MasukAria Thorne nació en una manada que la trataba como basura bajo sus patas. Al nacer como StillBlood, fue objeto de burlas, golpes y marcada como “rota”. ¿Su única oportunidad de escapar? Un matrimonio forzado con un Alfa caído cuyas cicatrices llegaban mucho más allá de la carne. Lucien Vine fue una vez un hombre legendario. Un guerrero despiadado. Un rey entre los Alfas. Ahora es apenas una sombra, lisiado y abandonado por la misma manada que una vez lideró y por la que derramó su sangre. Cuando el nuevo Alfa lo obliga a casarse con una StillBlood, Lucien no ve más que otra cadena. Para él, ella no es más que una nueva maldición. Sin embargo, el destino tiene un extraño sentido del humor. Porque la Luna Rota posee una habilidad oculta que ni siquiera ella conoce, y la única persona que podría ser capaz de despertarla es el Alfa Lisiado. ¿Se destruirán el uno al otro? ¿O se levantarán juntos y harán arder el mundo?
Lihat lebih banyak“Estás maldita.”
Esas palabras habían sido susurradas a Aria desde el momento en que nació, y esta noche resonaban más fuerte que nunca.
La música y la celebración retumbaban por todo el salón. Todo aquello era por ella: la loba rota, la sangre muerta, la novia no deseada.
Aria estaba de pie junto a la mesa del banquete, con las piernas entumecidas mientras apretaba los dedos con fuerza. Aquella era su celebración, pero tenía prohibido siquiera sentarse.
Llevaba un largo vestido carmesí que se ajustaba a sus cicatrices. Le palpitaban los hombros donde las largas marcas diagonales permanecían ocultas bajo la tela.
Aquella noche no llevaba cadenas en las muñecas, pero se sentía más atrapada que nunca. Mantenía la mirada baja; no se atrevía a levantarla, por miedo a provocar otra paliza.
—Baila, Aria, baila —se burló alguien desde el otro lado del salón.
—Eres la invitada de honor, ¿no? —se mofó otro—. Deberías bailar para nosotros.
Ronan, su borracho medio hermano y heredero de la manada, levantó su copa de vino en un saludo burlón. Lyra, su gemela, ronroneó con fuerza mientras todo el salón estallaba en más carcajadas.
—Serás una novia perfecta, querida hermana.
Sus palabras eran suaves, pero escondían un veneno que solo Aria podía percibir.
Sintió que el pecho se le oprimía mientras daba un paso hacia atrás.
Aquello no era una celebración.
Era un funeral.
El suyo.
Siguió retrocediendo, lenta como una sombra. La atención de los lobos de la fiesta se desvió hacia otro lado y, cuando estuvo segura de que nadie la veía, se escabulló hacia la puerta de los sirvientes.
En cuanto las puertas se cerraron detrás de ella, dejó escapar un suspiro de alivio. Su corazón palpitaba con fuerza mientras reunía valor y susurraba:
Corre. Ahora.
El pasadizo de los sirvientes era un enorme laberinto que conocía de memoria. Dos veces tuvo que agacharse para esquivar a los trabajadores que iban de un lado a otro. Se movía como una sombra, pegándose a las frías y estrechas paredes decoradas con imágenes de sus antepasados.
Escupió sobre sus rostros pintados.
¡Maldita! ¡Sangre muerta! ¡Una desgracia!
Todos ellos habían convertido su vida en un infierno.
Cuando llegó a la puerta trasera, sus dedos rebuscaron rápidamente en los bolsillos de su capa hasta cerrarse alrededor de un metal duro y frío.
Introdujo la llave más larga en la cerradura y la giró.
¡CLIC!
La puerta se abrió con un gemido y las montañas de su Clawhold respiraron aire helado hacia sus pulmones.
Dio un paso adelante y su pie se hundió en la nieve. Dio otro, saboreando la sensación del viento sobre su rostro, antes de esbozar una sonrisa y echar a correr.
