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Capítulo 3

작가: Dragon Mama
POV: Gwyneth

Me levanté con tanta prisa que tiré la silla al suelo. El golpe resonó por toda la biblioteca y todos voltearon hacia mí.

Ni siquiera me detuve a disculparme. Salí casi corriendo entre las mesas mientras buscaba el número de Leanna en mi teléfono. La llamé antes de llegar a la puerta.

No sabía cuánto tiempo llevaba enferma, pero en mi vida pasada el diagnóstico había llegado demasiado tarde. Esta vez cada día podía marcar la diferencia.

—¿Leanna? ¿Tienes tiempo esta tarde? —pregunté apenas respondió—. Quisiera que nos viéramos para tomar un café.

Nos encontramos en una cafetería. Cuando descubrió que la había citado para pedirle que me acompañara a una revisión médica completa, se echó a reír.

—¿Por qué pensaste en hacerte una revisión médica así de repente? —preguntó con curiosidad—. ¿Te sientes mal?

No podía contarle que en mi vida pasada había muerto de cáncer, así que improvisé una excusa.

Necesitaba convencerla sin asustarla. Si mencionaba el cáncer o mostraba demasiada preocupación, Leanna empezaría a hacer preguntas que yo no podía responder.

—Es por una actividad de la universidad —mentí con la voz más inocente que pude—. Me da miedo ir sola, Leanna. ¿Podrías acompañarme, por favor?

Leanna me miró con desconfianza.

—¿De verdad? —insistió.

Sostuve su mirada y asentí.

—De verdad —aseguré—. Y ya que estaremos allí, podrías aprovechar para hacerte una revisión también. Solo… considéralo un examen antes de la boda. Te casarás pronto con Graham, ¿no?

Leanna se puso roja. Apretó los labios y me miró como si quisiera regañarme.

—¿Cómo se te ocurre…? —protestó.

El sonido de su teléfono no la dejó terminar. Graham la estaba llamando.

—¿Dónde estás? —preguntó él en cuanto Leanna respondió.

—Tomando café con Gwyn —contestó ella.

Hubo un breve silencio al otro lado de la llamada.

—Regresa pronto —le pidió Graham.

Después de colgar, Leanna sonrió y comentó, divertida, que Graham podía ser demasiado intenso. Su expresión dejaba claro que, en el fondo, le encantaba que él la buscara.

Su comentario me hizo sonreír. Me despedí con la excusa de que tenía clases y le recordé que nos veríamos el fin de semana para la revisión médica.

Apenas llegué a la entrada del campus, vi el automóvil de Graham estacionado junto a la puerta. Él bajó en cuanto me reconoció, caminó directo hacia mí y me agarró del brazo.

—Graham, ¿qué haces…? —intenté preguntarle.

No me respondió. Me arrastró hasta un rincón apartado y me lanzó a un lado antes de que pudiera entender qué estaba pasando.

Perdí el equilibrio y caí sobre las manos y las rodillas. Un dolor agudo me recorrió los codos y las piernas. Cuando bajé la mirada, vi la piel raspada y la sangre que comenzaba a salir de las heridas.

Graham me observó desde arriba. Su mirada era fría y dura.

—Te lo advierto, Gwyneth Rowland —me amenazó—. Aléjate de Leanna si no quieres problemas. No te atrevas a decirle ni hacer nada que no debas. Y mantén la boca cerrada.

Apoyé una mano contra el suelo y conseguí ponerme de pie. Me temblaba la voz, pero sostuve su mirada.

—Nunca hice nada —me defendí—. Solo le pedí que me acompañara a una revisión médica.

Graham se quedó inmóvil.

—¿Estás enferma? —preguntó sin pensarlo.

Había preguntado antes de que pudiera ocultar la preocupación.

Lo miré, sorprendida por su reacción, y después negué con la cabeza.

—No —aclaré—. Es una revisión de rutina que pidió la universidad.

Graham me observó durante varios segundos. Poco a poco, la dureza de su cara desapareció. Parecía haber recordado algo y trataba de confirmarlo en su cabeza.

Después se agachó frente a mí y revisó las heridas de mis rodillas.

—Sube al auto —ordenó.

