LOGINLa noche había caído sobre Suiza como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que brillaban con una intensidad que no se veía en Miami. La mansión estaba en silencio, solo rota por el suave murmullo del viento entre los árboles y el ocasional crujido de la madera antigua. Victoria estaba en la sala, sentada en el sofá con las piernas recogidas y una manta sobre los hombros, mirando la puerta con una mezcla de ansiedad y fastidio.
Victoria estaba en la sala de la casa, con la mirada perdida en el vacío y el corazón latiéndole con una mezcla de celos y determinación. La imagen de Mateo reuniéndose con Angela se repetía en su mente como una película maldita. Se imaginaba a la mujer rubia inclinándose sobre el escritorio, sonriendo con esa sonrisa falsa, tocándole el brazo, coqueteando. Y sentía que la sangre le hervía.—No puede ser que me afecte tanto —se dijo, con rabia—. No puedo estar celosa. No debo. Es solo un contrato.Pero cuando Leo entró a la sala corriendo, con sus ojos brillantes y su sonrisa inocente, una idea se le ocurrió. Una idea que era mitad celos, mitad estrategia.—Leo, cariño —dijo Victoria, con una sonrisa que pretendía ser casual—. ¿Te gustaría ir a conocer la oficina de papá? ¿Te gustaría ir a estar allá un rato?Leo saltó de alegría, con los ojos abiertos de par en par.—¡Sí, sí, sí! —gritó, saltando de un lado a otro—. ¡Quiero ver la oficina de papá! ¡Quiero ver su escritorio! ¡Quiero v
El desayuno transcurrió entre risas de Leo y miradas cargadas de tensión entre Victoria y Mateo. El niño, ajeno a todo, no paraba de hablar sobre los planes que tenía para el día: quería ir al jardín, quería construir un castillo más grande, quería que sus padres jugaran con él. Victoria sonreía y asentía, pero su mente estaba en otra parte. En la noche anterior. En lo que había pasado. En lo que había sentido.Mateo, por su parte, no dejaba de mirarla. Cada vez que sus ojos se encontraban, una chispa se encendía entre ellos. Una chispa que ninguno de los dos podía negar. Pero también había algo más. Algo que Victoria no podía nombrar. Algo que la hacía sentir vulnerable y expuesta.Cuando terminaron de desayunar, Mateo se levantó de la cama y estiró los brazos.
Victoria no pudo dormir. Ni un minuto. Ni un segundo.Después de que Mateo salió de la habitación, se quedó allí, en la cama que aún olía a él, con el cuerpo tibio por sus caricias y el corazón hecho pedazos. Se cubrió con las sábanas hasta el cuello, pero no pudo escapar de su olor. Ese olor a madera cara, a lluvia, a hombre, que se había impregnado en su piel, en su cabello, en cada célula de su ser. Era un olor que la envolvía, que la atrapaba, que le recordaba cada segundo de lo que habían hecho.Pero no era solo el arrepentimiento lo que la atormentaba. Era el deseo. El deseo que aún ardía en su interior, que no se apagaba, que le susurraba que quería más. Que quería que él estuviera allí, a su lado, abrazándola. Que quería sentir sus brazos rodeándola, su respiración en su nuca, su corazón latiendo contra su espalda.—No —se dijo, con rabia—. No puedes. No debes. Esto no significa nada. Solo fue sexo. Solo fue para calmar las ganas.Y era verdad. Eso era lo que se había dicho a
Victoria se separó del beso con un movimiento brusco, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones y que el corazón le latía tan fuerte que creía que iba a estallar. Sus labios ardían, su piel ardía, todo su cuerpo ardía. Pero su mente, esa parte de ella que aún conservaba algo de cordura, le gritaba que se detuviera, que esto no debía pasar, que él era el hombre que la había hecho sufrir.—No —dijo, con voz temblorosa, empujándolo suavemente con las manos—. No puedo. No debo.Mateo no se apartó. Al contrario, deslizó su brazo por la cintura de Victoria y la atrajo hacia él nuevamente, sin dejar espacio entre sus cuerpos. Su pecho desnudo, aún húmedo por la ducha, presionaba contra el encaje de la pijama de ella, y Victoria sintió que el calor de su piel la traspasaba como un rayo.—¿Qué haces? —preguntó ella, con voz más débil de lo que pretendía—. Suéltame.—No —respondió Mateo, con voz ronca, sus ojos negros brillando bajo la luz tenue de la lámpara—. ¿Por qué te resistes si tú
La noche había caído sobre Suiza como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que brillaban con una intensidad que no se veía en Miami. La mansión estaba en silencio, solo rota por el suave murmullo del viento entre los árboles y el ocasional crujido de la madera antigua. Victoria estaba en la sala, sentada en el sofá con las piernas recogidas y una manta sobre los hombros, mirando la puerta con una mezcla de ansiedad y fastidio.Mateo había dicho que volvería temprano. Había dicho que la reunión sería corta. Había dicho que estaría en casa para la cena. Pero la cena había pasado, Leo ya estaba dormido, y de Mateo no había ni rastro. Ni una llamada. Ni un mensaje. Nada.—¿Dónde se habrá metido? —murmuró Victoria, mirando el reloj por décima vez—. Se supone que deberí
Mateo salió de la casa con una sonrisa que no podía borrar de su rostro. Caminó hacia el auto con paso ligero, sintiendo que el aire de la mañana le acariciaba el rostro con una suavidad que no recordaba haber sentido antes. El sol brillaba sobre las montañas suizas, pintando el cielo con tonos dorados y rosados, pero él no veía el paisaje. Solo veía a Victoria. Solo sentía el sabor de sus labios. Solo escuchaba el eco de su voz.Se subió al auto, encendió el motor y, antes de arrancar, se miró en el espejo retrovisor. Tenía una sonrisa de tonto. Una sonrisa de adolescente enamorado. Una sonrisa que no había visto en su propio rostro en años.—¿Qué me has hecho, Victoria? —murmuró, tocándose los labios con los dedos, aún sintiendo el sabor de su boca—. ¿Qué me has hecho?Recordó el beso de esa mañana. El breve roce en la sala. El beso en los labios que le había dado delante de Leo, fingiendo que era una despedida inocente. Pero no había sido inocente. Había sido un mensaje. Una provoc







