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2. Renacer...

Author: Tiur Writer
last update publish date: 2026-09-05 23:15:26

Capítulo 2. Renacer en la nueva ciudad.

Catalina abrió los ojos con asombro, sintiendo que la sangre se le congelaba. Era verdad que Felipe había comprado el inmueble antes del matrimonio, pero ella le había entregado la mitad de sus ahorros para terminar de pagarlo, un dinero del que ahora él la despojaba sin el menor remordimiento legal.

- No me mires así... no eres digna de heredar ni un solo centavo de la fortuna Montalvan – continuó Felipe.

-  Así que más te vale buscar un trabajo donde tu físico no sea un impedimento para los demás, si es que acaso existe un empleo para alguien con tu aspecto –

El desprecio absoluto en sus palabras fue el combustible definitivo que Catalina necesitaba para romper las cadenas de su sumisión. Ya no había espacio para las lágrimas, ni para el dolor.

La mujer que había desperdiciado dos años de su vida intentando salvar un matrimonio muerto ahora sentía una chispa de furia y determinación encenderse en su pecho. Catalina arrebató el bolígrafo que Mauricio le ofrecía con una fijeza que hizo que el abogado bajara la mirada, avergonzado de su propio papel en esa injusta decisión.

Con una mano firme e inquebrantable, estampó su firma en cada una de las hojas del divorcio, renunciando a cualquier reclamación de bienes, y le arrojó el fajo de documentos directamente a la cara de Felipe.

- Quédate con este maldito departamento y con tu apellido podrido, Felipe – le dijo sin pestañear, y su voz adquirió un tono tan frío que hizo que su exesposo diera un paso atrás, sorprendido por su repentina firmeza.

- No quiero nada de ti, y mucho menos tu cochino dinero. Deseo de todo corazón que el karma te devuelva con intereses cada una de las humillaciones que me hiciste pasar. Te vas a arrepentir por esto, Montalvan –

Felipe parpadeó, completamente estupefacto. Había esperado que Catalina llorara, que se pusiera de rodillas rogando por una oportunidad o que se negara a firmar para exigir una compensación económica, pero la frialdad majestuosa con la que firmó y lo maldijo lo dejó sin palabras.

Catalina dio la vuelta, subió las escaleras a paso firme, tomó la única maleta de ropa que había preparado días atrás y salió de la residencia con la cabeza en alto, sin mirar atrás. Debía acudir a su cita médica antes de decidir en qué rincón de la ciudad buscaría refugio para iniciar de nuevo.

El taxi avanzaba con lentitud por las congestionadas calles de la capital, pero a los pocos minutos de trayecto, un mareo súbito y una oleada salvaje de náuseas se apoderaron de Catalina, obligándola a doblarse sobre sus rodillas en el asiento trasero.

El sudor frío comenzó a empaparle la frente.

- ¡Deténgase un momento, por favor! ¡Déjeme en la entrada del hospital general! –exclamó con desesperación, señalando el edificio que aparecía a un costado de la avenida.

El conductor detuvo el vehículo de golpe frente a la sala de emergencias. Catalina pagó la carrera con los últimos billetes que le quedaban en la cartera, tomó su maleta y avanzó con dificultad hacia la entrada, sintiendo una punzada aguda en el vientre que la hizo trastabillar.

“Es el estrés de la discusión con Felipe”,

Se repitió a sí misma en su mente, intentando calmar los latidos desbocados de su corazón mientras ingresaba al área de clasificación de pacientes.

-“Es solo el dolor por el divorcio” – susurró para sí misma.

Tras una hora de angustiosa espera en un cubículo privado, varios análisis de sangre y una ecografía de revisión, el médico de turno ingresó a la habitación portando los resultados del laboratorio en sus manos. Su rostro reflejaba una expresión de total asombro mientras miraba los papeles para luego fijar su vista en Catalina.

- Señora... – comenzó el galeno, y Catalina levantó la mirada con el corazón encogido por la ansiedad.

- Dígame qué tengo, doctor, por favor. He pasado por mucho estrés y discusiones familiares en las últimas semanas y me siento sumamente débil –

- Necesito que se calme y escuche con atención lo que le voy a decir hoy, señora Montalvan – el médico suavizó su tono y se acercó a la camilla, Catalina por costumbre había olvidado escribir su apellido de soltera.

- Su malestar no se debe a ninguna enfermedad, ni tampoco es una consecuencia del estrés –

- ¿Entonces qué es? Dígamelo de una vez – imploró Catalina, apretando las sábanas de la camilla con los dedos.

- Usted está embarazada –

El mundo de Catalina se detuvo por completo en ese mismo instante, suspendido en un vacío absoluto donde las palabras del médico resonaban como un eco distante.

- ¿Embarazada yo? – repitió por inercia... su mente sufrió un cortocircuito devastador.

El hombre que la llamaba gorda, fea e insignificante, el esposo que se negaba a tocarla por repulsión a su cuerpo, la había dejado embarazada unos días antes de que ella se enterara de su infidelidad...

