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El Precio de Humillar a la Heredera

El Precio de Humillar a la Heredera

作家:  Bagel完了
言語: Spanish
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概要

Reconquista Desesperada

Karma

Romance Amargo

Giro Inesperado

De Perdedor a Ganador

Mafia

Embarazo

Mejor Amiga

Casi morí desangrada en la camilla del hospital para darle a la familia Rossi su ansiado heredero. Pero, Carter, mi esposo y subjefe de la mafia, permitió que Sofía, su sombra y confidente, sostuviera una cámara mientras yo daba a luz. Grabó cada detalle solo porque estaba aburrida: la pérdida de control de mi cuerpo, mis gritos desgarradores y mi rostro retorcido por la agonía. Y lo peor vino después. Ella guardó capturas de mi sufrimiento, hizo memes y los filtró en el chat privado de su círculo íntimo, solo con el objetivo de burlarse de mi dolor. A los pies de la cama, creyendo que yo seguía inconsciente, Sofía se reía en mi cara. —¡Carter, esto es lo mejor que he visto en mi vida! Siempre sabes cómo complacerme. Pero Sloane se va a volver loca cuando despierte y vea todo lo que hice. La anestesia aún nublaba mis sentidos y los párpados me pesaban demasiado. No obstante, a través de la bruma del dolor, logré escuchar el tono cínico de mi esposo. —No se va a molestar —aseguró—. Ya sabes cómo es Sloane. Siempre hace todo lo que le pido. Le digo unas cuantas mentiras al oído y listo. Y ahora que nuestro heredero nació, la pobre jamás me dejará. Apreté los puños debajo de las sábanas. Recordé todos los sacrificios que hice por él durante los años que estuvimos juntos. Carter olvidó por completo había sido la mujer que lo convirtió en el hombre que gobernaba las calles. Ya que él disfrutaba jugar con mi vida, me prometí que le iba a demostrar cómo se jugaba de verdad. Los haría pagar por cada segundo de burla y humillación que me hicieron pasar.

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第1話

Capítulo 1

POV: Sloane

Una risa burlona rompió el silencio de la habitación del hospital. Sofía, balanceando en la mano el teléfono más caro que pudo conseguir, señaló la foto y se inclinó, muerta de la risa.

—Carter, mírala —dijo mientras le ponía el teléfono en la cara—. Parece un monstruo. Esa cara retorcida... no grita exactamente «¡futura Donna de la familia Rossi!», ¿verdad? Para ser honesta, me da asco.

Carter enarcó una ceja. Jugueteaba entre los dedos con un encendedor de oro mientras observaba el meme que Sofía acababa de mandar al chat.

—¿Ves de lo que soy capaz por ti? —aclaró con malicia—. Si te soy sincero, no quería que vieras una escena tan sangrienta. Pero como me insististe tanto en grabarlo para el recuerdo, te permití hacer lo que te diera la gana.

El tono de su voz me dejó claro que no le importaba para nada mi dignidad. Sofía estalló en otro ataque de risa.

Postrada en la cama, sentí cómo el suero me bajaba por la vía intravenosa y me congelaba hasta los huesos. Sentía el pecho como si me lo hubieran abierto con un cuchillo oxidado. El dolor me llegaba hasta el alma.

Unas horas atrás, había roto fuente y los médicos me metieron de urgencia a la sala de partos. Recordé el día que descubrí mi embarazo. Él me prometió que me sostendría la mano durante el proceso, que sería el primero en cargar a nuestro bebé. En aquel entonces, Carter me apretó los dedos y me juró con una devoción que jamás pensé que fuera actuada: «Mi amor, estaré contigo cada segundo. Recibiremos a nuestro pequeño ángel juntos».

A lo largo de nuestros cinco años de matrimonio, siempre había interpretado el papel del esposo perfecto y protector frente al mundo. Llegué a creer que me amaba. Hasta sentí gratitud, convencida de que traicionar a mi familia por él había valido la pena.

Sin embargo, en la camilla, mientras el bisturí me cortaba la piel, el dolor me bañó en sudor frío y las venas del cuello me saltaron por el esfuerzo. ¿Y qué hizo él? Me soltó la mano cuando la puerta se abrió. Murmuró un simple: «Sé una buena chica, solo aguanta un poco». Dio media vuelta y caminó hacia la entrada del quirófano para recibir a su amante.

Cuando el dolor llegó a su punto máximo y busqué la tela de su camisa para consolarme, el muy cínico metió a otra mujer al quirófano. Me dio un beso en la frente y susurró: «Cielo, el nacimiento de nuestro hijo tiene que quedar documentado. Sofía es fotógrafa profesional. Déjalo en sus manos. Ella conseguirá las mejores tomas». Incluso se apartó del encuadre a propósito para no arruinarle el ángulo a esa intrusa.

