LOGINEl brillo de una gema no oculta la oscuridad de un corazón de piedra. En los años 90, donde el linaje y el apellido lo son todo, Esmeralda Arango es la mujer más poderosa de la industria joyera en América Latina. Educada en las élites de Europa y Estados Unidos, ha regresado a Bogotá para tomar las riendas del imperio esmeraldero de su abuelo, el legendario Don Alfredo. Sin embargo, en un mundo de hombres y juntas directivas machistas, ser la heredera no es suficiente. Para consolidar su puesto como CEO y acallar las voces de los socios que la tildan de "inestable" por su soltería, Esmeralda debe cumplir una última voluntad de su abuelo: regresar a la finca donde nació la fortuna familiar, un lugar que ella desprecia y no ha pisado desde su infancia. Allí, entre cafetales y el polvo de las minas, se encuentra con Julián, el joven capataz de los jardines y mano derecha de Don Alfredo. Julián es la antítesis de Esmeralda: un hombre de campo, de manos curtidas y corazón honesto, que sacrificó sus estudios para sacar adelante a su madre y hermanos tras la muerte de su padre en los socavones de la mina. Para Esmeralda, Julián es solo un "peón ignorante" que se aprovecha de la senilidad de su abuelo. Para Julián, ella es una "niña mimada y cruel" que ha olvidado sus raíces y el valor de la gente que trabaja su tierra. Obligados a convivir bajo el mismo techo por una cláusula que podría arrebatarle su imperio, Esmeralda y Julián desatarán una guerra de voluntades. Pero en la profundidad de las montañas colombianas, donde las esmeraldas más puras se encuentran bajo presión extrema, ambos descubrirán que el odio y el deseo son caras de la misma moneda.
View MorePOV de Julián Martinez
El cepillo de cerdas duras pasaba una y otra vez sobre el lomo de Centella. A sus casi veinte años, el azabache ya no era el corcel brioso que devoraba los potreros de la hacienda, pero yo lo cuidaba como si fuera de oro. Era el caballo de Antonia. Cada cana en el hocico del animal y cada cicatriz en su pelaje me recordaban a ella. Me recordaban a la niña consentida de la casa grande que aprendió a galopar a mi lado, y a la muchacha de dieciséis años con la que me había entregado por primera vez entre los cristales del viejo vivero de flores, antes de que el mundo y la clase social nos destrozaran. Me recordaba a la mujer arrogante que, siete años atrás, empacó sus maletas para irse a estudiar al exterior, dejándome clavado en la tierra con mi orgullo hecho pedazos. Hoy, a sus veintitrés años, ella regresaba convertida en una heredera inalcanzable. Y yo, a mis veinticinco, seguía siendo el mismo peón humilde oliendo a sudor y paja. El sonido de unos pasos lentos y el golpeteo sordo de un bastón sobre la piedra de la cuadra interrumpieron mis pensamientos. —Sigues consintiendo a esa bestia como si fuera tu propia vida, Julián —dijo una voz desgastada por los años y la enfermedad. Me giré de inmediato y dejé el cepillo sobre el balde. Don Alfredo Arango estaba de pie a la entrada del establo. Se le notaba la fatiga en los hombros caídos y en la palidez de su rostro, pero sus ojos grises conservaban el destello de autoridad de quien levantó un imperio corporativo con sus propias manos. —Es el caballo de la niña, don Alfredo. Mientras viva, nada le va a faltar —respondí con voz baja, limpiándome las manos en el pantalón de lona. El viejo suspiró, mirando al azabache con nostalgia, y luego clavó su mirada en mí. Una mirada pesada, cargada de una preocupación que llevaba días rondándolo. —Acompáñame al despacho, muchacho. Tenemos que hablar de dos cosas urgentes. Caminé tras él en silencio. A pesar de la diferencia de sangre y de clase social, para