 Durante días estuvo pensando en la forma como intentó someterla sin conseguirlo, pensando que ese embarazo, si lo hubiera conseguido habría sido consecuencia del horror, pero respiró más tranquila al saber que no fue asi.

- ¿Está seguro de lo que dice, doctor? – su pregunta salió en un susurro trémulo, una duda desesperada por aferrarse a la lógica.

- Completamente seguro, señora Montalvan – asintió el obstetra, mostrando la hoja de los niveles hormonales.

- Pero hay algo más que debe saber. Los niveles de la hormona hCG en su sangre están sumamente elevados, mucho más de lo normal para el tiempo de gestación. Al revisar con cuidado las imágenes de la ecografía preliminar, hemos detectado que existe más de un saco gestacional visible en su vientre. Según los balances, usted tiene exactamente tres semanas o unos días más, de un embarazo múltiple –

Catalina dejó de escuchar al hombre en ese mismo segundo.

Se llevó las manos hacia su vientre de manera instintiva, protectora, sintiendo cómo una corriente de calor y una fuerza desconocida, se encendía con la fuerza de un incendio dentro de su pecho.

Ya no importaba si eran dos o más bebés... en ese instante de revelación, comprendió que esas vidas eran suyas, solo suyas, y que se convertirían en el motor de su existencia.

Pero la comprensión del peligro la golpeó de inmediato, si Felipe o la familia se Montalvan enteraban de este embarazo, usarían todo su dinero, sus influencias políticas y el peso de su apellido para entablar un juicio, arrebatarle a sus hijos y continuar destruyéndole la vida.

No podía permitirlo.

Se limpió las lágrimas que resbalaban por sus mejillas de un solo manotazo, adoptando una expresión implacable. Miró al doctor a los ojos, con una fijeza que asombró al profesional.

- Nadie puede enterarse de mi estado, doctor... se lo ruego por la vida de mis bebés. Borre mi nombre por completo del sistema de consultas externas del hospital. Llegué aquí por pura casualidad debido al mareo, nadie sabe que ingresé a este lugar. Si mi exesposo se entera, me quitará a mis hijos –

El médico frunció el ceño, debatiéndose internamente ante la ilegalidad de la petición, pero al ver la desesperación y la mirada protectora de la joven de veintidós años, asintió en silencio, conmovido por su situación.

- Lo haré... para el sistema, usted nunca ingresó a este cubículo hoy – sentenció.

Varios minutos después, Catalina salió del hospital a paso apresurado, arrastrando su maleta con una fuerza renovada. El taxista que la había llevado la esperaba todavía en la acera.

- ¿La llevo a la dirección de su cita privada, señora? – le preguntó el hombre al verla regresar.

Catalina movió la cabeza de un lado a otro, subiéndose al auto y cerrando la puerta con una firmeza que denotaba que su antigua vida había quedado sepultada atrás.

- Lléveme al aeropuerto internacional, por favor – le ordenó, soltando un suspiro de alivio al ver al auto cambiar de rumbo.

Tomó su teléfono celular con dedos decididos y compró el primer boleto disponible hacia la ciudad de Nueva York que despegaba esa misma tarde. Mientras el automóvil avanzaba hacia la terminal aérea, Catalina acarició su vientre con una devoción feroz, sellando una promesa inquebrantable en la oscuridad del asiento trasero...

 “Mis bebés... mamá está aquí. A partir de este segundo, voy a construir un imperio para ustedes en el extranjero. Juro por sus vidas que ese maldito de Felipe Montalvan me las va a pagar todas juntas. Se arrepentirá de haberme echado de su vida, me pagará de rodillas, cada lágrima que me hizo derramar”.

El invierno neoyorquino recibió a Catalina Miller con un frío viento que azotó su rostro apenas pisó la salida de la terminal internacional del aeropuerto. El cambio de clima fue un golpe drástico para su cuerpo, el cual arrastraba el cansancio de un viaje de más de diez horas y el peso de una profunda tormenta emocional.

Cargaba una sola maleta en la mano derecha, su bolso personal en la izquierda y, bajo las capas de su abrigo, el secreto más grande de su vida... un embarazo múltiple de tres semanas que se convertiría en su único motor para sobrevivir.

No tenía a dónde ir, ni un solo contacto en los Estados Unidos, pero el miedo ya no formaba parte de su vocabulario.

La inseguridad que Felipe le había sembrado durante dos años de maltrato psicológico se habían evaporado en el instante en que descubrió que sería madre. Caminó con paso firme hacia la plataforma del transporte público, dispuesta a buscar un hostal económico donde pasar la noche, cuando un alboroto entre la multitud interrumpió sus pensamientos.

A unos metros de distancia, rodeada por viajeros apresurados que pasaban de largo sumidos en la rutina de la gran ciudad, una anciana de aspecto sumamente elegante y aristocrático se había desvanecido sobre una de las bancas metálicas. La mujer tenía la piel pálida, los labios sutilmente azulados y una ligera capa de sudor frío cubriéndole la frente.

Los transeúntes murmuraban distraídos que probablemente se trataba de un simple desmayo debido a la edad, pero nadie se detenía a auxiliarla.

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Marycarmen Del Solar
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