefes    CAPÍTULO 17

    Solo pensar en su fin de semana con los gemelos era increíble. Sorprendentemente, habían cumplido su palabra, aunque eso no significaba que se hubieran privado de robarle besos y de provocarla sin parar, dejándola toda acalorada y alterada.Cuando Crescent despertó, fueron de compras a pesar de sus quejas, que cayeron en saco roto, y después pararon en el centro comercial a por su helado de chocolate favorito. Nunca había sabido que fueran *tan* famosos, con un enjambre de paparazzi pisándoles los talones, pero por suerte sus disfraces la salvaron de acabar en una de esas revistas de cotilleo.Por desgracia, después del trabajo de hoy Crescent volvería a la realidad sin ellos. Pero no pensaba dejar que notaran que había cedido. La experiencia es la mejor maestra, y desde luego no quería darle la razón a ese dicho. Así que ahí estaba, sentada justo entre los gemelos mientras iban de camino al trabajo. ¡Ja! La broma les había salido al revés, ya que no la perdían de vista ni un segundo,

  • El compañero predestinado de los jefes    CAPÍTULO 16

    Lucius observó cómo Crescent se sentaba con las piernas cruzadas, la cara sonrojada y el pelo revuelto, jugueteando con los dedos y evitando mirarlos a los ojos. De pronto, estalló en carcajadas.—Qué hermosa estás cuando estás confundida y excitada.Ella se puso roja como un tomate y escondió la cara en el hueco del cuello de Lucian, justo cuando su estómago soltó un rugido fuerte y frenético.—Ven, nena —dijo Lucian, ayudándola a levantarse—. Vamos a darte algo de comer y a saciar a esa ballena moribunda que llevas dentro.—Perdona que nos hayamos distraído y nos hayamos olvidado del desayuno que te preparamos —añadió Lucius, poniéndole delante un plato lleno de tostadas, una tortilla y beicon, junto con un vaso de zumo de manzana.Ella les regaló una sonrisa letal, de esas que devolverían a alguien a la vida.—No pasa nada, lo entiendo.Le dieron espacio para que estuviera cómoda y se sentaron en el extremo opuesto de la isla para observar lo nerviosa que parecía. La vieron comer c

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