mí don Alfredo era el único padre que había conocido. El hombre que me dio techo, comida y respeto cuando mi madre y yo no teníamos nada. El despacho olía a cuero viejo, tabaco y madera de cedro. Don Alfredo se dejó caer sobre su sillón de orejas con un leve quejido de dolor y me indicó con la mano que me acercara. —Lo primero es sencillo —empezó diciendo, apoyando ambas manos sobre la cabeza de plata de su bastón—. Antonia viene conduciendo su propio carro desde Bogotá y me acaba de avisar que ya está entrando al pueblo. Como no quiere llamar la atención en la entrada de la hacienda, me pidió que alguien la espere allá para escoltarla y ayudarla con el equipaje. Quiero que vayas tú mismo en la camioneta a buscarla. El corazón me dio un vuelco violento en el pecho. Sentí una mezcla amarga de rencor y rabia contenida quemándome la garganta. Hacía siete años que no la veía. Siete largos años desde que recogió sus cosas para marcharse al extranjero, demostrándome lo poco que valía un capataz para una heredera Arango. —Entendido, patrón. Iré por ella —logré decir, apretando los puños para disimular la tensión. —Y lo segundo, Julián... es algo mucho más grave —continuó el viejo, poniéndose serio y mirándome con absoluta fijeza—. Sabes muy bien cómo está mi salud. El médico dice que a mi corazón le quedan pocos latidos, y las hienas de la familia ya están oliendo la sangre. —No diga eso, don Alfredo... —Es la verdad y hay que enfrentarla —me cortó con firmeza—. Antonia es mi única heredera directa. Todo el patrimonio, las acciones de la empresa y esta tierra van a pasar a sus manos. Pero ella está sola, Julián. Su madre es una mujer banal a la que solo le importa el estatus, y su primo Alejandro es una serpiente capaz de cualquier cosa con tal de quitarle la presidencia corporativa. El viejo se inclinó hacia adelante, y la frialdad de su mirada dio paso a una súplica desesperada. —En esta finca y en esa junta directiva no hay una sola persona en la que yo confíe... excepto tú. Te crié como a un hijo, conozco tu madera y sé de qué estás hecho. Necesito que me hagas una promesa sagrada hoy mismo. —Pídame lo que sea, patrón. Usted sabe que por usted doy la vida. —Quiero que defiendas a Antonia —dijo el viejo con voz firme—. Defiéndela de Alejandro, de la prensa, de la alta sociedad que la va a devorar viva... e inclusive, defiéndela de sí misma y de su propio orgullo. Prométemelo, Julián. Se me hizo un nudo en la garganta. Proteger a la mujer que me había destrozado el alma, a la heredera que me miraba por encima del hombro, parecía una broma cruel del destino. Pero la lealtad que le debía al viejo pesaba más que cualquier herida de mi pasado. —Se lo prometo por mi madre y por mi vida, don Alfredo —sentencié, sintiendo que estaba firmando mi propia sentencia de muerte emocional—. Mientras yo respire, nadie le va a tocar un solo pelo a su nieta. Don Alfredo asintió en silencio, con una mueca de alivio cruzándole el rostro cansado. Lo que yo no sabía en ese momento, mientras salía del despacho con la promesa latiéndome en las sienes, era la trampa que el viejo estaba tejiendo en su cabeza. No me había dicho ni una sola palabra del verdadero plan que tenía guardado para los dos... ni del papel que tendría que firmar esa misma noche para atar mi destino al de Antonia Arango para siempre.POV Antonia No pude quedarme en mi cuarto. Me paseé de la cama a la ventana y de la ventana a la cama, con la imagen de Luz Dary tocándole el vendaje a Julián clavada en la cabeza como una astilla. Y la risa de Alejandro. Y el silencio de Mateo, que había huido sin dar la cara. Me puse una chaqueta sobre el camisón y bajé descalza, con las