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Capítulo 3

Author: Summer
En plena noche, arrastré mis pesadas maletas por las calles desiertas y heladas. Sicilia no me ofrecía ningún tipo de refugio y ya no me quedaba ni un solo motivo para quedarme en este lugar. Mi bebé había muerto y mi relación estaba hecha añicos; permanecer aquí solo significaría prolongar mi propia agonía. Sin ningún otro sitio adonde ir, pasé el resto de la madrugada temblando de frío en el banco de madera de un parque solitario.

A la mañana siguiente, entré directo a la oficina de la empresa y presenté mi renuncia.

Mi supervisora levantó la vista, mirándome con absoluto desconcierto.

—¿Renunciar? ¿El señor Moretti ya aprobó esto? —preguntó extrañada, revisando unos papeles—. Bueno, como te vas a mitad de mes, tu bono actual no será muy alto. De todos modos, haré que te transfieran el saldo restante a la cuenta secundaria que tenemos registrada en el sistema.

Fruncí el ceño, desconcertada. ¿Cuál cuenta secundaria? ¿Desde cuándo yo tenía bonificaciones acumuladas? Y más importante aún, ¿por qué demonios Dante tendría que aprobar mi renuncia a un puesto corporativo normal?

Al notar mi expresión perdida, mi supervisora se mostró igual de confundida.

—¿Acaso el señor Moretti y tú ya no están juntos? Fue él mismo quien vino en persona a darle instrucciones específicas a Recursos Humanos para dividir tus pagos. Nos dijo que tu salario base se depositara en tu cuenta de siempre, pero que todos tus bonos y aumentos se desviaran a una cuenta de ahorros secundaria y bloqueada. Es más, nos aseguró que tú misma le habías pedido que te armara ese fondo secreto. Sinceramente, a todas en la oficina nos parecía increíble lo ahorrativa que eras, considerando el dinero y la posición del hombre con el que sales.

Aquella revelación me golpeó con la fuerza de un puñetazo directo en el estómago.

Durante cinco largos años, sobreviví a duras penas con un sueldo muy inferior al que mi puesto realmente merecía. Cada vez que formalmente solicitaba un ascenso, me decían que no; nunca me imaginé que los aumentos automáticos para los que estaba calificada sí se estaban procesando, solo que jamás llegaban a mis manos. Llegué a creer ciegamente que no era lo suficientemente buena en mi trabajo. Pero la cruda y asquerosa realidad era que Dante me estaba desviando en secreto el dinero que tanto me costaba ganar.

Caminé directo al departamento de finanzas y exigí que me imprimieran mis recibos de nómina históricos. Al revisar las hojas, en la columna de los bonos más recientes, había una entrada llamativa: un depósito neto por exactamente mil dólares.

Justo la cantidad que me había faltado la semana pasada. La misma cantidad por la que el hospital había retrasado mi cirugía de emergencia, costándole la vida a mi bebé.

La mayor ironía de mi miserable vida era que la suma de todos los aumentos y bonificaciones que me habían retenido ilegalmente durante estos cinco años era más que suficiente para cubrir el costo de esa operación diez veces. Había sido una completa estúpida. Estaba tan paralizada por el miedo a perder mi empleo y mi sustento que simplemente agaché la cabeza, ciega ante la manera tan vil en que Dante se estaba burlando de mí. Para demostrarle que no era una cazafortunas, jamás toqué un centavo de su dinero, mientras él, a mis espaldas, me robaba mi propio sudor y sangre.

Con los recibos de nómina firmemente apretados en el puño, me di la vuelta dispuesta a buscarlo, pero no tuve que ir muy lejos. En ese instante, Dante entró pavoneándose por los pasillos de la oficina, flanqueado por su séquito habitual de guardaespaldas.

—Vaya, miren quién está aquí —se mofó Dante en voz alta—. Tenemos una pelea tonta y, ¿ahora vienes y renuncias? Sí que te tomas en serio tu papel de dramática, ¿no? ¿Qué crees que opinará mi familia de esto? Ya te he dicho lo que piensan de las chicas como tú; solo confirmas sus sospechas.

Detrás de él, Nadia sonreía con pura satisfacción. Dio un paso al frente, fingiendo un puchero que me revolvió el estómago.

—Te lo dije, Dante, es justo lo que pensé: una malagradecida —soltó ella con falsa lástima—. Vaya que te aprovechaste de él todo este tiempo, instalada en su apartamento sin pagar un centavo. ¿Y ahora de verdad planeas sobrevivir sin él en esta gran ciudad? Por favor, quiero verlo.

Apreté los recibos de pago con tanta fuerza que mis dedos palidecieron por la presión. Estaba lista para estamparle la verdad en la cara de un solo golpe, pero Dante me interrumpió, levantando una mano antes de que pudiera emitir una sola palabra.

—Siempre tienes razón, Nadia —sentenció él, mirándome—. ¿Y tú, Elena? Estuviste conmigo cinco años y ni una sola vez me has agradecido que no pasaras hambre en la calle. Pero en fin, como soy un hombre benevolente, te lo voy a perdonar. Ven conmigo a casa de una vez. Es más, hagamos borrón y cuenta nueva; ni siquiera te voy a descontar este día de tu sueldo.

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