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Capitulo 3. ¿Quien es ella?

作者: J_Foz
last update publish date: 2026-07-17 04:04:55

CAPÍTULO 3: ¿Quién es ella?

—Nicolás, todavía no puedo creer que te pusieras en riesgo de esa forma por una desconocida —soltó Lorenzo apenas subimos al auto, rompiendo el silencio con ese tono de reproche que tanto le gustaba usar cuando creía tener la razón.

Lo miré con absoluta seriedad, clavando mis ojos en él con frialdad.

—No iba a dejar que una civil inocente saliera lastimada en medio de un maldito ajuste de cuentas, Lorenzo. Eso es todo.

Él arqueó una ceja, cargando su expresión con una intriga fastidiosa. Me conocía demasiado bien.

—Ya, claro. El gran Don de la 'Ndrangheta mutando a héroe de películas americanas en una tarde de martes. Curioso, porque nunca en tu puta vida has reaccionado así por nadie.

Y tenía toda la maldita razón. Yo no era así. La piedad no figuraba en mi vocabulario, y mucho menos el impulso estúpido de arriesgar mi propio pellejo por un extraño. Pero no quise darle el gusto de admitirlo.

—Averigua todo sobre ella —le ordené, cortando su sarcasmo de raíz—. Quién es su familia, qué hace, con quién se junta... Necesito saber exactamente quién es ella.

—¿Desde cuándo te importa tanto una mujer, Boss? Además, no sé si lo notaste entre ráfaga y ráfaga de balas, pero se veía sumamente joven, Nicolás, una estudiante de preparatoria.

—Solo haz lo que te digo—sentencié, volteando la mirada hacia la ventanilla.

Lo sabía. Sabía que era joven. Pero la sola mención de su nombre en mi mente hacía que mi pecho se contrajera de una forma que no sabía cómo controlar. Cerré los ojos por un instante y me concentré. El aroma dulce e inocente que se había desprendido de su piel en el parque seguía impregnado en las solapas de mi saco, burlándose de mi cordura. No lograba entender qué me había pasado en ese maldito segundo en el que nuestras miradas se cruzaron, pero esa chica era distinta. Lo supe en el momento en que sentí la fragilidad de su cuerpo contra el mío.

—Vayamos al penthouse —le dije a Lorenzo, frotándome las sienes—. Nos cambiamos y partimos directo al club. Necesito alcohol, ruido y distraerme de esta m****a.

El club VIP al que nos dirigimos estaba abarrotado, demasiado ruidoso y lleno de gente para mi gusto. Nos escoltaron de inmediato a la zona reservada más exclusiva, donde las botellas de cristal más caras comenzaron a desfilar sobre la mesa. Lorenzo, fiel a sus costumbres de dinamitar tensiones, no tardó en hacer una seña para que trajeran compañía.

Llegaron cuatro mujeres. No estaban mal, si uno era fanático de los moldes genéricos de la alta sociedad nocturna: figuras esculpidas por cirujanos, labios inflados, sonrisas ensayadas y miradas que calculaban el precio de mi reloj antes de mirar mis ojos. Dos de ellas se deslizaron hacia mi lado del sillón, acortando distancias con una audacia que normalmente me habría parecido entretenida.

Pero en cuanto se acercaron, el aire se volvió denso. Una ola asfixiante de perfumes caros, densos, artificiales y empalagosos me golpeó la nariz, revolviéndome el estómago. Sentí una repentina e intensa repulsión, una oleada de náuseas que casi me hace apartarlas de un empujón. No toleraba su cercanía. Su artificialidad me parecía grotesca.

—No estoy de humor. Retírense —les dije, con una voz tan gélida que las mujeres se congelaron, parpadeando heridas antes de refugiarse en los brazos de Lorenzo.

Me pasé una mano por el rostro, frustrado conmigo mismo. Era ridículo. Tenía a algunas de las mujeres más deseadas de la ciudad buscando mi atención y lo único que mi mente hacía, una y otra vez, era reproducir la imagen de unos ojos heterocromáticos fijos en mí bajo la sombra de los árboles.

 Recordaba su piel, pálida y limpia como la porcelana fina; una pureza real, no construida en un quirófano. Deseaba, con una urgencia que empezaba a rozar lo enfermo, volver a sentir esa fragilidad indefensa entre mis brazos.

Me regañé internamente, furioso por estar comportándome como un adolescente obsesivo. Pero un Russo no se miente a sí mismo: sabía perfectamente lo que quería. Y la quería a ella.

—Nos vamos —le anuncié a Lorenzo apenas media hora después, poniéndome de pie de golpe.

Mi amigo, que ya tenía a dos de las mujeres prácticamente sentadas en su regazo, me miró como si me hubiera vuelto completamente loco. Se disculpó con ellas con una sonrisa ensayada y me siguió hacia la salida sin rechistar, aunque conteniendo la risa.

—¿Se puede saber qué demonios te pasa, Nicolás? —soltó Lorenzo en cuanto subimos al ascensor del estacionamiento—. Se suponía que querías distraerte y ni siquiera dejaste que te rozaran la ropa. Estás insoportable desde lo del parque.

