LOGINHan los recibió de pie, junto a la ventana de la suite, con una tableta en la mano y el té frío sobre la mesa.No se sentaron. Victoria sintió en la nuca, bajo el moño que se había rehecho en el baño en dos minutos, la mirada de Patrick, que se había quedado junto a la puerta y fingía no estar.—Esta mañana, a las seis y diez, recibí un correo anónimo —dijo Han, sin preámbulo. Giró la tableta.Era la fotografía. La cocina, el cristal, ella sentada sobre la encimera con el abrigo abierto y Jonás entre sus piernas, con la mano en su nuca. Debajo, en el cuerpo del correo, tres líneas:Esta imagen se tomó después de que salieran las otras. Es una escena montada para parecer una pareja. Pregúnteselo a la señora Smith.Victoria sintió que el suelo de la suite se inclinaba un grado.—Podría haber pedido que el señor Wallace respondiera —continuó Han, con su calma de siempre—. Pero la señora Smith es la que dijo ayer una frase ante la prensa, y es a ella a quien creo. —Dejó la tableta sobre l
Patrick no los dejó hablar de la fotografía.—Después —dijo, con la voz de quien aguanta un mueble que se cae—. Primero la acera.A las ocho y cuarto, el coche se detuvo frente a la torre. Fotógrafos, cámaras de televisión, micrófonos extendidos como ramas. Cuando el portero abrió la puerta, el ruido subió de golpe, y Victoria sintió en la boca del estómago la misma náusea de la noche de la gala, multiplicada.—No habléis hasta la puerta —había dicho Patrick—. Caminad. Esa es toda la estrategia.Jonás salió primero. No le tendió la mano. Se quedó esperándola junto a la puerta con una expresión que Victoria no había visto antes, algo entre la rigidez y la disculpa. Ella bajó sola y echó a andar.—¡Señora Smith! ¿Se casó con un hombre que la engañó?Victoria se detuvo.No había nada en el guion que lo permitiera. Pero la voz del periodista, joven, casi despreocupada, había rozado algo exacto, y el cuerpo le obedeció antes que la cabeza. Se volvió hacia el micrófono más cercano.—No me e
A las cinco y cuarenta, la cocina estaba a oscuras salvo por la luz del extractor.Victoria había bajado descalza, con el abrigo de Jonás sobre el camisón —lo había descolgado del pasillo sin pensar— y dos horas de sueño que no contaban. Patrick dormía en el cuarto de invitados, con el móvil sobre la almohada. Mary no se levantaba hasta las seis y media.Jonás estaba apoyado en la encimera, de espaldas, en camiseta y pantalones de traje. Sin zapatos. Sin corbata. Tenía las dos manos abiertas sobre el mármol, como quien sujeta algo que quiere irse.—Ese abrigo es mío —dijo sin volverse.—Lo sé.—Te queda grande.—Lo sé.Se giró. La luz le marcaba la mandíbula y las ojeras. Tardó en hablar.—Faltan veinte minutos.—Lo sé.—Dices mucho eso.—Es lo que sé decir.Él casi sonrió. Cruzó la cocina en tres pasos y se detuvo frente a ella, tan cerca que Victoria tuvo que levantar la barbilla para mirarlo.—Cuando salgan las fotos voy a mirar la pantalla —dijo en voz baja—. Voy a ver mi cara, la
Él asintió despacio. Se quedó callado un rato, y cuando volvió a hablar fue en voz muy baja.—Aaron dijo que digo un nombre en sueños.—Hoy no.—Quiero decirte que no sé cuál es. —La miró—. No es una excusa. Es lo único que sé de verdad.Victoria no contestó. Tenía una respuesta posible, del tamaño de todo lo que llevaba años guardando, y no la dijo. Se quedó con la mirada fija en el jardín, con una dignidad que le costaba cada fibra, y sintió que él la miraba y no la presionaba.Jonás dejó el vaso sobre la piedra. Muy despacio, como se acerca la mano a un animal que podría huir, alargó la suya y la puso sobre la de ella, sobre la manta.Victoria no la retiró.—Mañana saldremos juntos —dijo al cabo de un momento—. Y no será por el contrato.Jonás giró la cabeza.—¿Por qué será?Ella tardó en responder. Tenía la garganta tan apretada que la voz le salió casi inaudible.—Porque es donde quiero estar.No dijo más. No hacía falta. Jonás dio la vuelta a su mano, abrió los dedos bajo los suy
Volvieron a casa en silencio. En el vestíbulo, Mary los esperaba con las manos juntas.—He preparado la cena. —Los miró a los dos—. He puesto dos platos.—Siempre pones dos —dijo Victoria.—Sí. Pero hoy tienen dueño.Victoria sintió que algo se le aflojaba en el pecho, y no supo si era alivio o cansancio.Cenaron en la cocina, sin hablar de la fotografía ni del martes. Hablaron de Mary, de la compra, de un grifo que goteaba desde hacía semanas. Fue la conversación más normal que habían tenido desde la gala, y por eso mismo les dio un poco de miedo.Al terminar, Jonás recogió su plato y lo dejó en el fregadero. Se detuvo.—Gracias por decir «desde el jueves».—Es lo que pasó.—Podías haber dicho otra cosa.—No tenía otra.Él asintió y se fue a su estudio. Victoria se quedó sola con las dos tazas del café, los dos platos, y la certeza de que cada vez que decía una verdad delante de él se arriesgaba a que fuera la última que él le debía.Kelly llegó el lunes a las cuatro de la tarde con
Victoria no se movió. Sintió el golpe donde estaba previsto, en el esternón, y mantuvo la espalda recta con un esfuerzo que le hizo temblar la mandíbula.—Cállate —dijo Jonás.No gritó. Lo dijo en voz baja, con una frialdad que hizo que Aaron dejara de sonreír un instante.—Solo digo lo que sé.—Cállate, Aaron.Jonás tomó a Victoria del brazo con suavidad y la hizo girar hacia la salida. Caminaron sin mirar atrás. Detrás de ellos, Aaron comentó algo en voz alta que no alcanzaron a entender, y Elise no dijo nada.En el coche, Jonás no arrancó. Sostenía las llaves sin usarlas.—No sé qué nombre dice —dijo.—No me lo digas.—Victoria…—Hoy no. —Miró por la ventanilla. Un jardinero rastrillaba hojas junto a la verja—. Si es verdad, no quiero saberlo en un aparcamiento. Dímelo el miércoles.—¿El miércoles?—Cuando haya pasado el martes.Jonás tardó en responder.—El miércoles.Encendió el motor. No arrancó. Se quedó mirando el volante.—Si quieres irte —dijo—, lo entenderé. No es tu pelea.







