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Capítulo 4

작가: Dragon Mama
POV: Gwyneth

—Gwyn —me llamó Graham desde atrás.

Me detuve en mitad de las escaleras y me volteé para mirarlo. Él se acercó sin decir nada más y extendió una mano hacia mí. En la palma llevaba un juego de llaves.

—Compré un apartamento de dos habitaciones cerca de tu universidad —me explicó, serio—. Ya está remodelado. Tú… deberías mudarte pronto.

Por un momento, me limité a observar las llaves, sorprendida.

Tomé las llaves y asentí.

—Está bien —acepté sin dudarlo.

No hice preguntas ni intenté convencerlo de que cambiara de opinión. Graham no apartó los ojos de mi cara, como si buscara alguna señal de tristeza o enojo. Tal vez esperaba que armara una escena. Tal vez quería descubrir qué escondía detrás de tanta calma.

No encontró nada.

Guardé las llaves en el bolsillo y continué subiendo las escaleras. Esta vez no era él quien me abandonaba. Era yo quien por fin estaba lista para irme.

Al día siguiente comencé a empacar. Tiré algunas cosas y doné casi todo lo demás. No quería llenar el apartamento nuevo con los recuerdos de una vida que ya no me pertenecía. Compraría lo necesario después. Por primera vez, tendría un espacio que sería solo mío y podría comenzar de nuevo.

También empecé a regresar cada noche más tarde. Casi nunca llegaba a la hora de la cena y dejé de ocupar mi lugar en la mesa. Poco a poco, mi ausencia se hizo tan evidente como los espacios vacíos que iban apareciendo en mi habitación.

Primero vacié el librero. Después, el armario. Al final, retiré todo lo que había sobre el tocador. Solo dejé un pequeño joyero en el centro, aislado en medio de aquella habitación que ya comenzaba a parecer deshabitada.

Ese día regresé después de las diez de la noche. La casa estaba en silencio y el salón permanecía a oscuras. Creí que todos se habían ido a dormir, hasta que distinguí el brillo rojizo de un cigarrillo encendido.

Graham estaba sentado en el sofá. El humo flotaba a su alrededor y ocultaba parte de su expresión, pero la tensión de su cuerpo me dejó claro que llevaba un buen rato esperándome.

—¿Por qué llegas tan tarde? —me interrogó con frialdad—. ¿Dónde estabas?

Me detuve mientras me cambiaba los zapatos en la entrada.

—Se me hizo tarde en la universidad —respondí sin darle más explicaciones.

Terminé de ponerme las pantuflas y pasé junto a él rumbo a mi habitación. No me detuve ni volteé a mirarlo. A mi espalda, un vaso chocó con fuerza contra la mesa del salón. El ruido perturbó el silencio de la casa, pero yo seguí caminando.

***

La quimioterapia de Leanna fue todo un éxito.

Tres meses después, el médico nos informó que se estaba recuperando sin complicaciones y ya podía regresar a casa. Solo tendría que volver al hospital para sus controles.

El día que le dieron el alta también fui a verla. Había perdido bastante peso y su cara todavía mostraba las huellas de aquellos meses tan duros, pero conservaba la misma energía de siempre. Ni la enfermedad había conseguido apagar su sonrisa.

Mientras Graham se ocupaba de los documentos, me quedé en la habitación para acompañarla. Leanna me observó durante unos segundos, como si llevara rato buscando la manera de hacerme una pregunta.

—Gwyn, ¿tú y Graham… discutieron? —preguntó al fin con cautela.

Dudé antes de responder. Leanna entendió mi silencio y suspiró.

—Desde hace un tiempo está de un humor insoportable —me contó con preocupación—. Hasta sus empleados hacen lo posible por evitarlo.

No dije nada. No tenía sentido explicarle que la distancia entre Graham y yo ya no se debía a una simple discusión.

Leanna tomó mi mano y la apretó entre las suyas.

