LOGINPOV VALENTINA MORELLI
La expectativa y el temor se mezclaban en mi mente mientras aguardaba la llegada del guardaespaldas que mi padre había decidido asignarme. La sola mención de su apodo, "la bestia", había encendido una chispa de aprensión que ardió en lo más profundo de mis pensamientos.
Cada sonido fuera de la puerta aumentaba mi ansiedad. Saber que este hombre, conocido por su ferocidad en peleas y aparentemente desprovisto de emociones, se convertiría en mi sombra protectora, me sumergía en una inquietud incontrolable. ¿Cómo podía confiar mi seguridad a alguien tan imponente y aparentemente despiadado?
Las historias sobre él se propagaban como sombras susurrantes, creando una imagen de un individuo sin tacto, un ser cuya presencia resonaba más como una amenaza que como una protección. La sola idea de compartir mi espacio con alguien tan distante y enigmático me hacía cuestionar las decisiones de mi padre.
—Hija, buenos días —giré para encontrarme con la figura de mi padre, emergiendo elegante de la penumbra de su ala privada en la casa—. Acompáñame, deseo presentarte a tu recién designado guardaespaldas.
—¿Es realmente necesario? —inquirí, depositándole dos besos en las mejillas y entrelazando nuestros brazos mientras nos encaminábamos hacia fuera—. Me parecía que nadie se atrevería a desafiar tu autoridad.
Escuché su bufido, una mezcla de desdén y confianza.
—Nadie posee la osadía, pero existe un grupo de recién llegados que aún no ha asimilado las dinámicas de nuestro país. Así que, tranquila, solucionaré la situación y pronto recuperarás un poco de tu anhelada libertad.
Consciente de que no existía un margen para el rechazo, asentí con resignación.
—Está bien.
El sol pintaba el cielo con tonalidades cálidas cuando salimos, y a lo lejos, divisé la imponente silueta de un hombre de estatura considerable, con anchos hombros y una cintura esbelta. Sus brazos y cuello estaban adornados con tinta.
Aunque ya estaba acostumbrada a la presencia de individuos verdaderamente intimidantes debido al trabajo de mi padre, este hombre generaba en mí una extraña e indescifrable sensación. Como si percibiera nuestra mirada, se volvió hacia nosotros justo cuando nos acercábamos.
Tragué con fuerza al cruzar nuestras miradas, sintiendo una leve corriente eléctrica recorrer todo mi ser. Su rostro experimentó una contracción tan fugaz que, de no haber estado tan alerta, habría pasado desapercibida. ¿Acaso él también percibió esa extraña conexión?
—Buenos días, Marco —saludó mi padre con una sonrisa—. Aquí está mi princesa, Valentina Morelli.
—Mucho gusto —respondió él, inclinando sutilmente la cabeza en mi dirección.
—A partir de ahora, Marco estará a tu lado y no se apartará de ti hasta asegurarse de que regreses a casa sana y salva. Incluso habrá días en los que se quedará a pasar la noche contigo cuando yo no esté. —Mis ojos se abrieron de par en par ante esta revelación inesperada—. Nos vemos esta noche, mi princesa.
Vi cómo se alejaba hacia su automóvil, ya preparado, y una sensación de tensión se apoderó de mí. No deseo estar a solas con él.
[…]
El trayecto se desenvolvía en un silencio denso. Mis esfuerzos por entablar conversación se veían frustrados por respuestas lacónicas y monosílabas, como si las palabras fueran una muralla infranqueable para él. No obstante, en medio de esos incómodos silencios, percibí una chispa, una conexión que trascendía las limitaciones del lenguaje.
En un momento, nuestros ojos se cruzaron en el retrovisor. En su mirada seria, descubrí algo más allá de la aparente frialdad.
—¿Has trabajado como guardaespaldas desde siempre?
Negó levemente con la cabeza, manteniendo la concentración en el camino.
—No. Primera vez.
Fruncí el ceño, cuestionando por qué mi padre lo había contratado si no tenía experiencia previa para el puesto.
Dudé, pero finalmente planteé la pregunta.
