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Capitulo 6. Conociendo a su padre.

Author: J_Foz
last update publish date: 2026-07-18 00:50:00

CAPÍTULO 6: Conociendo a su padre

Nicolás

—Necesito aquí arriba a la secretaria que sí funciona, Lorenzo —le ordené a mi Sottocapo, mientras me aflojaba un poco el nudo de la corbata—. Y dile a Recursos Humanos que manden a una sustituta provisional al vestíbulo; quiero a Lori en la planta presidencial hoy mismo.

Lorenzo cumplió mis órdenes sin cuestionar. Regresó a la oficina acompañado por Adriana, quien todavía temblaba sutilmente por el despliegue de autoridad que acababa de presenciar. Mientras tanto, en una esquina de la oficina, Julián Blackwood intentaba inútilmente recomponerse las ropas y la dignidad, aunque sabía que estando yo en la misma habitación, su vida pendía de un hilo.

—Dígame, señor Russo —murmuró Adriana, con la voz baja pero firme.

—Necesito al equipo de remodelaciones de la empresa aquí para ayer —sentencié, barriendo la oficina con una mirada de profundo asco—. Todo lo que hay en este lugar se va directo a la basura. Es más, quiero que lo incineren. Recolecte toda la documentación importante que encuentre y luego deshágase de este mobiliario. Que traigan muebles nuevos y apliquen una capa de pintura acorde a lo que esta compañía representa. No quiero un solo rastro de la gestión anterior.

Blackwood intentó dar un paso al frente para intervenir, balbuceando excusas, pero lo silencié levantando una sola mano.

—Ya no eres el director de esta sede, Julián —le advertí con un tono que helaba la sangre—. Pero no te vas a ir de este edificio hasta que me rindas cuentas exactas de cada centavo que falta.

Se puso pálido como la cera. Intentó dar un paso hacia la salida de forma instintiva, pero mis hombres de seguridad lo detuvieron en el acto, sujetándolo por los hombros para arrastrarlo a una sala de interrogatorios contigua. En ese momento, Lori entró al despacho con paso seguro.

—Señor —saludó con una inclinación de cabeza.

—A partir de este momento, Lori, subes a trabajar como secretaria de presidencia junto a Adriana. Ambas tendrán un aumento significativo de salario, pero les advierto que el ritmo de trabajo será implacable estos primeros días. Necesito saber si están de acuerdo o si prefieren conservar sus antiguos puestos.

Ambas mujeres cruzaron una mirada rápida y asintieron con determinación.

—Aceptamos, señor Russo —respondió Lori en nombre de las dos.

—Perfecto. Organicen de inmediato todos los libros contables que necesitaremos para la junta de emergencia. Quiero que cada jefe de departamento rinda cuentas hoy mismo. Vamos a descubrir exactamente a dónde fue a parar el dinero que nos han estado robando.

La reunión con los directivos se extendió durante prácticamente todo el día, convirtiéndose en un desfile de incompetentes sudorosos que intentaban justificar desfalcos y malas decisiones. Para cuando terminamos, caía la noche. Estaba exhausto, pero al menos la oficina presidencial lucía impecable; el equipo de remodelación había trabajado con una rapidez asombrosa, algo que aprecié de verdad.

—Necesito un trago fuerte —le dije a Lorenzo, desplomándome en el nuevo sillón de cuero negro—. Qué maldito día. ¿Cómo pretendían manejar un imperio corporativo de esta manera? Ese bastardo de Blackwood me las va a pagar. ¿Cómo carajos pensó que podía robarme para irse de juego y perder mi capital? Quiero que le den lo que le corresponde por querer dárselas de listo, Lorenzo. Denle una buena lección y luego arrójenlo en algún parque de los suburbios para que sirva de advertencia.

—Considera lo hecho, Boss —respondió Lorenzo, sirviendo dos vasos de whisky—. Por cierto... ¿has recibido alguna novedad sobre nuestros tormentos?

No hacía falta que especificara nombres. A pesar de haber estado sumergido en números y amenazas durante más de diez horas, una parte de mi cerebro se había quedado estancada en el parque aquella tarde y en aquella cafetería.

