La esposa contratada del CEO

La esposa contratada del CEO

last updateLast Updated : 2026-09-24
By:  YeyiUpdated just now
Language: Spanish
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Elena Rossi está al borde del abismo: la pastelería familiar se hunde en deudas y la vida de su hermana pequeña depende de un tratamiento médico impagable. Sin opciones, se ve obligada a aceptar una propuesta tan absurda como tentadora. Alexander Vance, el frío e implacable CEO de Vance Group, lo tiene todo bajo control excepto una cosa: el testamento de su abuelo. Para limpiar su mala prensa y reclamar la herencia que le corresponde, necesita una esposa. Y la necesita de inmediato. El trato es simple: un matrimonio falso con reglas estrictas. Él saldará hasta el último centavo de las deudas y los gastos clínicos de Sofia; ella solo debe fingir ser la esposa devota frente a las cámaras y la prensa. Sin embargo, convivir bajo el mismo techo pondrá a prueba su autocontrol. Entre cláusulas frías, miradas robadas y un juego de apariencias que empieza a sentirse demasiado real, descubrirán que la regla más importante del contrato es la más difícil de cumplir: prohibido enamorarse.

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Chapter 1

El precio de un milagro

El olor a pan recién horneado y mantequilla solía ser el refugio de Elena Rossi, pero esa mañana solo le provocaba una presión asfixiante en el pecho.

Sobre la barra de madera de la pastelería descansaban tres sobres rojos con sellos de embargo y una factura con membrete de la Clínica Central San José. La cifra al final del documento tenía demasiados ceros, tantos que a Elena le bailaban los ojos de la impotencia.

—Señorita Rossi, lo siento mucho —dijo el hombre de traje gris que estaba al otro lado del mostrador, ajustándose los lentes—. Si para el viernes a primera hora no se cancela al menos el cincuenta por ciento de la deuda acumulada, no podremos mantener a Sofia en la unidad de cuidados intensivos para el nuevo tratamiento.

—Es una niña de catorce años —respondió Elena, apretando los puños sobre el mostrador hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Les he pagado cada centavo que he podido. La pastelería está empezando a dar frutos otra vez...

—La junta médica no trabaja con promesas, señorita. El tratamiento experimental para su hermana requiere insumos importados. El viernes es el límite.

Cuando el representante de la clínica salió, Elena se dejó caer en una de las sillas de madera. Miró a través del cristal del local la lluvia fina que comenzaba a caer sobre la ciudad. Su vida entera se resumía en esa pequeña tienda de repostería que le dejó su abuela y en la salud de su hermana menor. Y ambas cosas se le escapaban de las manos.

Su teléfono sonó en la barra. Era un número desconocido.

—¿Elena Rossi? —preguntó una voz masculina, impecable, firme y sin el menor rastro de empatía.

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?

—Mi nombre es Marcus, representante legal del señor Alexander Vance. Necesito que se presente hoy a las cuatro de la tarde en la torre central de Vance Group.

Elena frunció el ceño. Vance Group. Todo el mundo en la ciudad conocía ese nombre: un imperio multimillonario de bienes raíces y tecnología, encabezado por el joven magnate de la prensa rosa y los negocios corporativos.

—Debe haber un error —dijo Elena, pasándose una mano por el cabello castaño—. Yo no tengo nada que ver con Vance Group ni con el señor Vance.

—No hay ningún error, señorita Rossi. Su solicitud de crédito con el banco fue rechazada esta mañana, pero el señor Vance tiene una oferta comercial que hacerle. Una que resolverá las cuentas de la clínica de su hermana y las deudas de su negocio antes de que termine el día.

Elena se quedó helada. La respiración se le cortó. ¿Cómo sabían en esa corporación sobre la salud de Sofia y su situación bancaria?

—¿Cómo sab...?—

—A las cuatro en punto. No llegue tarde, señorita Rossi. El tiempo del señor Vance es extremadamente valioso.

La llamada se cortó antes de que pudiera protestar.

En el piso cincuenta de la Torre Vance, Alexander Vance contemplaba el horizonte de la ciudad a través de los ventanales de piso a techo de su oficina. Con veintiséis años, había construido una reputación de implacable en los negocios, pero la reunión con el consejo de administración de esa mañana lo había dejado en una encrucijada peligrosa.

Un expediente de pasta negra descansaba sobre su escritorio de caoba.

Su asistente entró en la oficina sin hacer ruido.

—Señor Vance, el abogado ya contactó a la joven. Estará aquí a la hora acordada.

—¿Está seguro de que es la candidata adecuada, Marcus? —preguntó Alexander sin darse la vuelta, ajustándose los gemelos de plata de su camisa a medida.

—Historial impecable, sin escándalos públicos, sin conexiones con nuestros competidores ni con la alta sociedad. Su negocio está al borde de la quiebra y su hermana menor necesita un tratamiento costoso en las próximas cuarenta y ocho horas. Está desesperada, señor Vance. Aceptará cualquier condición.

Alexander se giró lentamente. Sus ojos oscuros y fríos denotaban una determinación férrea.

El testamento de su abuelo era claro: para asumir la presidencia absoluta de Vance Group y tomar posesión de la herencia familiar, debía casarse y mantener una vida matrimonial estable antes de cumplir los veintisiete años . Si a eso se le sumaba la reciente campaña mediática en su contra que lo tachaba de calculador e inestable, necesitaba cambiar la percepción del público de inmediato.

Una esposa humilde, trabajadora y devota era justo la fachada que la junta directiva y los medios querían ver.

