LOGINDespués de ser humillada y abandonada por su esposo Felipe debido a su sobrepeso, Catalina huye del país cargando un secreto... está embarazada de trillizos. Cinco años después, regresa convertida en una exitosa diseñadora de modas para mujeres curvi, muy segura de sus curvas y con tres hermosos hijos. Para asegurar su imperio, acepta un matrimonio por contrato con Sebastián Ferruso Montalvan, el frío y poderoso multimillonario... que resulta ser el tío de su exesposo. Mientras Sebastián la mima sin límites ante la sociedad, Felipe se ahoga en el arrepentimiento y la persigue de rodillas. Pero ya es tarde; ahora, él debe llamarla "Tía".
View MoreCapítulo 1. El quiebre del desprecio
El aire en la majestuosa residencia de Felipe Montalvan se sentía espeso, helado, casi asfixiante.
Catalina Miller permanecía de pie en el centro de la sala de estar, con las manos temblando de forma incontrolable mientras la pantalla de su teléfono celular proyectaba una realidad que le partía el alma en mil pedazos.
Su esposo, el hombre al que le había entregado los últimos dos años de su juventud, el mismo que salió de casa unos días atrás luego de hacerle el amor de la manera más amorosa posible, le estaba siendo infiel de la manera más baja y ruin.
Las lágrimas, resbalaban por sus mejillas sin que pudiera detenerlas. En la pantalla se mostraban imágenes nítidas, capturadas en el reservado de un club nocturno exclusivo... Felipe aparecía besándose con una pasión devoradora con Marion, la mujer a la que Catalina había considerado su mejor amiga desde la infancia.
No era una suposición, no era un rumor malintencionado de la alta sociedad, era una traición explícita, enviada de forma anónima a su número personal hacía solo una hora.
El dolor inicial, ese vacío desgarrador que se instala en el estómago cuando el mundo se desmorona, se transformó rápidamente en una indignación profunda y ardiente. Durante los dos años que duró su matrimonio, Catalina había soportado en silencio las miradas de reproche de la familia de él, los sutiles y crueles comentarios de los directores del consorcio sobre su apariencia, y la humillante frialdad de su esposo, quien rara vez mantenía relaciones íntimas con ella debido a su gordura.
Catalina siempre había querido ser la esposa perfecta.
Cuando se casaron, poseía una figura estilizada, pero el constante maltrato psicológico de Felipe, la ansiedad devoradora de vivir con un hombre que algunas veces la rechazaba y el estrés crónico de ser comparada con las modelos de la alta sociedad habían alterado su metabolismo.
Buscando consuelo en la comida para silenciar el vacío de su soledad, Catalina había ganado un enorme peso corporal. Felipe, en lugar de preocuparse por la salud emocional de su mujer o indagar en los motivos de su cambio, simplemente se apartó de ella, utilizando su trabajo como una excusa para estar lejos de casa y su peso para humillarla a diario.
Catalina miró el gran reloj de pie de la sala... eran las dos de la mañana. Sabía que sería otra noche en la que Felipe dormiría fuera de casa, pero esta vez ya no tenía que imaginar nada. Esta vez sabía perfectamente en qué cama y entre qué sábanas se escondía la cobardía de su esposo.
- No te lo voy a perdonar, Felipe... – susurró, apretando el teléfono contra su pecho, el dolor era profundo, como si le hubieran arrancado una parte importante de su interior, un dolor que superaba cualquier límite.
La puerta principal se abrió de golpe a las tres de la madrugada. Felipe entró arrastrando los pies, con la corbata floja, el saco arrugado y un penetrante olor a alcohol mezclado con el perfume barato de Marion.
Estaba ebrio, con la mirada perdida, pero al ver a Catalina de pie en medio de la penumbra, con los ojos hinchados por el llanto, una risa burlona y despectiva escapó de sus labios.
- ¿No me digas, mujer, que todavía me esperas despierta? – arrastró las palabras con dificultad, tambaleándose sutilmente mientras dejaba las llaves sobre la mesa del vestíbulo. Al notar que ella continuaba en silencio, Felipe soltó un bufido de fastidio.
