—¡Dante! —exclamó Nadia—. ¡Dante, por favor! No te estarás creyendo de verdad ese cuento del bebé, ¿o sí? Esa mujer es una máquina de mentiras, no dejes que te manipule. Tú eres mucho más listo que eso. Además, ¿de qué te preocupas? Tampoco es para tanto... Al fin y al cabo ya se murió, ¿no? Al menos ahora nunca más podrá usar esa patética excusa para estafar a tu familia o sacarte dinero.Dante se detuvo en seco. Por una fracción de segundo, miró a la mujer que tenía enfrente y sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda.—Ese habría sido mi primer hijo —gruñó él, con la voz trémula y un tono peligrosamente sombrío—. Tú sabes perfectamente lo mucho que deseaba tener un heredero. ¡Sabes bien lo mucho que valoro el linaje de mi familia!Dicho eso, se dio la vuelta para correr tras de mí, pero Nadia volvió a prenderse de su brazo.—¡No seas ingenuo, Dante! Le estás dando exactamente lo que quiere —insistió ella, destilando veneno—. Si no fuera porque le diste empleo, esa huérfa
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