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Capítulo 4

Author: Dalia M
last update publish date: 2026-09-28 11:42:47

El peso del mundo entero parecía gravitar sobre los hombros de Samanta mientras regresaba al salón principal. El aire del pasillo, cargado de promesas rotas, aún le quemaba en la garganta, pero obligó a sus piernas a dar un paso tras otro, cruzando las enormes puertas dobles donde la música y las risas de la alta sociedad la recibieron como una bofetada irónica.

Con el rostro pálido y la sonrisa temblorosa colgando de sus labios como un frágil cristal a punto de estallar, se incorporó junto a sus padres, quienes conversaban animadamente con un grupo de invitados. Buscó con la mirada a su madre y se inclinó hacia ella, con la voz apenas saliendo en un hilo.

—Mamá... no me estoy sintiendo nada bien. Creo que voy a tener que retirarme de la fiesta —murmuró Samanta, sintiendo que el estómago se le volvía a retorcer con una violencia sorda.

La señora Rosell frunció el ceño con profunda preocupación, llevando una mano a la frente de su hija.

—Pero, mi amor, estás helada... ¿seguro que no puedes esperar un poco más? —alcanzó a decir antes de que su padre, escuchando la conversación, interviniera con un gesto de impaciencia educada.

—¿Cómo te vas a ir ahora, hija? Espera a tu esposo, al menos para cumplir con los protocolos. ¿Te irás de tu propia recepción así sin más? Quedaría fatal —replicó su padre, señalando con la cabeza hacia el centro del salón.

Samanta abrió los labios para insistir en su huida, pero sus palabras murieron al instante. Justo en ese momento, vio a Diego salir de un pasillo lateral con total naturalidad, acomodándose los gemelos de la camisa con elegancia. Al alzar la vista y localizarla entre los invitados, el magnate se dirigió directamente hacia ella con pasos firmes. A su lado, emergiendo casi al unísono de entre la multitud, apareció su hermana Mariana, observando la escena con una quietud felina que Samanta, en su ceguera de dolor, interpretó como simple curiosidad.

Diego se detuvo frente a su flamante esposa, ignorando por completo la tensión invisible que la ahogaba.

—Cariño, te ves hermosa, pero no debemos perdernos esta celebración —dijo él con esa voz grave y magnética que horas antes le prometía el cielo—. ¿Te gustaría bailar una pieza conmigo? Es el baile nupcial, la tradición exige que abramos la pista.

Lo dijo con una sonrisa perfecta en los labios, una máscara tan impecable que a Samanta se le revolvió el estómago de pura náusea, esta vez no solo por la enfermedad, sino por el asco absoluto. Sabía la verdad. Había escuchado cada palabra de su traición en ese pasillo oscuro. Y, sin embargo, con el orgullo destrozado y el corazón sangrando, Samanta lo miró fijamente a los ojos, asintió en silencio y aceptó extenderle la mano.

Las luces del gran salón descendieron de intensidad, y los acordes de una melodía romántica envolvieron el ambiente. Diego la tomó de la cintura, pegándola a su cuerpo con una posesividad ensayada ante los cientos de pares de ojos que los observaban embelesados. Comenzaron a bailar bajo una lluvia de aplausos silenciosos. Pero para Samanta, cada giro era una condena. El mareo la golpeó con más fuerza, las luces del salón empezaron a titubear ante su vista y el perfume de su esposo —el mismo que creía sagrado— se volvió irrespirable. Se mantuvo en pie por pura fuerza de voluntad, contando los segundos hasta que la música por fin se extinguió.

Lo que siguió fue una prolongada y dolorosa agonía social. Por protocolo, Diego debía bailar con las mujeres de la familia. Samanta, incapaz de sostenerse en pie un minuto más, se apartó hacia la periferia de la pista, apoyando los dedos contra una columna de mármol para no desplomarse.

Y entonces lo vio.

Desde su posición, con los ojos anegados en un llanto silencioso que se negaba a derramar frente a la alta sociedad, presenció el momento en que Diego sacó a bailar a Mariana. La escena se grabó a fuego en su mente como una pesadilla lúcida: las manos de su esposo recorriendo la cintura de su propia hermana con una familiaridad inaceptable, las miradas profundamente cómplices, y esas sonrisas íntimas y cómplices que flotaban entre ellos, ajenas al mundo entero. Eran dos depredadores celebrando su triunfo sobre las ruinas de su inocencia.

Fue suficiente. El cuerpo y el alma de Samanta llegaron al límite absoluto de su resistencia.

Aprovechando que la atención de los invitados estaba volcada en el centro de la pista, Samanta dio media vuelta y se alejó de la fiesta en completo silencio, fundiéndose con las sombras de los pasillos laterales sin que nadie, absolutamente nadie, notara su partida.

Corrió por los pasillos alfombrados, con el pesado vestido blanco arrastrándose y estorbándole los pasos, hasta llegar a la suite nupcial que se supone debía ser su nido de amor. Se precipitó hacia el interior, cerró el cerrojo con manos temblorosas y se dejó caer de rodillas frente al baño, abrazando la fría porcelana justo antes de que el asco y el dolor acumulado la obligaran a vomitar el alma entera en la más absoluta y desgarradora soledad.

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