- Seguro vas a comenzar con tus escenitas dramáticas otra vez. Estoy harto de llegar a esta casa y encontrarme con tu cara de mártir –
- ¿Escenitas? – la voz de Catalina salió rota, pero cargada de una fuerza que hizo que Felipe parpadeara, desconcertado.
Ella levantó el teléfono celular, giró la pantalla directamente hacia el rostro de él para que observara la prueba de su traición.
- ¿Cómo pudiste hacerme esto, Felipe? Tú y Marion... ¡ella era mi mejor amiga! –
- Baja ese maldito teléfono – le respondió él, y su rostro se endureció de inmediato.
- Muchas veces te he dejado pisotear mi orgullo, he dejado que me ignores por días, a veces durante meses, pero esto... –
Lejos de mostrar arrepentimiento o pedir disculpas, dio tres pasos inestables hacia ella, acortando la distancia de una manera física y peligrosa que obligó a Catalina a retroceder hasta que su espalda chocó firmemente contra la pared.
- Esto que has hecho es una basura... todo tú eres una basura, Felipe – continuó ella, sosteniéndole la mirada con los ojos inyectados en llanto.
- ¿Pisoteado tu orgullo? ¿Ignorante por meses...? ¿Basura? Vamos mujer, si bien no recuerdo fue hace días que tú y yo... – iba a decir que ellos estuvieron juntos, pero Catalina lo silencio.
- ¿Tú y yo, qué Felipe? –
Felipe soltó una carcajada seca y cruel, extendiendo su mano derecha para tomarla bruscamente de la mandíbula, obligándola a mirarlo de frente.
Sus dedos se clavaron con fuerza en la piel de ella.
- ¿De qué orgullo estás hablando, Catalina? Mírate en un espejo, por favor. Estás hecha un cerdo, descuidada, fea... me das lástima. Deberías agradecerme de rodillas que regrese a esta casa todas las noches y todavía quiera estar contigo, en lugar de estar lloriqueando como una tonta –
- Tu eres un... –
- ¿Un qué, mujer...? Marion es una mujer de verdad, una mujer con un cuerpo que provoca poseer, no un armario lleno de complejos e inseguridades como tú – el dolor físico del agarre en su mandíbula no era nada comparado con la humillación de sus palabras.
Catalina, impulsada por un remanente de dignidad, levantó las manos y empujó el pecho de su esposo con todas sus fuerzas.
- ¡Suéltame! ¡Eres un monstruo... una maldita basura! – le gritó con desesperación.
Sin embargo, Felipe no la soltó.
El alcohol en su sangre, mezclado con el retorcido deseo de castigar la osadía de su esposa por haberlo enfrentado encendió una chispa de posesividad y deseo enfermizo en su cuerpo. Sus manos se deslizaron con rudeza sobre el cuerpo con curvas de Catalina, inmovilizándola contra la pared.
- Soy tu esposo, Catalina... ¿no es esto lo que ruegas que te haga cada vez que estoy aquí? – le dijo muy cerca de su oído. En ese momento el alcohol se había apoderado de él y había olvidado por completo que ella era su esposa, la mujer que algún día admiró. En ese momento solo quería demostrarle quién tenía el control absoluto en esa casa.
- Esta noche me vas a recordar por qué me case contigo – sentenció.
Y así, desprovisto de cualquier atisbo de ternura o amor, impulsado por la crueldad y la demostración de poder más descarada, Felipe intentó someterla.
Catalina llena de rabia y decepción no dejo que su esposo la poseyera, ella lo empujo lejos y corrió hacia su habitación, el dolor de ser tratada como un objeto por su esposo se apoderado de su pecho. Felipe la siguió a la habitación sin afecto, sin la menor consideración a las lágrimas que su esposa derramaba por él...
- ¡No me toques! –
- ¡Eres mi mujer! –
- No hoy Felipe... hoy no – susurró ella cuando sus labios se unieron. Catalina estaba a punto de perder la pelea con su esposo, él la forcejeaba intentando hacerla su mujer, y ella intentaba quitárselo de encima... al ver que no podría con ella la dejó.