—¿Estás, al menos, capacitado para protegerme?
Me lanzó una mirada rápida, percibí un atisbo de burla en sus ojos y quizás una insinuación de sonrisa, aunque no estaba del todo segura; algo me decía que no sonreía con frecuencia.
—No se preocupe.
Casi solté un gemido ante sus respuestas tan concisas.
Buscando conocer más de él, proseguí con mis preguntas. Si íbamos a pasar tanto tiempo juntos, al menos necesitaba entenderlo mejor.
—¿De qué ciudad eres, Señor Marco Ricci?
—Solo Marco.
—Entendido.
—Nápoles, barrios bajos —respondió.
—Entonces, ¿has tenido una vida humilde? —afirmé.
—Sí.
Dios, parecía como si estuviera tratando de comunicarme con una pared de ladrillos. Este hombre resultaba irritante. Su actitud cerrada y sinceramente fría no me proporcionaba ningún material con el que trabajar. Se asemejaba a tratar de interactuar con un autómata.
Guardé silencio durante el resto del trayecto. Al llegar a la facultad, él estacionó el vehículo y salió rápidamente. Observó con cautela su entorno, lo que provocó que frunciera el ceño, aguardando a que abriera mi puerta, un gesto que no realizó hasta asegurarse por completo de la ausencia de amenazas.—No me digas que siempre harás lo mismo. ¿Y si tengo prisa para llegar a algún lugar? —descendí del automóvil, observándolo con el ceño fruncido—. No puedo permitirlo.
El dolor comenzaba a aflorar en mi cuello tras sostener contacto visual con alguien significativamente más alto que yo; con mi estatura, apenas alcanzaba a la altura de su pecho.
Alzó una ceja y gruñó.
—Repasemos las reglas —dijo con firmeza, acercándose un poco más. Retrocedí por inercia.
—¿Reglas?
—Sí, mis reglas.
Me crucé de brazos en un intento de autoprotección y asentí.
—Escucho.
―Nunca irás a ninguna parte sin mí. No cerrarás una puerta a menos que estés utilizando el baño; de lo contrario, las puertas permanecerán abiertas.
¿Quién demonios se cree que es?
―Cada vez que salgamos de tu casa, deberás acatar todas las órdenes que te dé sin titubear. Si digo que te agaches, te vuelves parte del suelo y no levantas la cabeza hasta que te indique que es seguro hacerlo.
Mis manos se cerraron en puños, conteniendo la impotencia que empezaba a apoderarse de mí.
―Registraré los baños públicos antes de permitirte usar uno.
Jesús, ¿acaso tiene emociones? Jamás he conocido a alguien tan inflexible.
―¿Qué pasa si quiero encontrarme con mi novio? —inquirí.
Su ceño se frunció.
―No tienes novio.
―Pero hay hombres interesados en mí y en cualquier momento uno podría convertirse en mi novio —argumenté—. Además, ¿cómo sabes que no tengo novio?
―Si llegaras a tener un novio o una cita, el hombre será sometido a una investigación. Una vez que esté seguro de que no representa una amenaza, se te permitirá salir con él.
Elevé mi ceja incrédula.
―¿Contigo uniéndote a nosotros?
―Sí.
Esto ya era demasiado. Había alcanzado mi límite por hoy, y esto apenas era el comienzo. Preferiría mudarme a un lugar lejano antes que vivir bajo estas condiciones. Salí velozmente del estacionamiento, sin importarme en absoluto si me seguía o no, aunque, por supuesto, tres pasos para mí eran apenas uno para él.
Podía percibir la energía de su presencia, sentir el aire caliente que quedaba atrás mientras me alejaba. La necesidad de escapar de esta situación opresiva se apoderaba de mí, anhelando un respiro lejos de las restricciones impuestas.
Cuando llegamos a la puerta de mi aula, me volví para mirarlo.
—¿Acaso planeas entrar a tomar clases? —pregunté—. ¿O crees que alguno de mis compañeros podría intentar algo en mi contra?
—No lo harán.
—¿Y por qué debería confiar en eso?
—Todos están advertidos.
