LOGINLa brisa nocturna entraba por el ventanal entreabierto de la villa, trayendo consigo el rumor distante del mar. En la recámara, la luz suave de las lámparas de pie iluminaba la escena de una paz casi perfecta. Elena descansaba con la cabeza apoyada en el pecho de Alessandro, respirando el aroma de su piel mientras él le acariciaba el cabello con trazos lentos y pausados.—No quiero que este viaje se termine nunca —murmuró ella, rompiendo el silencio con un hilo de voz.Alessandro sonrió en la penumbra, inclinándose para besarle la coronilla.—Tenemos todo el tiempo del mundo, pequeña —contestó él, rodeándola con más fuerza—. Las cosas en la empresa pueden esperar. Ya di órdenes estrictas para que no me molesten salvo que sea algo relacionado con la salud de tu madre.Elena alzó la vista para mirarlo. En sus ojos oscuros ya no habitaba la frialdad que antes la intimidaba, sino una ternura transparente que le llenaba el pecho de una mezcla intensa de amor y alivio.—Me hace muy feliz es
El sol comenzó a ocultarse en el horizonte de la isla, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas. En la villa, el silencio era casi absoluto, roto solo por el murmullo constante de las olas rompiendo contra la orilla.Alessandro guardó su teléfono en el bolsillo tras verificar que todo en la empresa estuviera en orden. Se giró hacia Elena, quien lo observaba desde el ventanal del salón con una copa de agua entre las manos.—¿Todo bien? —preguntó ella, acercándose despacio.—Todo en orden, pequeña —respondió él, esbozando una sonrisa tranquila para ahuyentar cualquier preocupación—. Solo detalles de la oficina que ya quedaron resueltos. Te prometí que este viaje sería solo para los dos, y voy a cumplirlo.Elena sonrió, sintiendo que los hombros se le relajaban por completo. Alessandro se acercó, le quitó la copa de la mano y la dejó sobre una mesa lateral antes de tomarla por la cintura y atraerla hacia su cuerpo.—Ven conmigo, por fin estamos solos y pienso aprovecharlo, he espera
El restaurante, ubicado en el último piso de un exclusivo hotel del centro financiero, ofrecía una vista panorámica de la ciudad iluminada. Alessandro había reservado la terraza privada para la ocasión. La brisa tibia de la noche apenas despeinaba a Elena, quien disfrutaba de su copa de vino mientras escuchaba las anécdotas de su esposo.Durante la cena, las risas fluyeron de manera natural. Por primera vez en mucho tiempo, la sombra de los problemas, las dudas y la maldad de Leonardo parecían haberse disipado por completo. Se miraban a los ojos y hablaban como un matrimonio pleno y feliz.—Me alegra verte sonreír así —comentó Alessandro, tomando la mano de Elena sobre la mesa para acariciarle los nudillos—. Te sientes diferente hoy... más tranquila.—Lo estoy —admitió ella con una sonrisa sincera—. Sentir que las cosas se acomodan me da mucha tranquilidad.Alessandro hizo una leve seña al camarero para que les sirviera un poco más de vino. Luego, apoyando los codos sobre la mesa, la
Elena se despertó mucho antes de que la primera luz del alba cruzara por las cortinas de la recámara. El peso en su pecho no la había dejado pegar el ojo en toda la noche. Al girarse con cuidado, vio a Alessandro dormido a su lado, con el rostro relajado por el cansancio de los últimos días. La idea de que la investigación sobre el club Nocturne arrojara algo sobre ella la aterraba.Se deslizó fuera de la cama sin hacer el menor ruido, se puso un abrigo ligero y salió a los jardines de la mansión. El aire helado de la mañana le golpeó la cara, pero apenas lo sintió. Con manos temblorosas, buscó en su teléfono el número que esperaba no tener que marcar nunca más: el contacto del dueño del club.Tras varios tonos, la llamada entró.—¿Bueno? —respondió una voz rasposa al otro lado de la línea.—Soy Elena —dijo ella en un susurro rápido, mirando de reojo hacia las ventanas de la casa—. Necesito que me escuches.—Elena... —el hombre suspiró, claramente tenso—. Hablas en un mal momento. E
La noche cayó sobre la ciudad trayendo consigo un viento helado que golpeaba con fuerza las ventanas del despacho presidencial de la constructora Valenti. En el último piso de la torre, Alessandro permanecía de pie frente al ventanal panorámico, sumergido en un silencio denso mientras sostenía entre los dedos la copia de los documentos que Beatriz le había entregado.La sola mención del club Nocturne había reabierto una grieta que él creía haber comenzado a cerrar. Durante meses, la imagen de la enigmática bailarina enmascarada lo había perseguido como un fantasma; un recuerdo que, paradójicamente, lo atormentaba por la abrumadora culpa que le producía sentir aquella misma pasión por Elena, su esposa. Lo que el magnate no imaginaba era que ambas mujeres habitaban en la misma piel.El sonido del teléfono sobre el escritorio cortó de tajo sus pensamientos. Alessandro caminó hacia el mueble de caoba y respondió de inmediato.—Habla.—Señor Valenti —dijo la voz del detective privado al ot
El vehículo blindado se desplazaba a velocidad constante hacia el corporativo familiar. En el asiento trasero, Alessandro observaba las luces del tráfico reflejadas en el cristal, con el teléfono aún presionado contra la oreja. La frialdad en su rostro anunciaba la tormenta que se avecinaba para la defensa de Chloe Kensington.—Señor Valenti —continuó el jefe de seguridad desde el otro lado de la línea—, el fiscal ya recibió la solicitud formal del abogado de la señorita Chloe. Quieren trasladarla a un centro psiquiátrico privado antes de medianoche.—Dile a nuestro equipo legal que interponga una apelación inmediata —ordenó Alessandro con voz firme y pausada—. Chloe no va a pisar una clínica de lujo mientras mi esposa siga recuperándose del impacto de su secuestro.—Entendido. ¿Qué hacemos con la señora Beatriz? Sigue en la sala de espera de la comisaría exigiendo hablar con usted.Alessandro guardó silencio durante un par de segundos. El nombre de la esposa de Leonardo traía consig







