LOGINEl sol de la mañana se reflejaba en la fachada de acero y cristal de la sede de Wade International, haciendo que la torre de sesenta pisos brillara como un espejo contra el horizonte. Caroline estaba de pie en la acera de enfrente, alisando las solapas de su americana entallada de color marfil. A su lado, Mia revisaba nerviosa su iPad por quinta vez, repasando las diapositivas de la presentación.
—Todo está cargado, ¿verdad? —preguntó Mia con la voz tensa—. ¿Las recreaciones en 3D de las plantas, el menú del catering, el concepto de iluminación? —Está todo listo, Mia —dijo Caroline, dedicándole a su amiga una sonrisa tranquilizadora, aunque ella misma sentía los nervios a flor de piel—. Hemos pasado tres días enteros perfeccionando esta propuesta. Bennett & Co. merece estar en esa sala. —Lo sé, lo sé —suspiró Mia, respirando hondo—. Es solo que... Alexander Wade. Ese hombre tiene fama de destrozar propuestas en cinco minutos si se aburre. Es frío, metódico y no da segundas oportunidades. —Entonces no necesitaremos ninguna —respondió Caroline con serenidad, aunque un nudo extraño e inexplicable se le apretó en el estómago mientras atravesaban las grandes puertas de cristal para entrar en el vestíbulo principal. El control de seguridad fue rápido y fluido. Daniel las esperaba cerca de los ascensores privados; lucía impecable con un traje gris marengo y llevaba una tableta en la mano. —¿Srta. Bennett? ¿Srta. Carter? —las saludó Daniel con una inclinación de cabeza cortés y profesional—. Soy Daniel, el asistente ejecutivo del Sr. Wade. Síganme, por favor. La junta directiva y el Sr. Wade las esperan en la sala de conferencias principal, en la última planta. —Gracias, Daniel —dijo Caroline al entrar en el ascensor acristalado. Mientras el ascensor ascendía rápidamente, ofreciendo unas vistas panorámicas de la ciudad, Caroline sintió una sensación de familiaridad repentina y extraña —un tenue eco de lujo de la alta sociedad que cruzó fugazmente por su mente—, pero lo descartó de inmediato. Cuando las puertas del ascensor se abrieron con un suave aviso sonoro en la planta sesenta, Daniel las condujo por un pasillo ancho y alfombrado hacia unas enormes puertas dobles de vidrio esmerilado. Las abrió e hizo un gesto para que las mujeres entraran. La sala de juntas era impresionante. Una enorme mesa de caoba pulida ocupaba el centro de la sala, flanqueada por altos ejecutivos, asesores legales y directores de eventos. En el extremo opuesto de la mesa, sentado en un sillón de cuero con respaldo alto, se encontraba el director ejecutivo. Caroline entró en la sala con una sonrisa profesional bien ensayada. «Buenos días a todos. Soy Caroline Bennet, fundadora de...» Su voz se cortó en seco. El hombre situado al otro extremo de la mesa levantó la vista de su expediente. Caroline sintió que el aliento se le quedaba atrapado en la garganta y las palabras se desvanecían en el aire. El corazón le golpeaba con violencia contra las costillas. Hombros anchos. Ojos oscuros y penetrantes, bajo unas cejas marcadas. Una mandíbula afilada y aristocrática, como esculpida en mármol. Era él. El hombre de la habitación de hotel. El desconocido de cuya cama había huido en plena noche. El hombre cuya voz había resonado con un tono grave en la oscuridad mientras sus manos le sujetaban la muñeca. Alexander Wade. Caroline sintió cómo la sangre abandonaba su rostro, dejándola helada. Una oleada de pánico agudo y vertiginoso recorrió sus venas. *Dios mío. No puede ser verdad.* Al otro lado de la larga mesa, la mirada de Alexander se clavó en la suya. Durante dos segundos, el tiempo pareció detenerse por completo. La mente aguda y analítica de Alexander registró su rostro, la intensidad serena de sus ojos color avellana y la delicada estructura de sus pómulos. El recuerdo de hacía dos semanas resurgió al instante en su mente: el dulce rastro de perfume floral, el contacto tembloroso, la vulnerabilidad cruda y desgarradora de una mujer que había desaparecido antes del amanecer. El reconocimiento le golpeó con la fuerza de un impacto físico. Había buscado por toda la ciudad, revisado los registros de seguridad e interrogado al personal, sin hallar nada. Y ahora, la mujer que había rondado sus pensamientos —la única variable incontrolada en su mundo ordenado— acababa de entrar en su sede corporativa, vestida con un traje elegante y con una propuesta de evento en las manos. Alexander no jadeó. No perdió la compostura. Pero sus ojos oscuros se ensombrecieron aún más; una mirada lenta e intensa se apoderó de ellos mientras se reclinaba en su sillón de cuero, sin apartar la vista de ella ni un instante. Mia le dio un codazo discreto a Caroline y le susurró: «¿Caroline? ¿Qué te pasa? Te has quedado a medias». Caroline tragó saliva con dificultad; tenía las palmas de las manos húmedas de sudor. Obligó a sus pulmones a inhalar aire y luchó con todas sus fuerzas para evitar que le flaquearan las rodillas. No podía venirse abajo allí. No podía dejar que él supiera que ella recordaba, ni que sabía quién era él. Tenía que mantener la profesionalidad.—Mis disculpas —dijo Caroline, con la voz ligeramente temblorosa antes de serenarse, recurriendo a años de aplomo cultivado—. Gracias por recibirnos hoy. Soy Caroline Bennet y ella es Mia Carter. Es un honor para nosotras presentar nuestra visión para la gala anual de Wade International.
