LOGINLa llegada de Elizabeth Montgomery a la casa de Suiza fue como un rayo de sol en medio de una tormenta. Leo, que estaba en el salón construyendo un castillo de Legos con Marta, levantó la vista al escuchar la puerta y, al ver a su abuela, soltó un grito de alegría que resonó en toda la casa.—¡Abuela! ¡Abuela! ¡Llegaste!El niño corrió hacia ella con los brazos abiertos y se lanzó a sus piernas, abrazándola con una fuerza que hizo reír a Elizabeth. Ella se agachó para recibirlo, envolviéndolo en un abrazo cálido que olía a jazmín y a hogar.—¡Mi amor! ¡Cuánto te extrañé! —exclamó Elizabeth, besándolo en la frente y en las mejillas—. ¡Mira cómo has crecido! ¡Estás enorme!—¡Es que ya soy un niño grande, abuela! —respondió Leo, con orgullo—. ¡Y tengo un castillo nuevo! ¿Quieres verlo? ¡Lo construí con Marta! ¡Tiene torres y un foso y todo!—¡Claro que quiero verlo! —dijo Elizabeth, tomándolo de la mano—. Pero primero, déjame saludar a tu mamá y dejar mis cosas. ¿Te parece?Leo asintió c
La mañana llegó con una luz tenue que se filtraba por las cortinas, dibujando sombras suaves sobre la cama. Victoria no había dormido. Había pasado la noche en vela, con los ojos abiertos y la mirada fija en el techo, repitiendo una y otra vez las palabras de Mateo en su cabeza. "No fue una violación, Victoria. Fue amor." Cada vez que las recordaba, sentía que el corazón le daba un vuelco. Y cada vez que pensaba en Leo, en su hijo, en la posibilidad de que fuera hijo de Mateo, sentía que el mundo se le venía encima.Se levantó de la cama con un esfuerzo que le pesó en los huesos. Se puso una bata de seda sobre la pijama y caminó hacia la ventana. El jardín estaba bañado por el rocío de la mañana, y los pájaros cantaban como si nada hubiera pasado. Como si su vida no estuviera a punto de cambiar para siempre.Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba desahogarse. Necesitaba consejo. Y la única persona en la que podía confiar, la única que nunca la juzgaría, era su madre. Elizabeth Mont
La mañana llegó con una luz tenue que se filtraba por las cortinas, dibujando sombras suaves sobre la cama. Victoria no había dormido. Había pasado la noche en vela, con los ojos abiertos y la mirada fija en el techo, repitiendo una y otra vez las palabras de Mateo en su cabeza. "No fue una violación, Victoria. Fue amor." Cada vez que las recordaba, sentía que el corazón le daba un vuelco. Y cada vez que pensaba en Leo, en su hijo, en la posibilidad de que fuera hijo de Mateo, sentía que el mundo se le venía encima.Se levantó de la cama con un esfuerzo que le pesó en los huesos. Se puso una bata de seda sobre la pijama y caminó hacia la ventana. El jardín estaba bañado por el rocío de la mañana, y los pájaros cantaban como si nada hubiera pasado. Como si su vida no estuviera a punto de cambiar para siempre.Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba desahogarse. Necesitaba consejo. Y la única persona en la que podía confiar, la única que nunca la juzgaría, era su madre. Elizabeth Mont
Mateo la miró, y en sus ojos negros no había ni una sombra de duda. Solo una calma que la desarmaba, como si lo que estaba diciendo no tuviera nada de malo, como si fuera lo más natural del mundo.—Lo que oyes, Victoria. Desde esa noche en el hotel no he podido olvidarte. Me contacté contigo después, en esa cita. ¿De verdad crees que soy el tipo de hombre que busca mujeres por plataformas virtuales? —hizo una risa burlona, baja, casi un suspiro—. No. Te busqué a ti. Y ahora, por fin, estás aquí.Victoria ya no podía escucharlo. Su mente estaba trabajando al mil por uno, y las piezas comenzaban a encajar de una manera que la aterraba. No había sido Félix. No había sido una violación. Había sido Mateo. Mateo la había salvado. Mateo la había llevado a su habitación. Mateo había hecho el amor con ella. Y ella no recordaba nada.Mateo notó que el rostro de Victoria se volvía pálido. Sus manos temblaban ligeramente, y su respiración se entrecortaba. Sus ojos color miel se abrieron de par en
Mateo se quedó en el pasillo, con Leo en brazos, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Las palabras de Victoria resonaban en su cabeza como un eco cruel: "Es un contrato, ¿recuerdas?". Sabía que las decía para herirlo, para protegerse, para mantener la distancia que tanto le costaba derribar. Pero dolían. Dolían como una puñalada.Leo, ajeno a la tensión, jugueteaba con el cuello de su camisa.—Papá, ¿estás triste? —preguntó el niño, con esa percepción que a veces lo dejaba sin aliento.Mateo forzó una sonrisa.—No, campeón. Solo estoy cansado. El viaje fue largo.—¿Me trajiste un regalo? —preguntó Leo, con los ojos brillantes.Mateo rió suavemente. Al menos, con Leo, todo era sencillo.—Claro que sí. Pero primero, vamos a cenar. Tu mamá preparó algo rico.Leo asintió y se dejó llevar al comedor. Leo no paraba de hablar sobre sus Legos, sobre el jardín, sobre las flores que había plantado con Marta. Y Mateo lo escuchaba, agradecido por la distracción, pero con el corazón apre
La mañana en la casa de Suiza amaneció con una calma que parecía mentira. El sol se filtraba por los ventanales, pintando el suelo de madera con rayos dorados, y el aire olía a jazmín y a café recién hecho. No había gritos, no había tensión, no había reuniones de negocios ni llamadas urgentes. Solo el silencio pacífico de un hogar.Victoria estaba en el jardín, con un par de tijeras de podar en la mano, revisando las flores que habían plantado días atrás con Leo. Llevaba un vestido de lino blanco, sencillo, y el cabello recogido en un moño desordenado. Se sentía... tranquila. O al menos, intentaba sentirse tranquila, ignorando el nudo que se le formaba en el estómago cada vez que pensaba en Mateo y en su viaje misterioso.Marta salió de la casa con una bandeja de limonada y dos vasos. La dejó sobre la mesa de hierro forjado del jardín y se acercó a Victoria, observándola trabajar.—Mi niña, ¿no quiere que le ayude? —preguntó Marta, con su voz suave, esa voz que siempre lograba calmarl







