LOGINSabrina se detuvo un instante en el umbral, y cuando la recepcionista abrió la puerta, los vio allí, sentados uno junto al otro, y por un segundo creyó que el estómago se le iba a caer al piso, gemelos, en verdad eran gemelos y la descripción que había escuchado en el pasillo no les hacía justicia.
Trajes oscuros impecables, mismas facciones afiladas, mismos hombros anchos, misma mandíbula fuerte, aunque el de la derecha tenía los ojos negros, profundos, hipnóticos, y el de la izquierda, azules, tan claros que parecían casi un truco de luz, en verdad la entrevistarían los Zhao‑Bach.
—Señorita Sabrina Reyes. —anunció la responsable de Recursos Humanos, y luego añadió, en un tono que intentaba ser profesional. — Los señores Zhao‑Bach quisieron encargarse personalmente de esta entrevista.
Como si hiciera falta aclararlo.
—Gracias. —consiguió decir Sabrina, entrando.
Sentía el corazón golpeándole en las costillas, aun así, sus pasos eran firmes, y eso se debía a los años de aprender a caminar con la bandeja de la cena de Valeria en una mano y el bolso del trabajo en la otra, sin derramar nada.
—Siéntese. —dijo el de ojos negros, señalando la silla frente a ellos.
Su voz era grave, controlada, cargada de autoridad pura.
—Gracias. —repitió ella, acomodándose, dejando su currículum sobre la mesa con las manos plegadas encima, para que no se notara que le sudaban.
El de ojos azules fue el primero en sonreír, y en presentarse.
—Soy Hikara Zhao‑Bach —se presentó, con un ligero gesto de cabeza— Él es mi hermano, Haruki.
El de ojos negros no sonrió, simplemente asintió, apenas.
—Haruki. —confirmó y Sabrina tragó saliva.
—Un gusto. Gracias por… por recibirme.
La frase sonó más segura de lo que se sentía, y Hikara entrelazó las manos sobre la mesa, inclinándose apenas hacia adelante.
—Bien, Sabrina, vamos a hacer esto simple, ya hemos leído tu hoja de vida, ¿de acuerdo? Esto es más para… —sus ojos azules se deslizaron por su rostro, como si memorizaran cada detalle de el. — conocerte.
“Conocerme”, aquel verbo la hizo ponerse aún más rígida.
—Lo que mi hermano quiere decir. —intervino Haruki, sin apartar la vista de su currículum— es que necesitamos comprobar que lo que has escrito aquí es cierto, y que entiendes lo que implica el puesto al que, desde este momento, estás aplicando.
—Pensé que era un puesto de auxiliar administrativa. —dijo ella, con cautela, al menos eso era lo que Alex le había dicho.
—Eso pensaba Recursos Humanos. —replicó Hikara— pero nosotros estamos buscando algo más específico, una asistente, o, para ser totalmente honestos, alguien que sea capaz de evitar que nuestra vida se convierta en un caos mayor al que ya es.
No sonaba a broma, y Sabrina inspiró hondo.
—Entiendo. —dijo.
—Empecemos por lo básico. —anunció Hikara, hojeando el currículum como si supiera de memoria cada línea— ¿Casada?
—No.
—¿Pareja? ¿Compromiso, relación seria, algo que pueda interferir con horarios ridículos y llamadas de madrugada?
La pregunta la golpeó más fuerte de lo que debería, porque no pudo evitar que imágenes de Michael se asomaran a su mente, seguidas del recuerdo reciente de su voz cortante diciéndole que “necesitaba tiempo” y que no dramatizara.
—No. No tengo pareja. —respondió, con la voz suave pero firme.
—¿Hijos? —preguntó Hikara, sin perder el ritmo.
Y fue cuando el nudo que llevaba días en su estómago pareció endurecerse, Sabrina pensó en el retraso, en las náuseas y en la prueba que todavía no se había atrevido a comprar.
—No. —dijo, con la misma firmeza— No tengo hijos.
No todavía, murmuró una voz en el fondo de su mente, pero la apartó de inmediato, con la misma disciplina con la que había aprendido a apartar sus propios deseos durante años, y Haruki marcó algo en una hoja delante de él.
—Eso coincide con lo que declaraste en la solicitud. —comentó, neutro— Empleos anteriores, recepción, administración básica, soporte general de oficina.