—Prepara el contrato de confidencialidad y el borrador del acuerdo prenupcial —ordenó Alexander con voz fría—. Si Elena Rossi quiere salvar a su hermana, hoy mismo firmará que me pertenece durante un año.

A las tres cincuenta y cinco de la tarde, Elena estaba parada frente a la imponente estructura de cristal y acero de la Torre Vance. Se ajustó el abrigo gastado y respiró hondo para aplacar los nervios. El vestíbulo olió a lujo desde el primer segundo: mármol pulido, seguridad privada y un silencio pulcro que la hizo sentirse fuera de lugar.

Un ascensor privado la llevó directo al piso cincuenta. Al abrirse las puertas, un hombre mayor con traje perfecto y expresión serena la esperaba.

—Señorita Rossi, soy Marcus. Por favor, acompáñeme.

Elena no tuvo tiempo de preguntar nada. Marcus la guió a través de un pasillo elegante hasta una puerta doble de madera oscura. Al entrar, lo primero que vio fue la silueta de un hombre de pie junto al ventanal, mirando la ciudad.

Cuando el hombre se giró, Elena sintió un vuelco en el estómago. Sabía que Alexander Vance era joven, pero tenerlo de frente impresionaba. A sus veintiséis años, poseía una presencia dominante, hombros anchos y una mirada café tan fría que parecía evaluar cada rasgo de ella en cuestión de segundos.

—Tome asiento, señorita Rossi —dijo Alexander. Su voz era grave y pausada.

Elena caminó con la cabeza en alto, negándose a mostrarse intimidada, y se sentó en una de las sillas frente al escritorio.

—Iré directo al punto —continuó Alexander, apoyando las manos sobre la madera—. Conozco su situación. Sé que la pastelería de su abuela tiene una deuda acumulada que vence esta semana y que su hermana Sofia, de catorce años, necesita un tratamiento de urgencia para sobrevivir. También sé que no tiene ningún banco dispuesto a prestarle un solo centavo.

A Elena se le encendió la sangre por la invasión a su privacidad.

—¿Mandó a investigar mi vida para restregármelo en la cara, señor Vance? Si esto es una especie de burla corporativa...

—No es una burla, es una negociación —la interrumpió él sin inmutarse—. Yo necesito algo que usted tiene, y usted necesita algo que solo mi dinero puede comprar.

—¿Qué podría querer un millonario como usted de alguien como yo?

Alexander sacó una carpeta de cuero y la deslizó sobre la mesa hacia ella.

—Necesito una esposa.

Elena se quedó congelada, parpadeando con incredulidad.

—¿Perdón?

—El testamento de mi abuelo establece que debo estar casado y mantener un matrimonio estable para tomar la presidencia definitiva de Vance Group y acceder a la herencia familiar antes de mi próximo cumpleaños. Además, la junta directiva cree que soy demasiado implacable e inestable para el puesto. Un matrimonio con una mujer trabajadora, honesta y sin escándalos es la estrategia perfecta para limpiar mi imagen pública.

—¿Quiere que actúe en una farsa? —preguntó Elena, sintiendo que la situación era surrealista.

—Le propongo un contrato de un año —explicó Alexander, con la frialdad de quien cierra una compra de acciones—. Si acepta firmar, en este preciso instante emitiré un cheque que liquidará la totalidad de las deudas de su pastelería. Además, Vance Group asumirá el costo completo del tratamiento de Sofia en la clínica, los médicos especialistas y cualquier gasto hospitalario futuro. También recibirá un salario mensual sustancioso por sus servicios como mi esposa.

Elena apretó el bolso sobre su regazo. La propuesta era humillante, pero la imagen de Sofia en la cama de la clínica vino de inmediato a su mente. El viernes la dejarían sin tratamiento si no pagaba.

—¿Cuáles son las condiciones? —preguntó ella, tratando de que no le temblara la voz.

Alexander arqueó una ceja, impresionado por la rapidez con la que ella recuperó la compostura.

—Convivencia obligatoria en mi residencia para no levantar sospechas de la prensa. Apariciones públicas a mi lado cuando sea necesario. Y, por supuesto, absoluta discreción. Nadie, ni siquiera su hermana, puede saber que esto es un acuerdo financiero.

Elena leyó las primeras páginas del borrador que estaba sobre la mesa. Luego miró a Alexander a los ojos.

—Tengo mis propias condiciones —dijo con firmeza.

Un destello de curiosidad cruzó la mirada de Alexander.

—La escucho.

—No solo cubrirá los gastos médicos actuales; garantizará por escrito que si el tratamiento de mi hermana requiere traslados al extranjero o cirugías adicionales durante este año, usted lo pagará sin objeciones. Además, no dejaré de trabajar en mi pastelería. Es el patrimonio de mi familia y no voy a abandonarlo. Y la última regla: esto es estrictamente profesional. Nada de contacto físico real fuera de las cámaras.

Alexander la observó en silencio durante unos segundos. No estaba acostumbrado a que una mujer de veinticinco años le impusiera reglas en su propia oficina, pero la determinación en los ojos de Elena le demostró que no estaba tratando con una marioneta.

—Trato hecho —dijo él, sacando una pluma de oro y firmando el documento antes de pasárselo a ella—. Firme aquí, señorita Rossi. A partir de este momento, es la prometida del CEO.

Elena tomó la pluma. Sabía que estaba vendiendo su libertad durante un año, pero al plasmar su firma en el papel, supo que al menos había salvado la vida de su hermana.

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