—Adam reportó que Isabella regresó a su casa por la tarde después de estudiar con su amiga —contesté, dándole un trago largo al licor—. Mañana son las dos reuniones clave. Veremos qué cartas jugamos.

—Justo en eso estaba pensando... ¿Qué haremos después? —me preguntó Lorenzo, apoyándose en el borde del escritorio con una seriedad inusual—. Me refiero a si las dejaremos ir una vez que terminemos los negocios aquí. ¿Qué haremos con nuestras ninfas? Porque no me vas a negar que, por muy ocupado que estuvieras, no salió de tu cabeza.

Dejé el vaso sobre la mesa, sintiendo el peso de la realidad.

—Sabes perfectamente que no podemos involucrar las en nuestro mundo así sin más, Lorenzo. Somos hombres de la mafia rondando los treinta años y ellas son unas niñas que apenas están descubriendo la vida. Es absurdo, una locura. Además, no podemos quedarnos en Nueva York indefinidamente; a lo mucho unas semanas. Mañana nos reuniremos con Marco Mancini... veamos qué impresión nos deja el padre de mi ángel. Y tomamos una decisión sobre ellas.

Nos retiramos al penthouse y me quedé solo en la inmensidad del despacho, contemplando las luces de la ciudad a través del ventanal. Pensar en Isabella me generaba una contradicción interna que me quemaba el pecho. Era menor que yo, una niña de preparatoria, y me sentía como un maldito demonio por desearla con tanta fuerza. Era increíble cómo se había metido bajo mi piel en tan poco tiempo. Pero me juré a mí mismo que, aunque la moral y la ley me obligaran a mantenerme al margen, la protegería desde el anonimato. Sería su sombra más fiel. Quizás en unos años, cuando fuera mayor, el destino nos volviera a cruzar y ella, con total libertad, pudiera mirarme y elegirme.

La mañana siguiente llegó con una dosis de cruda realidad. Nuestra primera cita fue con el estafador Carlos Lombardi. El hombre llegó con una sonrisa ensayada, pretendiendo vendernos una fachada de éxito tecnológico que nosotros ya sabíamos que estaba en la quiebra. Lo peor de todo fue que trajo a su hija a la reunión, una joven que claramente usaba como moneda de cambio, asumiendo de manera patética que su belleza artificial lograría distraernos.

Detesto a las mujeres plásticas, superficiales y calculadoras. Tras quince minutos en los que la chica se volvió sumamente intensa, intentando acercarse y lanzándome miradas sugerentes que me causaban repulsión, perdí la paciencia. La comparé inconscientemente con la pureza limpia de Isabella, y el contraste fue grotesco.

—Señor Lombardi, exijo que saque a su hija de mi vista de inmediato —le solté con una voz tan cortante que el aire de la sala pareció congelarse—. He venido a comprar una empresa, no a buscar entretenimiento barato.

A la joven no le agradó en absoluto el desplante; se puso roja de la humillación, tomó su bolso y salió de la sala hecha una furia. Su padre, tragando saliva, intentó disculparse y pasamos directo a los papeles. Le ofrecí un trato financiero supuestamente generoso en la superficie, y el hombre cedió tan rápido que me costó contener una mueca de desprecio. Su codicia lo cegó por completo: no leyó las letras pequeñas del contrato.

Al firmar, todo lo que recibiría sería una fracción mínima de la transacción que había aceptado con tanta soberbia. Él pensaba que el monto neto era para él, pero las cláusulas de absorción de deudas y penalizaciones por declive tecnológico se tragaban el noventa por ciento del dinero. Cuando su abogado finalmente logró entender el engaño y se lo susurró al oído, ya era demasiado tarde. La firma estampada en el documento era legal e irrevocable.

Lombardi se puso histérico, golpeando la mesa con el rostro desencajado.

—¡Esto es una maldita e****a! ¡Usted me ha robado la compañía! —bramó, con las venas del cuello a punto de estallar.