Alexander no dijo nada. Simplemente siguió cada uno de sus movimientos mientras ella caminaba hacia la cabecera de la pantalla de presentación.
Cuando Mia puso en marcha la presentación digital, Caroline comenzó a hablar. Su voz sonaba firme al describir el concepto de «Elegancia en movimiento» y al detallar los diseños de iluminación, las medidas de seguridad, las zonas VIP privadas y la fluidez de la velada.
A lo largo de los veinte minutos que duró la presentación, los altos ejecutivos asentían con aprobación y tomaban notas en sus tabletas. Pero Caroline apenas reparaba en ellos. Cada segundo se sentía como caminar sobre la cuerda floja, pues podía sentir la mirada de Alexander clavada en ella. Él no miraba la pantalla; la miraba a ella. Observaba cómo se movían sus labios, cómo sus dedos pulsaban el mando a distancia y el sutil ascenso y descenso de su pecho al respirar.
Al terminar la presentación, la sala quedó en silencio.
Marcus Hale, el asesor jurídico principal, levantó la vista con una sonrisa cordial. —Una propuesta excepcional, señorita Bennet. La integración de la seguridad y el concepto floral son extraordinariamente sofisticados.
—Gracias, señor Hale —dijo Caroline, manteniendo la vista fija en Marcus y evitando a toda costa mirar hacia el otro extremo de la mesa.
—¿Señor Wade? —Marcus se volvió hacia Alexander—. ¿Qué opina?
La sala quedó en un silencio sepulcral. Todos volvieron la vista hacia el director ejecutivo.
Alexander entrelazó lentamente las manos sobre la mesa de madera oscura. Su mirada permaneció fija en el rostro pálido y sereno de Caroline.
—Los protocolos de seguridad están bien planteados —dijo Alexander; su voz de barítono, grave y profunda, le recorrió la espalda a Caroline provocándole un escalofrío—. Aunque tengo curiosidad por una cosa, señorita Bennet.
Caroline se obligó a mirarlo directamente, sosteniendo la mirada del hombre que la había retenido en la oscuridad. —¿Sí, señor Wade?
—Pone usted mucho énfasis en la discreción y en el control de los accesos a las suites privadas —dijo Alexander lentamente, con un tono cargado de un doble sentido sutil y peligroso que solo ella podía comprender. —En su experiencia... ¿qué tan fácil es para una persona no autorizada burlar la seguridad y entrar en una sala donde no debería estar?
Mia pareció algo confundida por la pregunta concreta, pero Caroline sintió que el corazón se le desplomaba hasta el estómago.
Apretó con más fuerza el puntero láser y alzó ligeramente la barbilla, mientras su obstinado orgullo salía a relucir. —Si se aplican los protocolos adecuados, señor Wade, nadie entra por error. Pero cuando se produce un fallo humano... surgen imprevistos. La clave está en cómo se gestionan las consecuencias.
Una leve, casi imperceptible, inclinación apareció en la comisura de los labios de Alexander.
—Ciertamente —murmuró Alexander, con un tono suave como el cristal.
Dirigió su atención a Daniel, que estaba a su lado. —Hemos terminado aquí. Despejad la sala. Quiero un momento a solas con la señorita Bennet para tratar los detalles finales del contrato.
Mia parpadeó, mirando con sorpresa de Caroline a Alexander. Los demás ejecutivos recogieron rápidamente sus tabletas y empezaron a salir, murmurando sobre la inesperada intervención directa del director ejecutivo.
