LOGINMateoEl agua helada de los aspersores nos cayó encima como una ducha de realidad. El humo de la caja de breakers inundaba la biblioteca, pero entre las alarmas chirriantes y la penumbra marcada solo por las luces rojas de emergencia, la mano de Clara sujetando la mía era lo único firme a lo que aferrarme.—¡Sujétate de mí y no te detengas! —gritó Clara, con la voz ahogada por el estruendo.En medio del caos, vi a mi padre toser violentamente, cubriéndose el rostro mientras los dos guardias intentaban protegerlo a ciegas. Valeria chillaba al ver su tableta arruinada por el agua. Nico, reaccionando con la rapidez de un felino, empujó un pesado estante de libros hacia el pasillo central, bloqueándoles la salida principal y haciendo caer una avalancha de tomos sobre sus perseguidores.—¡Vayan a la salida de incendios del fondo! —nos gritó Nico, abriéndose paso entre el agua que ya le empapaba el traje—. Yo los distraigo en el vestíbulo principal.—¡No te voy a dejar solo con ellos, Nico!
MateoLa pasarela de cristal del tercer piso parecía un puente suspendido sobre un abismo de sombra. Abajo, el patio central de la facultad estaba desierto, pero el eco de sirenas lejanas empezaba a filtrarse a través de los ventanales.—El cuadro de control analógico está a la derecha —susurró Clara, señalando una pequeña caja metálica pintada de gris que sobresalía junto al marco de la puerta de cristal—. Si corto el cable de tierra del electroimán, los cerrojos cederán por fallo de seguridad.—Hazlo rápido —dijo Nico, apostado al final del pasillo, vigilando la escalera por la que acabábamos de subir—. La comitiva de papá ya está en la entrada principal del campus. No tardarán más de dos minutos en bloquear este sector.Me acerqué a Clara mientras sacaba las pinzas de corte de su bolsillo. Sus manos trabajaban con una precisión asombrosa, pero sus cejas estaban contraídas en una línea de concentración absoluta.—Clara —dije en voz baja, asegurándome de que solo ella me escuchara—.
MateoLa manija de la puerta de hierro giró hasta el tope. Me coloqué a medio paso delante de Clara, sintiendo cómo el pulso me retumbaba en los oídos, pero esta vez sin el nudo de pánico que solía asfixiarme. Ya no era un ataque de ansiedad; era adrenalina pura.La puerta se abrió con un chirrido metálico. Esperaba ver a los matones de mi padre con trajes oscuros y linternas tácticas, pero la persona que cruzó el umbral iluminándose la cara con la pantalla de su teléfono nos dejó helados a los dos.—¿Nico? —solté, dándome la vuelta un segundo para verificar que la salida no fuera un señuelo.Mi hermano entró a paso rápido, respirando con dificultad y cerrando la puerta tras de sí con el pestillo manual. Tenía el cabello desordenado y la camisa desabrochada en el cuello, pero sus ojos brillaban con un triunfo furioso.—Díganme que ya copiaron lo que hay en esa monstruosidad de computadora —dijo Nico, apoyando las manos sobre las rodillas para tomar aire—. Papá viene hacia la universid
MateoEl olor a polvo acumulado y humedad me golpeó en cuanto Clara empujó la pesada puerta de hierro del sótano de la facultad de ingeniería. Las luces de emergencia parpadeaban con un zumbido intermitente, proyectando sombras largas sobre las hileras de escritorios viejos y monitores analógicos fuera de servicio.—Bienvenido al laboratorio de investigación de los noventa —dijo Clara en voz baja, echando el cerrojo tras de nosotros—. Aquí nadie ha venido a hacer inventario en cinco años. Es el único lugar de la ciudad que no responde a los servidores de tu padre.—¿Estás segura de que el coprocesador de tu padre sigue funcionando? —pregunté, dejando la mochila sobre la mesa metálica central. La urgencia por sacar a Nico de la sede central me quemaba por dentro, pero sabía que dar un paso en falso destruirá todo.—Mi padre diseñó ese equipo para resistir incendios, Mateo —respondió Clara, sacando de una estantería una torre gris con el panel frontal modificado—. Lo que necesitamos no
MateoEl aire frío de la noche me azotó el rostro en cuanto salté del tragaluz hacia el callejón. Apreté la mochila contra mi pecho, sintiendo el peso del disco duro de mi madre golpear mi costilla con cada paso. Corrí a ciegas entre la penumbra, esquivando contenedores y charcos de agua estancada, mientras el eco de los golpes contra la puerta metálica del taller de Clara aún me retumbaba en los oídos.Mi mente iba a mil por hora. No se trataba solo de salvar un pedazo de silicio y cobre; se trataba de evitar que mi padre borrara la única prueba de que mi madre fue la verdadera creadora de la tecnología base de la empresa. Esteban no quería solo el dinero de la venta a la firma rival; quería erradicar el nombre de mi madre para mantenerme acorralado, haciéndome creer que todo lo que soy se lo debo a él.Llegué a la estación de trenes abandonada en diez minutos que se sintieron eternos. Me refugié detrás de un vagón de carga oxidado, me dejé caer contra el metal helado e intenté contr
MateoEl peso del dije de mi madre quemaba en la palma de mi mano. La plata estaba fría, pero la certeza de lo que significaba me provocaba una náusea violenta.—Esto estaba en el escritorio de mi padre —repetí, necesitando escuchar las palabras en voz alta para creérmelas—. Nico lo sacó de su caja fuerte.—Piso catorce. Despacho principal —asintió Clara, cruzándose de brazos mientras la luz parpadeante de su laptop le iluminaba las facciones—. Tu padre no solo guardaba el dije, Mateo. Guardaba la llave privada que le dio acceso a la firma digital de tu madre. Tu familia no solo te presionaba para que cedieras el control del nuevo software; te estuvieron montando una trampa con el recuerdo de la persona que más querías.Sentí que el aire del taller se volvía denso, difícil de tragar. Apoyé las manos sobre la mesa de trabajo, cerrando los ojos mientras contaba mentalmente. Uno, dos, tres, cuatro. El pulso me retumbaba en los oídos.—Oye —la voz de Clara sonó más cerca, menos incisiva d







