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Capítulo 2

Author: Asteria
Después de un rato, me di la vuelta y abandoné la mansión. Mi teléfono no sonó hasta que cayó la noche.

Era Giovanni.

—Bianca, ¿por qué te fuiste? ¿Qué querías decirme sobre la boda?

—Nada —respondí con voz queda, mientras contemplaba las luces de la ciudad—. No te preocupes por mí. Deberías cuidar de Carina. Está herida.

Giovanni soltó una risa indulgente.

—Todavía le duele un poco. Sigue siendo tan delicada como cuando era pequeña. —Hizo una pausa, antes de añadir, como si acabara de recordarlo—: Querías hablar de la boda, ¿verdad? Deja que Carina se encargue. Es excelente para estas coas. Hará que todo quede precioso.

—Pero yo... —comencé a decir.

Sin embargo, ya había colgado.

Me encogí de hombros. No importaba. Pronto se enteraría.

Durante toda la tarde, mi teléfono no dejó de vibrar. Carina no dejaba de compartir fotos sin parar en el chat familiar.

En ellas, llevaba un vestido blanco y Giovanni posaba a su lado vestido con un traje de alta costura. Ambos se sonreían frente al mar de Hawái como si fueran una pareja de verdad.

«Bianca, originalmente Giovanni había planeado tomarse las fotos de la boda contigo. Pero, como no apareciste y trajimos el vestido y el traje hasta aquí, habría sido un desperdicio no usarlos, así que me lo prestaron para tomarme algunas fotos».

Todos elogiaron lo hermosa que se veía. Incluso Giovanni respondió:

«Muy hermosa. Te queda perfecto».

Parecía haber olvidado que ese vestido de novia lo había diseñado yo personalmente cuando tenía diecinueve años. En ese momento, también había tomado mi mano y me había hecho una promesa solemne:

—Bianca, el día que nos casemos, quiero que todo el mundo sepa que serás la novia más feliz del mundo.

Sin embargo, ahora, Carina llevaba ese mismo vestido y él acababa de decirle que le quedaba perfecto.

Carina volvió a etiquetarme.

«Bianca, no te molesta, ¿verdad?».

¿Qué podía decir? ¿Que sí me molestaba?

Antes sí me habría molestado, claro.

Dos años atrás, cuando Carina se encaprichó con el gato que Giovanni me había regalado y lloró hasta salirse con la suya, todos se pusieron de su lado. Me llamaron mezquina y dijeron que debía ser más comprensiva porque ella había perdido a sus padres. Incluso Giovanni me había insistido:

—Solo es un gato. Después te conseguiré otro. ¿No puedes tenerle un poco más de paciencia?

Sí, eso era. Se suponía que yo debía ceder. Por eso mismo… también le cedería a mi prometido.

Mientras pensaba en esto, teléfono vibró con un nuevo mensaje:

«Bianca, conseguí un palco VIP para ti en el Mundial. Nos vemos dentro de tres días».

«Está bien», respondí sin más.

Giovanni no me llevaría, pero yo nunca había tenido que suplicarle a nadie para que lo hiciera.

Aquella noche regresé a la mansión familiar. Giovanni seguía allí y, en cuanto me vio cruzar la puerta, se acercó con dos cajas de regalo elegantemente envueltas.

—Bianca, estos son los recuerdos para los invitados de la boda. Carina los consiguió en aquella antigua tienda de Palermo. Están hechos por encargo. Probé uno hace un rato y está excelente.

Mientras hablaba, desenvolvió un trozo de turrón y lo acercó a mis labios. Sin pensarlo, le di un mordisco. Al instante siguiente, el sabor llegó a mi lengua y mi expresión cambió. Lo escupí de inmediato.

—¿No te gusta? —preguntó Giovanni, sorprendido.

Levanté la mirada y lo miré directo a los ojos.

—Contiene almendras.

—¿Qué tienen de malo? —inquirió, frunciendo el ceño, genuinamente confundido.

Me limité a mirarlo en silencio sin poder creerlo.

Yo era sumamente alérgica a las almendras. Una vez las había comido por error y había terminado con cuarenta grados de fiebre, inconsciente durante dos días.

La persona que había permanecido junto a mi cama todo ese tiempo había sido Giovanni. Pero, al parecer… ahora había olvidado aquello.

De repente, Carina puso cara de haber recordado algo y sus ojos se enrojecieron al instante.

—Lo siento mucho, Bianca. Olvidé que eras alérgica a las almendras. Todo es culpa mía.

Solo entonces Giovanni se quedó paralizado. Sin embargo, la primera persona a la que consoló, como era de esperarse, fue a Carina.

—No pasa nada —dijo mientras le daba unas suaves palmaditas en el hombro.

Solo después de que ella se tranquilizó se volvió hacia mí.

—Bianca, de todas formas, estos recuerdos son para los invitados. Carina pasó un mes entero preparando esta boda. No la decepciones.—Está bien —asentí levemente, antes de subir las escaleras sin discutir.

Después de todo, ya había decidido ue esa boda jamás se celebraría.
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