MasukEl juez continuó con el protocolo, imperturbable ante la tormenta silenciosa que se desataba en la mente de Mariana.
—Y tú, Samanta Rosell, ¿aceptas a Diego Smith como tu legítimo esposo, para amarlo y cuidarlo en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe? A pesar de la opresión que aún sentía en el pecho y del extraño presentimiento que le helaba las manos, Samanta miró al hombre frente a ella —magnate imponente, dueño de su devoción— y sintió que el mundo exterior desaparecía. —Acepto —murmuró con voz firme, aunque suave. —Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia. Diego inclinó el rostro hacia ella y la besó con una aparente y perfecta ternura, sellando la unión ante la atenta mirada de los cientos de invitados que estallaron en aplausos y vítores emotivos. Para todos los presentes, aquella escena era la estampa viva de un amor de cuento de hadas. Las puertas del fondo se abrieron para dar paso a la marcha nupcial y a la salida hacia el banquete. Samanta, con una sonrisa radiante, caminaba del brazo de su flamante esposo, sintiendo que por fin había alcanzado la cúspide de su felicidad. A pocos metros de distancia, sin embargo, el panorama era radicalmente distinto. Mariana apretaba los dedos contra su bolso con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto completamente blancos. Sus ojos echaban chispas de furia y desconcierto contenida mientras veía a la pareja alejarse. No entendía nada: ¿por qué Diego había aceptado casarse con ella si se suponía que todo era parte de su plan? Mientras la multitud celebraba, el silencio de Mariana era un volcán a punto de estallar, y el juego que creía tener bajo control acababa de dar un giro tan oscuro como inesperado. El bullicio y la música de la recepción llenaban los pasillos principales, pero en la penumbra de un discreto corredor lateral, el ambiente era gélido. Mariana alcanzó a Diego en cuanto logró arrastrarlo lejos de las miradas curiosas. Apenas la puerta se cerró a sus espaldas, la furia contenida durante toda la ceremonia estalló. —¿Me puedes decir por qué aceptaste? ¡Teníamos un plan! —reclamó Mariana con los ojos inyectados en rabia, agitando los brazos. Diego suspiró, acercándose con calma para intentar tomar su rostro entre las manos. —Tranquila, dame unos días... solo unos días —murmuró él, intentando besarla. Mariana se apartó de un golpe, retrocediendo con el pecho agitado. —¡No, Diego! Habíamos quedado en una cosa: ibas a rechazarla en el altar y yo sería la única en tu vida. ¡Llevamos más de un año en esto! ¿Por qué razón decidiste casarte con ella? —¿Puedes dejar de gritar? La música está alta afuera, pero tus gritos la superan —masculló él, perdiendo la paciencia por un segundo antes de suavizar el tono—. No quería rechazarla en ese momento frente a todos sus socios y los inversores. Estoy esperando una firma clave nada más... Te juro que la voy a dejar en unos días. Ven aquí, que te quiero besar. Diego dio un paso al frente, atrapándola por la cintura para atraerla hacia su cuerpo, dispuesto a silenciar sus reproches con los labios. Pero a pocos metros de ahí, semicentrado en la penumbra de una puerta lateral que conectaba con los tocadores, el mundo de Samanta acababa de desmoronarse en mil pedazos. Había salido de la fiesta sintiendo una fuerte revuelta en el estómago, buscando un baño cercano para recuperar el aliento. Jamás imaginó que encontraría algo mucho más nauseabundo: cada palabra, cada susurro, cada promesa rota había atravesado la puerta entreabierta y se había clavado en su pecho como una daga helada. Su esposo. El hombre al que le había entregado el alma, con el que acababa de jurar amor eterno ante Dios y el mundo. Todo había sido una farsa calculada. Una mentira. Las lágrimas brotaron de sus ojos, cálidas y silenciosas, quemándole las mejillas mientras el aire se le negaba por completo en los pulmones. Se llevó una mano temblorosa a la boca para ahogar un sollozo. No iba a darles el gusto de verla derrumbarse allí. Con el alma rota y los pasos vacilantes, Samanta dio media vuelta y se alejó en silencio por el pasillo oscuro, tragándose su propio infierno.El frío del azulejo aún le quemaba en la piel cuando Samanta logró incorporarse, secándose las lágrimas con la parte posterior de la mano. El sabor amargo en la boca y el hueco inmenso en el pecho le recordaban que ya no podía quedarse un segundo más en ese lugar. No iba a soportar ni un minuto fingiendo ser la esposa feliz mientras abajo, a pocos metros, su esposo y su propia hermana celebraban su engaño. Necesitaba respuestas para su cuerpo y escapar de esa pesadilla.Sin cambiarse el vestido de novia —cubriéndolo únicamente con un abrigo largo que encontró en el armario—, salió de la habitación a hurtadillas. Bajó por las escaleras de servicio, esquivó el ala de los invitados y llegó al estacionamiento trasero. Nadie la vio. Tomó las llaves de su propio coche, subió al asiento del conductor y pisó el acelerador, dejando atrás la imponente mansión bajo el manto de la noche.Con las manos temblando sobre el volante y la vista borrosa por el llanto, condujo hasta el hospital privado m