Felipe quería dejarle claro quién era el hombre de la casa, quería humillarla física y moralmente, quería dejarle claro que ella se entregaba a él porque todavía lo amaba, pero no pudo.
Catalina no comprendía su actitud. Cada vez que se veían le recriminaba su aspecto, la llamaba fea y gorda, pero cuando bebía de esa manera, siempre terminaba cediendo ante él. Ella cerró los ojos, la pelea la dejó físicamente débil, y su peso no la ayudaba.
Al despertar estaba sola en la habitación, Felipe nuevamente se había marchado y esta vez no sabría por cuanto tiempo.
Un poco más de dos semanas habían pasado desde aquella noche. Catalina apenas comenzaba a recuperarse del brutal impacto emocional y físico de la traición de su esposo y de la desaparición de Marion, quien no había respondido a ninguno de sus mensajes ni llamadas telefónicas.
Durante quince días, Catalina permaneció recluida en el departamento de lujo que compartía con él, un lugar que se sentía más como una prisión que como un hogar.
Había pasado las tardes sumida en una profunda depresión, mirando sus antiguos bocetos de diseño de modas, la verdadera pasión que había abandonado para dedicarse por completo a complacer a un hombre que no la valoraba.
Durante los últimos tres días, Catalina se había sentido extrañamente débil, mareada, había sacado una cita en el hospital cuando la puerta del departamento volvió a abrirse.
Felipe entró con paso firme. Ya no estaba borracho, vestía un traje de diseñador impecable, pero su mirada llena de desprecio seguía intacta. Detrás de él, entró Mauricio, el abogado principal de la empresa y el mejor amigo de Felipe llevando un carpeta de cuero en sus manos.
- Hola Catalina – la saludó Mauricio. Ella respondió con una sonrisa.
Mauricio la conocía desde que era una joven risueña y llena de talento antes de casarse, y verla ahora, apagada y descuidada debido al maltrato de Felipe, le provocó una punzada de dolor en el pecho.
Mauricio había estado enamorado de ella en secreto durante años, pero su cobardía y su lealtad malentendida hacia Felipe lo habían obligado a guardar silencio y a distanciarse a medida que ella ganaba peso.
- ¿Qué quieres, Felipe? – le preguntó Catalina, ignorando la mirada del abogado y clavando sus ojos en su esposo.
- Qué bueno que sigues aquí... me ahorras el asqueroso trabajo de tener que buscarte para la firma – le respondió Felipe con una frialdad gélida, recorriendo su cuerpo con una mueca de repulsión que hizo que Catalina apretara los puños.
- Veo que sigues igual de patética. ¿Es que no piensas hacer nada con tu vida además de quedarte sentada esperando a que todo el mundo sienta lástima por ti? Das asco, mujer –
Catalina se tragó el nudo de orgullo que amenazaba con cerrarle la garganta y dio un paso adelante, acortando la distancia. Felipe, de forma instintiva, dio un paso hacia atrás, como si la cercanía física de su esposa le provocara una enfermedad contagiosa.
- No voy a soportar ni un solo insulto más de tu parte, Felipe Montalvan – sentenció ella, con una voz que tembló sutilmente por la indignación.
- No te preocupes, no tendrás que hacerlo nunca más – le respondió Felipe con una sonrisa cínica y despiadada en los labios. Hizo una seña rápida hacia atrás y Mauricio, con las manos sutilmente temblorosas, sacó un fajo de hojas oficiales de la carpeta y se las extendió a Catalina.
