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Capítulo 18: Tiro al blanco

Author: Betty06
last update publish date: 2026-10-19 18:47:52

POV Antonia

La feria de San Isidro olía a fritanga, a aguardiente y a pólvora mojada. Desde el parqueadero se oía la música: una tambora desafinada, un acordeón, y debajo, el griterío de los vendedores que ofrecían empanadas, chicha y gallinas vivas.

Julián estacionó la camioneta junto a un muro de tapia, apagó el motor y bajó sin esperar a nadie. Abrió la puerta de Alejandro, luego la de Mateo, y al llegar a la mía, la sostuvo con la vista clavada en el cielo.

—Cuidado con el barro, patroncita.

—No es mi primer charco, Julián.

—Se nota que no. —Lo dijo bajito, sin ninguna expresión.

Pasé a su lado con la barbilla en alto. Seguía viendo la palmada de Alejandro en su hombro, la jarra temblando. No iba a olvidarlo por una frase insolente.

Mateo me ofreció el brazo, y lo acepté.

—Respira —murmuró, sin mover los labios—. Estás apretando.

—Estoy perfectamente.

—Claro. Por eso me estás clavando las uñas.

Aflojé la mano. Alejandro caminaba detrás de nosotros, comentando en voz alta lo pintoresco que era todo, «tan auténtico, tan de pueblo», como quien visita un zoológico. Julián iba unos pasos más atrás, con el sombrero calado, saludando a medio mundo. A él sí lo conocían: un viejo le dio la mano, una señora le pellizcó la mejilla, unos niños le gritaron «¡Julián!» y corrieron a colgársele de los brazos.

Yo no miraba. Estaba ocupada riéndome de una chiva que Mateo juraba haber visto con corbata.

—Allá —dijo él de pronto, señalando una caseta de madera pintada de rojo—. Tiro al blanco. Te reto.

—¿A qué?

—A que no me ganas.

—Mateo de la Pava, me estás subestimando.

—Eso espero.

El hombre de la caseta nos entregó dos escopetas de aire, con perdigones y una hilera de latas oxidadas al fondo. Premio: un osito de peluche con un ojo torcido. Mateo apuntó, falló, y se rio de sí mismo con tanto descaro que los curiosos se acercaron.

—Te toca, reina.

Levanté el arma. Tenía el hombro tenso, la mandíbula dura. Pensé en una palmada sobre un hombro. Disparé, y la lata de la esquina salió volando.

—Uy —dijo Mateo.

Disparé otra vez. Otra lata. Y otra.

—Antonia, ¿contra quién estás peleando?

—Contra las latas.

—Las pobres no te hicieron nada.

Alejandro se acercó con las manos en los bolsillos.

—Prima, qué puntería. ¿Practicas con tus enemigos?

—Con los que se lo buscan.

—Qué ferocidad. —Sonrió—. Me encanta verte así. Tan... humana.

No le contesté. Disparé la quinta lata, y la multitud aplaudió.

—¡Julián! —gritó una voz de mujer.

Giré la cabeza sin querer.

Una muchacha cruzaba el tumulto con una bolsa de papel en las manos y la trenza negra rebotándole sobre la espalda. Joven, de piel tostada, con un vestido floreado de domingo y unos ojos grandes, brillantes, que no miraban a nadie más que a él. Llegó hasta Julián y le plantó un beso en la mejilla, demasiado cerca de la boca.

—Pensé que no venía. Le guardé un pedazo de arequipe, de los que le gustan.

—Luz Dary. —Julián sonrió, y era una sonrisa verdadera, cansada, de hermano mayor—. No tenía que molestarse.

—No es molestia. —Le tocó el vendaje con la punta de los dedos—. ¿Y esto? Me contaron que se cayó. Dios mío, Julián, ¿por qué no me avisó?

—Fue un golpe, no más.

—A usted siempre le pasa algo por andar cuidando a los demás.

