MasukEl sonido rítmico de un monitor cardíaco fue lo primero que Sofía logró identificar. Abrió los ojos despacio. La luz fluorescente del techo la obligó a parpadear repetidas veces hasta lograr enfocar la vista. Estaba acostada sobre un colchón firme, cubierta por una manta delgada, con una vía intravenosa conectada al dorso de su mano izquierda. El inconfundible olor a antiséptico y a alcohol clínico le confirmó de inmediato que estaba en una habitación de hospital.Le dolía la cabeza. Intentó moverse, pero el cuerpo le pesaba. Recordó la humedad de la costa, el sol rebotando contra el metal de la obra, el rostro de Mateo mirándola con preocupación y el vértigo abrumador que precedió a la pérdida de conocimiento.Se incorporó un poco, apoyando la espalda contra el respaldo elevado de la cama.La puerta de la habitaci&oa
El despacho de Adrián en la torre Vancroftofrecía una vista panorámica de la ciudad. Estaba sentado frente a su escritorio de cristal, rodeado de carpetas y expedientes. Al igual que Sofía, llevaba tres semanas sepultado entrabajo. Era su única estrategia para no pensar en la maleta deportiva que había sacado de la mansión ni en la mujer que había dejado atrás.El reloj en la pantalla de su computadora marcaba las dos y cuarto de la tardecuando su teléfono celular comenzó a vibrar sobre la mesa. Adrián desvió la vista de los contratos. El nombre de Mateo parpadeaba en la pantalla.Frunció el ceño. No había hablado con el hermano de Sofía desde el día de la ruptura. Mateo respetaba la distancia, enfocado en su propio proyecto en la costa. Adrián contestó la llamada, esperando una consulta legal rápida o alg&
El ruido de las mezcladoras de cemento y los martillos neumáticos tapaba por completo el sonido de las olas del mar rompiendo contra la base del acantilado.Sofía llevaba un casco de seguridad blanco y un chaleco reflectante sobre su blusa de algodón. Estaba inclinada sobre una mesa de madera improvisada, trazando marcas rojas sobre los planos estructurales del nuevo hotel de Navarro Holdings. A pesar de tener su propio puesto como directora de diseño en la constructora de Adrián en Barcelona, había decidido viajar a la costa para ayudar a Mateo con la supervisión de los anclajes de acero de su proyecto independiente, porque necesitaba agotar su cuerpo hasta no poder pensar.Habían pasado casi tres semanas desde que Adrián cruzó el vestíbulo de la mansión con una maleta deportiva al hombro. Tras esa ruptura, élse instaló en un apartamento en el centro financiero de l
Isabella hundió las manos en la tierra húmeda del huerto. El centro de recuperación a las afueras de Barcelona exigía a los pacientes participar en terapias ocupacionales como parte de su rutina diaria. Llevaba tres semanas internada en ese lugar alejado del ruido de la ciudad, rodeada de áreas verdes y horarios estrictos.Su rostro ya no lucía demacrado y había recuperado peso. Llevaba el cabello oscuro recogido en una trenza simple, vistiendo un pantalón deportivo y una camiseta gris. Era una imagen muy distinta a la mujer que paseaba por los eventos de la alta sociedad exhibiendo marcas exclusivas y actitud altanera.Había pasado los primeros días llorando en su cuarto, sufriendo ataques de ansiedad por el encierro y la falta de privilegios. Los médicos determinaron que su conducta compulsiva derivaba de un trauma severo vivido durante su infancia en Nápoles. Con el paso de los d&iac
Mateo cruzó las puertas de cristal del edificio de Navarro Holdings exactamente siete días después de su primera visita. Llevaba el mismo maletín de cuero gastado y un tubo de plástico negro sobre el hombro. Sus botas de trabajo resonaron sobre el suelo de mármol del vestíbulo.Subió por el ascensor hasta el piso cuarenta. La recepcionista levantó la vista del monitor y abrió la boca para pedirle que esperara, pero Mateo no detuvo su marcha. Atravesó el pasillo decorado con cuadros modernos y empujó la pesada puerta de la sala de reuniones.Bianca Navarro estaba sentada en la cabecera de la mesa, igual que la semana anterior. Llevaba un traje sastre blanco impecable. Levantó la vista de su tableta al escuchar el ruido de las bisagras.Mateo avanzó hasta el borde del cristal. Quitó la tapa del tubo, sacó los planos y los desenrolló sobre la super
La sala de juntas del consorcio en Barcelona estaba llena. Quince ejecutivos de alto nivel ocupaban los asientos de cuero alrededor de la inmensa mesa ovalada. Vittoria presidía la reunión. A su lado derecho, sentado en una silla auxiliar sin apoyabrazos, Damián tomaba notas en una tableta electrónica.El director de operaciones de la filial en Madrid, un hombre canoso de apellido Torres, revisaba los gráficos proyectados en la pared.—Las cifras de expansión para el próximo trimestre son claras, señora presidenta —indicó Torres, mirando directamente a Vittoria, ignorando la presencia del hombre a su lado—. Pero necesitamos el informe detallado de las galerías de arte en Asia para aprobar el presupuesto.Vittoria asintió.—Mi asistente tiene las copias impresas de ese reporte.Torres giró el rostro hacia Damián con evidente desdé







