LOGINCristina Santiago se esforzó mucho por ser una esposa dedicada. ¿Y qué recibió a cambio? ¡Una foto de su marido en la cama con su propia hermana! Nada como unos cuernos en familia para ponerle un poco de emoción a la vida, ¿verdad? A la hora de firmar el divorcio, decidió contraatacar: besó, justo delante de su ex, al hombre con quien había tenido una aventura de una noche, Ethan Petterson, CEO de la constructora más poderosa del país. —¿Dijiste que yo era mediocre, aburrida y vacía? Qué extraño… parece que alguien no tuvo ningún problema en encontrarme… fascinante. Su ex se puso pálido y luego rojo como un tomate podrido. —¡Tú… zorra! —escupió, perdiendo por completo la compostura. —¿Zo… qué? —Cristina fingió inocencia—. Ah, ¿quisiste decir “zorrillo”? Pues sí, querido, anoche dejé mi marca como nunca. —En todos estos años, nunca fuiste capaz de satisfacerla —dijo Ethan con una sonrisa de medio lado—. Tal vez deberías consultar a un urólogo. Cristina, victoriosa, echó el cabello hacia atrás, dejando al descubierto las evidentes marcas sobre su piel, y declaró delante de todos: —¡Quiero registrar nuestro matrimonio. AHORA! El plan era solo una pequeña actuación para provocar a su ex. ¿El problema? Ethan siguió con el juego y, en cuanto Cristina le dio la espalda, ¡firmó los documentos de verdad! Cristina salió del registro civil divorciada… y casada al mismo tiempo. Después, se convirtió en la nueva secretaria de Ethan. Pero lo que no sabía era que su jefe no era otro que… su marido secreto.
View MoreCRISTINA SANTIAGO
Tres años. Tres años de matrimonio con Heitor. Yo creía que estaba viviendo una novela romántica, pero, por lo visto, solo era la figurante de mi propia tragedia. La víspera de nuestra fiesta de aniversario de bodas, me quedé esperándolo en casa. Preparé la cena, me puse labial, incluso me puse aquel vestido que él decía que “era demasiado sensual para usarlo fuera de la habitación”. Me sentía como una esposa ejemplar. Once de la noche. Medianoche. Una de la madrugada. Ni rastro de Heitor. Ya casi estaba ensayando mi discurso de esposa abandonada para hacerlo sentir culpable por pasar tanto tiempo en la empresa cuando mi celular sonó. Era un mensaje de Beatriz, mi hermana. Con solo ver su nombre, ya sentía que se me revolvía el estómago. Beatriz nunca me mandaba nada bueno. Abrí la foto. Casi dejé caer el celular de la sorpresa. Era Heitor. Mi marido. En la cama. Con Beatriz. Mi hermana. Los dos cubiertos con una sábana hasta la cintura, riéndose como si hubieran ganado la lotería. Aunque repitiera las palabras lentamente, todavía parecía inconcebible para mi mente asimilarlo. Mi primer pensamiento fue: “Ok, Cristina, respira. Tal vez sea un montaje. Tal vez solo sea una broma de tu hermana loca.” Por desgracia, ese pensamiento quedó destruido al segundo siguiente por el mensaje de Beatriz. Beatriz: "Tu marido se divierte mucho más conmigo, hermanita. Te estoy mandando esta foto para que veas con tus propios ojos cuánto mejor soy que tú." No soy víctima de una broma, soy la más tonta de la historia. Sentí que la sangre me hervía. Quise lanzar el celular contra la pared, pero, en lugar de eso, guardé la foto. Iba a usarla. Si tenía que ser la cornuda, al menos sería una cornuda vengativa. Mañana, durante la fiesta de celebración de nuestro matrimonio, voy a exponerlos a los dos. Todo el mundo lo va a ver. Ya me imagino en el escenario, con el micrófono en la mano, siendo la protagonista de la revelación del siglo. Sería digno de una telenovela de horario estelar. Pasé la noche en vela ensayando mi discurso. “Queridos invitados, gracias por venir a celebrar el amor... Ah, pero, miren nada más, ¿el amor de quién? ¡Porque mi marido parece estar muy ocupado celebrando su amor con mi hermana!” Prácticamente podía ver al público conmocionado, gente desmayándose, mi madre gritando, mi tía dejando caer la copa de champán al suelo. Yo sería la heroína traicionada, pero vengativa. Hasta sabía cuál sería la música de fondo. Prepárate, Heitor Reis, te juro que voy a hundirte delante de todos y nadie, nunca más, va a querer hacer negocios con un traidor de la peor calaña como tú. Y, de paso, también voy a arruinar la carrera de influencer niña rica de Beatriz. Prepárense, porque conocerán por primera vez la versión: "Cristina mala". [...] Al día siguiente, desperté con cara de panda insomne, pero gracias a Dios existe el maquillaje para eso. Me puse una base que prometía “cobertura total” y pensé: “Querida, si esta base pudiera