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Capítulo 4

Penulis: Eternity
Tal vez me veía muy tranquila. Tal vez ya no sonaba como alguien que amenazaba con morir para que la salvaran. Fuera lo que fuera que vio en mí, hizo que apretara la mandíbula y que su mirada se endureciera.

Sin decir una palabra, Julian llamó a su chófer, me acomodó el abrigo sobre los hombros y caminó a mi lado hasta sacarme del invernadero.

No me resistí.

Cerré los ojos y empecé a contar los minutos que faltaban para que volvieran a olvidarse de mí.

Julian no me llevó de regreso a la casa principal, sino a su clínica privada situada en los límites de la hacienda Bellandi. Me envolvió en una manta, me tomó la temperatura y luego llamó a Dante delante de mí, como si yo fuera otro problema de los Bellandi que necesitaba resolver.

Dante llegó en menos de veinte minutos.

Adrian vino con él.

Sophia también.

Sophia se había quitado el velo, pero seguía llevando puesto el vestido de novia. En cuanto me vio recostada en el sofá de Julian, se escondió detrás de Adrian y se aferró a su manga, como si temiera que fuera a lanzarme sobre ella.

Adrian me miró con la misma frialdad que había mostrado ante el altar.

—Isabella, ¿de verdad era necesario? —preguntó—. Hoy era mi boda. ¿De verdad tenías que inventarte una tragedia solo para obligarnos a mirarte?

Lo miré sin moverme.

Su expresión se endureció todavía más.

—Ya humillaste a Sophia una vez. ¿No fue suficiente?

Ahí estaba otra vez.

Sin importar lo que pasara, siempre estaban convencidos de que yo escondía algún motivo, algún plan o un puñal listo para clavarlo por la espalda.

Aparté la mirada de Adrian y la fijé en los ojos de Sophia.

—¿Y si les dijera que fue ella quien me arruinó la vida?

Los dedos de Sophia apretaron con más fuerza la manga de Adrian.

—Esos mensajes estaban manipulados. Los videos fueron recortados. Las cuentas que ensuciaron mi nombre fueron pagadas. Sophia hizo todo eso y después se puso a llorar delante de ustedes, como si yo fuera el monstruo.

El rostro de Sophia palideció en un instante antes de que sus ojos se llenaran de lágrimas.

—¿Cómo puedes seguir culpándome? —susurró—. Usaste el nombre de los Bellandi para amenazarme, Isabella. Todo el mundo lo vio.

Adrian dio un paso al frente para protegerla. La expresión de Dante se ensombreció.

—Basta.

Lo miré.

No me preguntó si tenía pruebas. Ni siquiera dudó.

—Tú provocaste ese escándalo y ahora intentas echarle la culpa a Sophia —dijo con dureza—. Pídele perdón.

Julian seguía de pie junto al carrito médico, con la mandíbula tensa.

—Isabella, no compliques más las cosas.

Dante estaba furioso; Julian, decepcionado. Y Adrian ni siquiera se molestaba en mirarme, porque toda su atención estaba puesta en las lágrimas de Sophia.

En este mundo, las lágrimas de Sophia valían como una prueba, mientras que mi verdad no era más que otra mentira.

Había pasado veinticinco años luchando por una vida que nunca me había pertenecido de verdad.

Me quité la manta de encima y me puse de pie.

Julian dio un paso hacia mí.

—¿Adónde vas?

—Lejos de ustedes.

Dante se interpuso delante de la puerta.

—¿Para desaparecer otra vez y montar otra escena?

Su voz era dura. No apartaba la mirada de mi rostro, como si vigilara el momento en que terminaría por romperme.

—Esta noche te vas a quedar aquí —dijo—. Julian y yo nos turnaremos para vigilarte.

Miré a Adrian.

Él ya estaba otra vez junto a Sophia. Le hablaba en voz baja para consolarla.

Sophia se refugió entre sus brazos y no volvió a mirarme.

Unos minutos después, Adrian regresó con Sophia a la recepción. Dante ordenó a los guardias que nadie molestara en la clínica y Julian dio la noche libre a su personal. Decían que era por observación, pero ninguno de los dos me dejó sola ni un solo minuto.

Dante intentó comunicarse con mamá y contestó el buzón de voz.

Julian siguió haciéndome preguntas de médico. No respondí a ninguno de los dos.

Al llegar la medianoche, estaba sentada en el sofá, contemplando los árboles al otro lado de la ventana. Sentía el cuerpo lejano, como si mi alma ya hubiera partido y solo hubiera dejado un cascarón vacío. Dante me reprendió dos veces. Julian siguió haciéndome preguntas con la calma de siempre, pero tampoco le respondí.

Cerca del amanecer, Julian por fin se agachó frente a mí y volvió a tomarme el pulso.

—Isabella, mírame.

No me moví.

—¿Sabes quién soy?

Lo miré, pero dentro de mí ya no quedaban fuerzas para responderle.

Su expresión cambió al notar lo lento y débil que era mi pulso.

Dante se dio cuenta.

—¿Qué le pasa?

Julian permaneció en silencio unos segundos. Me observó fijamente, como si por fin se diera cuenta de algo que debió comprender hacía mucho tiempo.

Luego dijo, casi en un susurro:

—No está fingiendo.

El rostro de Dante se tensó.

Julian tragó saliva y, cuando habló de nuevo, el miedo ya era evidente en su voz.

—Creo que se está apagando.

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