—Te esperaré fuera, en el vestíbulo, Care —susurró Mia, apretando brevemente el brazo de Caroline en señal de apoyo antes de abandonar la sala.
Daniel fue el último en salir. Al pasar junto a Alexander, captó la intensa mirada de su jefe y cerró silenciosamente las pesadas puertas dobles, dejándolos a ambos en un aislamiento absoluto y aterrador.
La enorme sala de conferencias quedó de repente sumida en un silencio sofocante.
Caroline permanecía junto al podio de la presentación, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro atrapado.
Alexander se levantó despacio. Su figura alta e imponente dominaba el espacio mientras se alejaba de la mesa, desabrochándose la chaqueta del traje y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón. Caminó hacia ella con movimientos lentos, deliberados y depredadores.
Caroline retrocedió instintivamente hasta que la zona lumbar chocó contra el borde de la mesa de caoba.
Alexander se detuvo a escasos sesenta centímetros de ella. De cerca, su presencia resultaba abrumadora. El aroma penetrante de una colonia cara y cedro limpio la envolvió; un olor que despertó al instante recuerdos vívidos y abrasadores de aquella noche en el hotel.
—Tiene una firma impresionante, señorita Bennet —dijo Alexander en voz baja, mientras sus ojos oscuros escudriñaban cada centímetro del rostro de ella.
—Gracias, señor Wade —respondió Caroline, obligándose a mantener un tono rígido y profesional—. Nos tomamos nuestro trabajo muy en serio. Si tiene alguna observación sobre el presupuesto, puedo...
—Dos semanas —la interrumpió Alexander; su voz grave atravesó la máscara de profesionalidad que ella mostraba.
Caroline hizo una pausa, con la garganta seca. —¿Qué?
—Pasé dos semanas buscándola —dijo Alexander, dando un paso corto hacia ella. La distancia entre ambos se redujo casi a nada. —Hice que el equipo de seguridad revisara las grabaciones de las cámaras, cotejara las listas de invitados y examinara cada detalle. Y usted simplemente desapareció.
Caroline tragó saliva con dificultad, negándose a apartar la mirada, aunque sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso y ardiente. —No sé de qué está hablando, señor Wade. Debe de estar confundiéndome con otra persona.
Alexander inclinó la cabeza; un destello oscuro y peligroso brilló en sus ojos.
—¿Eso cree? —Extendió la mano y sus largos dedos rozaron suavemente la cara interna de la muñeca de ella, justo sobre el pulso acelerado.
Caroline soltó un leve jadeo ante aquel contacto eléctrico; sintió que el aliento se le quedaba atrapado en la garganta.
—Entró en mi habitación —murmuró Alexander, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo y ronco que la hizo estremecerse—. Lloró en la oscuridad, tomó lo que necesitaba para olvidar... y luego huyó antes del amanecer.
Se inclinó ligeramente hacia ella; su oscura mirada descendió hasta los labios de Caroline antes de volver a encontrarse con los ojos de ella, muy abiertos y faltos de aliento.
—No me mienta, Caroline. Sé exactamente quién es usted.
El dormitorio estaba envuelto en una tenue luz ámbar que suavizaba los contornos rígidos de la suite de Finn, situada en la última planta. Afuera, la lluvia otoñal dejaba las calles relucientes, proyectando reflejos fragmentados sobre los grandes ventanales. Sobre el amplio colchón, el ambiente se sentía sofocante y cargado de un calor silencioso e ilícito. Emily Bennet yacía de costado, con el cabello extendido sobre las sábanas oscuras y los dedos recorriendo nerviosamente la cadena de oro de su collar. Frente a ella, envuelto en el mismo edredón pesado, Finn Forbes se apoyaba en el codo. Llevaba la camisa de corte impecable desabotonada en el cuello y la corbata tirada en el suelo; sus ojos azul oscuro delataban agotamiento y pánico. —Ha bloqueado mi número, Emily —dijo Finn, bajando la voz hasta convertirla en un susurro tenso. Extendió la mano, deslizándola por la seda de la cintura de ella, y presionó los dedos contra su cadera para atraerla hacia sí hasta que las rodillas d
