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Soy la Reina del Tablero, No un Repuesto

Soy la Reina del Tablero, No un Repuesto

作家:  Anna Smith完了
言語: Spanish
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概要

Renacido

Giro Inesperado

Crush

Doble Reencarnación

Reconquista Desesperada

En mi vida anterior, fui la esposa de Adrian Moretti durante diez años. Todos decían que me amaba y me consideraban la mujer más afortunada del mundo de la mafia de Chicago. Entonces lo escuché a escondidas mientras él dictaba su testamento. Las acciones de los Moretti, los fideicomisos en el extranjero y los ingresos portuarios quedarían en manos de Noah, el niño que yo misma había criado. Era el hijo que Adrian tuvo con Celeste, la mujer a la que había amado antes que a mí. Incluso había dispuesto que lo enterraran junto a ella y no a mi lado. Fue entonces cuando por fin lo entendí. Después de una década de matrimonio, yo no había sido más que una sustituta que allanó el camino para su primer amor y el hijo de ambos. Esa misma noche morí en un accidente automovilístico. Cuando volví a abrir los ojos, estaba de regreso en el día en que Adrian debía elegir esposa. Todos daban por sentado que me escogería a mí. Hasta la matriarca Donna sonrió y dijo: —De niño, Adrian seguía a Elena a todas partes. Sin embargo, al levantar la mirada, descubrí un destello de repugnancia en sus ojos; lo entendí de inmediato. Él también había renacido. “Como nunca me quisiste en ninguna de las dos vidas, esta vez me haré a un lado”, pensé. Antes de que él pudiera decir algo, me puse de pie y me incliné ante los líderes de la familia Moretti. —Padrino. Señora. Renuncio a ser candidata.

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第1話

Capítulo 1

Apenas terminé de hablar, todo el comedor quedó en silencio. Hacía veinte años que la familia Moretti nos había acogido a Celeste y a mí para criarnos como las futuras candidatas al título de Donna. Por eso, durante años me esforcé por dominar las finanzas, la gestión de inversiones, la política familiar y las reglas que rigen tanto los negocios legales como los del submundo criminal.

Todos sabían cuánto había sacrificado para estar al lado de Adrian como su Donna. Y ahora, antes de que él pudiera elegir, yo misma había renunciado a todo. Él se quedó inmóvil por un instante. Tras la sorpresa inicial, la dureza volvió a su mirada.

—Elena —dijo Rosalie con evidente preocupación—. ¿Entiendes lo que estás diciendo?

—Sí —respondí al sostenerle la mirada—. El corazón de Adrian le pertenece a otra persona. La familia Moretti necesita una Donna en quien su esposo confíe, no una prometida sustituta obligada a ocupar ese puesto.

Él me miró por un momento antes de ponerse de pie. La silla rechinó con estrépito contra el piso.

—Voy a salir.

Sabía perfectamente hacia dónde se dirigía. En esta línea temporal, la familia Lopez aún no había emboscado a Celeste en el estacionamiento subterráneo. Todavía estaba a tiempo de cambiarlo todo.

En mi vida pasada, ella murió durante aquel caos. Adrian cargó con su muerte hasta el final de sus días y nos culpó de aquel dolor tanto a la familia Moretti como a mí.

Ahora que él también había renacido, por supuesto correría a salvarla, así que no hice el menor intento por detenerlo. Los guardias apostados junto a la puerta se apartaron a toda prisa y su silueta desapareció en la penumbra de la noche.

Alguien comenzó a murmurar. Otra persona me miró con lástima, como si acabara de perderlo todo. Me limité a tomar la servilleta y a limpiarme despacio las yemas de los dedos.

En mi vida anterior, me convertí en el cuchillo más afilado del arsenal de los Moretti, todo por un hombre que jamás me perteneció. Esta vez, no dejaría que nadie volviera a empuñarme. Con esa resolución en mente, regresé a mi habitación esa misma noche y comencé a empacar.

El vestidor resguardaba vestidos, pieles y trajes de noche que la familia Moretti había mandado confeccionar a mi medida. En la caja fuerte permanecían las joyas que Adrian me había regalado. En el cajón estaban las tarjetas bancarias de la familia y las llaves de varias casas de seguridad. Decidí marcharme sin nada.

A la mañana siguiente, mi celular se llenó de notificaciones:

“Adrian Moretti acompaña personalmente a Celeste Vale de regreso a la mansión. El heredero tomó su decisión”.

“La rosa blanca perdida regresa. El corazón del joven Don siempre le perteneció a ella”.