—Yo no robo, Lombardi. Solo sé hacer negocios con estafadores incompetentes —le respondí, reclinándome en mi silla con absoluta parsimonia—. Y para que entiendas que conmigo no se juega... sé perfectamente cómo le quitaste esta empresa a Marco Mancini hace tres años. Sé que falsificaste las firmas de las actas de transferencia y que compraste al juez del caso. Tengo los documentos originales en mi poder.

El hombre se quedó completamente blanco, como si acabara de ver a un fantasma. Intentó negarlo de todas las maneras posibles, tartamudeando balbuceos incoherentes, pero mis ojos fijos en él le demostraron que si abría la boca ante las autoridades, su próximo destino no sería la quiebra, sino una fosa común. Salió de la sala hecho una furia, temblando de rabia y soltando una última amenaza vacía:

—Esto no se va a quedar así, Russo. Me las voy a cobrar todas, juro que te vas a arrepentir.

—Te recomiendo que uses el poco dinero que te quedó para desaparecer del mapa, Lombardi —le aconsejó Lorenzo desde la puerta, con una sonrisa burlona—. Es un consejo saludable.

—Nicolás, el coche está listo. Es hora de ir al almuerzo con el señor Marco Mancini —anunció Lorenzo unos minutos después, revisando su reloj de muñeca—. De solo escuchar ese apellido, noto que todo en ti se estremece, así que sugiero que no lo hagamos esperar.

Asentí en silencio, acomodándome el abrigo. El trayecto hacia el exclusivo restaurante del Upper East Side se me hizo eterno. Cuando el maître nos escoltó hacia la mesa reservada al fondo del lugar, descubrí que Mancini ya se encontraba allí. Me agradó su puntualidad, un rasgo de respeto que escaseaba en Nueva York, pero lo que realmente me detuvo los latidos del corazón fue descubrir que venía acompañado de una hermosa mujer madura.

Tenía las facciones finas, una elegancia innata y una calidez que me resultó dolorosamente familiar. Al acercarme un poco más, me fijé en la forma de sus manos y en la línea de su mandíbula. Era idéntica a mi ángel de luz. No había dudas: era su madre.

—Buenas tardes, señor Mancini —saludé, extendiendo la mano con la cortesía impecable que un Don debe mostrar ante un hombre de honor—. Soy Nicolás Russo, y él es mi socio y buen amigo, Lorenzo Vitalis. Es un verdadero placer conocerlo.

El señor Mancini, un hombre de mirada noble pero cansada por los golpes de la vida, pareció sorprenderse por nuestra juventud y el aura de poder que manejábamos, pero nos estrechó la mano con firmeza.

—El placer es mío, señor Russo. Les presento a mi esposa, Loretta de Mancini —dijo, rodeando los hombros de la mujer con un gesto protector.

Me quedé un segundo suspendido en el tiempo, mirando a la mujer que le había dado la vida a la dueña de mis pensamientos.

—Ahora entiendo perfectamente de dónde heredó Isabella toda su impactante belleza —solté en un murmullo, completamente hipnotizado por la conexión familiar.

Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa. No me había dado cuenta de que había procesado el pensamiento en voz alta hasta que vi las expresiones de total confusión y alarma en los rostros de Marco y Loretta Mancini. ¿Cómo demonios sabía el gran magnate europeo el nombre de su hija menor?

Lorenzo, demostrando una vez más porque era mi mano derecha, reaccionó de inmediato dando un paso al frente para romper la tensión antes de que el almuerzo se convirtiera en un interrogatorio.

—Lo que mi socio intenta decir, señora Mancini —intervino Lorenzo con una sonrisa encantadora y perfecta, aunque me lanzó una mirada de advertencia que prometía un sujetalibros directo a mi cabeza más tarde—, es que en los informes preliminares de la junta original de la empresa figuraban los registros familiares del fundador. El señor Russo es un hombre sumamente meticuloso con los detalles y la historia de las personas con las que hace negocios. Por favor, disculpen la familiaridad. Tomemos asiento y disfrutemos de los platos mientras entramos en materia.

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