Masuk—¡Qué bueno que ya llegaste! —dijo Lilly con una sonrisa, aunque su voz tenía un filo de impaciencia cuidadosamente disimulado.
—Espero no haberte hecho esperar demasiado —respondió con amabilidad.
Sin ver la hora, era consciente de que llegaba cinco minutos antes de la hora acordada, así que no pensaba disculparse. Pero señalar lo obvio solo volvería la reunión innecesariamente tensa. Sabía muy bien qué batallas pelear y cuáles dejar pasar.
Su primera reunión con Lilly había sido tensa desde el inicio. Bajo una sonrisa educada, la mujer la había examinado con un desdén apenas disimulado e incluso había insinuado que quizá Amelia no era lo suficientemente buena para encargarse de su boda. Solo por eso había decidido demostrarle que se equivocaba, aun cuando había estado a punto de rechazar el trabajo.
—Está bien —concedió Lilly—. He estado pensando en algunas cosas nuevas para la boda y me gustaría cambiar algunas de las ideas que te di antes.
A Amelia no le sorprendió en lo absoluto. Era común que las novias cambiaran de opinión. A veces lo hacían movidas por la emoción del momento, deseando cada cosa nueva que veían en fotografías; y otras, simplemente, porque al enfrentarse a los detalles descubrían que no tenían tan claro lo que querían y terminaban confundidas o queriéndolo todo.
Su trabajo consistía en guiarlas, ayudarlas a tomar decisiones coherentes y asegurarse de que cada cambio tuviera sentido con el resto de detalles.
Amelia solo esperaba que esos “ajustes” no llegaran cuando algo ya estuviera definido o, peor aún, a última hora.
—Perfecto —dijo con una sonrisa profesional—. Podemos hablar de eso en cuanto tengamos el contrato listo. Así podremos olvidarnos de los detalles formales y concentrarnos en los creativos.
Había aprendido que con clientas como Lilly —mujeres acostumbradas a tener la última palabra—, lo mejor era darles la razón sin perder el control del proceso. La clave estaba en hacerlas sentir escuchadas, sin ceder el mando, y tener un contrato que pudiera respaldarla.
—A menos que, por supuesto, usted o su prometido tengan alguna pregunta adicional sobre la propuesta inicial que les envié o quizás prefieran pensarlo un poco más. Estoy aquí para aliviar sus dudas.
Preparar la propuesta le había tomado a Amelia un poco más de una semana. El tipo de boda que Lilly esperaba requeriría de muchas cosas. El resultado había sido un documento minucioso, cuidadosamente estructurado que esperaba que ella y su prometido hubieran revisado con detenimiento.
—Por cierto —añadió—, creí que su prometido estaría aquí hoy. Es importante que esté presente. Necesito explicarles cómo suelo trabajar, para dejar todo claro antes de que firmen el contrato.
—Salió un momento a atender una llamada, pero ya debería regresar —respondió Lilly con una sonrisa que, de pronto, se ensanchó al mirar hacia un punto detrás de Amelia—. Oh, de hecho, allí viene.
Amelia se giró para seguir su mirada. Sus ojos se posaron en un hombre alto, de porte imponente, que vestía un traje hecho a la medida. Lo reconoció de inmediato, y el aire pareció comprimirse a su alrededor.
Dimitri.
Nunca podría olvidar ese rostro; todavía lo veía, algunas noches, en sueños en los que no era una buena idea pensar en ese momento.
—Mierda —susurró entre dientes, dándose la vuelta con rapidez.
El pulso le retumbaba tan fuerte que le sorprendió que Lilly no lo escuchara. Inspiró hondo, intentando calmarse.
Aquello no podía ser real. Tal vez se equivocaba. Tal vez el prometido de Lilly venía detrás de Dimitri.
Pero no se atrevió a mirar otra vez para comprobarlo. Si no era él, se arriesgaría a que la viera sin motivo.
Mientras tanto, Dimitri observaba a la mujer sentada frente a Lilly con cierta curiosidad. Desde donde estaba, apenas alcanzaba a distinguir su rostro, pero el brillo oscuro de su cabello cayendo sobre el hombro le resultó vagamente familiar.
Por un instante pensó que se trataba de Amelia, aunque desechó la idea enseguida. No sería la primera vez que confundía a alguien con ella.
Los recuerdos de aquella noche todavía encontraban la forma de colarse en su mente, aun cuando ya debería de haberlo olvidado.
Pero, aunque sabía que aquella mujer no podía ser Amelia, se descubrió intentando verle el rostro.
—Cariño —intervino Lilly con su tono meloso.
Dimitri desvió la mirada hacia su prometida justo cuando ella se ponía de pie. Lilly lo tomó del brazo y le dio un beso en la mejilla.
