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Filo de Navaja

Author: Yeyi
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-16 10:30:19

El choque de la realidad atravesó la suite como una ráfaga de aire helado. Nathalia sintió que el corazón se le detenía en el pecho, mientras la voz de Camila continuaba retumbando en el pasillo, cada vez más cerca de la entrada principal.

—¿Papá? ¿Nath? —repetía la joven, con el tono inocente de quien solo busca un documento olvidado.

Leonardo reaccionó con la velocidad y la sangre fría de un hombre acostumbrado a dominar las crisis más extremas. En un solo movimiento, fluido y silencioso, saltó de la cama. La luz del amanecer recortaba su figura desnuda y tensa. Con un gesto imperioso de la mano, le indicó a Nathalia que se mantuviera en silencio y no se moviera.

Nathalia, temblando convulsamente y con las lágrimas de pánico agolpándose en sus ojos, se pegó al respaldo de la cama, sujetando la sábana blanca contra su pecho desnudo.

Leonardo cruzó la habitación a pasos agiles y mudos. Con una precisión quirúrgica, recogió del suelo su camisa rasgada, la ropa interior de Nathalia y el camisón rosa arrugado. Abrió de golpe el vestidor privado adjunto a la suite y arrojó todo al fondo, cerrando la puerta sin hacer el menor ruido. Tomó un pantalón de deporte negro que colgaba de un perchero y se lo calzó a toda prisa, dejándolo suelto sobre la cadera, sin camiseta.

Los pasos de Camila se detuvieron justo al otro lado de la pesada puerta de caoba. La manija de bronce se movió con un chasquido.

—¿Papá? —llamó Camila, dando un par de golpecitos con los nudillos.

Leonardo caminó directamente hacia la puerta, entornándola apenas un par de centímetros, lo suficiente para bloquear la vista hacia el interior con su amplio torso y su hombro.

—Camila —dijo él. Su voz sonó profunda, baja y perfectamente serena, con ese tono matutino y rasposo de quien acaba de despertarse, sin mostrar una sola grieta de nerviosismo—. ¿Qué haces aquí tan temprano? Pensé que te ibas en el autobús de las ocho con tus compañeros.

Del otro lado, Camila suspiró con frustración, ajena por completo a la escena que se desarrollaba a menos de dos metros de ella.

—Es que olvidé mi pasaporte y la carpeta de la universidad sobre la mesa del estudio, papá —explicó la chica desde el pasillo—. Como la alarma sonó cuando entré, pensé que estabas despierto. Perdió el camión del grupo si no salgo en diez minutos. ¿Está todo bien? Pareces cansado.

Nathalia, desde la penumbra de la cama king size, contuvo la respiración hasta sentir que los pulmones le quemaban. Podía ver el perfil de la espalda desnuda de Leonardo, los músculos de sus hombros rígidos por la tensión y el sudor frío que brillaba en su piel. Si Camila daba un paso más o empujaba la puerta, la sombra de las sábanas revueltas y el aroma denso y sensual que impregnaba el aire de la suite la delatarían al instante.

—Estoy bien, solo estaba durmiendo profundamente —respondió Leonardo, manteniendo la voz con una calma dominadora que helaba la sangre—. Tu pasaporte no está en el estudio. Lo guardé ayer en la caja fuerte de mi despacho de la primera planta para que no lo perdieras.

—¡Ah, menos mal! —exclamó Camila con alivio—. ¿Me lo puedes entregar? El taxi me está esperando afuera con el motor encendido.

—Baja al vestíbulo. Te alcanzo en un minuto —ordenó el magnate en un tono suave pero firme que no admitía objeciones.

—De acuerdo. ¡Ah! ¿Nathalia sigue durmiendo en su habitación? Quería despedirme de ella.

El silencio que siguió se sintió como una eternidad suspendida en el aire. Leonardo no pestañeó.

—Sí, estuvo muy agotada por todo el estrés de ayer. No la despiertes. Yo le daré tu recado. Baja ahora, Camila.

—Está bien, papá. ¡Gracias! —los pasos de la chica resonaron alejándose por el corredor, bajando las escaleras hacia la primera planta.

En cuanto el eco de los pasos de Camila desapareció por completo, Leonardo cerró la puerta de la suite, pasó el cerrojo de hierro con un chasquido seco y dejó caer la frente contra la madera de caoba durante cinco segundos eternos. Un largo y pesado suspiro se le escapó del pecho, revelando la enorme carga de autocontrol que acababa de desplegar.

Nathalia dejó salir el aire contenido en un sollozo ahogado, dejándose caer hacia atrás sobre las almohadas. Tenía las manos temblorosas y la frente cubierta por un sudor frío.

—Casi nos descubre... Dios mío, Leonardo, casi nos descubre —susurró ella, ocultando el rostro entre sus manos.

Leonardo se giró despacio. Sus ojos oscuros, fijos en ella, ya no reflejaban el pánico del momento, sino una chispa de posesión absoluta, dura y ardiente. Caminó hacia la cama, se inclinó sobre Nathalia y le apartó las manos de la cara con una suavidad firme, obligándola a mirarlo.

—Pero no lo hizo —sentenció él, rozando con el pulgar la mejilla húmeda de la joven—. Te dije que mientras estés bajo mi techo, nada se saldrá de mi control.

Se inclinó un poco más y le estampó un beso breve pero posesivo en los labios, saboreándola una vez más antes de erguirse.

—Quédate en esta cama. No te muevas, no salgas y no hagas el menor ruido hasta que escuches que el coche de Camila cruza los portones de la entrada. Voy a entregarle sus documentos y a asegurarme de que se vaya al viaje.