El peso del mundo entero parecía gravitar sobre los hombros de Samanta mientras regresaba al salón principal. El aire del pasillo, cargado de promesas rotas, aún le quemaba en la garganta, pero obligó a sus piernas a dar un paso tras otro, cruzando las enormes puertas dobles donde la música y las risas de la alta sociedad la recibieron como una bofetada irónica.Con el rostro pálido y la sonrisa temblorosa colgando de sus labios como un frágil cristal a punto de estallar, se incorporó junto a sus padres, quienes conversaban animadamente con un grupo de invitados. Buscó con la mirada a su madre y se inclinó hacia ella, con la voz apenas saliendo en un hilo.—Mamá... no me estoy sintiendo nada bien. Creo que voy a tener que retirarme de la fiesta —murmuró Samanta, sintiendo que el estómago se le volvía a retorcer con una violencia sorda.La señora Rosell frunció el ceño con profunda preocupación, llevando una mano a la frente de su hija.—Pero, mi amor, estás helada... ¿seguro que no pu
El juez continuó con el protocolo, imperturbable ante la tormenta silenciosa que se desataba en la mente de Mariana.—Y tú, Samanta Rosell, ¿aceptas a Diego Smith como tu legítimo esposo, para amarlo y cuidarlo en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?A pesar de la opresión que aún sentía en el pecho y del extraño presentimiento que le helaba las manos, Samanta miró al hombre frente a ella —magnate imponente, dueño de su devoción— y sintió que el mundo exterior desaparecía.—Acepto —murmuró con voz firme, aunque suave.—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.Diego inclinó el rostro hacia ella y la besó con una aparente y perfecta ternura, sellando la unión ante la atenta mirada de los cientos de invitados que estallaron en aplausos y vítores emotivos. Para todos los presentes, aquella escena era la estampa viva de un amor de cuento de hadas.Las puertas del fondo se abrieron para dar paso a la marcha nupcial y a la salida hacia el banquete. Samanta,
Fuera de los muros de la capilla privada, el ambiente era un desfile de elegancia y murmullos sofisticados. Los invitados, una selecta élite de la alta sociedad y figuras influyentes del mundo corporativo, comenzaban a ocupar los bancos de madera noble adornados con cascadas de lirios blancos y rosas importadas. El murmullo constante de las conversaciones y el suave compás de los violines en la planta baja anunciaban que la ceremonia estaba a punto de comenzar.Mientras tanto, en la fastuosa habitación contigua al altar, el tiempo parecía haberse vuelto denso.Samanta se encontraba sentada frente al tocador de caoba, recibiendo los últimos y meticulosos retoques en el maquillaje. El velo de encaje francés descansaba a un lado, a la espera de coronar el peinado. Sin embargo, el brillo de ilusión que había reflejado su mirada horas antes se había tornado opaco, reemplazado por un halo de sutil inquietud.A su lado, la señora Rosell observaba cada gesto de su hija a través del espejo, no
Diego detuvo el vaso a medio camino de sus labios, la mandíbula ligeramente tensa mientras procesaba las palabras de Mariana. Una sonrisa fría, exenta de cualquier atisbo de calidez, se dibujó en su rostro. Los ojos del poderoso magnate brillaron con una mezcla de ambición y fría satisfacción; después de todo, el imperio que había construido no se gestionaba con compasión, sino con jugadas maestras donde cada pieza tenía un propósito muy claro.—Perfecto —replicó él con su voz grave, dejándose caer con elegancia en uno de los sillones de cuero negro—. El contrato está firmado y las cláusulas de la fusión ya no se pueden echar atrás. Samanta cumplirá su papel en la ceremonia, y cuando se dé cuenta de la realidad, ya será demasiado tarde para cualquier reclamo. La mujer que creía destinada a mi lado jamás debió ser ella.Mariana se acercó con pasos felinos hasta detenerse frente al escritorio, apoyando las palmas de las manos sobre la superficie pulida, mirándolo con una complicidad osc
El perfume a tul almidonado, seda recién desempacada y el susurro continuo de las telas flotaban en el aire como una promesa de cuento de hadas. Frente al espejo de cuerpo entero, Samanta Rosell alisaba con manos temblorosas la falda de un blanco impoluto. Cada pliegue de encaje parecía esculpido a la medida, una obra de arte que coronaba meses de ilusión y desvelos.A su espalda, la estancia era un torbellino de emociones compartidas. Su madre, con los ojos anegados en lágrimas que contenía con orgullo, ajustaba con infinita delicadeza los últimos detalles del velo, mientras una sonrisa temblorosa se dibujaba en sus labios. A un lado, su hermana observaba la escena con una mezcla de fascinación y absoluta ternura, cruzando los dedos en un gesto cómplice de pura felicidad.—Estás radiante, mi amor —murmuró su madre, acariciándole el hombro con la suavidad de quien entrega su tesoro más preciado—. Pareces sacada de un sueño. Diego es el hombre más afortunado del mundo por tenerte.Sama