—Te presento a Amelia Wilson, la organizadora de bodas de la que te hable.
¿Qué tan probable era que fuera solo una coincidencia que la organizadora de bodas y la mujer con la que había pasado aquella noche compartieran el mismo nombre?
Se giró hacia la mujer… y descubrió que no se trataba de ninguna coincidencia.
Amelia se levantó despacio. El bullicio del lugar pareció desvanecerse hasta volverse un eco lejano; lo único que existía en ese momento era el hombre frente a ella. El mismo hombre que jamás había mencionado estar comprometido o estar saliendo con alguien. Aunque, en realidad, no había dicho mucho sobre él
Sus miradas se cruzaron, y el aire pareció estancarse entre ambos. Amelia sintió cómo su respiración se le atoraba en la garganta, incapaz de apartar la vista de esos ojos que había intentado olvidar.
Era tan atractivo como lo recordaba.
—Amelia —continuó Lilly, ajena a la tensión—, mi prometido, Dimitri Smirnov.
Dimitri la miró fijamente. Durante un par de segundos, el tiempo pareció no avanzar.
Se dio cuenta de que si no reaccionaba pronto, Lilly notaría que algo no iba bien. Así que compuso una sonrisa impecable y extendió la mano con una calma que no sentía.
—Señor Smirnov, un gusto conocerlo.
El tono fue cortés, profesional, pero cada sílaba destilaba un veneno contenido. En su interior, Amelia sentía cómo la rabia comenzaba a hervirle bajo la piel. Apenas comenzaba a asimilar la magnitud de lo ocurrido.
El maldito imbécil estaba comprometido y se había acostado con ella.
Si lo hubiera sabido, ni en un millón de años habría terminado en su cama. Habría salido de aquel bar sin mirar atrás, sin importar cuán atractivo le había resultado.
Por un instante pensó en desenmascararlo frente a Lilly, en decirle la verdad allí mismo, pero el instinto la detuvo. No valía la pena. No conocía muy bien a Lilly, pero tenía el presentimiento de que era el tipo de mujer que no soportaba ser humillada. Si descubría algo así, lo más probable era que la culpara a ella, no a Dimitri.
Y Amelia no estaba dispuesta a perder su reputación ni su negocio.
Solo tenía que soportar la reunión, salir de allí con la mayor dignidad posible y luego inventar una excusa para no firmar el contrato.
No había manera de que continuara con aquel trabajo.
—El gusto es mío, señorita Wilson —dijo él al fin, estrechándole la mano.
Sus palabras solo la hicieron enojar más. Actuaba como si no la conociera.
El sonido de su voz le recordó aquellos susurros pronunciados entre jadeos y caricias. Y el contacto de su mano le provocó un estremecimiento que apenas fue capaz de ocultar.
Amelia retiró su mano y desvió la mirada, temía que él pudiera leer en sus ojos lo que estaba pensando.
Blaze desabrochó los cinturones del asiento de seguridad de su hijo y lo levantó en brazos antes de rodear el auto para reunirse con Sophie. En cuanto llegó a su lado, tomó su mano y la levantó para darle un beso en el dorso.—¿Cómo te sientes? —preguntó con preocupación.—Mucho mejor.Blaze la observó atentamente, buscando cualquier señal de indisposición.Sophie había empezado a sentir náuseas unos días atrás y, a diferencia de cuando estuvo embarazada de Noah, esta vez no se limitaban a las mañanas. Podían aparecer en cualquier momento del día y prácticamente cualquier cosa parecía desencadenarlas.—¿Segura? Podemos volver a casa si no te sientes bien.—Ni hablar. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a las chicas y tenemos mucho de qué hablar.—Está bien, pero si te sientes mal en algún momento, por favor, dímelo.—Lo haré.Sophie le regaló una sonrisa.Avanzaron hasta la puerta principal y llamaron al timbre. No pasó mucho tiempo antes de que una de las empleadas de Di
Sophie se detuvo a saludar a la asistente de su esposo. Carly se puso de pie y rodeó el escritorio para acercarse a ella.—Sophie, es un placer verte.—Carly, ¿cómo has estado? —preguntó Sophie.—Sinceramente, solo quiero que la semana termine pronto. Apenas llevo una semana de regreso de mis vacaciones y ya estoy esperando con ansias las próximas.Sophie soltó una carcajada.—Sé de lo que hablas. Las vacaciones siempre se me hacen demasiado cortas. —Suspiró—. ¿Cómo estuvo el viaje a las islas griegas?Carly suspiró.—Fue de lo más hermoso. Tu esposo fue muy amable al regalarme el pasaje y la estancia.—Lo soportas a diario, así que creo que te lo mereces.Las dos compartieron una sonrisa.—¿Está mi esposo en su oficina?—No, está en la sala de juntas. Tiene una reunión con unos clientes, pero, si es algo urgente, puedo ir a decirle que estás aquí.—No es necesario. Puedo esperar.De hecho, era mejor así.—¿Te gustaría que te trajera algo de comer o beber?—Si puedes conseguirme uno d