—¿Amenazados? —casi grité, sorprendida y horrorizada.
—Advertidos. Me cansé de hablar, ve a tu clase —señaló con disgusto.
Lo miré con indignación antes de entrar al aula, lanzándole una mirada fulminante. Al dar un paso dentro, todos los presentes dirigieron su atención hacia mí durante unos segundos antes de regresar a sus quehaceres.
Siempre intentaba pasar desapercibida; con que supieran quién era mi padre me resultaba suficiente, pero esto ya estaba rozando el límite.
Un guardaespaldas personal, dios mío.
Caminé hasta mi silla y negué sutilmente a mi única amiga verdadera, aquella con la que mantenía una amistad desde hacía quince años.
—No digas nada —susurré, cerrando los ojos por unos momentos—. Mi papá insistió.
—Es comprensible, Valentina. Te iban a atacar; necesitas un guardaespaldas, pero no uno tan atractivo como ese. ¿Ya lo viste?
Giré mi rostro y lo vi en la entrada del aula. Poseía un perfil hermoso, increíble; esa sombra de barba lo hacía ver atractivo, su estatura, esos ojos color miel...
Negué rápidamente, apartando esos pensamientos de mi mente.
—Por favor, Ava, deja de decir tonterías —susurré—. Es mi guardaespaldas.
—¿Y? eso no te impide mirar.
No, realmente no lo impedía, pero no podía hacerlo. No sería ético y apostaría todo mi dinero a que él sabía que justo ahora lo estábamos observando. Era un hombre de problemas, y siempre procuraba mantenerme alejada de ellos.
POV SEBASTIANOCada paso que di resonó en el pasillo subterráneo.El aire era pesado, cargado con la humedad del cemento y el eco distante del agua filtrándose en alguna grieta.Pero lo único que importaba era el sonido de los tacones golpeando el suelo.Ella estaba ahí.Esperando.Temblando.Como debería.Dario abrió la puerta.El rechinar de las bisagras viejas fue el único sonido en la habitación aparte de la respiración agitada de la mujer que me había arrebatado todo.Alessandra estaba encadenada a una silla de metal.El maquillaje ya no cubría la desesperación en su rostro. Sus labios estaban partidos, su vestido rasgado y su cabello enmarañado.Una sombra de la mujer arrogante que había osado tocar a Mia.Entré con calma.Con la paciencia de un depredador que saborea la cacería.Dario se quedó en la puerta.Alessandra alzó la mirada cuando mis zapatos de cuero se detuvieron frente a ella.—Sebastiano… —su voz era débil, un hilo tembloroso que se rompió en una súplica—. Podemos
POV SEBASTIANOEl reloj en la pared avanzaba lento, como si se burlara de mí.Segundo a segundo.Golpe tras golpe de desesperación en mi pecho.El sonido de los monitores, el murmullo de los asistentes del médico, el olor a sangre y alcohol medicinal… todo me resultaba insoportable.Pero lo peor era la espera.No aparté los ojos de Mia en ningún momento.Su piel estaba demasiado pálida, sus labios demasiado secos. No se movía. No reaccionaba.Joder, ni siquiera parecía respirar.Mis dedos se aferraron a los bordes de la camilla.No la perderé.No me importa lo que tenga que hacer. No me importa a quién tenga que matar. No me importa si tengo que vender mi alma.Pero no la perderé.—Sebastiano…Dario estaba junto a mí, con el rostro tenso. Sus ojos recorrieron a Mia, la máquina que pitaba con cada latido débil, la sangre que aún empapaba su ropa.—¿Y el bebé? —gruñí, sin mirarlo.El médico se detuvo un segundo.El silencio se sintió como un disparo directo a mi pecho.Y luego…—Estamos