Me llevó hasta una farmacia y compró gasas y yodo. Luego se arrodilló junto a la calle para curarme. Sus movimientos no fueron delicados, pero limpió cada herida con cuidado y se aseguró de cubrirlas bien.

No entendía cómo podía tratarme con tanta frialdad un momento y, al siguiente, arrodillarse frente a mí para vendarme las rodillas. Esa contradicción había alimentado mis sentimientos durante años. Cada gesto de cariño conseguía que olvidara todo lo demás.

Ahora sabía que no debía confundir aquel cuidado con amor. Aun así, descubrir que una parte de él todavía se preocupaba por mí hizo que me doliera el pecho.

Graham no levantó la cabeza cuando habló.

—Las llevaré a las dos a la revisión médica este fin de semana —informó en voz baja.

Mantuve la vista clavada en mis zapatos. Poco a poco, todo comenzó a verse borroso.

***

El día que recibimos los resultados, Leanna lloraba y todo el cuerpo le temblaba.

Le habían diagnosticado cáncer de huesos en etapa uno.

Sentí que las piernas perdían fuerza. Esta vez la enfermedad no había tenido tiempo de avanzar hasta arrebatarle cualquier posibilidad de salvarse.

—Lo detectamos a tiempo —explicó el médico—. Como la enfermedad está en una etapa temprana, tiene una probabilidad muy alta de recuperarse.

Graham la abrazó con fuerza. Una de sus manos temblaba sobre la espalda de Leanna mientras comprendía lo cerca que había estado de perderla.

Leanna me miró por encima del hombro de Graham. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Gracias, Gwyn… —sollocó con la voz quebrada—. De verdad… Muchas gracias.

Negué con la cabeza y le acaricié la espalda para tranquilizarla.

Graham también me miró por encima del hombro de Leanna. Sus ojos se quedaron fijos en mí, pero no conseguí entender lo que estaba pensando.

Entonces recordé el día en que Leanna murió en mi vida pasada.

Llovía con tanta fuerza que apenas se podía ver algo. Cuando Graham descubrió que Leanna había perdido toda esperanza de reconciliarse con él después de enterarse de lo que había ocurrido aquella noche, se quedó allí hasta el amanecer frente a su tumba.

Al regresar a casa, enloqueció de rabia y destrozó todo lo que encontró. Después descubrió mi diario, escondido en un rincón.

Fue entonces cuando se convenció de que yo le había contado a Leanna lo ocurrido entre nosotros a propósito.

Intenté explicarle la verdad, pero Graham no quiso escucharme. Se divorció de mí, me obligó a marcharme sin un centavo e impidió que consiguiera trabajo en cualquier lugar de la ciudad.

Al final, morí sola en un apartamento alquilado. No había nadie conmigo.

Pero ahora todavía podíamos arreglarlo todo. Leanna viviría. Graham no me culparía por su muerte. Y yo me marcharía.

Por fin sentí que me quitaba un peso enorme de encima. Todo el esfuerzo había valido la pena.

Por primera vez desde que regresé, el futuro dejó de parecer una condena. Leanna tenía una oportunidad y yo también.

Cuando salimos del hospital, el sol comenzaba a ocultarse. Graham se había encargado de los documentos y yo acompañaba a Leanna mientras lo esperábamos en la sala principal.

Leanna apoyó la cabeza contra mi brazo.

—Tengo miedo, Gwyn —confesó en voz baja.

Le acaricié el brazo para tranquilizarla.

—No tienes que tener miedo —le aseguré—. Graham está aquí contigo. Siempre estará a tu lado.

***

Después de eso, Leanna quedó hospitalizada.

La operación fue un éxito. El siguiente paso sería la quimioterapia.

Graham canceló todos sus compromisos de trabajo y la acompañó en el hospital cada día. Yo tampoco tenía un minuto libre: iba de la universidad al hospital y, al mismo tiempo, preparaba todo lo necesario para continuar mis estudios en el extranjero.

Los días se llenaron de clases, visitas y formularios. Apenas tenía tiempo para descansar, pero ver a Leanna recuperarse me recordaba por qué estaba haciendo todo aquello.

Un día, cuando regresaba del hospital, Graham me llamó desde atrás.

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