- Aquí tienes. Son los papeles del divorcio. No pienso seguir atado por un segundo más a una mujer insignificante como tú, que solo trae vergüenza y complejos a mi apellido. Así que firma y lárgate de mí departamento ahora mismo... porque este lugar lo compré con mi dinero antes de cometer el peor error de mi vida al casarme contigo –
Capítulo 23. Las estrategias de los abogados.Catalina lo observó en silencio, en todos sus escenarios nunca se imaginó que Felipe, su ex esposo quisiera a sus hijos y menos que entablara un juicio de paternidad.- ¡Cree que puede jugar conmigo en mis propios tribunales! – rugió Sebastián, con las venas del cuello marcadas por la ira.- ¡Cree que porque firmó un papel de matrimonio hace más de siete años tiene derecho a tocar lo que es mío! Felipe Montalvan va a aprender el verdadero costo de haberme desafiado. Voy a aplastarlo a él, a su abogado de pacotilla y a cualquiera que ose poner un pie cerca de mi esposa y de mis hijos –Esa forma protectora de reaccionar por parte de Sebastian, llenó de alivio a Catalina, quien corrió hacia él, envolviéndolo con sus brazos por la cintura, pegando su cuerpo tembloroso contra la espalda rígida del magnate.El llanto de ella fue el único freno para la locura destructiva que amenazaba con consumir a Sebastián.- Sebastián, por favor... no dejes
Capítulo 22. El peso de un gran apellido.Unos días después....El amanecer en la mansión Ferruso se sintió por primera vez como el inicio de una vida de verdad.En el comedor principal Emmarie intentaba untar su tostada con mantequilla de maní, mientras que Mateo y Leonardo discutían quien se sentaría en el asiento delantero al lado de Sebastian cuando salieran rumbo a su nuevo colegio.Catalina los observaba complacida, en un abrir y cerra de ojos había ganado un esposo, una sobrina y sus hijos una familia.A su lado, Sebastián Ferruso vestía un impecable traje oscuro hecho a la medida. No se había puesto la corbata todavía, dejando la camisa sin cerrar, mostrando parte de su cuello y el inicio de unos abdominales de infarto.Su mano grande y protectora descansaba sobre la rodilla de Catalina por debajo de la mesa, un contacto sutil que mantenía un hilo de electricidad encendido entre los dos desde la noche anterior.- Todo esta listo para su primer día – les dijo Sebastian al ver q
Capítulo 21. El inicio de una conspiración.Mientras la lealtad de una ex cuñada se sellaba con un abrazo en el comedor de los Ferruso, una alianza oscura se consolidaba en el despacho jurídico de Mauricio.Con las cortinas completamente cerradas, bloqueando la luz del nuevo día Marion con las piernas cruzadas y los brazos sobre su pecho miraba atónita a Mauricio.- ¿Desde cuándo te interesa Catalina? – le preguntó con el ceño fruncido. Había sido la mejor amiga y nunca se enteró que alguien además de Felipe estuviera interesado en ella.Felipe miró a Mauricio de reojo, ambos sabían que debían convencer a Marion de este sentimiento si querían su apoyo... así que intentó ayudarlo.- Puedes decírselo Mauricio, todos saben que yo no siento nada por Catalina – murmuro.Marion levantó un ceja al oírlo.- Esta bien... hace mucho que siento algo por Catalina. Soy amigo de Felipe y mientras ella era su esposa nunca interferí. Cuando se separaron pensaba decírtelo – miró a su amigo.- Pero ell
Capítulo 20. Aclarando lealtades.Sebastian al sentir su tacto abrió los ojos lentamente, verla acostada a su lado le llenó el corazón de calor, en sus ojos azules profundo se podía apreciar una ternura infinita por la mujer que estaba con él.- Buenos días señora Ferruso – la saludo, el tono de su voz se escuchó ronco y sensual. Catalina lo miró sorprendida, su esposo parecía querer volver a tenerla una vez más...- Buenos días señor Ferruso – lo saludo y sintió como las mejillas se llenaron de color al sentir los dedos de él rozando su piel debajo de la sábana.- Todavía me cuesta mucho acostumbrarme a... – no pudo continuar, la mano de Sebastian se detuvo justo antes de rozar su intimidad.- Sebas... – el nombre de su actual esposo fue interrumpido por un gemido de placer.Catalina estaba viviendo en un sueño, alguien como Sebastian la consideraba una mujer hermosa y deseada.- Me vuelves loco mujer... eres demasiado hermosa mi pequeña salvadora –Los niños en su habitación abrier






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