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Capítulo 20: Lo que no debió pasar

Author: Betty06
last update publish date: 2026-10-19 22:15:43

POV Antonia

No pude quedarme en mi cuarto. Me paseé de la cama a la ventana y de la ventana a la cama, con la imagen de Luz Dary tocándole el vendaje a Julián clavada en la cabeza como una astilla. Y la risa de Alejandro. Y el silencio de Mateo, que había huido sin dar la cara.

Me puse una chaqueta sobre el camisón y bajé descalza, con las sandalias en la mano, antes de pensarlo dos veces.

Las caballerizas tenían una sola luz encendida, un farol colgado de un clavo, y ahí estaba él, sin camisa, cepillando al Retinto con movimientos largos y cansados. El agua de la tormenta de la tarde aún goteaba del techo de zinc.

—Necesito hablar contigo.

Julián no se volvió.

—Es tarde, patroncita. Vaya a dormir.

—No me des órdenes.

—No le doy órdenes. Le doy un consejo. —Siguió cepillando—. Usted no tiene nada que hacer aquí a esta hora.

—Tengo mucho que hacer. —Entré más al establo, y el olor a heno y a animal me envolvió—. Quiero saber qué te dijo Alejandro al oído en el comedor.

Se detuvo. Por fin me miró.

—¿Eso es lo que vino a preguntarme?

—Vine a preguntarte cuánto te pagó.

Soltó una risa corta, sin humor.

—Usted ya decidió la respuesta. No necesita que yo diga nada.

—Entonces dímelo tú. Que me equivoco.

—No voy a darle el gusto.

—¿Por qué no? ¿Porque es verdad?

Avancé un paso. Él dejó el cepillo sobre el borde del pesebre y se giró completo hacia mí, con los brazos cruzados y los ojos oscuros, cansados de un día entero de fingir que no pasaba nada.

—Usted necesita que yo sea el malo de esta historia. Así todo le cuadra. Así puede seguir creyendo lo que ya cree de mí desde hace años.

—No necesito inventar nada. Tengo ojos.

—Tiene ojos que ven lo que quieren. —Su voz subió un poco—. Igual que hace siete años.

Ahí estaba. La frase que ninguno quería decir completa.

—No te atrevas a hablar de eso.

—¿Por qué no? Si es lo único que de verdad le importa. El pasado que usted reescribe a su antojo.

—Yo no reescribo nada. Yo vi lo que vi. —La voz me temblaba de rabia—. Un muchacho que de repente se interesó mucho en la nieta del patrón apenas se enteró de cuánto valía la hacienda.

—¿Eso es lo que usted cree?

—Es lo que pasó.

Se acercó. No grité, no retrocedí. El farol le iluminaba medio rostro y dejaba la otra mitad en sombra.

—Usted se fue sin despedirse, Antonia. Sin una carta, sin un mensaje con Doña Carmen, nada. Un día estaba y al otro ya no. Y ahora viene a decirme a mí que el interesado era yo.

—Me fui porque así estaba planeado. Siempre supe que me iba a ir a estudiar.

—Pero no planeaba volver así. Convertida en esto. —Señaló de arriba abajo, mi camisón, la chaqueta, la cara sin maquillar—. Una mujer que mide a la gente por lo que tiene. Que ve a un capataz y solo puede pensar en cuánto cuesta comprarlo. Así la educaron en Europa, ¿o así fue siempre y yo no quise verlo?

—No te permito que me hables así.

—¿Y cómo quiere que le hable? ¿Como a la patrona? Está bien. —Dio un paso más, y quedamos a nada de distancia—. Como mande, doña Antonia. Usted siempre ha medido a todo el mundo por el apellido y la cuenta bancaria. Eso no lo inventó Europa. Eso ya lo traía de acá.

—Y tú siempre has sido igual de pobre y de orgulloso, creyéndote mejor que todos por trabajar la tierra con tus manos. —Me temblaba la voz y odiaba que temblara—. Pero el orgullo no paga, Julián. Y tú lo sabes. Por eso aceptaste la propuesta de mi abuelo. Por eso aceptas la plata de quien te la ofrezca.

—Usted no sabe nada de por qué acepté.

—Sé que no fue por mí.

—Claro que no fue por usted. —Su voz se quebró un segundo, apenas, y lo tapó con rabia—. Fue por su abuelo, que me ha dado más que cualquier Arango en toda mi vida. Usted ni siquiera entra en esa cuenta.

Eso dolió más de lo que esperaba. Sentí los ojos ardiendo y me negué, me negué con toda mi alma, a llorar delante de él.

—Entonces no te casas conmigo —dije, con la voz rota—. Te casas con su memoria.

—Si eso le ayuda a dormir tranquila, sí.

Nos quedamos mirándonos, respirando fuerte, tan cerca que sentía el calor que subía de su piel desnuda. El Retinto resopló detrás de él, inquieto por las voces.

—Te odio —susurré, y la palabra me salió más débil de lo que quería.

—Yo también la odio a usted.

Ninguno se movió.

Su mano subió, despacio, y me apartó un mechón de pelo de la cara. No sé en qué momento dejé de respirar.

—La odio —repitió, más bajo, con los ojos clavados en mi boca—, y no sabe cuánto diera por no sentir lo que siento cuando la tengo cerca.

Su aliento rozaba el mío. Mi espalda chocó contra el poste de madera sin que recordara haber retrocedido. Sus dedos bajaron de mi mejilla a mi mandíbula, y todo mi cuerpo, traidor, se inclinó hacia él.

Un segundo más y nuestras bocas se habrían tocado.

El pánico me golpeó como agua fría. Puse las manos en su pecho desnudo y empujé con toda la fuerza que me quedaba.

—¡Basta! —Mi voz salió aguda, asustada de mí misma—. Esto no va a pasar.

Julián retrocedió, con la respiración entrecortada y una expresión que no supe leer, entre el deseo y el desprecio por haberlo sentido.

—Antonia...

—No. —Negué con la cabeza, retrocediendo hacia la puerta—. No vuelvas a acercarte así. Nunca.

Salí corriendo del establo, descalza, con las sandalias aún en la mano, sin mirar atrás. La lluvia había vuelto a empezar, fina esta vez, y se mezclaba en mi cara con algo que no quise reconocer como lágrimas.

Llegué a mi cuarto, cerré la puerta y me apoyé contra ella, con el corazón golpeándome como un tambor.

Nos odiábamos. Eso era lo único seguro en el mundo.

Entonces, ¿por qué todavía sentía su mano en mi mejilla, ardiendo, como si me hubiera marcado?

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