cubrir incluso la estupidez de haberme casado con Heitor, merecerías el Premio Nobel de Química.” Llegué a la fiesta como si nada hubiera pasado. Una hermosa sonrisa en el rostro, un elegante vestido negro y una copa de champán en la mano. La gente se acercaba a abrazarme y felicitarme por nuestros “tres años de felicidad conyugal”. Heitor, el marido infiel, estaba radiante. Estrechando manos, saludando a los empresarios, como si fuera el hombre más honorable de la sala. Me miraba y sonreía. Ah, si supiera el discurso que había preparado para destruir su carrera... probablemente me tendría encerrada en la habitación en este momento. Cuando me llamaron al escenario, sentí que mi corazón se aceleraba. Era ahora. Todas las personas que estaban allí me prestaban atención. Respiré hondo, tomé el celular con las pruebas y subí al escenario, agarrando el micrófono. —Buenas noches, gente... gracias por estar aquí para celebrar... Me detuve por un instante y miré al público. El nudo en mi garganta quería impedirme hablar, pero ya había ensayado. —¿Celebrar qué, exactamente? ¿Tres años de un matrimonio que, en realidad, siempre fue una prisión? Tres años soportando que Heitor me menospreciara, que su familia me criticara y me tratara como a una esclava, y teniendo que medir cada palabra para que no me llamaran loca histérica. Algunos susurraron. Otros levantaron las cejas. Heitor frunció el ceño, tratando de seguir sonriendo, pero yo sabía que había tocado una herida. —Así es, señores —continué—. Lo que yo viví no fue un matrimonio. Fue abuso. Y hoy quiero mostrarles a todos ustedes el verdadero rostro del hombre que dice ser un marido honorable... Estaba lista para dar el golpe final cuando, de repente… Las puertas se abrieron, golpeando violentamente contra la pared, y un hombre entró corriendo. Subió al escenario, me arrancó el celular de la mano y lo lanzó al suelo, destruyendo por completo el aparato. MI CELULAR. MI TROFEO. MI ÚNICA PRUEBA. Y, como si eso no fuera suficiente, me arrancó el micrófono de la mano y gritó: —¡Esta mujer es una zorra! —escupió las palabras más absurdas que había escuchado en mi vida—. ¡A pesar de estar casada, me engañó! ¡Ocultó que tenía marido y tuvo una aventura conmigo! Silencio mortal. Todo el salón se detuvo. Hasta la orquesta pareció equivocarse de nota. Me quedé con cara de estatua. ¿Qué? ¿Yo, teniendo una aventura con ese tipo? ¡Nunca lo había visto en mi vida! —¡Ni siquiera te conozco! —repliqué, intentando recuperar el control de la situación. Pero nadie me creía. Podía verlo en las miradas de juicio que lanzaban en mi dirección. Beatriz, como una actriz premiada por sus mentiras, se levantó dramáticamente, con una mano sobre el pecho. —¡Yo siempre lo supe! —dijo, con la voz quebrada como si estuviera sufriendo—. Cristina nunca fue digna de confianza. Ahora todos ven que yo tenía razón. La víbora ni siquiera parpadeó. ¡Maldita! Toda la sala volvió los ojos hacia mí como si yo fuera la versión femenina del demonio. —Gente, por el amor de Dios, ¡esto es mentira! —insistí, sintiéndome devorada por aquellas miradas de odio y desprecio—. ¡Nunca había visto a ese hombre en mi vida! Mi propio padre negaba con la cabeza, decepcionado. Mi madre suspiró con fuerza, murmurando: —Qué vergüenza, Cristina. Qué vergüenza... Ay, Dios, mis propios padres me habían enterrado viva sin siquiera darme derecho a defenderme. Y la gente, ah, a la gente le encanta un espectáculo. Los murmullos comenzaron a extenderse de mesa en mesa: “Sabía que había algo raro detrás de esa cara de santa.” “Pobre Heitor, manteniendo a una mujer así.” “Siempre es la esposa, nunca el marido.” ¿Siempre es la esposa? ¿Qué m****a se suponía que significaba eso? Si tuviera un micrófono solo para mí, diría: “¡Queridos invitados, ustedes están todos locos! ¡La víctima aquí soy yo!” Pero la vida no me da un escenario, solo me pone la zancadilla. Heitor, aquel desgraciado de traje impecable, llamó a los guardias de seguridad para que se llevaran al hombre que había invadido la fiesta, tomó el micrófono de su mano y me miró. Por un segundo, tuve la esperanza de que fuera a defenderme, de que dijera que aquello era una trampa. En lugar de eso, dio un paso hacia mí, levantó la mano e hizo que todo fuera aún más humillante, dándome una bofetada en el rostro. El impacto me dejó aturdida. Sentí la mejilla vibrar, la piel arder como si una línea de fuego hubiera pasado por allí. Me toqué la comisura de los labios y mi mano quedó manchada. El sabor metálico invadió mi boca y un hilillo rojo comenzó a correr por la comisura de mis labios. Todo el salón contuvo la respiración y algunos desviaron la mirada. Mis padres se quedaron petrificados, pero no movieron un dedo para defenderme. El dolor y la vergüenza se mezclaron en un nudo que me cerró la garganta. Heitor me miró como si estuviera viendo algo que le provocaba asco. —A partir de hoy... —dijo, mirando al público, y no a mí— ya no seré el marido de una mujer infiel. Quiero el divorcio.CRISTINA SANTIAGO30 MINUTOS ANTES...