POV SEBASTIANOCorrí con Mia en brazos, mi pecho se agitaba con una furia abrasadora mientras sentía la calidez de su sangre empapándome la camisa. No, no, no… No podía perderla. No a ella. No a nuestro hijo.—¡Salgan ya! —rugió Dario por la radio—. ¡Tenemos que movernos!El almacén era un caos. Mis hombres acababan con los últimos enemigos, y las balas aún zumbaban en el aire. El hedor a pólvora y sangre se impregnaba en mi piel.Pero nada de eso importaba.Solo Mia.Solo ella.—Aguanta, amore mio —murmuré contra su cabello, su cuerpo temblaba en mis brazos—. No cierres los ojos. Mírame.Su respiración era entrecortada, apenas un susurro.—Se…bastiano… —Su voz era tan débil que tuve que inclinarme para oírla.Mis músculos se tensaron. Su piel estaba fría.Demasiado fría.No. No la dejaría morir.—¡Muévanse! —bramé, con la desesperación atenazando mi garganta.Dario lideraba la retirada, abriéndonos paso a disparos. Nos cubría las espaldas junto con los hombres restantes, asegurándose
POV SEBASTIANOEl rugido del motor se mezclaba con el latido ensordecedor en mis oídos.No podía respirar.No podía pensar en nada más que en ella.Mia.Mía.El pánico era una bestia salvaje dentro de mi pecho, enjaulada y furiosa, desgarrando cada fibra de mi ser mientras las imágenes de lo que podrían estar haciéndole se repetían en mi mente como una maldita pesadilla sin fin.Si le han hecho daño…Si ella…No.No podía permitirme pensar en eso.Mis manos se cerraron con fuerza sobre el volante mientras el convoy de vehículos atravesaba la carretera a una velocidad peligrosa. Detrás de mí, más de una docena de autos nos seguían, todos llenos de hombres armados hasta los dientes.Dario iba en el asiento del copiloto, con la mandíbula tensa, su mirada fija en el camino.—El auto que rastreamos está en la zona industrial —informó, con la voz grave—. Un almacén en las afueras de la ciudad.Mi estómago se encogió con una sensación visceral.Un almacén.Un maldito almacén.Sabía lo que si
POV MIAEl aire olía a humedad y desesperación.Mi cuerpo entero se sacudía con temblores incontrolables, una mezcla de frío, miedo y el dolor que desgarraba mis entrañas. La sangre seguía escurriéndose, cada gota robándome la esperanza de que mi bebé sobreviviera a esto.No podía permitirme caer en la desesperación. No aún.Respiré con dificultad, sintiendo el ardor en mi garganta por el llanto. Mi pecho subía y bajaba rápidamente, como si cada bocanada de aire fuera una batalla. Quería gritar. Quería suplicar. Pero ¿de qué serviría?Nadie en este lugar tenía piedad.Las luces parpadearon sobre mi cabeza. Mis ojos, hinchados por los golpes, se enfocaron en la puerta. La expectativa de que alguien entrara me erizó la piel.Entonces, como si mi miedo la hubiera invocado, la puerta se abrió con un crujido seco.Mi cuerpo entero se tensó.Alessandra apareció en el umbral, su silueta recortada contra la tenue luz del pasillo. No venía sola esta vez. Detrás de ella, un hombre con una compl
POV MIAEl tiempo perdió su significado.No sabía cuánto llevaba en este cuarto. No sabía si era de día o de noche. Solo sabía que el dolor era lo único constante.Mi rostro latía por los golpes. Mi labio estaba partido. Mi mejilla ardía. Pero eso no era nada.El verdadero dolor estaba en mi pecho.Mi bebé.Lo protegí como pude, encorvándome, apretando los dientes con cada golpe, resistiendo, suplicando en silencio que aguantara.Apreté los ojos con fuerza.Sebastiano, por favor.Por favor, ven por mí.El sonido de pasos me obligó a abrir los ojos.La puerta se abrió de golpe.Y Alessandra entró.Sus tacones resonaron con fuerza contra el suelo de concreto. Su vestido rojo ondeó a su alrededor mientras caminaba hacia mí, la expresión de su rostro era pura crueldad.—Mírate —dijo con un tono de burla—. Tan patética. Tan… insignificante.No respondí.No le daría lo que quería.Pero ella no necesitó una respuesta. Se inclinó un poco, evaluándome con asco.—Por tu culpa no me casé con Seb







