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Capítulo 15

last update Veröffentlichungsdatum: 22.09.2026 20:49:23

La mañana del viernes trajo consigo una llovizna fría y constante sobre Manhattan, difuminando el perfil urbano en tonos de pizarra y piedra mojadas.

En el interior de Bennett & Co., la sala de juntas principal olía a café recién hecho y a lana húmeda. Caroline estaba sentada en un extremo de la mesa de mármol, revisando un grueso fajo de documentos junto a Arthur Pendelton, director general de Pendelton Staging & Floral.

—Mi equipo lleva diez años trabajando con la fundación de tu familia, Caroline —dijo Arthur, quitándose las gafas para limpiarlas con un pañuelo de seda.— Sabemos cómo le gusta que se hagan las cosas a tu madre. Pero este plan de montaje para Wade International es enorme. Necesitamos un depósito inicial del cuarenta por ciento, además de un contrato de exclusividad para la semana del evento.

Caroline no levantó la vista de los papeles. —El depósito me parece bien. Pero la exclusividad solo se aplica al equipo de montaje del St. Regis, Arthur; no a tus otros equipos regionales. Es Bennett & Co. quien gestiona este contrato, no la familia Bennett.

Arthur hizo una pausa y la miró entrecerrando los ojos. —Corren rumores desde que tú y Finn Forbes rompisteis. Se dice que tu empresa independiente podría tener dificultades para pagar a los proveedores a tiempo.

Caroline le sostuvo la mirada con voz serena y tranquila. —Esos rumores provienen de personas que no tienen acceso a mis cuentas bancarias. El fondo de garantía de Wade International ya ha autorizado nuestro primer pago. Si Pendelton Staging no puede trabajar con nosotros sin sacar a relucir a mi familia, tengo otras dos ofertas de reserva sobre mi mesa ahora mismo.

Arthur la observó durante un largo instante. Sabía que no lograría intimidarla. Metió la mano en el abrigo, sacó un bolígrafo dorado y firmó al pie de la página.

—El equipo de montaje llegará al lugar a tiempo —dijo Arthur, inclinándose para estrecharle la mano.

—Gracias, Arthur. Mia te enviará por correo electrónico la copia final firmada antes del mediodía.

En cuanto Arthur salió, Mia entró en la sala y cerró la puerta de cristal tras de sí. Se la veía molesta.

—La oficina de Finn vuelve a las andadas —dijo Mia, arrojando un correo electrónico impreso sobre la mesa. —Su socio, Marcus, llamó a Apex Sound & Light hace dos horas. Finn les ofreció un quince por ciento extra si cancelaban nuestras fechas de diciembre y se encargaban, en su lugar, del lanzamiento de un proyecto inmobiliario suyo.

Caroline tomó el papel y le echó un vistazo. Una sensación de frío y silencioso disgusto se instaló en su estómago. Finn no solo estaba teniendo problemas con su propia empresa; estaba intentando activamente arruinar su cadena de suministro solo para obligarla a hablar con él.

—¿Aceptó Apex? —preguntó Caroline.

—No —respondió Mia—. Apex sabe quién les paga realmente a tiempo. Me reenviaron el correo directamente a mí. Pero Finn se está desesperando, Care. Está yendo a por tus proveedores.

—Que lo intente —dijo Caroline mientras recogía sus carpetas—. Finn está gastando un dinero que no tiene para librar una batalla que ya perdió. Diles a los de Apex que agradecemos su honestidad y cierra el contrato definitivo incluyendo una penalización elevada por cancelación. Si Finn quiere seguir metiéndose con nuestros proveedores, que les explique los gastos legales a los miembros de su consejo de administración.

Mia asintió y respiró hondo. —Entendido. Por cierto, llamó Daniel desde la planta superior de la sede de Wade. Las reuniones del señor Wade en Zúrich se alargaron, así que volará directamente a Londres para asistir a las reuniones del consejo. No volverá a Nueva York hasta dentro de dos semanas.

Caroline se ajustó la chaqueta, manteniendo la voz totalmente firme. —Bien. Eso nos da dos semanas completas para trabajar sin interrupciones.

—Aunque Daniel necesita que se apruebe hoy el presupuesto de montaje —añadió Mia—. Ha programado una videollamada de diez minutos con el hotel del señor Wade en Londres para las dos en punto.

—Estaré lista —dijo Caroline.