—Mmm... ¿Y si cambié de opinión? —dijo Miranda, con aquella sonrisa maliciosa que hizo que se me revolviera el estómago y que el sabor del pánico regresara a mi boca.Abrí mucho los ojos, fijándolos en su mano, que todavía estaba cerca del bolsillo donde guardaba el cuchillo. El aire caliente y lleno de moho de la choza pareció volverse escaso de repente.—¿Qué... qué quieres decir con eso? —pregunté, con la voz quebrándose—. Tienes el dinero. Cinco millones. Es lo que querías.Miranda me observó durante unos segundos interminables, saboreando mi miedo como si fuera un vino caro. Entonces soltó una risita aguda, echando la cabeza hacia atrás.—¡Ay, Cristina! ¡Eres tan fácil! —Se limpió una lágrima de risa de la comisura del ojo—. “¿Qué quieres decir?”... ¡Mira tu cara! ¿De verdad pensaste que iba a matarte ahora?Negó con la cabeza, guardándose el celular en el bolsillo.—Estoy bromeando, tontita. ¿Crees que soy estúpida? Si te toco un solo cabell
ETHAN PETTERSONLa “Sala de Guerra” de Petterson Constructora no era una metáfora. Era una sala blindada, revestida de plomo y con aislamiento acústico, en el subsuelo del edificio, diseñada para gestionar crisis globales, caídas de la bolsa y ataques cibernéticos.Pero hoy parecía pequeña. Claustrofóbica. Y, principalmente, inútil.Estaba de pie frente a la pared de monitores de alta definición, con las manos apoyadas sobre la mesa de vidrio templado con tanta fuerza que temía que se hiciera añicos en cualquier momento. El vidrio reflejaba mi rostro: una expresión de furia y terror. La corbata ya había terminado en la basura hacía horas. Los botones del cuello de mi camisa estaban abiertos, y sentía el sudor frío deslizarse por mi espalda.A mi alrededor, doce de los mejores analistas de seguridad, hackers y exagentes de inteligencia que el dinero podía comprar tecleaban frenéticamente en sus terminales. El ruido de las teclas era irritante, como el sonido de insectos devorando un ca
CRISTINA SANTIAGO—¿Qué quieres? —preguntó. Directo. Negociador.—Dinero. Mucho dinero. Quiero una indemnización por la vida que destruiste.—¿Cuánto?—Cinco millones de dólares. En criptomonedas. Una transferencia imposible de rastrear. Quiero desaparecer, Ethan. Quiero irme a un lugar donde ni tú ni tus perros puedan encontrarme nunca.—Cinco millones. —Ni siquiera dudó—. Hecho. Lo transfiero ahora. Solo dime que ella está bien.—Está perfectamente. Un poco pálida, quizá. El embarazo la pone sensible, ¿no?—Déjame hablar con ella.Miranda acercó el celular hacia mí, pero mantuvo la mano firme, lista para apartarlo.—Ethan... —lloré—. Ethan, estoy bien. Dante también está bien.—Cristina... —Su voz se quebró. Pude notar el miedo en la voz de mi marido—. Escúchame. Haz todo lo que ella te diga. No reacciones. No luches. Voy a buscarte. Te lo prometo. Voy a buscarte.—Lo sé —susurré.Miranda apartó el celular.—Ya basta de cursilerías. Escucha bien, Ethan. Voy a enviarte la dirección d
CRISTINA SANTIAGOLa figura frente a mí estaba diferente, el cabello, antes brillante y perfecto, ahora estaba oscuro, grasoso y cortado de cualquier manera a la altura de la barbilla. La ropa de diseñador había sido sustituida por una sudadera gris desgastada y jeans holgados. Pero aquellos ojos eran inconfundibles, incluso hundidos bajo profundas ojeras de alguien que no dormía en paz desde hacía meses.—¿Miranda? —susurré, con un impacto tan violento que sentí que las piernas me fallaban.Sonrió, y el movimiento tiró de una fina cicatriz que iba desde la comisura de su boca hasta la barbilla.—Sorpresa, queridita —siseó, apretándome el brazo con una fuerza sorprendente para alguien que parecía tan delgada.—Tú... tú moriste —tartamudeé, mientras mi mente intentaba procesar la información—. Ethan me dijo...—Ah, ¿el auto? —se rio, un sonido seco y sin humor—. Obviamente lo fingí, idiota. ¿Crees que iba a quedarme quieta esperando a que tu marido psicópata me borrara del mapa como hi












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