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Capítulo 24: Los regalos de Bogotá

Auteur: Betty06
last update Date de publication: 2026-10-21 21:13:46

Don Alfredo me mandó al pueblo el viernes a mediodía.

—Cecilia llega a las dos, en un taxi desde Bogotá. Recójala, mijo.

—¿El taxista no la sube hasta la hacienda?

—Con la trocha como está, no se atreve. Ella tampoco, pero eso no se lo diga.

Esperé en la plaza, junto a la camioneta, mientras las campanas de la iglesia daban la hora. A las dos y diez entró un taxi amarillo, tan cubierto de barro que apenas se le leía el número de la puerta. Se detuvo frente a la iglesia con un quejido de frenos.
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    Don Alfredo me mandó al pueblo el viernes a mediodía.—Cecilia llega a las dos, en un taxi desde Bogotá. Recójala, mijo.—¿El taxista no la sube hasta la hacienda?—Con la trocha como está, no se atreve. Ella tampoco, pero eso no se lo diga.Esperé en la plaza, junto a la camioneta, mientras las campanas de la iglesia daban la hora. A las dos y diez entró un taxi amarillo, tan cubierto de barro que apenas se le leía el número de la puerta. Se detuvo frente a la iglesia con un quejido de frenos. Del asiento de atrás bajó doña Cecilia, con sombrero de ala corta, las perlas al cuello y una caja de cartón atada con cinta que sostenía contra el pecho, como si dentro viajara algo frágil.El taxista sacó dos maletas del baúl, recibió los billetes sin mirarlos y se fue sin esperar propina. Ella lo vio alejarse con una mueca de cansancio. Después miró la plaza entera, despacio, como quien revisa una vitrina que no compraría.—¡Julián! —Sonrió al verme y vino con las dos manos extendidas—. El h

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    (POV Julián)El lunes me tocó el beneficiadero. No el trabajo de siempre, sino limpiar los cuatro tanques de fermentación, uno por uno, antes de las seis de la mañana.—La señorita Antonia dice que están sucios —me avisó el peón con cara de pena.Estaban limpios. Yo mismo los había lavado el sábado. Pero los restregué otra vez, con el agua helada hasta los codos, mientras el sol subía y los demás empezaban a llegar. A las nueve apareció ella, con el cabello recogido y una carpeta contra el pecho. Recorrió los tanques con la mirada, pasó un dedo por el borde de uno y se lo miró.—Quedó mal. Otra vez.—Ya los lavé dos veces, señorita.—Entonces, tres. —Ni siquiera me miró—. Y cuando termine, quiero reordenada la bodega de sacos por lote y fecha. Hoy.Se fue sin esperar respuesta. Los peones bajaron la vista. Yo apreté la escobilla hasta que me dolieron los nudillos.El martes fue peor. Me mandó a medir otra vez los patios de secado, que se habían medido en abril, y a rehacer a mano un i

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    (POV Antonia)El abuelo me mandó llamar a las nueve de la mañana. No me lo dijo Rosario con su vocecita de siempre, sino con el rostro serio de quien lleva un mensaje que no le gusta cargar.—Dice el patrón que la espera en el despacho, niña Antonia.Lo supe antes de abrir la puerta. Cuando Alfredo Arango citaba a alguien al despacho a esa hora, con el sol apenas entrando por las persianas, era porque ya había decidido algo y solo faltaba comunicarlo.Estaba sentado detrás del escritorio, con la cobija sobre las piernas y una taza de agua de panela que no tocaba. Se veía más delgado que el día anterior, y eso me dolió más de lo que quise admitir.—Siéntate, mija.—Prefiero estar de pie, abuelo.—Entonces estate de pie. —Se encogió de hombros—. Eres terca igualita a mí, y eso no es un elogio.No sonreí. Había pasado tres días ensayando en mi cabeza lo que le diría, y ahora que lo tenía enfrente se me enredaban las frases.—Ya se fue Alejandro —empezó—. Se llevó lo suyo, y es mucho: sab

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    (POV Julián)Alejandro se fue un martes, con el sol apenas saliendo y la maleta de cuero golpeándole la pierna. No se despidió de nadie. Solo me dedicó una mirada larga desde el asiento del carro, de esas que prometen cuentas pendientes, y yo se la sostuve hasta que la polvareda del camino se lo tragó.La Esmeralda respiró. Los peones hablaban más fuerte, mi mamá canturreaba en la cocina, hasta el café parecía oler distinto. Pero Antonia no se dejaba ver. Desde la noche de las caballerizas desayunaba temprano, salía a los cafetales con el capataz de turno que no era yo, y se encerraba en el estudio hasta que oscurecía. Si nos cruzábamos en un pasillo, miraba hacia adelante como quien esquiva un charco.Mejor así, me repetía. Y no me lo creía.Esa noche, Don Alfredo mandó a Rosario a buscarme.—Dice el patrón que si puede pasar al despacho, Julián. Que no se demore.El despacho olía a cuero viejo y a tabaco que el médico le había prohibido. Don Alfredo estaba en su sillón, con una cobi

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