Dicen que el nacimiento de un niño te muestra la verdadera cara de un hombre. Supongo que tienen toda la razón.

—Carter, mira esta parte... —Sofía retrocedió el video en su teléfono y le subió el volumen por maldad.

Mis ojos se abrieron de par en par. A través de la bruma que el dolor me causaba, vi a Carter inclinarse para verlo. Estaba fascinado por mi sufrimiento.

—Shhh, Sofía, no seas tan cruel —la regañó a modo de broma, con una sonrisa espeluznante—. Acaba de dar a luz, al fin y al cabo. Su cuerpo quedó un poco flácido, como masa blanda... pero supongo que a eso le dicen «peso feliz».

Para confirmar su chiste de mierda, le acarició el hombro a Sofía sin importar que estuviera delante de mí.

—Antes estaba tan buena como tú. Ahora lo único para lo que sirve es para sostenerla de las caderas. —Me miró como si fuera un objeto inservible—. Y eso es solo porque engordaron. Claro, nada de ella se compara con tus ricas curvas.

En cuanto terminó la frase, el chat grupal estalló con los silbidos asquerosos y las burlas de sus hombres de confianza. Eso me dolió lo suficiente para hacerme llorar. Mi mano, oculta bajo las sábanas, agarró la tela hasta que mis nudillos palidecieron.

—Carter... —hablé. Tenía la voz áspera y consumida por el cansancio. Las palabras me rasparon la garganta.

Esos imbéciles se quedaron quietos en su sitio. Carter giró la cabeza despacio. Al ver que estaba despierta, corrió a verme. Su actuación era increíble.

—¿Sloane? Hermosa, ¿ya despertaste? —Me apartó el cabello sudado de la frente con toda la delicadeza posible—. Te esforzaste mucho, mi princesa. ¿Te duele algo? ¿Quieres un poco de agua?

Al ver la ternura hipócrita de sus ojos, me quedé en silencio un instante antes de voltear la cara para desviar la mirada.

—¿No vas a darme una explicación? —exigí.

La mano de Carter, que en ese momento servía un vaso de agua, se detuvo. Luego esbozó una sonrisa fingida, como si estuviera lidiando con el berrinche de una niña chiquita.

—Bebé, no seas tan dramática —me sugirió con un tono de burla.

Incluso tuvo el descaro de intentar acariciarme el pelo otra vez. Fijé la vista más allá de su hombro. Sofía me mostró la pantalla de su teléfono a propósito. El video seguía reproduciendo la escena de mi parto, exhibiéndome con las piernas abiertas. Sofía notó que yo la miraba y su sonrisa se ensanchó con la intención de provocarme.

—Señora Rossi, mis felicitaciones —dijo con una voz tan dulce que casi me dio diabetes.

Entonces, su dedo presionó el botón lateral del teléfono. Lo hizo de una manera tan torpe que de verdad parecía un error. La habitación hizo eco de mis gritos en la sala de partos. Mi cuerpo se tensó. En la cuna junto a mi cama, el bebé, que dormía en paz, se asustó por el ruido y rompió a llorar.

El sonido me perforó el corazón como un millón de agujas. Luché por levantarme, ignorando el dolor infernal en mi abdomen, y estiré los brazos para proteger a mi hijo. Me volteé hacia ellos con el rostro desfigurado por la rabia y exigí:

—¡Apaga eso! ¡Borra ese video ahora mismo!

Sofía hizo un puchero, fingiendo que le dolió que le alzara la voz mientras se volvía hacia Carter. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No fue a propósito, se me resbaló el dedo... ¿Por qué Sloane me trata así? Carter, mírala...

Carter frunció el ceño. De inmediato dejó el vaso de agua sobre la mesa y me tomó de la mano con suavidad.

—Sloane, cariño, no levantes la voz. Estás asustando a Sofía, y también al bebé —me dijo el desgraciado—. Un poco de llanto quiere decir que tiene buenos pulmones como su padre. Todos están bromeando, nada más celebran tu logro. Eres la futura Donna de esta familia, así que intenta soportar nuestras bromas, por muy pesadas que sean, ¿bien? No me armes un berrinche por una estupidez... Te ves fea cuando frunces el ceño. No deberías verme así, sabes que eso me rompe el corazón.

Me hablaba en voz baja, pero cada palabra me cayó encima y me cortó la respiración. Mi mano, que mecía al bebé para consolarlo, se detuvo. Una imagen pasó por mi cabeza: su cuerpo dándome la espalda en el quirófano para atender a Sofía. Lo miré a los ojos y le pregunté:

—Carter, cuando sacaron a nuestro hijo de la sala de partos... ¿fuiste la primera persona en cargarlo?

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