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Capítulo 2

Author: Summer
Habíamos alquilado este apartamento de cuarenta metros cuadrados justo después de empezar a salir. Al graduarme de la universidad, mi mayor deseo era conseguir un trabajo mejor pagado, pero con mi ajustado presupuesto de ese entonces, solo me alcanzaba para costear una habitación pequeña en una zona industrial bastante descuidada. Dante detestaba ese lugar. Siempre se andaba quejando de que era una basura, de que el trayecto al trabajo era eterno e incluso llegó a decir que era un ambiente horrible para el sexo. Por eso insistió tanto en que nos mudáramos juntos a este lugar.

Lo que él nunca vio —o decidió ignorar— fue el costo de esa decisión. Para poder pagar mi mitad del alquiler en una zona tan cara de la ciudad, tuve que conseguir un segundo trabajo que me dejaba completamente agotada. Durante cinco años sacrifiqué mis horas de sueño y todo mi tiempo libre, mientras él se dedicaba a maquinar una farsa barata, actuando como si yo fuera la estafadora que intentaba engañarlo a él.

—¿De verdad estás haciendo esto? —le pregunté, sintiendo cómo los ojos se me llenaban de lágrimas—. Después de todo lo que pasamos, ¿te vas a atrever a cobrarme cinco años de alquiler acumulados, Dante?

Las lágrimas finalmente rodaron por mis mejillas, pero no lloraba por él. Lloraba por mí, por la rabia y la impotencia de haber desperdiciado cinco años de mi juventud al lado de un monstruo tan insensible.

Al verme llorar, algo pareció romperse por un segundo en su fría fachada. La mano con la que sostenía el teléfono tembló y su semblante cambió, mostrando un destello de duda. Bajó el celular lentamente, como arrepentido.

—Era una broma, Elena —murmuró—. En realidad no pretendo que...

—¡Ay, por favor! ¿En serio te vas a compadecer de ella? —lo interrumpió Nadia, soltando un suspiro cargado de desdén—. Esa es la típica actuación de una mantenida interesada. Mírala, Dante, si no fuera por tu lástima, esta mujer ni siquiera tendría donde vivir. Rescinde el contrato de alquiler el mes que viene o, al menos, haz que firme un pagaré. Es lo justo.

Solo Dios sabe las ganas que tenía de cruzarles la cara a los dos de una buena bofetada. Me temblaban las manos de la furia. Sin embargo, contuve el impulso; sabía perfectamente con quién estaba lidiando. Si les ponía una mano encima, Dante no dudaría en usar todas las influencias y los abogados corruptos de su familia mafiosa para hundirme legalmente, acusarme de agresión y dejarme completamente en la calle. No podía darle esa ventaja.

—No voy a firmar nada —le respondí, sosteniéndoles la mirada a ambos—. Si quieres ese dinero, Dante, demándame. Veamos qué opina un juez sobre tus cuentas y tus contratos de confidencialidad. Y a usted, señorita Nadia, ya que tantas ganas tiene de instalarse en este apartamento, asegúrese de pagarle a Dante hasta el último centavo de su mitad del alquiler. De lo contrario, la mantenida interesada pasará a ser otra. Me largo esta misma noche.

En cuanto me giré con la intención de irme a la habitación, Dante se abalanzó sobre mí y me sujetó de la muñeca con una fuerza desmedida. Toda su arrogancia se había esfumado, reemplazada por una ira oscura y controladora.

—Deja de decir ridiculeces, Elena —siseó, apretándome el brazo—. Solo estábamos bromeando. Si cruzas esa puerta esta noche, me vas a perder para siempre. Piénsalo muy bien.

Al mirar su rostro desfigurado por el enojo, comprendí lo mucho que me había equivocado en el pasado. Mi error no había sido solo dejarme cegar por sus promesas cuando descubrí que era el multimillonario heredero de la mafia; mi verdadero error fue tragarme el cuento de que nuestra relación se basaba en que yo debía demostrarle mi inocencia una y otra vez. Durante años me había aferrado con ingenuidad al recuerdo de aquella noche en la que él se quedó despierto hasta el amanecer para cuidarme de una fiebre alta, abrazándome con ternura para calmar mi dolor. Si alguna vez existió amor entre nosotros, se había muerto hacía mucho tiempo. No iba a quedarme en un lugar donde me trataban como a una criminal.

—Terminamos, Dante. Suéltame.

En cuanto pronuncié esas palabras, la furia en sus ojos se transformó en un pánico absoluto.

—No, no puedes estar hablando en serio —tartamudeó, aflojando el agarre—. No vas a tirar cinco años de relación a la basura por una simple broma. ¡Nos vamos a casar, Elena! ¡Por fin vas a tener la aprobación de mi familia y el estatus que mereces! ¡Elena, por favor!

Había pasado tanto tiempo subido en su pedestal que realmente creía que estar conmigo era un acto de caridad. Lo miré con una expresión completamente impasible, fría como el hielo.

—Esto no tiene nada que ver con tu supuesta broma, ni es un berrinche infantil —sentencié, zafando mi muñeca de su agarre de un solo tirón—. Estás convencido de que soy una cazafortunas que solo busca el dinero de tu clan y que mancharía la reputación de tu preciosa familia. Así que hazte un favor, Dante: ve a buscar a una mujer que realmente se ajuste a tus estándares y que esté a tu altura. Yo ya terminé contigo.

Me di media vuelta sin mirarlo otra vez y entré al dormitorio para comenzar a empacar mis pertenencias. No había pasado ni un minuto cuando su rugido furioso resonó con fuerza en todo el apartamento.

—¡Te vas a arrepentir de esto, Elena! ¡Ya lo verás!

Permanecí completamente imperturbable, ignorando el violento portazo que dio al salir de la casa junto a Nadia. Ya había soportado demasiado. Había aguantado cinco años de sospechas, tratada como si fuera una ladrona que codiciaba su maldito dinero. Y lo peor de todo, el monstruo había preferido ignorarme, suplicando tan solo mil dólares mientras intentaba salvar la vida del hijo que llevaba en mi vientre. A Dante no le había importado en lo absoluto. En ese frío cuarto de equipaje, comprendí que mi amor por él y la ilusión de la familia que creía que estábamos construyendo habían muerto para siempre.

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