Las espinas atravesaban las plantas de sus pies, sus afiladas púas desgarraban sus pies desnudos. Las gruesas ramas arañaban sus brazos, intentando detenerla, intentando impedirle alcanzar su libertad.
Sus músculos gritaban de dolor y su corazón golpeaba con fuerza dentro de su pecho.
Aria los ignoró. No iba a permitir que un poco de dolor le impidiera conseguir aquello que siempre había deseado.
Libertad.
Corrió más rápido.
Estaba a punto de ser libre.
Casi podía saborearla.
En el momento en que atravesó la línea de árboles que separaba su Clawhold de la naturaleza salvaje, estalló en carcajadas.
Entonces—
—¿Te vas tan pronto, hermanita?
Aria se detuvo de golpe. Se le cortó la respiración.
Entrecerró los ojos y, con las manos temblorosas, se giró para mirar hacia la línea de árboles.
Lyra salió de detrás de los árboles. Los suaves y afilados rayos de la luz de la luna resaltaban sus hermosos rasgos. Era hermosa, letal y estaba llena de veneno. Un brillo siniestro relucía en sus ojos.
Aria dio un paso atrás.
Lyra sonrió, sus ojos recorriendo el miedo en el rostro de su media hermana.
—Oh, Dios mío. Casi lo consigues —se rio entre dientes—. Sabes que hicimos una apuesta sobre si intentarías escapar, ¿verdad? ¿Y adivina qué? Yo gané.
Se rio aún más fuerte, sus palabras atravesando la confianza de Aria.
—No puedo creer que realmente pensaras que te dejaríamos marcharte. ¿O acaso sí?
—No... no... no lo pensé —mintió Aria, con las palabras saliendo entre tartamudeos.
—Sé que quieres ser libre, Aria —dijo Lyra con una sonrisa burlona.
A una velocidad antinatural, se lanzó hacia delante.
Llegó hasta Aria y la agarró de la mano.
—Pero no mereces la libertad, Aria. No mereces nada aparte de lo que nosotros decidamos darte. Estás maldita, Aria. Nunca lo olvides.
Aria negó con la cabeza.
—Por favor, déjame...
¡PLAF!
Aria no vio cuándo su hermana levantó la mano ni cuándo la abofeteó. Un instante estaba de pie frente a ella; al siguiente, salió volando por los aires.
Su débil cuerpo atravesó los árboles cuando su hermana le propinó otro golpe que la lanzó de regreso a través de la línea de árboles.
Yació sobre el helado suelo del bosque, demasiado aturdida y destrozada para moverse.
Con pasos lentos, Lyra se acercó a su media hermana. Se agachó y sonrió con desprecio.
—Tú no eres una loba —escupió—. Eres una cosa. Maldita. Inútil. Rota. Eres un caso de caridad. Aprende cuál es tu lugar y quizá puedas sobrevivir.
Después de decir aquello, escupió sobre su hermana destrozada y se marchó. Sus pasos se desvanecieron en la distancia mientras se alejaba.
Aria no lloró.
No podía.
Porque, en lo más profundo de su ser, una parte oculta de ella estaba de acuerdo con su media hermana.
No era más que una chica con una madre muerta y un linaje maldito. Una chica que jamás podría transformarse, jamás podría luchar, jamás podría vivir.
Estaba rota y lo sabía.
Yació allí sobre la nieve, con los ojos abiertos y sin vida mientras aceptaba su destino.
La venderían, le gustara o no.
La nieve cayó sobre ella.
Y era fría, pesada e implacable.
Igual que el mundo que la tenía encerrada.