“Elena Vega renuncia. La futura Donna de los Moretti podría cambiar de la noche a la mañana”.

En las fotos, Celeste llevaba la chaqueta del traje de Adrian y se apoyaba contra su pecho. Estaba pálida, pero sonreía con dulzura. Él inclinaba la cabeza para mirarla con una ternura que ni siquiera me mostró en nuestra boda.

Al mediodía, escuché voces alteradas en la planta baja. Me quedé junto a la barandilla del segundo piso y vi a Adrian acompañar a Celeste hasta el despacho. Ella llevaba un vendaje en el brazo y todavía no le había vuelto el color a la cara. Aun así, se apresuró a sentarse frente a Vito.

—Padrino, ya que Adrian me eligió, ¿no debería entregarme también el proyecto de reurbanización del Muelle Sur? —preguntó con una dulzura y un dolor perfectamente calculados.

Adrian no dijo nada. Se limitó a apoyar una mano en el respaldo de su silla. Ese gesto bastó.

La reurbanización del Muelle Sur era la iniciativa legítima más importante de la familia Moretti en años. Sobre el papel, abarcaba bienes raíces del viejo puerto, hoteles y un club náutico. Tras esa fachada, controlaba el acceso a los muelles, las licencias de casino y el reparto de beneficios entre varias familias de Chicago.

En mi vida anterior, dediqué tres años a desenredar aquel desastre. Saqué a los Moretti de los enfrentamientos callejeros y les conseguí un lugar en la mesa de negociación de la Comisión.

Celeste sabía muy bien lo que significaba ese proyecto.

Poco después, el mayordomo subió a buscarme. Al entrar al despacho, encontré a Vito sentado tras su escritorio de ébano, con el cansancio profundamente marcado en el entrecejo. Adrian permanecía junto a la ventana. Celeste se sentó a su lado; apenas rozaba con los dedos la venda de su herida, proyectando la imagen de una víctima indefensa que milagrosamente había sobrevivido a un tiroteo.

Vito habló primero:

—Elena, siempre te has encargado del Muelle Sur. Un cambio tan repentino dará una mala imagen de cara a los demás.

—No hace falta complicarlo, padrino.

Coloqué sobre el escritorio la carpeta de cuero que preparé.

—Aquí están todos los documentos del traspaso. Incluí a los consultores gubernamentales, los contratistas, los representantes sindicales y los contactos de seguridad portuaria.

Me quité el anillo familiar de diamante negro que me autorizaba a firmar por las empresas fachada de los Moretti desde que cumplí dieciocho años, y lo dejé junto a la carpeta. El águila de la familia estaba grabada en el interior del aro. Vito me lo había puesto en el dedo en aquel entonces, asegurando que, a partir de ese momento, podría firmar en nombre de Adrian.

En mi vida anterior, llevé el anillo hasta la noche en que morí. Esta vez, lo dejé sin que me temblaran las manos.

Vito se quedó mirando la joya mientras se le tensaban los nudillos.

A Celeste se le iluminaron los ojos y estiró la mano para tomarlo casi enseguida. Apenas lo rozó con la punta de los dedos, Vito la miró con dureza. Adrian también alzó la mirada hacia mí.

Saqué de la carpeta un último memorándum de pocas páginas y añadí:

—Y esto.

Celeste hojeó varias páginas. Su sonrisa se fue borrando a medida que leía.

—El Muelle Sur no es solo un negocio inmobiliario —dije—. La familia Lopez, el sindicato de estibadores, una unidad federal de investigación tributaria y antiguas deudas vinculadas al Casino Puerto Santo forman parte de él. Un solo paso en falso en cualquiera de esos frentes bastará para que los Moretti pierdan al menos trescientos millones de dólares y, lo que es peor, se entregarían tres rutas de transporte marítimo a nuestros enemigos.

Recorrí con la mirada a Celeste y luego a Adrian antes de asestar el golpe final:

—Aunque, con la “capacidad” de la señorita Vale, estoy segura de que eso no será un problema.

Ella forzó una sonrisa antes de responder:

—Te preocupas demasiado. Adrian me ayudará.

Él intervino con sequedad:

—Ya basta, Elena. Desde hoy, el Muelle Sur ya no es asunto tuyo.

—Bien.

Me di la vuelta para irme, pero Celeste volvió a hablar:

—Espera.

Se levantó despacio. Por fin, abandonó la fingida fragilidad y dejó ver una satisfacción astuta.

—Ahora que la señorita Vega ya no es la prometida de Adrian ni forma parte de los negocios de la familia, ¿no creen que debería dejar de beneficiarse de los bienes de los Moretti?

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