Lo dijo mirándome a mí.

Fue apenas un segundo. Luz Dary giró la cabeza y me recorrió de arriba abajo con unos ojos que ardían. El vestido mostaza, las sandalias prestadas, el pelo recogido. Después volvió a Julián, y su voz se hizo más dulce.

—La patroncita capitalina, supongo.

—Luz Dary —advirtió Julián.

—Qué honor conocerla, señorita. —Inclinó la cabeza con una reverencia burlona—. Dicen que viene a mandar. Ojalá le dure.

Sentí cómo me subía algo caliente por el pecho. Algo que no tenía nada que ver con ella, desde luego. Era el calor, la feria, el insulto. Esa muchacha descarada, tocándole la cara a un hombre que se había vendido por un sobre.

Dejé la escopeta sobre el mostrador con un golpe seco.

—Julián, qué bien acompañado estás. —Sonreí con toda la dulzura de la que fui capaz—. Qué poco te dura el luto por tu herida. Hace un rato eras un moribundo y ahora andas repartiendo sonrisas.

Silencio. Mateo dejó de reírse.

—Patroncita —respondió Julián, sin levantar la voz—, a los moribundos nos da por resucitar cuando hay con quién. Y cuando no hay quien nos pague el funeral.

La frase me cayó en el estómago como una piedra. No entendí a qué se refería, o no quise.

—Qué ingenioso. Quizás podrías invertir ese talento en algo útil. Hay un cafetal esperándote, ¿o ya se te olvidó para qué te pagan?

—Antonia —dijo Mateo suavemente.

—Me pagan para traerla de vuelta sana —contestó Julián. Sus ojos eran de piedra, pero sus manos se habían cerrado a los costados—. Y eso estoy haciendo.

Luz Dary soltó una risita. Alejandro, a mi espalda, silbó bajito, encantado.

Debí quedarme callada. Lo supe en cuanto lo vi bajar la vista, no vencido sino contenido, como si se hubiera mordido algo por dentro. Algo en mi pecho se encogió, pequeño y absurdo.

Tuve que mirar a otro lado.

Se lo merecía, me dije. Se lo merecía y mucho más.

—Me aburrí de las latas —anuncié—. Mateo, ¿me compras un algodón de azúcar?

—Claro.

Mateo me tomó del codo. Antes de girar, le dirigió a Julián una mirada breve, ni de lástima ni de reproche, atenta, y después otra a mí. La segunda duró más.

Caminamos entre los puestos sin hablar. Pasamos junto a una rueda de Chicago, un hombre con un oso amaestrado, un puesto de gallos de pelea. Mateo compró dos algodones, me dio uno y se quedó contemplando el suyo.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Mateo.

—Es que me acordé de algo. —Mordió el algodón—. De cuando éramos niños y a Julián le dio por decir que odiaba a las gallinas. Les tenía pánico. Pero cada vez que una se escapaba del corral, él era el primero en salir corriendo detrás, a rescatarla. Decía que lo hacía por fastidiar a su mamá.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Nada. —Se encogió de hombros con una sonrisa ligera—. Que a veces la gente se esfuerza mucho en odiar lo que no le es indiferente.

Me detuve.

—No sé de qué hablas.

—Yo tampoco. —Siguió caminando, silbando bajito.

El algodón se me deshizo en los dedos. Atrás, entre la gente, alcancé a ver la figura de Julián, solo, con las manos en los bolsillos, mirando el suelo. Luz Dary le hablaba al oído. Él asentía sin escuchar.

Y en ese instante, él levantó la cabeza y me buscó entre la multitud.

Giré el rostro de golpe.

Mateo lo había visto. Yo sabía que lo había visto. Y sabía, con una certeza fría y terrible, que no iba a decir una palabra.

Recompuse la máscara, aspiré hondo y sonreí.

—Sigamos —dije—. Quiero ver el oso.

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