LOGINNARRADOR OMNISCIENTETheodore permaneció frente a Nadia sin decir una palabra.La mención de su hijo había conseguido algo que ninguna amenaza, chantaje o provocación anterior había logrado: hacer que todo lo demás dejara de importar.—¿A qué diablos estas jugando? —preguntó tensando la mandíbula. Nadia sonrió con satisfacción, ella creía que seguía logrando el mismo efecto de antes.—No te voy a comer Theodore, a menos que quiedas, claro está —Bromeó con él sonriendo. Pero Theodore permaneció inmóvil y con la expresión endurecida. —Dejate de juegos y dime de una vez, ¿dónde esta ese niño?—Sube al auto y lo sabrás —dijo Nadia, señalando el vehículo.Theodore no se movió. Su mirada fue de ella al automóvil y viceversa. —No es tan difícil decir dónde se encuentra, solo dime si esta vivo —exigio saber. No era el mejor de los padres, pero si ese nino seguia con vida merecia saberlo.—Te dije que tendrás que venir conmigo para saberlo.—Y yo te pregunté dónde está mi hijo.Nadia sost
NARRADOR OMNISCIENTE Theodore se quedó inmóvil frente a la mesa, apretando el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El mensaje de Nadia era una daga directa al pecho:“Si quieres que Thaís jamás se entere de la verdad, ven a verme a solas.“Ella sabía exactamente dónde meter el cuchillo. No le importaba que Theodore la ignorara o que quisiera borrarla de su vida; lo que de verdad lo aterraba era que Nadia tuviera en su poder la llave para destruir el respeto y el amor que Thaís se había ganado por él.—¿Theodore? —la voz de Thaís lo sacó de golpe del abismo.Ella seguía sentada al otro lado de la mesa, mirándolo con el ceño fruncido.—¿Todo bien? —preguntó ella. Theodore bloqueó la pantalla al instante.—Sí, todo bien.—Estás pálido —notó Thaís, parpadeando con preocupación.—Es solo cansancio —mintió él, sintiendo una punzada de culpa.Thaís se levantó, caminó hacia él y le enderezó el cuello de la camisa con gesto tierno antes de dejarle un beso suave
NARRADOR OMNISCIENTE Theodore no pegó un ojo en toda la noche.Después de que Thaís aceptó dejar el tema a un lado, se quedó largo rato mirándola dormir. La veía respirar con calma, completamente ajena al huracán que él traía por dentro.Había mentido.No sobre lo que sentía por ella. Eso era lo único real y firme que tenía. La mentira estaba en todo lo demás, en los secretos que prefirió tragar antes que arriesgarse a perderla.Miró el techo en la oscuridad y cerró los ojos con fuerza.Tres años. Tres malditos años intentando borrar esa época de su mapa. Se mudó, enterró los recuerdos y cortó cada lazo con la gente que pudiera arrastrarlo otra vez al barro. Y ahora Nadia había vuelto.Lo peor no era que ella quisiera recuperarlo. Lo aterrador era que todavía tenía en sus manos algo capaz de destruirlo todo.Con cuidado de no hacer ruido, se deslizó fuera de la cama y salió al pasillo. Caminó directo al despacho, encendió una lámpara tenue y se quedó parado frente al escritorio con l
Thaís llevaba varios minutos sentada en el borde de la cama, con el teléfono frío entre las manos y la mirada fija en el reflejo de la pantalla apagada.Theodore le había dicho que iba a resolver un problema urgente en la empresa. Pero el instinto le gritaba que era mentira.Había memorizado cada gesto de su rostro antes de salir: la tensión en la mandíbula, la forma en que desvió los ojos para no cruzarse con los suyos y ese apuro antinatural con el que se marchó sin dar mayores explicaciones. No tenia tanto tiempo de conocerlo, pero habia aprendido a leerlo muy bien.Dejó el móvil sobre el colchón y se puso de pie. No quería ser de esas mujeres paranoicas que ven fantasmas en cada esquina. Theodore le había demostrado lealtad; incluso había admitido sin rodeos la existencia de aquella expareja cuando Gretcher intentó usarla como arma.Sin embargo, el secreto seguía ahí, agazapado en el aire. ¿Por qué se negaba tanto a pronunciar su nombre? ¿Por qué se le hacía tan difícil algo que s
NARRADOR OMNISCIENTE El automóvil de Theodore se detuvo frente a la fachada de una residencia que conocía demasiado bien. Permaneció inmóvil detrás del volante durante unos segundos, con los nudillos blancos de tanto apretar el cuero y la vista clavada en la puerta principal.Habían pasado años desde la última vez que pisó ese lugar. Años desde que se juró a sí mismo que jamás volvería a cruzar el umbral. Y ahí estaba otra vez.Apagó el motor de un golpe seco y bajó del vehículo. Los dos guardaespaldas que lo acompañaban se apresuraron a seguirlo, pero él levantó una mano para frenarlos en seco.—Quédense afuera —ordenó.—Pero, señor Lockhart... —intentó replicar uno de ellos.—Dije que se queden afuera.La orden no admitía réplica. Subió los escalones de la entrada y tocó el timbre con fastidio. La puerta tardó pocos segundos en abrirse. La empleada doméstica lo reconoció al instante y se le ensombreció el rostro.—Señor Lockhart... —balbuceó.—¿Dónde está? —preguntó sin rodeos.La
NARRADOR OMNISCIENTE La noche había caído sobre la ciudad cuando el coche de Theodore se detuvo frente a la mansiónLockhart. El trayecto de regreso había transcurrido en un silencio denso, no por incomodidad, sino por el peso de todo lo que no se habían dicho en la reunión.Theodore bajó primero, le abrió la puerta y le extendió la mano para ayudarla a bajar. Thaís la aceptó, sintiendo el calor firme de sus dedos contra los suyos, un ancla en medio de la tormenta que sentía formándose a su alrededor.—¿Tienes hambre? —preguntó él cuando entraron al vestíbulo—. Puedo pedir que nos preparen algo o...—No, la verdad es que no tengo apetito —respondió Thaís, negando suavemente con la cabeza mientras se quitaba el abrigo—. Solo quiero quitarme los zapatos y respirar un poco.Theodore la observó con atención, reconociendo el cansancio en su postura. Se acercó, tomó el abrigo de sus manos y lo colgó en el perchero antes de rodear su cintura con un brazo para atraerla hacia él.—Fue un día p







