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Capítulo 5: Frecuencias cruzadas

Author: melodi
last update publish date: 2026-09-12 23:42:26

 

Mateo

El peso del dije de mi madre quemaba en la palma de mi mano. La plata estaba fría, pero la certeza de lo que significaba me provocaba una náusea violenta.

—Esto estaba en el escritorio de mi padre —repetí, necesitando escuchar las palabras en voz alta para creérmelas—. Nico lo sacó de su caja fuerte.

—Piso catorce. Despacho principal —asintió Clara, cruzándose de brazos mientras la luz parpadeante de su laptop le iluminaba las facciones—. Tu padre no solo guardaba el dije, Mateo. Guardaba la llave privada que le dio acceso a la firma digital de tu madre. Tu familia no solo te presionaba para que cedieras el control del nuevo software; te estuvieron montando una trampa con el recuerdo de la persona que más querías.

Sentí que el aire del taller se volvía denso, difícil de tragar. Apoyé las manos sobre la mesa de trabajo, cerrando los ojos mientras contaba mentalmente. Uno, dos, tres, cuatro. El pulso me retumbaba en los oídos.

—Oye —la voz de Clara sonó más cerca, menos incisiva de lo habitual. Sentí el contacto firme y cálido de sus dedos sobre mi muñeca—. Respira. Si te vas a desmayar aquí, al menos avísame para mover los circuitos caros.

Abrí los ojos. Clara me miraba directo a la cara, sin compasión falsa, pero con una presencia tan sólida que me sirvió de ancla.

—No me voy a desmayar —dije, aunque la voz me salió rasposa—. Es solo que... pasé doce años pensando que ella se había ido sin dejar rastros. Y resulta que mi padre usó su trabajo para tenerme vigilado todo este tiempo.

—Bueno, pues es hora de pagarle con la misma moneda —Clara soltó mi muñeca y se giró hacia su computadora, tecleando con una velocidad pasmosa—. Si tu padre renovó la firma digital hace noventa días, tuvo que usar un servidor local para validar el certificado de seguridad. Y los servidores locales de esa antigüedad dejan una huella de retorno.

—¿Puedes rastrear dónde se validó? —pregunté, acercándome a la pantalla.

—Puedo, pero necesito algo que solo tú tienes —Clara se detuvo y me miró de reojo—. Tu acceso biométrico de nivel fundador. El mismo que te acaban de suspender en la empresa.

—Si mi acceso está bloqueado, la red rebotará la petición y enviará una alerta directa a la oficina de seguridad —advertí, frunciendo el ceño—. Estaríamos entregándoles nuestra ubicación en bandeja de plata.

Clara soltó una carcajada corta y seca que resonó entre los monitores viejos.

—Mateo, por favor. ¿Crees que te estoy pidiendo que entres por la puerta principal de tu propio sistema? —sacó un pequeño pendrive de plástico negro de su bolsillo y lo dejó sobre la mesa—. Tu empresa bloqueó tu usuario en la capa de aplicaciones, no en el firmware base. Tu madre diseñó la arquitectura inicial, ¿recuerdas? Y ella dejó una puerta trasera.

Un silencio pesado cayó entre los dos.

—Ella nunca habría dejado un fallo de seguridad —protesté, sintiendo un punzadas de duda.

—No es un fallo, es un protocolo de emergencia —corrigió Clara, mirándome con seriedad—. Tu madre sabía con quién estaba casada, Mateo. Sabía perfectamente de lo que tu padre era capaz si las cosas se salían de control. El código que tu padre intentó rastrear no era solo una patente... era un registro de propiedad intelectual a tu nombre. Tu madre te dejó el control absoluto de la tecnología antes de morir.

El impacto de sus palabras me dejó sin aliento. Un timbre agudo rompió el silencio de la habitación. No era un teléfono común; era el tono personalizado de la línea encriptada de mi hermano.

Contesté y puse el altavoz de inmediato.

—Mateo, tienes que salir de ahí ahora mismo —la voz de Nico sonaba agitada, con un fondo de estática constante—. Papá acaba de firmar una orden extraordinaria de auditoría física. Cierre patronal. Van a tomar posesión de todos los activos no declarados a nombre de la familia.

—¿De qué estás hablando, Nico? —pregunté, sintiendo que la trampa se cerraba a nuestro alrededor.

—Valeria no actuaba sola —soltó Nico, dejando escapar una maldición—. Ella y papá no querían sacarte de la empresa para salvar el lanzamiento. Firmaron un preacuerdo de venta con un conglomerado rival esta tarde. Van a liquidar Saavedra Tech por partes.

—¿Y qué tiene que ver eso con el taller? —intervino Clara, pegándose al teléfono.

—Nico, ¿quién habla contigo? —preguntó él, extrañado.

—Es Clara. Habla ya, Nicolás —exigí.

—Papá sabe que el servidor original tiene el único registro de propiedad que puede invalidar la venta —explicó Nico a toda prisa—. Si ese equipo se destruye o si logran borrar el disco, la empresa pasa automáticamente a manos del consejo. Enviaron a un equipo de seguridad privada a confiscártelo. Tienen la orden de incautar cualquier dispositivo técnico que encuentren a tu alrededor.

Un golpe sordo y metálico retumbó en la cortina de hierro del taller exterior. Los perros del vecindario empezaron a ladrar en la distancia.

—Están afuera —susurró Clara, mirando fijamente hacia la puerta trasera del local.

—Gana tiempo, Nico —dije, cortando la llamada antes de que pudiera responder.

Clara no perdió ni un segundo. Agarró su maletín de herramientas, desenchufó la laptop de un tirón y tomó el disco duro de mi madre, envolviéndolo en una bolsa antiestática.

—La puerta trasera da hacia un callejón que conecta con la avenida principal —dijo en voz baja, entregándome el disco duro—. Tú te vas con esto. Yo los distraigo.

—De ninguna manera —me negué rotundamente, tomándola del brazo—. No te voy a dejar sola con los matones de mi padre.

—Mateo, mírame —Clara se plantó frente a mí, sosteniéndome la mirada con una firmeza que me detuvo en seco—. A ti te están buscando para quitarte el disco y obligarte a firmar una renuncia. A mí no me pueden hacer nada porque legalmente solo soy una civil dentro de un taller mecánico. Si nos ven juntos con el equipo, perdiste.

Otro golpe resonó en la entrada, esta vez acompañado por el chasquido de una herramienta hidráulica intentando forzar el pasador.

—No me voy sin ti, Clara —insistí, sintiendo que el ritmo de mi corazón se disparaba de nuevo, pero esta vez no era por la ansiedad; era el miedo real de perder la única verdad que había encontrado en años.

Clara esbozó una pequeña sonrisa, rápida y fugaz, la primera que le veía desde que la conocí.

—Saca la tarjeta madre y el disco por la ventana del tragaluz —ordenó, pasándome una mochila pesada—. Nos vemos en tres bloques, en la estación de trenes abandonada. Y más te vale no perder ese disco, Valeri, porque no pienso volver a soldar esos pines por ti.

Antes de que pudiera protestar, Clara caminó hacia el interruptor principal de la luz, apagó los focos del taller dejándonos a oscuras y lanzó una caja metálica llena de tuercas contra la puerta principal, generando un estruendo enorme.

—¡Hey! ¡Aquí no hay nada que buscar, imbéciles! —gritó Clara hacia la puerta, ganando los segundos exactos que yo necesitaba.

Apreté la mochila contra mi pecho, escalé por la mesa de trabajo hacia el tragaluz y salí hacia la noche fría, sabiendo que a partir de este minuto, ya no había vuelta atrás hacia mi antigua vida.

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