sandalias en la mano, antes de pensarlo dos veces. Las caballerizas tenían una sola luz encendida, un farol colgado de un clavo, y ahí estaba él, sin camisa, cepillando al Retinto con movimientos largos y cansados. El agua de la tormenta de la tarde aún goteaba del techo de zinc. —Necesito hablar contigo. Julián no se volvió. —Es tarde, patroncita. Vaya a dormir. —No me des órdenes. —No le doy órdenes. Le doy un consejo. —Siguió cepillando—. Usted no tiene nada que hacer aquí a esta hora. —Tengo mucho que hacer. —Entré más al establo, y el olor a heno y a animal me envolvió—. Quiero saber qué te dijo Alejandro al oído en el comedor. Se det
POV Julián Las seis de la tarde en la feria olían a aceite quemado y a pólvora. Yo esperaba junto a la camioneta con el sombrero en la mano, contando los minutos para volver a la hacienda. Luz Dary me había dejado por fin en paz, no sin antes decirme que esa mujer no valía lo que yo aguantaba. Le dije que se fuera a su casa. Mateo apareció entre los puestos con las manos en los bolsillos y esa sonrisa suya, la que usaba cuando iba a pedir algo. —Julián Esteban. Necesito un favor. —Dígame. —Me salió un compromiso. Uno de esos que no se pueden dejar. —Se rascó la nuca—. Excúseme con Antonia, ¿sí? Y con el primo, que ese tiene cara de apuntar todo lo que respiro. Digan que me llamaron de la finca. —¿Se va ya? —Me recogen en la entrada. No se preocupe, me devuelvo solo. —Como quiera. Me dio una palmada en el hombro, de esas suyas que casi tumban, y se perdió entre la gente. Yo lo seguí con la vista sin ninguna intención, por costumbre de hermano mayor. Y por eso lo vi. En la en
POV Antonia La feria de San Isidro olía a fritanga, a aguardiente y a pólvora mojada. Desde el parqueadero se oía la música: una tambora desafinada, un acordeón, y debajo, el griterío de los vendedores que ofrecían empanadas, chicha y gallinas vivas. Julián estacionó la camioneta junto a un muro de tapia, apagó el motor y bajó sin esperar a nadie. Abrió la puerta de Alejandro, luego la de Mateo, y al llegar a la mía, la sostuvo con la vista clavada en el cielo. —Cuidado con el barro, patroncita. —No es mi primer charco, Julián. —Se nota que no. —Lo dijo bajito, sin ninguna expresión. Pasé a su lado con la barbilla en alto. Seguía viendo la palmada de Alejandro en su hombro, la jarra temblando. No iba a olvidarlo por una frase insolente. Mateo me ofreció el brazo, y lo acepté. —Respira —murmuró, sin mover los labios—. Estás apretando. —Estoy perfectamente. —Claro. Por eso me estás clavando las uñas. Aflojé la mano. Alejandro caminaba detrás de nosotros, comentando en voz al
POV Antonia Mi abuelo ordenó el almuerzo para las once, y a esa hora, en La Esmeralda, un almuerzo era un banquete disfrazado de desayuno: huevos pericos, arepas, chocolate espeso, queso campesino y una bandeja de plátano maduro que Doña Carmen servía como si la vida dependiera de ello. Mateo llegó puntual, cosa rara en él. Traía una camisa blanca con las mangas remangadas y esa sonrisa de quien nunca ha llegado tarde a ningún lugar donde lo quieran. —Don Alfredo, qué gusto verlo de pie. Mi mamá le manda un abrazo y esto. —Dejó sobre la mesa una botella de aguardiente añejo—. Dice que es para las penas. —Tu madre siempre supo qué regalar. —Mi abuelo la recibió con un asomo de sonrisa—. Siéntate, muchacho. Estás en tu casa. Mateo se sentó a mi lado y me rozó el hombro con el suyo, apenas, un gesto de aliado. La noche anterior habíamos ensayado el libreto en el teléfono: él sería el pretendiente discreto, yo la mujer que por fin sentaba cabeza. Dos actores con un contrato verbal y












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