LOGINLa tormenta seguía azotando los ventanales cuando el sonido de unos pasos apresurados rompió el hechizo que los mantenía inmóviles, frente a frente, a escasos centímetros el uno del otro. Elisa fue la primera en reaccionar, dando un paso atrás casi por instinto, justo en el momento en que la puerta de la biblioteca se abría sin previo aviso.—Disculpen, señor Varela —dijo la voz de Rosaura, una de las empleadas más antiguas de la casa, deteniéndose en el umbral con una bandeja de té en las manos —Vi luz encendida y pensé que tal vez alguien... La mujer se quedó a media frase, con la mirada moviéndose con rapidez entre Alejandro, que aún tenía la copa abandonada en el alféizar, y Elisa, que se había apartado apenas un segundo antes pero no lo suficientemente rápido como para que la escena no resultara, cuando menos, comprometedora, la cercanía excesiva, la tensión palpable en el aire, la respiración todavía agitada de ambos.—Solo estábamos revisando unos documentos del viaje —dijo Al
Las semanas que siguieron a la cena trajeron consigo un cambio sutil pero innegable en la dinámica de la mansión Varela. Alejandro, sin anunciarlo abiertamente, comenzó a incluir a Elisa en más reuniones de trabajo, primero con la excusa oficial de que su criterio financiero resultaba valioso para la empresa, y después, con una naturalidad que ya no necesitaba justificación alguna.La primera vez que la invitó a acompañarlo en un viaje de negocios, lo hizo con la misma formalidad distante que empleaba para todo lo relacionado con la empresa.—Hay una reunión con los inversionistas del proyecto costero, en la ciudad portuaria —le explicó una mañana, durante el desayuno, sin apartar la vista del periódico —Bruno tiene otros compromisos. Necesito a alguien que entienda de números y que pueda detectar lo que otros pasan por alto. Tú ya demostraste que tienes ese talento.Elisa aceptó, diciéndose a sí misma que se trataba únicamente de una oportunidad profesional, una manera de sentirse út
La cena se había organizado con varios días de anticipación, una reunión social para estrechar lazos con inversionistas extranjeros interesados en expandir operaciones en la región, mezclada con algunos rostros conocidos del círculo social más cerrado al que pertenecían los Varela. Elisa había pasado la tarde entera preparándose, no tanto por vanidad como por la necesidad de sentirse protegida tras una armadura de elegancia impecable, un vestido verde esmeralda, el cabello suelto en ondas cuidadosamente desordenadas, joyas discretas que realzaban sin opacar. Cuando bajó al salón principal, ya varios invitados habían llegado. Reconoció a algunos rostros de la prensa financiera, empresarios cuyos nombres había leído en los periódicos que solía revisar cuando aún luchaba por salvar Construcciones Méndez, y un par de mujeres elegantísimas que conversaban en un rincón con copas de champán, observando el ambiente con esa mirada evaluadora propia de quienes llevan toda la vida moviéndose en
La reunión estaba programada para las diez de la mañana, en la sala de juntas privada del ala este de la mansión, un espacio que Elisa aún no había pisado y que, según le explicó una asistente, se usaba exclusivamente para asuntos relacionados con las negociaciones más delicadas del Grupo Varela. Aquel día se discutiría la posible fusión con una constructora del norte del país, un acuerdo que llevaba meses gestándose y que, según los rumores que circulaban entre el personal de la casa, definiría buena parte del futuro financiero de la empresa. Elisa no había sido invitada formalmente. Fue Carlos, presente también por primera vez desde la boda como socio menor gracias al acuerdo firmado, quien le pidió que lo acompañara. —Conoces los números mejor que nadie que yo conozca, hija —le había dicho esa mañana, con una mezcla de orgullo y nerviosismo —Si algo no cuadra en esos contratos, tú lo verás antes que cualquiera de esos abogados. Ella aceptó, más por la curiosidad de comprender
Esa noche, Elisa esperó hasta que la casa quedó en silencio para buscar a Bruno. Sabía que él solía retirarse tarde a su despacho privado, una habitación contigua al dormitorio que usaba más como refugio que como oficina, y hacia allí se dirigió con paso decidido, aún con la imagen de aquella carpeta grabada a fuego en la memoria. Encontró la puerta entreabierta. Bruno estaba sentado frente a su escritorio, con la corbata aflojada y una copa de whisky a medio terminar junto a un montón de papeles que, sospechaba ella ahora, probablemente ni siquiera tenía autoridad real para firmar. —¿Puedo pasar? —preguntó, aunque ya había cruzado el umbral. Bruno levantó la vista, sorprendido por la visita a esas horas, y le hizo un gesto para que entrara. —Claro. ¿Ocurre algo? —Elisa cerró la puerta detrás de sí y se quedó de pie, con los brazos cruzados, buscando en su interior la calma necesaria para no dejar que la rabia dominara por completo sus palabras. —Hoy vi los documentos de la b
La habitación que le habían asignado en la mansión Varela era, sin lugar a dudas, una de las más hermosas que Elisa había visto jamás, paredes en tonos crema, muebles de madera clara importados, un ventanal enorme que daba a los jardines traseros y un vestidor tan amplio como el dormitorio completo de su antigua casa. Todo estaba dispuesto con un gusto exquisito, cada detalle pensado para transmitir lujo y comodidad.Y sin embargo, desde el primer momento en que cruzó el umbral con sus maletas, Elisa sintió que aquello no era un hogar. Era una jaula magníficamente decorada.—Su habitación está conectada a la del señor Bruno por esa puerta —le explicó el ama de llaves, una mujer de mediana edad con gesto amable pero distante, señalando una puerta discreta en la pared lateral —Sin embargo, cada uno cuenta con su propio espacio privado, baño y vestidor independientes. El señor Bruno solicitó específicamente que se respetara la individualidad de ambos.Elisa asintió, agradeciendo en silen