Nathalia asintió mecánicamente, acurrucándose bajo la sábana.

Leonardo caminó hacia la puerta, abriéndola con cuidado antes de salir al pasillo y cerrarla de nuevo tras de sí.

Quince minutos después, el sonido distante del motor del taxi alejándose por la avenida principal y el chasquido metálico del portón eléctrico al cerrarse confirmaron la partida de Camila. La mansión Santoro quedó sumida en un silencio denso, absoluto y abrumador.

Nathalia permaneció inmóvil en la inmensidad de la cama king size. La luz del sol matutino ahora entraba de lleno por los ventanales, iluminando con claridad las marcas de la noche anterior: las sábanas desordenadas, el aroma de Leonardo impregnado en su piel y las leves picaduras de barba en su cuello y senos. La culpa por la mentira a Camila aún flotaba en su mente, pero la sensación de protección y el deseo devorador que Leonardo había despertado en ella terminaban por sofocar cualquier intento de arrepentimiento.

La puerta de la suite volvió a abrirse.

Leonardo entró con paso lento y seguro. Se había duchado rápidamente; llevaba el cabello oscuro aún húmedo peinado hacia atrás y vestía una bata de seda negra abotonada a medias, que dejaba ver la parte superior de su pecho. Traía en sus manos una bandeja de plata con un vaso de jugo de naranja fresco, café caliente y tostadas.

Caminó hacia la cama y dejó la bandeja sobre la mesa de noche. Luego, se sentó en el borde del colchón, mirando a Nathalia con esa fijeza dominante que le hacía dar un vuelco al corazón.

—Camila ya se fue —anunció él con voz baja y pausada—. Estará fuera hasta el domingo por la noche. Tenemos más de cuarenta y ocho horas sin interrupciones, sin miradas ajenas y sin fingir.

Nathalia se incorporó despacio, sosteniendo la sábana a la altura de sus axilas. La mirada de Leonardo descendió por la línea de sus hombros desnudos y el contorno de sus senos, haciendo que a la chica se le erizara la piel al instante.

—Siento que estamos jugando con fuego, Leonardo —murmuró ella, tomando el vaso de jugo con manos temblorosas—. Camila te adora. Si algún día se entera de esto...

—Camila no tiene por qué enterarse de nada si ambos hacemos las cosas con inteligencia —interrumpió Leonardo, tomándole el mentón con la yema de sus dedos para obligarla a sostenerle la mirada—. Lo que ocurrió anoche en esta habitación y lo que va a ocurrir durante todo este fin de semana es entre tú y yo. No le debes explicaciones a nadie, Nathalia. Y yo no voy a disculparme por tomar lo que he deseado durante tres años.

Las palabras del hombre cayeron sobre ella con el peso de una verdad ineludible. Nathalia bebió un sorbo de jugo, sintiendo la mirada ardiente de Leonardo fija en cada uno de sus movimientos.

—Marcos... ¿de verdad no volverá? —preguntó ella, buscando afianzar la única certeza que le daba paz en medio de la tormenta.

La expresión de Leonardo se endureció de inmediato, volviéndose fría y peligrosa como el acero.

—Ese muchacho está en este momento en una celda de la comisaría central procesado por portación ilegal de armas e invasión de propiedad privada —respondió él en un tono helado—. Mis abogados se aseguraron de que no tenga derecho a fianza. Y para cuando salga, si es que sale pronto, sus cuentas estarán embargadas y no le quedará un solo centavo para acercarse a esta parte de la ciudad. Estás libre de él, Nathalia. Para siempre.

Un nudo de alivio inmenso se deshizo en el pecho de Nathalia. Por primera vez en meses, la sombra del acoso, los golpes y el miedo constante a Marcos desaparecía por completo. Miró al hombre imponente que tenía enfrente, al magnate que había movido montañas de poder y dinero solo para garantizar su tranquilidad, y sintió que una ola de gratitud y devoción la inundaba por completo.

Dejó el vaso sobre la bandeja y, sin decir una palabra, se deslizó por el colchón hacia él. Dejó caer la sábana blanca que la cubría, exponiendo su torso desnudo a la luz del mañana.

Leonardo entornó los ojos, admirando la palidez de su piel, las curvas de su cintura y los pezones endurecidos por la brisa helada.

Nathalia se arrodilló entre las piernas del hombre sobre la cama, apoyando las palmas de sus manos en los hombros cubiertos por la seda negra de la bata. Se inclinó y buscó los labios de Leonardo en un beso suave, pausado, cargado de un agradecimiento íntimo que pronto volvió a encender la chispa de la pasión.

Leonardo dejó escapar un leve gruñido de satisfacción. Sus manos grandes y calientes se posaron en la cintura de Nathalia, tirando de ella hacia adelante de modo que el vientre de la joven chocó contra el suyo.

—Parece que mi protegida ha decidido ser obediente hoy —murmuró él contra sus labios, abriendo la bata de seda para dejar al descubierto su torso.

—No soy tu protegida cuando estamos en esta habitación, Leonardo —susurró Nathalia en su oído, mordisqueando suavemente el lóbulo de su oreja—. Aquí soy tuya.

El magnate no esperó más. Aferró las caderas de la chica con firmeza, levantándola ligeramente para acomodarla sobre su regazo, mientras su boca descendía de nuevo hacia su cuello, devorando cada rincón de su piel en el inicio de un fin de semana donde las fronteras de la casa y de la moral quedarían completamente destruidas.

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