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Capítulo 4

last update publish date: 2026-11-02 20:30:05

POV de Valerie

==========

Mientras seguía sentada, intentando relajarme un poco más, de repente sonó el teléfono fijo de mi despacho. Contesté, colocando el auricular en mi oído izquierdo.

—Hola, habla Valerie Skye. ¿En qué puedo ayudarle?

—Hola, Valerie. Por favor, ven a la sala de conferencias —respondió una voz.

—Está bien, señor —contesté al reconocer la voz del señor Blaze.

Me apresuré a salir de mi despacho y me dirigí a la sala de conferencias. Al llegar, encontré al señor Blaze y a Dante de pie, uno al lado del otro, acompañados por unas cuantas personas que todavía permanecían allí.

Cuando me acerqué, el señor Blaze me vio desde lejos y levantó la voz para llamarme.

—¡Valerie! Sí, necesito que hagas algo por mí.

—Por supuesto, señor —respondí suavemente, pues seguía siendo mi jefe.

—¿Podrías enseñarle las instalaciones a mi hijo, quiero decir, a tu nuevo jefe, y finalmente acompañarlo hasta su despacho? —me pidió.

Luego continuó:

—Hace mucho tiempo que no viene por aquí, ya que ha pasado bastante tiempo en Londres, así que es posible que no esté familiarizado con algunas cosas. Pero me hace muy feliz que haya decidido establecerse aquí, en Seattle, y hacerse cargo de mi empresa.

—No hay ningún problema, señor —acepté sin mostrar ninguna señal de inquietud.

Entonces me volví hacia Dante.

—Vamos, señor Dante.

Él asintió y ambos salimos de la sala de conferencias, dejando atrás a su padre y a las pocas personas que todavía permanecían allí.

Después de pasar varias horas en la oficina y presentarle al resto de los empleados de la empresa, finalmente nos dirigimos a su despacho.

Al entrar, abrí las cortinas para dejar que la luz de la mañana iluminara la estancia. Después, comencé a mostrarle dónde se encontraba cada cosa que pudiera necesitar.

Mientras lo hacía, mantuve una expresión estrictamente profesional, sin darle ninguna oportunidad de iniciar una conversación personal conmigo.

Pero ¿a quién quería engañar?

Dante se acercó lentamente y me tocó ligeramente la cintura.

Me aparté de inmediato, sorprendida por su atrevimiento.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté.

—¿Tú qué crees? —respondió.

—Por favor, no hago ese tipo de cosas —le advertí, frunciendo el ceño.

Él soltó una risa burlona y siniestra.

—¿Por qué actúas como si fuera una enfermedad? Al menos anoche tuvimos sexo y, créeme cuando te digo que conozco cada parte de tu cuerpo.

Sus palabras me provocaron tanto asco que estuve a punto de abofetearlo. Sin embargo, al recordar que era mi jefe, contuve mi reacción.

—Por favor, deme el respeto que merezco, SEÑOR. Lo que ocurrió entre nosotros anoche fue un error. Y jamás habría permitido que sucediera si hubiera sabido que usted era el hijo de mi jefe —le expliqué con firmeza.

Pero Dante parecía decidido a comportarse como el completo idiota que estaba demostrando ser.

—Tienes que escuchar todo lo que te diga, Valerie. Ahora soy tu jefe, así lo ha querido el destino, y el futuro de tu empleo aquí está en mis manos. No tienes otra opción que hacer lo que yo diga. Y si digo que quiero volver a disfrutar de momentos como los que compartimos anoche, tendrás que aceptarlo, porque no hay nada que puedas hacer al respecto —me amenazó.

Sin embargo, no pensaba dejarme intimidar. Me mantuve firme y le dejé muy claro que no era alguien con quien pudiera jugar.

—Escúchame bien, Dante. Sé que eres rico y que tu padre también lo es, pero quiero que entiendas algo: no soy una cualquiera a la que puedas intimidar utilizando tu posición y tu poder. Puedo decidir responderte, del mismo modo que puedo decidir ignorarte. Tengo un dominio tan firme sobre mí misma que nadie, absolutamente nadie, puede hacerme cambiar de opinión. Así que grábate esto en la cabeza: no te metas con Valerie —le dije.

Al pronunciar aquellas palabras, noté la expresión de asombro en sus ojos. Evidentemente, jamás había esperado recibir una respuesta semejante de mi parte.

Entonces, recuperando mi habitual actitud profesional, añadí:

—Ahora me retiraré, señor Dante.

Salí de su despacho y respiré profundamente al darme cuenta de toda la tensión que había estado soportando.

De repente, sentí una nueva valentía dentro de mí. Era como si todo el miedo que le había tenido hubiera desaparecido por completo.

Regresé a mi despacho y continué con mis actividades del día, sintiéndome mucho más tranquila.

Más tarde, al caer la tarde, terminé todo mi trabajo, despejé mi escritorio y me preparé para regresar a casa.

Al salir del edificio, me quedé esperando un taxi mientras me despedía de mis compañeros con la mano.

De repente, un automóvil con los cristales tintados de negro se estacionó justo delante de mí.

Me enfurecí porque casi había llegado hasta donde yo estaba sin siquiera prestar atención a mi presencia.

Así que solté:

—¿Estás loco? ¿Acaso no tienes ojos para darte cuenta de que hay una persona aquí?

Entonces vi cómo bajaba la ventanilla del asiento trasero y, para mi sorpresa, descubrí que no era otro que Dante.

—¿Es que mi día no va a darme un solo momento de tranquilidad? —murmuré para mis adentros.

—Buenas tardes, Valerie. ¿Me permitirías llevarte a casa? —me preguntó, inclinando ligeramente el rostro hacia mí.

—No, gracias. No necesito favores de un niño rico y malcriado. Estoy perfectamente bien por mi cuenta, como siempre lo he estado. Así que sigue tu camino. Quizá encuentres a tu próxima víctima por ahí —le respondí.

—Vamos, Valerie. Empecemos de nuevo —insistió.

—Por favor, ¿puedes marcharte de una vez? —supliqué, juntando las manos.

Pero él seguía negándose a irse, así que decidí tomar la iniciativa y marcharme yo.

Después de pasar dos horas buscando un taxi que pudiera llevarme a casa, finalmente conseguí uno.

Subí al vehículo y me acomodé en el asiento, intentando relajar todos mis nervios.

Unos minutos después, llegué a casa y debo confesar que fue una sensación maravillosa estar de vuelta.

Al entrar en mi apartamento, repasé rápidamente todo lo que había ocurrido durante el día. Más tarde, me senté en el sofá para cenar.

De repente, escuché sonar mi teléfono.

Lo tomé y revisé el identificador de llamadas. Para mi sorpresa, apareció el nombre de Dante Blaze en la pantalla.

Debo admitir que, en aquel momento, agradecí que el teléfono mostrara la identidad de aquel número desconocido, porque así pude saber quién estaba intentando localizarme.

Entonces murmuré para mis adentros:

—¿Cómo demonios consiguió este idiota mi número de teléfono?

Pero enseguida recordé que todos mis datos personales estaban archivados en la oficina y que él también tenía acceso a ellos desde su despacho.

Suspiré y apagué inmediatamente mi teléfono para evitar que volviera a llamarme aquella noche.

Unos minutos después, terminé de cenar y me dirigí a mi habitación para dormir, convencida de que, al menos por aquella noche, ya no tendría que soportar ninguna molestia de su parte.

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