El reloj digital en la pared de acabado brillante de la sala ejecutiva de Wade International marcaba las tres y cincuenta y cinco de la tarde cuando el ascensor privado emitió un suave aviso sonoro. Caroline Bennet pisó la alfombra gris marengo de la última planta; su americana entallada de color marfil estaba perfectamente abrochada sobre una impecable blusa de seda. Bajo el brazo llevaba una elegante carpeta de cuero que contenía los libros de cuentas revisados de los proveedores, el desglose detallado de los costes de seguridad y los planos ajustados para la gala del 50.º aniversario. Un paso por detrás, Mia Carter se alisaba la falda mientras sostenía una segunda tableta digital cargada con los recibos de respaldo. —¿Estás segura de que no quieres que le explique yo las cifras del sistema de iluminación? —susurró Mia, dirigiendo la mirada hacia las puertas dobles de caoba al fondo del pasillo—. Has tenido una mañana agotadora con... bueno, con todo. Caroline le dedicó a
El sol de la mañana bañaba los ventanales de suelo a techo de Bennett & Co. Events, proyectando brillantes franjas geométricas de luz sobre los suelos de hormigón pulido y las paredes de ladrillo visto. Ubicada en un antiguo loft industrial del centro, la oficina era el santuario de Caroline. Cada detalle —desde los elegantes escritorios de nogal hasta los arreglos florales cuidadosamente seleccionados en la recepción— había sido fruto de su propio esfuerzo, de noches en vela y de una voluntad inquebrantable. A las ocho y media, la oficina ya bullía con una energía serena. Los teléfonos sonaban suavemente en la recepción y el murmullo de su equipo de diseño llegaba desde el estudio del fondo. Caroline estaba sentada a su escritorio con superficie de cristal en el despacho de la esquina; una taza humeante de café solo reposaba junto a una pila de hojas de presupuesto impresas. Vestía una blusa de seda color marfil y pantalones de sastre de talle alto, con el cabello oscuro recogido
El comedor de la mansión Wade estaba presidido por una mesa de caoba oscura, lo suficientemente larga para acomodar a veinte personas, aunque esa noche solo había cuatro cubiertos dispuestos. En lo alto, una pesada lámpara de araña de cristal proyectaba una luz intensa y brillante sobre la cubertería de plata y la porcelana inmaculada, pero el ambiente seguía siendo tan frío como la cámara acorazada de un banco. En la cabecera de la mesa estaba sentado Richard Wade. A sus sesenta y cinco años, el patriarca de la familia Wade seguía siendo una figura imponente. Tenía el cabello completamente plateado, peinado hacia atrás con pulcritud, y sus ojos oscuros —del mismo tono exacto que los de Alexander— reflejaban el peso de un hombre que había construido un imperio internacional gracias a una voluntad férrea e inquebrantable. Cortaba su filete con precisión metódica; el leve tintineo del cuchillo contra la porcelana era el único sonido en la estancia. —Esta tarde han llegado lo
El interior de cuero del sedán de lujo estaba envuelto en un silencio sofocante mientras el vehículo se deslizaba por el corazón del distrito financiero. Alexander estaba sentado en la parte trasera, con los dedos entrelazados sin apretar sobre el regazo y la mirada oscura fija en el retrovisor lateral. En el reflejo, observó cómo la esbelta figura de Caroline desaparecía tras las pesadas puertas de cristal del edificio de oficinas. No pasó por alto la ira en la postura del ex prometido, ni la contención silenciosa y digna que Caroline había mantenido durante el enfrentamiento. Una mujer de menor temple habría armado un escándalo o buscado refugio en el equipo de seguridad de Wade International. Caroline simplemente había manejado la situación: con calma, firmeza y sin buscar la aprobación de nadie. Daniel volvió a ocupar el asiento del copiloto y se ajustó la chaqueta del traje. —El señor Forbes ha abandonado las instalaciones, señor. No intentó seguir a la señorita Bennet al i
Las puertas de cristal del complejo corporativo Bennett & Co. se abrieron, dejando salir a Caroline al húmedo aire de la tarde. Ella había esperado que el trayecto desde su coche hasta el vestíbulo le ofreciera un momento de calma, pero la alta figura apoyada contra la columna de mármol, cerca de la entrada principal, hizo añicos esa expectativa al instante. Finn Forbes dio un paso adelante en cuanto la vio. Tenía un aspecto inusualmente desaliñado: llevaba la chaqueta de diseño azul marino desabrochada, la corbata de seda floja y unas ojeras oscuras rodeándole los ojos. Durante cuatro años, Caroline había asociado ese rostro con la seguridad, la ambición y los sueños compartidos. Hoy, sin embargo, mirarlo solo le provocaba un escozor amargo y vacío. —Caroline —dijo Finn con voz ronca, mientras intentaba agarrarla del brazo. —No me toques, Finn —respondió ella, bajando el tono de voz hasta un nivel bajo y letal, al tiempo que se apartaba con decisión para quedar fuera de su alca