—Sí. —asintió Sabrina— Y también me ocupaba de organizar agendas, coordinar reuniones, hacer recordatorios, manejar pequeños imprevistos.
—Pequeños imprevistos. —repitió Haruki, como si saboreara la expresión— Llegaremos a eso luego.
Hikara apoyó el codo en la mesa, sosteniendo el mentón con la mano, abiertamente entretenido.
—Necesitamos a alguien que no solo entienda de correos, llamadas y papeles —explicó— También tendrías que tratar con… la familia.
Algo en su sonrisa le dijo a Sabrina que “la familia” no era un concepto sencillo entre los Zhao‑Bach.
—Nuestros padres viven en Asia. —intervino Haruki— y nuestras madres… ambas madres, también, y son insistentes, llaman, escriben y se aparecen sin avisar, queremos saber si podrás gestionar eso sin colapsar.
Sabrina tuvo que contener una risa nerviosa, pasando por alto el tema que dijera madres en plural, porque su mente se quedó tildada en “Llamadas insistentes, mensajes constantes y apariciones inesperadas.” Y todo eso le sonaba peligrosamente familiar.
—Me siento cómoda gestionando familiares… insistentes. —respondió, midiendo cada palabra, e Hikara alzó una ceja.
—¿Sí? ¿Hermana menor dramática? ¿Madre que manda audios de cinco minutos? ¿Padre que llama diez veces seguidas si no contestas?
—Más o menos. —dijo ella, con una pequeña sonrisa— Puedo manejarlo.
Y podía, claro que sí, si había sobrevivido dieciocho años de “Valeria quiere esto” y “Valeria no puede alterarse” y “No lo arruines, Sabrina”.
Haruki, que, hasta ese momento, había sido casi una estatua, ante su respuesta levantó la mirada del papel y la clavó en ella, sus ojos negros eran más intimidantes de cerca, aun así, Sabrina no cambio su postura.
—Hablando de manejar imprevistos. —dijo— Escenario, el sistema central de la empresa se cae, todo... Servidores, correo, agenda electrónica, absolutamente todo, solo tienes acceso al teléfono y al papel, y tenemos una semana llena de reuniones cruciales con socios internacionales. ¿Qué haces?
No era el tipo de pregunta para la que uno se preparaba con tutoriales de Internet, y aun así Sabrina no pensó en manuales, ella solo pensó en Valeria llamándola, llorando porque “estaba aburrida”, mientras ella trataba de terminar reportes, pensó en perder la señal del celular cuando tenía que coordinar consultas médicas, en anotar horarios en servilletas porque la agenda del teléfono se había quedado sin batería, pensó en todo eso que ya le había sucedido y de lo cual ella había aprendido.
—Primero revisaría si existe un protocolo interno para fallas de sistema. —respondió, después de apenas un par de segundos— Si no lo hay, improvisaría uno, tengo siempre conmigo una agenda física de papel allí replicaría, aunque sea de forma resumida, la estructura de las reuniones, horarios, datos básicos de contactos y tareas críticas del día, al menos mientras dure la caída.
—¿Siempre? —preguntó Haruki.
—Siempre. —confirmó— No confío cien por ciento en la tecnología, ya saben se moja, se rompe, se descarga, el papel en cambio solo se quema si lo acercas a una vela.
El brillo casi imperceptible que cruzó los ojos de Haruki fue lo más parecido a una sonrisa que Sabrina le vio en toda la entrevista.
—¿Tienes esa agenda contigo ahora? —preguntó curioso.
Sabrina asintió y abrió su bolso, de donde sacó una libreta de tapa dura, gastada en las esquinas, con pestañas de colores mal combinadas, y la colocó sobre la mesa.
—No se asusten por el caos de colores. —dijo, en un intento de alivianar el ambiente— Sé perfectamente qué significa cada uno.
Haruki la abrió, hojeándola despacio, observando los horarios, listas, notas, recordatorios, y pequeñas anotaciones personales en los márgenes, casi todas relacionadas con otras personas, no con ella.
Hikara observó en silencio, pero sus ojos azules no se apartaron del rostro de Sabrina, porque le resultaba bonita, más que bonita, en realidad, y es que Sabrina tenía una belleza que no parecía consciente de sí misma, piel suave, rasgos dulces, ojos claros que, de cerca, dejaban ver un temblor mínimo, de miedo, sí, pero también tenía algo más… determinación, y su cuerpo… bueno, no era la delgadez afilada a la que estaba acostumbrado en las fiestas, entre modelos y esposas de otros millonarios talladas a base de bisturí, Sabrina tenía curvas, caderas llenas, muslos firmes, brazos suaves, aunque no era obesa, pero tampoco flaca. Era… real, y por primera vez en mucho tiempo, le resultó imposible encajar a una mujer en un patrón.