Maldita sea, tenía razón. Yo no era un monje. Disfrutaba de las mujeres y del sexo sin compromisos, pero esta noche mi mente me había jugado en contra, bloqueando cualquier estímulo que no fuera el recuerdo de la chica de la banca. Su perfume seguía atascado en mis fosas nasales, arruinando cualquier otra fragancia.

—Lo sé —respondí con brusquedad—. Y antes de que sigas con tus sermones psicológicos, necesito el informe que te pedí.

Lorenzo abrió los ojos de par en par, deteniéndose a mitad de la sala. El rastro de diversión desapareció de su rostro.

—¿Hablas en serio? Pensé que era un capricho del momento.

—No sale de mi puta mente, ¿de acuerdo? —confesé, perdiendo la paciencia por primera vez—. No puedo evitarlo. Necesito saber quién es.

Lorenzo guardó silencio unos segundos, asimilando mis palabras con una gravedad inusual.

—Vaya, amigo... Está bien, moveré mis hilos ahora mismo y conseguiré todo. Pero ten en cuenta lo que te dije: se veía muy menor.

—Solo consigue el maldito informe —zanjé, mirando por la ventana de la camioneta.

Pasé las siguientes dos horas intentando concentrarme en las auditorías de la sede de Nueva York, pero las cifras bailaban frente a mis ojos sin sentido. El sonido de la puerta abriéndose me hizo levantar la vista de inmediato. Lorenzo entró sosteniendo una carpeta negra de cuero. La ansiedad, un sentimiento que jamás experimentaba, me arañó el pecho ante la perspectiva de conocer cada detalle de su vida.

—Aquí está todo, Boss —dijo Lorenzo, dejando la carpeta sobre mi escritorio con una lentitud exasperante—. Pero te sugiero que respires hondo. Te vas a sorprender, y mucho, cuando lo leas.

Lo miré intrigado, arrastrando el expediente hacia mí. Al abrirlo, la fotografía de su credencial me devolvió la mirada. Sus hermosos ojos bicolores parecían desafiarme desde el papel. Comencé a leer las líneas y mis ojos se abrieron con una mezcla de shock y desconcierto.

—Isabella Mancini... dieciséis años —leí en voz alta, sintiendo cómo el suelo se movía bajo mis pies—. Cumple los diecisiete en quince días.

—Una niña, Nicolás. Es una puta niña —sentenció Lorenzo desde el otro lado del escritorio, cruzándose de brazos.

Ignoré su comentario y seguí devorando el papel. Datos, rutinas, escuela, gustos... Le apasionaba el arte, la pintura en lienzo. No tenía registros de novios, ni salidas sospechosas. Al leer esa línea exacta, un estúpido e inexplicable alivio me inundó el pecho, relajando mis hombros tensos. Su círculo social se reducía a una sola amiga, Laurent Wilson. Pero lo que me hizo detener el aire en los pulmones fue el nombre de sus padres. Levanté la vista lentamente para clavar los ojos en Lorenzo.

—Su padre es Marco Mancini —dije, esbozando una sonrisa oscura y ladeada—. El verdadero dueño de la tecnológica que Lombardi nos quiere vender.

—Vaya jugada del destino —comente a Lorenzo—. Con mayor razón tenemos que organizar esa reunión con él.

Me quedé contemplando la foto de Isabella, acariciando el borde del papel. Lorenzo me observó en silencio durante un largo rato, midiendo sus próximas palabras con cuidado antes de soltar la bomba con su característico tono mordaz:

—Es una niña de preparatoria, Nicolás. No estarás pensando en meterte con ella... ¿o sí? Porque eso ya entra en un terreno bastante retorcido, incluso para los estándares de la mafia.

Le clavé una mirada cargada de pura advertencia, apretando la mandíbula con fuerza.

—No soy un maldito pervertido, Lorenzo —escupí con voz peligrosa—. Solo quiero asegurarme de que esté bien después del susto del parque. Es una cuestión de cortesía empresarial, considerando que pretendo hacer negocios con su padre.

Mentía. Sabía perfectamente que estaba mintiendo y, lo que era peor, me estaba mintiendo a mí mismo para justificar la obsesión que me estaba consumiendo. Pero necesitaba una excusa para volver a verla, y el destino me la había servido en bandeja de plata.

—Sí, claro. "Cortesía empresarial" —repitió Lorenzo, soltando una carcajada sarcástica mientras caminaba hacia la salida—. Lo que tú digas, Don Cortés. Solo recuerda que mañana a primera hora tenemos la inspección en la sede, en dos días la reunión con Lombardi el estafador, y luego el encuentro con el hombre que, al paso que vas, bien podría terminar siendo tu suegro.

—Lárgate de mi vista —le rugí, tomando un pesado sujetalibros de bronce de mi escritorio y lanzándoselo directo a la cabeza.

Lorenzo, demostrando los reflejos que lo mantenían vivo en este negocio, lo atajó en el aire con una sonrisa burlona, me guiñó un ojo y salió del despacho cerrando la puerta tras de sí.

Me quedé solo, en silencio, observando fijamente la fotografía de Isabella.

—Isabella... —susurró mi voz en la penumbra del despacho—. Quince días para tus diecisiete. ¿Podria esperar?.

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