—Sé que te pidió que te mudaras —continuó con tono protector—. Ya lo regañé por eso. Pero no te preocupes. Esa casa siempre será tu hogar mientras yo esté allí.

El cariño de sus palabras me calentó el pecho. Apreté sus manos y la miré con seriedad.

—Leanna, ya soy adulta y necesito tener mi propia vida —le expliqué con calma—. Además, estoy tramitando una visa de estudiante para continuar mis estudios en el extranjero. Si todo sale bien, me iré el próximo año.

Leanna abrió los ojos, sorprendida.

—¿Al extranjero? —me preguntó sin poder creerlo—. ¿Adónde? ¿Por cuánto tiempo?

—A Angland. Haré una maestría allá y quizá tarde dos o tres años en volver —le respondí.

La alegría desapareció de su rostro. Sus ojos se llenaron de lágrimas y por un momento volvió a parecer frágil.

—Entonces tienes que cuidarte mucho cuando estés allá —me pidió con la voz temblorosa—. Y si te pasa algo, sea lo que sea, tienes que contarnos. ¿Entendido?

—Entendido —le prometí con una sonrisa.

Leanna se secó las lágrimas y sonrió, decidida a no ponerse triste.

—Quizá debería presentarte a uno de mis conocidos —propuso, cada vez más animada—. Estudia arquitectura y diseño. Es un buen chico.

Negué con la cabeza.

—No hace falta, Leanna —rechacé con suavidad—. No tienes que buscarme pareja.

—¿Por qué no? —protestó—. Vas a sentirte sola tan lejos de casa.

Pensé durante unos segundos si debía contárselo. Al final decidí que no tenía motivos para ocultárselo.

—La verdad es que… estoy conociendo a alguien —confesé.

—¡¿Qué?! —exclamó Leanna. Sus ojos volvieron a abrirse de par en par.

—Lo conocí mientras hacía los trámites para la visa —le expliqué—. Planeamos inscribirnos en el mismo programa.

La sorpresa de Leanna se transformó en emoción. Dio una palmada y una sonrisa enorme se dibujó en su rostro.

—¡Esa sí es una gran noticia! —celebró—. ¡Tengo que contárselo a Graham! Pero ese chico tendrá que pasar todas nuestras pruebas primero. Debemos asegurarnos de que no sea un patán.

—No tienes que… —intenté detenerla.

Fue inútil. Leanna ya había tomado el teléfono, lista para llamarlo.

—Ah, ya regresó —comentó al escuchar un ruido en el pasillo. Dejó el teléfono a un lado y miró hacia la puerta.

En ese momento, Graham abrió la puerta y entró con una larga factura detallada en la mano. Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en nuestras manos entrelazadas. Sus ojos se oscurecieron, aunque su rostro permaneció serio.

—¿De qué estaban hablando? —preguntó mientras se acercaba—. ¿Por qué están tan sonrientes?

Sin esperar respuesta, se colocó junto a Leanna y la rodeó por los hombros para atraerla hacia él. El gesto le salió con tanta naturalidad que sentí que yo sobraba en aquella escena.

Leanna alzó el rostro hacia él. La emoción todavía le iluminaba los ojos.

—Estaba a punto de presentarle a alguien a Gwyn —le contó, ansiosa por compartir la noticia—. ¡Adivina qué me respondió!

Graham apenas me dedicó una mirada.

—Lo rechazó —contestó con total seguridad.

—¡Exacto! ¡Me dijo que no! —confirmó Leanna entre risas.

Graham hizo un sonido indiferente, como si la respuesta fuera demasiado obvia.

—Desde niña nunca ha querido separarse de mí —comentó—. Hasta se negó a vivir en la residencia cuando entró a la universidad. ¿De verdad creíste que le interesaría salir con alguien?

Leanna sonrió, incapaz de contenerse por más tiempo.

—¡Pues me dijo que está conociendo a alguien! —reveló con entusiasmo—. ¡Y además se irá al extranjero con él!

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