MasukAl verlo claro, Renata no sabía si reír o llorar.—¡Esta prueba es buenísima!La pulsera tardaría un buen rato en repararse, así que Lucía tuvo que irse por el momento.Originalmente iba a buscar a Hugo para discutir sus ideas, pero con todo este escándalo se le había ido el tiempo y Hugo ya estaba de viaje de negocios.Lucía tuvo que llamarlo por videollamada.—Lucía, tu planteamiento es excelente —dijo Hugo con los ojos brillantes después de escucharla.—Si logramos implementar esta idea, el Grupo Extenso dará un salto a un nuevo nivel.Aunque Lucía sabía que su idea era buena, dijo:—Por precaución, prefiero que el maestro la revise antes.—Tienes razón —respondió Hugo—. Mañana vuelvo y vamos juntos a ver al maestro.—De acuerdo.—Oye, la empresa está expandiéndose y contratando.—Los cazatalentos han recomendado a varios candidatos, pero hay uno sobre el que quiero que tú tomes la decisión.La contratación de talento siempre había sido responsabilidad de Hugo.Si él quería que ella
Lucía apenas probó un par de bocados y apartó la comida.—¿Qué pasa?Se habían criado juntas y eran mejores amigas. Lucía notaba que Renata quería decirle algo.Renata soltó al fin, estaba indignada:—Esa maldita Daniela anda por ahí diciendo que le robaste la herencia de su madre y que le pegaste.—Ya varias personas me han preguntado qué pasó.Lucía ya se lo esperaba, no le sorprendió.—Iba a salir a defenderte, pero Noelia salió en público a disculparse con Daniela.—Dijo que ella había fracasado como madre.—Con esa disculpa, confirmó todo lo que Daniela inventó.Renata se enfurecía más mientras hablaba:—Lucía, voy a buscar a alguien para que les haga una prueba de ADN a esas dos en secreto. —¡Que toda la ciudad sepa que son madre e hija de verdad!—¡Voy a sacar toda la mugre de los Herrera a la luz!—No servirá de nada —negó Lucía con la cabeza.Su abuela ya lo había intentado en su momento, pero los implicados se negaron a reconocerlo.Los Herrera insistieron en que su abuela
Sebastián se volvió hacia el policía:—Soy el esposo de Lucía, acepto la conciliación.—¡Sebastián Duarte! —lo llamó Lucía con voz cortante.Sin dudarlo ni un segundo, Sebastián tomó la pluma y firmó el documento de conciliación.Escribió su nombre con firmeza. La pluma raspaba el papel, pero cada trazo parecía clavarse en el corazón de Lucía.Cuando Sebastián terminó de firmar, el dolor en el corazón de Lucía era tan intenso que sentía que se le partía en mil pedazos.Ella había visto la pulsera que Sebastián guardaba en su armario, la que usó Valentina al nacer.En el fondo, ella creía que él sentía cierto remordimiento por Valentina.¡Pero ese pequeño remordimiento no valía nada frente a Camila y su hija!Lucía podía imaginar que, incluso si le dijera a Sebastián que Valentina seguía viva, él tomaría la misma decisión.Cada vez que Lucía pensaba que Sebastián ya había tocado fondo, él encontraba la manera de ser aún más cruel.Lucía cerró los ojos y gritó con todas sus fuerzas:—¡S
Unos quince minutos después, se oyeron pasos apresurados desde el pasillo afuera de la oficina.Al segundo siguiente, la puerta de la comisaría se abrió de golpe.—¡Camila, me duele mucho! —gimió Daniela apenas vio aparecer a Camila, y se lanzó a sus brazos llorando.Sebastián entró un paso detrás.Lo primero que vio fueron los rasguños en la cara de Daniela, estaban hechos por los fragmentos de la pulsera.No eran heridas profundas, pero sí muchas, y la dejaban con un aspecto lamentable.Y su mirada se desvió hacia Lucía, que estaba más adentro.Ella permanecía sentada en una silla, con la mirada perdida y la expresión ausente.Desde que él entró, ella no le había prestado ninguna atención, como si todos allí fueran invisibles.Camila tocó con ternura el rostro de Daniela:—¿Cómo pasó esto?—¡Fue ella! —señaló Daniela a Lucía.—¡Me pegó, me empujó al suelo y quiso arruinarme la cara!—Srta. Herrera, eres demasiado —dijo Camila, de repente estaba furiosa.—Hace unos días agrediste a la
Al fin y al cabo, no tenía legitimidad ni razón de peso.Aunque Daniela se hubiera criado bajo el título de señorita de los Herrera, cada vez que se paraba frente a Lucía, no podía evitar sentir una profunda inseguridad.Solo podía disipar ese complejo pisoteando a Lucía sin piedad, demostrando así que ella era la superior.Lucía no se movió. La observó con frialdad, como miró a un insecto haciendo el ridículo.Le recordó con tono neutro:—Sea como sea, sigo siendo la esposa legal de Sebastián.—Si te atreves a usar la pulsera para amenazarme, lo estarás insultando a él, y él no lo va a permitir.Por más que Sebastián favoreciera a Camila, sabía distinguir lo que importaba de lo que no.Además, conocía muy bien todas las porquerías que habían hecho Juan y Noelia.Al oír eso, la arrogancia de Daniela se desinfló un poco.Sus dedos, que sostenían la pulsera, se aflojaron.Pero si dejaba ir a Lucía así nomás, se sentiría humillada.Danuela sintió incómoda, no tuvo más remedio que llamar
Lucía era una persona ingrata.Desde que se casó con los Duarte, nunca le había traído ningún beneficio a Juan. En cambio, si Camila se casaba con Sebastián, él sacaría mucho más provecho.Juan estaba seguro de que sus cuentas eran correctas.Daniela agitó la pulsera en el aire:—Esta pulsera barata te la pedí una vez y no quisiste dármela. —Mira, ahora está en mis manos.—Lucía, si piensas obedecer a papá, arrástrate en el suelo para rogar, tal vez, te la devuelva.Lucía apretó los puños.La que ella consideraba como un tesoro invaluable, Daniela la manoseaba como si nada, y Juan ni siquiera la detenía.Peor aún, Daniela la humillaba a propósito, y Juan se quedaba ahí, como un muerto, sin reaccionar.Todo lo que Juan había logrado en la vida se lo debía a Yara.Cuando él estaba en la ruina, a punto de morirse de hambre, Yara le dio de comer y beber.Después, ella pidió dinero a su propia familia para ayudarlo a emprender y le consiguió contactos.Mientras disfrutaba del dinero y los