—Otra situación. —continuó Haruki, cerrando la libreta y devolviéndola— Tienes que acompañarnos a una cena importante con un inversor extranjero, el restaurante es de alto nivel, etiqueta estricta, en algún punto de la noche, por accidente, alguien derrama vino tinto sobre tu vestido, y, ya que estamos siendo creativos, también sobre uno de nuestros trajes. ¿Qué haces?
Sabrina parpadeó, aunque no porque el escenario fuera absurdo, sino porque... podía verlo con una claridad perturbadora, recordó la vez que Valeria había tirado salsa sobre su blusa blanca en mitad del almuerzo, obligándola a volver a la oficina con una chaqueta abrochada hasta el cuello, recordó las miradas raras de sus compañeros, y lo que aprendió gracias a eso.
—Tendría un cambio de ropa en el vehículo. —respondió, sin titubeos— Para ustedes y para mí.
Hikara soltó una corta carcajada.
—¿Siempre llevas un vestido de emergencia en el automóvil? —preguntó, divertido.
—No tengo vehículo. —aclaró Sabrina— Pero aprendí la lección y suelo llevar, al menos, una muda extra a mano, por lo que si el automóvil es de la empresa, prepararía un pequeño bolso de emergencia con una camisa y corbata de repuesto para cada uno, y algo neutro para mí, nada ostentoso, solo funcional, algo que se pueda usar en situaciones formales, por si acaso.
Haruki no dijo nada, pero sus dedos tamborilearon una vez sobre la mesa, un gesto ínfimo de sorpresa, su hermano lo sabía.
—¿Por experiencia propia? —preguntó, con voz baja, y Sabrina esbozó una media sonrisa.
—Digamos que… he tenido suficientes accidentes con comida y ropa ajena como para no confiar en un solo atuendo.
Valeria, llorando porque había manchado su camiseta favorita y exigiendo que Sabrina le prestara la suya, y ella, saliendo de emergencia de la casa con lo primero que encontró, sí, había aprendido.
—Haremos una lista de cosas que podrás ir dejando en el vehículo de la empresa. —comentó Haruki, casi para sí mismo.
—Eso si te contratamos, claro —añadió Hikara, como quien arroja un cubo de agua fría sobre una fantasía incipiente— Porque todavía no hemos preguntado lo más importante.
Hikara trataba de mantener la calma, lo hacía por orgullo, por costumbre y, sobre todo, por Sabrina.La tenía a su lado, inquieta, hermosa y visiblemente ansiosa, y su instinto más profundo, ese que no sabía fingir cuando se trataba de ella, le exigía ofrecerle refugio incluso en medio del desastre. Porque, aunque acababan de compartir hacer el amor con una desesperación que todavía ardía bajo su piel, él sabía perfectamente que el verdadero nerviosismo de Sabrina no venía de aquello.Venía de Yong.Sabrina ya conocía parte de la verdad, o al menos la versión que Haruki e Hikara le habían permitido conocer, y eso era que Yong Zhao-Bach estaba preso en una prisión de máxima seguridad, acusado injustamente, y ella, con esa fe dulce y obstinada que tenía en la familia de los hombres que amaba, había creído en ellos sin vacilar, porque a sus ojos, ningún Zhao-Bach podía ser un asesino.Pero la preocupación que la consumía ahora también era real, aun para Hikara.Porque definitivamente alg
Haruki se sentía el peor de los hermanos, aunque estaba seguro, qué Hikara había podido devorar un poco a Sabrina, aun así no se perdonaba el hecho de haber estropeado su salida, y es que a pesar de que le ganó a Hikara y consiguió poder tener su oportunidad primero con Sabrina, aun así su hermano fue todo un caballero y no los molestó, ni siquiera envió un mensaje, y ahora él les había tenido que arruinar todo, y por supuesto que no iba a cargar solo con eso, por lo que apenas terminó la llamada se fue contra Luka.—En verdad, eres un maldito bueno para nada, ¿no habías asegurado hace unos días, que estabas a punto de liberar a Yong?Por supuesto que la acusación no quedó solo en palabras, y antes de que Luka pudiera responder, Haruki ya estaba a medio paso de él, y claro que Kaito no iba a permitir que su hermano golpeara a su esposo por las estupideces que hacían los demás.—Basta, detente ahí, es en serio Haruki, no me hagas golpearte.Advirtió la pelinegra con rostro de asesino,