A las dos de la tarde, Caroline estaba sentada en la oficina ejecutiva de la sede de Wade. Daniel permanecía de pie cerca del extremo de la mesa de roble oscuro, donde un monitor de pared mostraba una conexión de vídeo segura con Londres.

La pantalla parpadeó y apareció Alexander Wade.

Estaba sentado ante un escritorio oscuro en su suite privada del Savoy. Eran las siete de la tarde en Londres y las tenues luces de la ciudad resplandecían a través de la ventana situada a sus espaldas. Llevaba el botón superior de la camisa desabrochado y las mangas remangadas hasta los antebrazos, pero su postura era tan rígida y exigente como siempre.

Sus ojos oscuros recorrieron la pantalla hasta posarse en Caroline.

—Señorita Bennet —dijo Alexander; su voz grave llegaba a través de los altavoces con nitidez y firmeza—. Adelante.

Caroline abrió su carpeta y habló con una autoridad serena y tranquila:

—Los contratos de montaje para el St. Regis ya están firmados. Pendelton Staging aceptó nuestro cronograma y hemos ahorrado un dos por ciento en materias primas al hacer el pedido directamente a Holanda.

En la pantalla, Alexander bajó la vista hacia su tableta para revisar la copia digital que Daniel acababa de enviarle.

—Ha destinado ochenta y cinco mil dólares a seguridad adicional durante el montaje —señaló Alexander con un tono totalmente neutro—. Wade International ya se encarga de la seguridad en los eventos ejecutivos. ¿A qué se debe ese gasto extra?

—Su equipo de seguridad interna protege a los ejecutivos, señor Wade —respondió Caroline sin vacilar—. Mi partida presupuestaria cubre el control de acceso de trabajadores externos, repartidores y personal del recinto durante los cuatro días que dura el montaje. Dada la relevancia de los invitados, una acreditación de trabajador no verificada supone un riesgo importante para la seguridad.

Alexander miró fijamente a través del objetivo de la cámara durante tres largos segundos, sopesando la respuesta. A miles de kilómetros de distancia, aislado en la habitación de un hotel extranjero, mantenía toda su atención centrada en el trabajo de ella.

—Aprobado —dijo Alexander mientras tomaba una nota rápida en la pantalla—. Daniel, realiza el segundo pago antes de las cinco de la tarde, hora de Nueva York.

—Así se hará, señor Wade —respondió Daniel.

—Tengo una cena de trabajo con inversores extranjeros dentro de veinte minutos —añadió Alexander, volviendo a mirar a Caroline—. Si Finn Forbes o su empresa intentan contactar de nuevo con sus proveedores, avise a Daniel de inmediato. Emitiremos una advertencia legal antes de que acabe el día. Espero tener los planos definitivos del recinto sobre mi escritorio antes de aterrizar de vuelta en Nueva York.

—Los tendrá a su disposición, señor Wade —respondió Caroline con aplomo. Alexander asintió brevemente y la pantalla se quedó en negro.

Daniel también salió de la sala.

Caroline guardó su tableta en el bolso de cuero y cerró el broche, que emitió un chasquido satisfactorio.

Al salir de la sala de conferencias acristalada hacia el pasillo silencioso, se cruzó con Daniel, que ya estaba tomando notas en su carpeta.

—¿Está todo listo por tu parte, Daniel? —preguntó, dedicándole una sonrisa breve y cordial.

—Todo en orden, señora Bennet —respondió Daniel, levantando la vista y asintiendo con cortesía—. La transferencia en depósito ya está en trámite y he marcado a Forbes & Associates en nuestro registro interno, por si intentan alguna otra maniobra.

—Te lo agradezco —dijo Caroline, relajando ligeramente la postura—. Manténme informada si Londres pide algún ajuste rápido durante el fin de semana. Si no, nos vemos el martes en la visita de inspección del St. Regis.

—Que tenga un buen fin de semana, señora Bennet —dijo Daniel con amabilidad.

—Igualmente, Daniel. Descansa.

Tras despedirse con un gesto rápido de la mano, Caroline se dirigió a los ascensores privados exprés. Mientras las pesadas puertas de latón se cerraban y la cabina iniciaba su silencioso descenso, se apoyó contra la pared de espejos y exhaló un suspiro largo y tranquilo. Alexander estaba al otro lado del Atlántico dirigiendo su imperio, su presupuesto había sido aprobado y, por primera vez en toda la semana, se sentía totalmente dueña de la situación.

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