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Capítulo 2: Cláusulas de sangre fría

Author: Hariji
last update publish date: 2026-10-06 12:32:11

El silencio que siguió a sus palabras cayó con el peso de una losa de mármol.

Daphne tardó dos segundos enteros en recuperar el control de su cuerpo. Se obligó a enderezar la espalda, a relajar los hombros y a bloquear cualquier indicio del torbellino que rugía en su pecho. Durante años había entrenado su rostro para ser un muro impenetrable ante auditorías agresivas y tiburones de Wall Street; no iba a desmoronarse ahora frente a un fantasma.

—¿Señor Krone? —repitió ella. Su voz salió sorprendentemente firme, impregnada de una ironía mordaz—. Es curioso cómo un apellido falso y un traje italiano pueden hacer que alguien olvide quién era cuando dormía sobre un colchón con pulgas.

Un destello oscuro cruzó la mirada de Octavio. Fue apenas una fracción de segundo, pero estuvo ahí: la grieta en su armadura de magnate implacable. Sin embargo, no retrocedió. Caminó con parsimonia alrededor de la larga mesa de conferencias, sus zapatos de cuero repiqueteando con un eco amortiguado sobre la alfombra gris.

—El pasado es un lastre sentimental para la gente mediocre, Daphne. Yo dejé de mirar atrás el día en que crucé esa puerta —respondió él, deteniéndose a poco más de un metro de ella.

El aroma a cedro, tabaco dulce y colonia cara la envolvió. Ya no quedaba rastro del olor a lluvia y ropa húmeda que solía asociar con él. Octavio se había reconstruido como una fortaleza de acero, y la miraba como quien tasa un activo a punto de ser adquirido.

—Te fuiste como un cobarde —disparó ella sin titubear, clavando sus ojos en los de él—. Te llevaste el poco dinero del alquiler y me dejaste con los cobradores golpeando la puerta. Ahora vuelves con una chequera ajena pretendiendo comprar mi vida. ¿De verdad crees que voy a aceptar esta farsa?

Octavio esbozó una sonrisa desprovista de humor y apoyó las manos en el respaldo de la silla presidencial.

—No te estoy pidiendo que aceptes por amor, Daphne. La estupidez de los dieciocho años se nos curó a golpes a los dos. Esto es un negocio. Vargen Holdings está en quiebra técnica. Walter Campbell ocultó un déficit de cincuenta millones mediante préstamos puente que vencen este viernes. Si Krone retira su oferta de absorción, la empresa entra en concurso de acreedores y tus adoradas acciones no valdrán ni el papel en el que están impresas.

Daphne apretó los dientes. Maldito Walter. Sabía que la contabilidad estaba maquillada, pero no hasta ese punto de negligencia criminal.

—Si ya tienes la empresa contra las cuerdas, ¿para qué el matrimonio? —preguntó ella, dando un paso al frente para acortar la distancia, desafiándolo—. Tienes el capital. Tienes los votos del consejo. Podrías despedirme hoy y desmantelar Vargen sin mover un dedo. ¿Por qué forzar una boda?

Octavio inclinó la cabeza apenas unos centímetros. La frialdad de sus ojos verdes se intensificó.

—Porque el consejo directivo de Krone International está lleno de viejos puritanos que desconfían de mi edad y de mis métodos. Mi posición como director ejecutivo exige estabilidad fiduciaria y una alianza de arraigo que evite demandas antimonopolio por la fusión. Tú eres respetada en el sector, impecable en los libros contables y la estratega más brillante que conozco. Ante la prensa y los accionistas seremos la unión corporativa del año.

—¿Y en privado?

—En privado no serás nada —soltó él con una crudeza quirúrgica—. Vivirás en mi residencia del distrito financiero para mantener las apariencias frente al personal y la prensa. Tendrás tu propia habitación, tu presupuesto y libertad para dirigir la división de operaciones de Vargen. A cambio, me asegurarás la reestructuración interna sin fugas de capital ni motines de directivos durante veinticuatro meses. Cumplido el plazo, firmamos un divorcio de mutuo acuerdo con una indemnización de diez millones de dólares para ti.

Daphne sintió una punzada caliente en el centro del pecho. Diez millones de dólares. Libertad absoluta, una empresa a salvo y una fortuna para no depender nunca más de nadie. Pero el precio era venderle dos años de su vida al hombre que le había destrozado la juventud.

—¿Y si me niego? —murmuró ella.

Octavio sacó una pluma estilográfica de oro del bolsillo de su saco y la dejó caer junto a la carpeta de terciopelo negro sobre la mesa. El sonido del metal contra el cristal sonó como el cerrojo de una celda.

—Si te niegas, bajo al piso cuarenta y dos ahora mismo, cancelo la línea de crédito y dejo que los bancos ejecuten el embargo. Para las seis de la tarde, la división médica que tardaste cuatro años en construir será subastada al mejor postor para cubrir los desfalcos de Campbell. Catorce mil familias se quedarán en la calle, y tu nombre encabezará los titulares del escándalo financiero. Tú decides si prefieres tu orgullo o el trabajo de tu vida.

El chantaje era impecable. No había dejado ningún flanco al descubierto. Había estudiado cada uno de sus movimientos, cada una de sus prioridades. Conocía su punto débil: Daphne jamás abandonaba a la gente que dependía de ella, porque recordaba con demasiada claridad lo que se sentía ser arrojada a la intemperie.

Ella caminó lentamente hacia la mesa. Sus dedos rozaron la pluma de oro, fría y pesada.

—No eres más que un usurero con traje caro, Octavio —dijo en un susurro cargado de veneno.

—Puede ser —admitió él sin pestañear, mirándola desde arriba con una calma exasperante—. Pero soy el único que tiene el dinero que necesitas. Firma.

Daphne abrió la carpeta en la última página, donde el membrete de Grupo Krone sellaba la condena. Con pulso firme, trazó su firma sobre la línea punteada. No desvió la mirada ni un milímetro mientras estampaba su nombre.

Cerró la carpeta con un golpe seco.

—Está firmado. Ahora cumple tu parte y asegura los fondos para la división médica mañana a primera hora.

—Los fondos ya fueron transferidos hace diez minutos —respondió él con indiferencia, recogiendo la carpeta como si acabara de comprar un lote de suministros de oficina—. Sabía que no tenías alternativa.

Daphne sintió cómo la furia le quemaba la piel. Dio media vuelta hacia la salida para marcharse antes de perder los estribos, pero las siguientes palabras de Octavio la congelaron justo antes de alcanzar el ascensor.

—El chofer pasará por tu departamento a las ocho de la noche, Daphne. Haz solo dos maletas. No vas a necesitar nada de esa vida modesta a la que te aferras.

Ella giró la cabeza sobre el hombro, con la mandíbula tensa.

—¿Hoy?

—Esta noche se publica el comunicado de prensa en el Financial Post —sentenció él, dándole la espalda para volver a contemplar la ciudad a través del cristal—. Y mañana desayunamos frente a los fotógrafos. Bienvenida a mi imperio, señora Krone.

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