Sabrina en verdad comenzaba a creerse un canario, y es que de pronto de manera fugaz, no pudo contener ese pensamiento, porque la forma en que Haruki, la veía, como la observaba, la seguía, aunque siempre mantenía la distancia, se asemejaba a como si fuese un gato al acecho, que de pronto ante el más mínimo descuido saltó sobre ella y la devoró.Mientras que Hikara, Hikara se asemejaba a un gato juguetón y travieso, de ese estilo de gato que le gusta corretear a su presa, Sabrina sentía que durante todo ese tiempo había estado en las manos de Hikara sin darse cuenta, hasta que ahora al fin el gato había decidido comerse al canario.— Dios mío.Dijo casi con miedo, y es que Hikara la había sujetado de los muslos, la había elevado, obligándola a poner sus piernas alrededor de su cintura, y había pegado la espalda de Sabrina con demasiada fuerza contra el cristal.—Tranquila, te prometo que el cristal no se romperá, y tú tampoco pequeño canario.Sabrina no pudo evitar temblar, no sólo por
Hikara se pasó la lengua por los labios, como si acabara de descubrir algo que no esperaba y, al mismo tiempo, le encantara.—No estoy preocupado —murmuró, casi para sí mismo, y es que, por supuesto durante todo ese tiempo tanto Hikara como Haruki habían cuidado no solo de la salud de Sabrina, sino también de su bienestar físico, incluso en una ocasión la rubia se había golpeado el dedo pequeño con un mueble e Hikara se encargó de destruirlo— Estoy seguro de que sea lo que sea que te sucedió, Haruki se encargó bien de ti.Sabrina lo miró, confundida y él sonrió, despacio.—Solo me pregunto… si gritaste.Sabrina no se atrevió a preguntarle a su jefe a qué se refería, porque de una u otra forma encontraba en el tono de voz de Hikara ciertas notas de seducción, y eso la confundía, porque Haruki la contenía, pero Hikara la encendía.Y Sabrina, contra toda lógica, parecía responder a ambos de un modo que le resultaba cada vez más imposible de controlar.Cuando llegó la noche, y quedaban po
El avión privado aterrizó en Hawái poco después del mediodía, cuando el sol caía a plomo sobre la pista y el aire húmedo envolvía todo con una calidez casi irreal.Sabrina descendió la escalerilla con una mano sujetando la correa del bolso y la otra intentando domar el leve temblor en sus dedos, aunque no estaba segura de sí era por el vuelo, por el cambio brusco de clima o por la certeza de que, al otro lado de la pista, Hikara ya la estaba esperando con esa sonrisa suya que siempre parecía saber más de lo que decía.Y cuando levanto la mirada… ahí estaba.Recostado con absoluta despreocupación junto a un vehículo negro, con una camisa ligera de lino abierta en el cuello, gafas oscuras y esa expresión indolente que hacía parecer que el mundo entero era una invitación personal para divertirse, y cuando la vio, levantó una mano en un saludo exageradamente cordial, como si no fueran casi desconocidos atrapados en la intimidad extraña de una relación que ya había empezado a torcerse en d
Sabrina apenas había logrado conciliar el sueño en toda la noche, y no era por la situación legal de Michael, tampoco por Valeria, ni por sus padres, ni siquiera por la madre de Michael, que, dentro de todo, había sido una de las pocas personas que alguna vez se había mostrado considerada con ella.No, Sabrina no sentía pena por ninguno de ellos y es que todo aquello le parecía lejano, casi ajeno, como si perteneciera a la vida de otra persona, y aunque no disfrutaba saber que Valeria la estaba pasando mal, definitivamente no sentía compasión por ella, mucho menos después de la llamada de Alex, que se había reído sin pudor al describir el rostro desencajado de Michael en el momento en que lo esposaron frente a todos.Sabrina no sintió lástima, porque ellos tampoco la habían sentido por ella, lo que de verdad la había mantenido despierta era otra cosa.Era recordar la respiración agitada de Haruki en su cuello, era esa forma en que sus manos grandes la habían sujetado con firmeza, como