Los ojos de Aria se abrieron lentamente al despertar con el suave crepitar del fuego en el hogar. Miró hacia arriba y sus ojos agudos distinguieron el techo desconocido.Las sábanas de la cama estaban enredadas entre sus piernas. Gruñó ligeramente mientras se incorporaba.Frunció el ceño.Por un momento, estuvo perdida, con la mente confundida.¿Dónde estoy? se preguntó, mientras sus ojos se aclaraban de inmediato.El intenso recuerdo de Lucien y de la noche que habían pasado juntos apareció de golpe en su mente, y un rubor comenzó a extenderse por su rostro.Ahora todo volvía a ella.Sus mejillas se calentaron aún más al recordar la noche salvaje e intensa que había compartido con él. Recordó el peso de su cuerpo sobre el suyo y cómo la había hecho sentir placer. Su cuerpo se calentó, su pulso se aceleró mientras bajaba la cabeza.Todavía podía sentirlo dentro de ella.Ya no soy pura.El pensamiento la golpeó como un mazazo.Ahora tenía una pareja, así que no se esperaba que siguiera
Aria permaneció inmóvil, con el corazón latiéndole con fuerza y la respiración entrecortada. Sus manos temblaban mientras contemplaba su nuevo hogar.La casa de Lucien era una cabaña demasiado pequeña. Estaba construida de piedra y tenía superficies irregulares. Parecía la vivienda de un sirviente.—¿Esta es tu casa? —preguntó incrédula.—Por mucho que odie decirlo —respondió Lucien mientras permanecía de pie en la entrada de la casa—, ahora esta es nuestra casa. Ahora, entra —ordenó.Aria tragó saliva y, con pasos rápidos, se apresuró a seguirlo dentro de la pequeña cabaña.En cuanto entró, la puerta se cerró de golpe detrás de ella.Aria dio un respingo ante el sonido. Un escalofrío recorrió su espalda cuando se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, estaba sola en una habitación con un hombre.Se sonrojó, sus mejillas adquiriendo un intenso tono rojizo mientras bajaba la mirada.Miró alrededor de la casa. Su mirada aguda reparó en el diminuto dormitorio, un rincón que obvia
Lucien permanecía sentado en silencio, con los ojos entrecerrados mientras contemplaba el fuego ardiente del hogar de su habitación. Su pierna lisiada y destrozada palpitaba de dolor, obligándolo a hacer una mueca silenciosa cada vez que cambiaba de posición.Incluso después de todos estos años, su sangre de hombre lobo —y todos los vestigios de su fuerza como alfa— seguían intentando reconstruir su pierna destrozada.Esperó a que el calor del fuego lo alcanzara. Que derritiera el frío de su corazón.Pero no lo hizo.Nunca lo hacía.Bajó la mirada hacia su pierna. Las cicatrices verticales y retorcidas se extendían desde el muslo hasta la pantorrilla.La puerta se abrió de golpe y Lucien dirigió bruscamente la mirada hacia ella.La ira brilló en sus ojos por la interrupción, pero rápidamente reprimió sus emociones.Ya no era el hombre que había sido.—¿Por qué no llamaste a la puerta? —espetó Lucien, dirigiendo su afilada mirada gélida hacia su antiguo subordinado y hermano menor.—¿P
El mundo estaba en silencio. Demasiado silencio.Los ojos de Aria parpadearon ligeramente. Había perdido el conocimiento después de que Lyra la dejara allí, en las llanuras cubiertas de nieve. Con un gruñido, abrió los ojos y se estremeció de dolor.Intentó incorporarse, pero cayó de nuevo. Sus ojos se abrieron de par en par cuando comprendió por qué apenas podía sentir dolor en el cuerpo.Se le había entumecido por completo.Gruñó y, haciendo más fuerza, logró levantarse, con los dientes castañeteándole. Su cuerpo temblaba mientras se permitía unos instantes para mirar a su alrededor en el bosque.Su ceremonia de apareamiento debía celebrarse ese mismo día. Sabía que no había ninguna excusa que pudiera darle a su madrastra que evitara que la matara si llegaba tarde a su propia ceremonia.Con un gruñido, respiró profundamente e intentó ponerse de pie. Una punzada de dolor recorrió su cuerpo y volvió a caer rápidamente.—No, Aria —murmuró entre dientes—. Tienes que levantarte. Tienes q


















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