Sophie entrelazó los dedos detrás del cuello de Blaze mientras él la sujetaba por la cintura. Pronto la música comenzó a sonar y ambos empezaron a balancearse suavemente al ritmo de la melodía.Todo aquel día había sido perfecto, y le debía gran parte de ello a su mamá, su suegra y Amelia. Las tres habían trabajado sin parar durante los últimos ocho meses para que su boda fuera exactamente como ella la había soñado. Su mejor amiga, en particular, se había encargado de hacer posible incluso aquello que parecía imposible.—¿Te he dicho lo hermosa que te ves? —le preguntó Blaze.Sophie lo miró con una sonrisa. Su ahora esposo también había sido de gran ayuda. Sin él, probablemente se habría vuelto loca con todos los preparativos. Siempre encontraba la manera de ayudarla a relajarse y, aunque no era especialmente bueno eligiendo tonalidades o decoraciones, se había esforzado de verdad cada vez que ella le pedía su opinión sobre algo.—Solo unos cientos de veces, pero aún no me he cansado
Blaze se acercó al micrófono y esperó a que los aplausos terminaran antes de comenzar el discurso que había preparado. Habló sobre el software que había desarrollado y el avance tecnológico que representaba, explicando las nuevas posibilidades que abría para su compañía y las bases que sentaba para sus futuros proyectos. —Pero no puedo llevarme todo el crédito por esto —dijo hacia el final—. Me gustaría agradecer a todas las personas que trabajan con nosotros y que hicieron esto posible. Han sido meses de trabajo duro y sé que he sido bastante exigente con cada uno de ustedes. Espero que no decidan renunciar a causa de esto.Las risas resonaron en el salón.—Gracias a mi mano derecha, Dylan, por no perder la paciencia y encargarse de los aspectos más tediosos.Nuevos aplausos llenaron en el salón. Blaze esperó hasta que se detuvieron para continuar.—Y hay una persona en particular a quien también me gustaría agradecer. Sophie Ward —dijo, señalándola entre la multitud con una mano.E
Blaze levantó la mirada de su celular al escuchar el sonido de unos tacones. Su novia salió del armario usando un vestido dorado que le sentaba de maravilla.Su mirada descendió, recorriendo sus curvas. El vestido tenía un escote pronunciado que llegaba casi hasta el ombligo. Blaze imaginó lo fácil que sería bajar las tiras del vestido por sus hombros y dejar sus senos al descubierto.Se levantó y avanzó hacia ella. Frunció el ceño al verla retroceder.—No me gusta que pongas distancia entre nosotros, gatita.—Si no lo hago, no creo que vayamos a salir de aquí pronto. Puedo ver en tu mirada que no tienes buenas intenciones y no soy muy buena resistiéndome a ti.Blaze sonrió, presumido.—Mis intenciones siempre son buenas. Llevarte al orgasmo es una buena intención.Sophie apretó los labios, claramente conteniendo una sonrisa.—¿Qué te parece si guardo mis manos y eres tú quien se acerca a mí? —propuso Blaze, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón—. Porque estoy seguro de qu
Sophie se puso de pie y colocó una rodilla sobre el sillón, seguida de la otra. Llevó las manos hasta la corbata de Blaze y terminó de retirársela antes de comenzar a desabotonarle la camisa. En cuanto terminó, él se deshizo de ella.—Te necesito —susurró Sophie.Blaze la tomó de la cintura y la bajó lentamente sobre su miembro.Ella se apoyó en sus hombros y clavó las uñas en su piel al sentir la intrusión.—¡Blaze! —gimió cuando él terminó de hundirse por completo en su interior.—Joder, gatita —gruñó él, sosteniéndola de la cintura con tanta fuerza que sabía que le dejaría huellas sobre la piel.Los dos se quedaron inmóviles durante unos segundos. Sophie apoyó la frente contra la de él y Blaze acercó los labios a los suyos. Devoró su boca con hambre. El beso subió de intensidad rápidamente.Comenzó a balancear lentamente las caderas de adelante hacia atrás. Se alejó de sus labios y jadeó ante la fricción, aunque no era suficiente, ni de cerca. Su cuerpo le exigía más, mucho más.Us







